Capítulo 19
El amanecer llegó a Glenmuir con una niebla baja, fría y espesa, de esa que no parecía caer del cielo sino levantarse desde la propia tierra, como si las Highlands quisieran ocultar la partida hasta el último instante.
La noche anterior aún quedaban restos de música en las vigas, olor a whisky en las mesas, ceniza en los hogares y pasos sobre la piedra.
Ahora todo era distinto. La casa no estaba dormida, pero tampoco despierta del todo.
Había ruedas revisadas, correas tensadas, baúles en los pasillos, criadas que hablaban en voz baja y hombres que evitaban mirar hacia el arco del patio porque sabían lo que estaba a punto de cruzarlo.
Los MacKinnon se habían marchado antes de que el sol se abriera paso entre la niebla.
Fieles a su orgullo, no habían querido una segunda despedida.
La noche anterior había bastado: canciones, whisky, un apretón de brazo entre sir Alasdair y Malcolm, una inclinación seca de Fiona, la mirada de Edward al verla alejarse de la sala, Tavish más callado de lo habitual y el viejo Iain golpeando el suelo con el bastón como si aprobara que un clan pobre pudiera irse sin pedir disculpas por seguir existiendo.
Habían cruzado con caballos, poco equipaje y demasiada dignidad para el estado del camino.
Los Hamilton, en cambio, no podían desaparecer de esa manera.
Llevaban carruajes, baúles, doncellas, una convaleciente, una institutriz ofendida por la mitad de Escocia y una nueva invitada Sinclair que debía viajar al sur sin que su hermano decidiera secuestrarla de vuelta antes de que la primera rueda girara.
La señora MacNair gobernaba aquel desastre con el aspecto de una mujer a la que Dios había puesto en la tierra para demostrar que los hombres, sin supervisión femenina, no habrían sobrevivido ni al primer invierno.
—No ate eso ahí, criatura —gruñó a un mozo que forcejeaba con una correa—. ¿Quiere que el baúl de lady Cathaline caiga al arroyo?
—No, señora.
—Entonces use las manos como si tuviera dedos y no nabos.
La señorita Worth, envuelta en un abrigo oscuro, observaba la operación con una mezcla de alivio y ofensa moral.
—Debo reconocer, señora MacNair, que me alegra profundamente abandonar este castillo con todos los huesos aún en su sitio.
—No estaba en nuestra lista romperle ninguno.
—Eso es lo más amable que me ha dicho desde que llegué.
—No se acostumbre.
La señorita Worth aspiró aire por la nariz y miró alrededor: los muros, el patio, la gente, la chimenea del vestíbulo que seguía ardiendo pese a la hora temprana.
—Aun así —añadió, más bajo—, supongo que... han hecho cuanto han podido por nosotras.
MacNair la miró de reojo.
—Hemos hecho bastante más.
—Sí. Eso también.
Durante un instante pareció que ambas mujeres podrían decir algo sentimental.
La señora MacNair lo evitó a tiempo.
—Ese sombrero no sobrevivirá al camino si lo deja en manos de Jane.
—¡Ese sombrero ha sobrevivido a tres temporadas y a una cena con la duquesa de Rotherham!
—Entonces ya habrá vivido bastante.
La señorita Worth se llevó una mano al pecho.
—Es usted una mujer despiadada.
—Y usted una mujer que viaja con demasiadas cajas para una sola cabeza.
Desde el fondo del pasillo, Ewan soltó una carcajada y siguió hacia el vestíbulo, donde Cathaline esperaba sentada junto al fuego, envuelta en una manta clara.
Estaba pálida todavía, con esa palidez delicada que volvía más dorado su cabello y más grandes sus ojos, pero ni la fiebre ni el cansancio habían conseguido apagar su belleza.
Al contrario: había en ella algo luminoso, frágil y obstinado, una hermosura demasiado viva para parecer dócil, con aquella mirada brillante que decía a cualquier persona sensata que la enfermedad podía haberla debilitado, no corregido.
—Vengo a despedirme —anunció él.
Cathaline alzó la vista.
—Qué generoso. Pensé que venía a comprobar si seguía viva.
—Eso también. Pero si lo digo primero, la señorita Worth empieza a mirarme como si fuera una plaga bíblica.
—Lo es, señor Sinclair —dijo la señorita Worth sin girarse.
—Vaya. Ya nos hemos encariñado.
Cathaline sonrió a pesar de sí misma.
—¿No vendrá al sur?
—¿Con los Hamilton? No. Tengo una extraña afición a seguir respirando.
Ella jugueteó con el borde de la manta, y por un momento la ironía le cedió espacio a algo más leve, más joven.
—Gracias por lo del río.
Ewan dejó de sonreír del todo.
—Ya me dio las gracias.
—Estaba medio inconsciente.
—Eso no la hizo menos mandona.
Cathaline bajó la vista, pero sus labios se curvaron.
—Procure no caerse usted a ningún río mientras estoy fuera. Sería muy incómodo sentirme obligada a devolverle el favor.
—No se preocupe. Si me caigo, gritaré de forma heroica para que nadie pueda ignorarme.
—Eso sí lo creo.
Ewan dio un paso atrás. Hizo una reverencia exagerada, pero sus ojos no se burlaban.
—Buen viaje, lady Cathaline.
—Buen comportamiento, señor Sinclair.
—No prometa imposibles por mí.
Ella lo vio alejarse con la manta sobre las rodillas y una sonrisa que intentó disimular cuando la señorita Worth se giró hacia ella.
—No diga nada —pidió Cathaline.
—No había abierto la boca.
—La estaba preparando.
—Y habría tenido razón.
Cathaline suspiró.
—Qué mundo tan desagