La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Alzó las manos hasta el rostro de Malcolm, tocó la barba incipiente de su mandíbula, la línea dura de sus pómulos, el cabello oscuro junto a la sien.

Quiso aprenderlo todo en unos segundos absurdos: el calor, el olor a lana, cuero y hombre, el modo en que su cuerpo parecía tensarse entero cuando ella lo tocaba.

Malcolm la hizo retroceder un paso hasta que su espalda encontró la piedra del muro.

No fue brusco. Fue inevitable. El pasillo estaba frío, pero él ardía.

Su boca descendió a la comisura de los labios de Audrey, luego a su mandíbula, luego al punto bajo la oreja donde el cuello quedaba oculto por el cuello del vestido de viaje.

—No —susurró ella, aunque no sabía si lo decía para detenerlo o para no suplicarle lo contrario.

Malcolm se quedó inmóvil contra su piel.

—Dígalo claro.

Aquello la rompió más que el beso.

Incluso en ese momento, él le devolvía la decisión.

Audrey tragó saliva.

—No pare.

Malcolm cerró los ojos como si la frase le hubiera atravesado el pecho.

Después la besó otra vez.

Más hondo.

Más triste.

Sus manos subieron por la espalda de Audrey y se cerraron sobre la tela, sin desordenarla lo bastante para delatarla, pero sí lo suficiente para que ella sintiera la fuerza que él se estaba obligando a dominar.

Audrey se aferró a sus hombros. Se permitió un segundo de completa desobediencia: acercarse, pegarse a él, dejar que su cuerpo reconociera el de Malcolm sin miedo a parecer demasiado fría o demasiado viva.

Él respiraba contra su boca.

—Si sigo, no la dejaré llegar al carruaje con aspecto de dama inglesa.

—Quizás ya no lo soy tanto.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

Malcolm apoyó la frente contra la suya.

—No diga cosas así cuando intento comportarme como un hombre decente.

—No le he pedido decencia.

—Su padre sí.

Audrey soltó una risa rota, casi un sollozo que no llegó a serlo.

—Mi padre tiene esa costumbre.

Malcolm le apartó un mechón que se había soltado del recogido.

—Ahora entiendo lo que me dijo sobre lo que proteger no es poseer.

Audrey cerró los ojos.

—Y yo ahora entiendo por qué ama este lugar.

—¿Ama Glenmuir?

—Creo que amo muchas cosas de las Highlands.

Él abrió los ojos.

—Escuche bien, Audrey. No voy a pedirle que se quede. No voy a usar Brodick, ni el plaid, ni la flor, ni a mi gente, ni ninguna maldita costumbre antigua para ponerle cadenas que usted no pueda ver. Pero tampoco voy a fingir que si vuelve, la recibiré como a una invitada.

El corazón le golpeó con fuerza.

—¿Y cómo me recibirá?

Sus ojos descendieron a la boca de ella.

—Como a mi esposa.

Audrey sintió que aquella frase le deshacía algo por dentro.

Lo besó ella.

No para responder con palabras.

No las tenía.

Lo besó con desesperación, con miedo y con una ternura que aún no se atrevía a llamar amor.

Malcolm la tomó de la nuca. Sus dedos se hundieron en el recogido perfecto, aflojando alfileres, deshaciendo en parte la obra de Jane, y ninguno de los dos se detuvo a lamentarlo.

La boca de Malcolm fue más áspera esta vez, más hambrienta.

Audrey sintió el cuerpo de él contra el suyo, la fuerza de sus muslos, la dureza de sus brazos, el modo en que se apartó medio palmo justo cuando habría sido más fácil olvidar honor, padre, carruaje y mundo.

Una voz sonó al final del corredor.

—¿Lady Audrey?

Jane.

Malcolm se separó de ella como si aquello le costara dolor físico.

Audrey respiró con dificultad. Se llevó las manos al cabello. Malcolm miró el pequeño desastre y, pese a todo, una sonrisa le cruzó la boca.

—Jane lo arreglará.

—Jane sospechará.

—Jane sospecha desde hace días.

Aquello casi la hizo reír.

Pero la risa no salió.

Él tomó su mano enguantada y besó los nudillos.

—Vaya —dijo.

Audrey lo miró.

—No me diga adiós.

—No.

—No todavía.

—No todavía.

Ella se apartó antes de no poder hacerlo. Cuando llegó al final del pasillo, Jane la miró con los ojos muy abiertos, pero tuvo el buen juicio de no hacer preguntas. Solo se acercó con rapidez, recolocó un alfiler, alisó el cuello del vestido, le colocó el abrigo por encima y murmuró:

—El carruaje espera, milady.

—Sí.

Jane la miró al rostro.

—¿Está bien?

Audrey sostuvo la mentira con menos éxito que de costumbre.

—Lo estaré.

Jane bajó la vista.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Y por primera vez Audrey no intentó corregirla.

El patio de Glenmuir estaba lleno cuando ella bajó.

Ancianas con chales oscuros. Niños que no corrían.

Hombres del clan con el tartán sobre los hombros.

Mujeres que llevaban cestas vacías o paños que ya no hacían falta.

La señora MacNair junto a la puerta, rígida como si cualquier emoción fuera una falta grave de administración doméstica.

Iain apoyado en su bastón. Ewan con los brazos cruzados y la boca, por una vez, quieta.

Callum cerca de los caballos. Hamish junto a Alexander.

Nadie había convocado a Glenmuir.

Glenmuir había venido.

Audrey se detuvo un instante en la escalinata.

El frío le tocó la cara.

Entonces una anciana de rostro arrugado, una de las mujeres que la había visto coser tartán días atrás, murmuró algo en gaélico.

—Bean an taighearna.

Audrey no entendió las palabras.

Pero sí entendió el efecto.

Varios bajaron la mirada. Iain apretó el bastón. Ewan se frotó la nuca con gesto incómodo. Malcolm, al pie de la escalinata, quedó inmóvil.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Audrey, aunque quizá no debería haberlo hecho.

Ewan abrió la boca.

La cerró.

Callum, menos inclinado a la piedad, dijo en voz baja:

—Dice que Glenmuir pierde hoy a la prometida de su laird.

La frase cayó sobre el patio con una fuerza que ningún grito habría tenido.

La prometida del laird.

Audrey sintió que le faltaba el aire.

Malcolm no corrigió a la anciana.

Nadie lo hizo.

Alexander lo oyó. Estaba junto al primer carruaje. No intervino. Solo miró a su hija, luego a Malcolm, y en sus ojos no hubo aprobación ni rechazo. Solo autoridad.

Audrey bajó los escalones.

Malcolm estaba al final.

No le ofreció el brazo hasta el último momento. Cuando lo hizo, fue correcto. Público. Impecable.

Y aun así, los dos recordaron sus manos en el pasillo.

—Milady —dijo él.

—Laird.

El título volvió a dolerles.

Mairi apareció entonces, sostenida por Morna, la esposa del viejo Iain, una mujer pequeña, encorvada por los años, con ojos inteligentes  y un pañuelo oscuro atado bajo la barbilla.

Había sido nana de Mairi, según Malcolm había explicado, y tenía la expresión de quien habría mordido a cualquier médico inglés que mirara mal a su niña.

—No necesito que me ayude —dijo Mairi.

—Y yo no necesito escuchar tonterías antes del desayuno —replicó Morna.

—No es desayuno. Es una partida.

—Peor todavía. Siempre pone dramática a la gente.

Malcolm se acercó a su hermana. Todo el patio pareció apartar la mirada sin apartarla realmente.

Mairi se irguió.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Parece que estás a punto de cambiar de opinión.

—No lo haré —dijo Malcolm, sin sonreír.

—Bien.

—Escribirás.

—Sí.

—Morna me escribirá si tú mientes.

Morna asintió.

—Le contaré hasta cuántas veces tose, aunque se enfade.

—Traición —murmuró Mairi.

Malcolm le tomó el rostro entre las manos.

No le importó que todos miraran.

—Vive —dijo.

Mairi dejó de bromear.

—Lo intentaré.

—No. Hazlo.

Ella tragó saliva.

—Sí, laird.

Aquello lo rompió más que un abrazo.

La besó en la frente y la soltó antes de humillarla con una emoción que ella no habría perdonado en público. Douglas, que esperaba cerca del segundo carruaje, avanzó con cortesía medida.

—Lady Mairi.

—Lord Hamilton.

—Permítame ayudarla.

—Puedo subir sola.

—Lo sé, pero es mi deber.

Le ofreció la mano de todos modos.

Mairi la miró como si el gesto fuera un desafío.

Luego la aceptó.

Douglas no sonrió. No hizo comentario. No pareció sentimental ni conquistado.

Solo fue correcto, firme, atento. La ayudó a subir al carruaje con la precisión de un hombre educado para cuidar a una invitada.

Pero cuando ella pisó el estribo y vaciló, su otra mano acudió a su cintura antes de que nadie pudiera notarlo.

Mairi sí lo notó.

También notó que no la soltó de inmediato.

—Ya estoy arriba —dijo ella.

—Lo veo.

—Entonces puede soltarme.

Douglas retiró la mano con una inclinación impecable.

—Por supuesto.

Mairi se acomodó en el asiento junto a Morna, con el pulso más rápido de lo razonable y un disgusto creciente por la excelente cortesía de Douglas Hamilton.

Cathaline fue instalada en el primer carruaje con Jane y la señorita Worth. Ewan se acercó para ayudar a colocar una manta, aunque había tres personas más perfectamente capaces de hacerlo.

—¿Otra manta? —preguntó Cathaline.

—He desarrollado una vocación.

—Preocupante.

—Mucho. Espero que se me pase.

La señorita Worth carraspeó con suficiente intención para separar dos países.

Ewan hizo una reverencia.

—Buen viaje, lady Cathaline.

Cathaline bajó la mirada.

Ewan se apartó antes de decir algo peor.

Audrey subió la última.

Su padre aguardaba junto al carruaje. Douglas y Edward montarían a caballo.

Finlay Ross y Thomas Hale ya estaban preparados con los hombres Hamilton.

El paso de Achnaburn había sido asegurado al amanecer por Alexander, Douglas y varios jinetes; no para carruajes pesados en cualquier condición, pero sí para una salida cuidadosa, lenta, vigilada.

Audrey se detuvo antes de subir.

Miró a Glenmuir.

A la escalinata que la había recibido el primer día.

A la gente que al principio la había mirado como a una intrusa.

A Malcolm.

Él permanecía quieto, como un laird. No suplicó. No avanzó. No alzó la mano. No hizo nada que pudiera convertir la elección de Audrey en una escena pública. Se mantuvo firme en su sitio.

Eso fue lo que más le dolió.

Porque ahora sabía cuánto le costaba.

Su padre le ofreció la mano para subir.

Audrey la tomó.

Al entrar en el carruaje, se sentó junto a Cathaline. La señorita Worth se acomodó enfrente con una satisfacción que intentaba parecer dignidad. Jane cerró la puerta.

Desde la ventanilla, Audrey buscó a Malcolm.

Seguía allí.

Inmóvil.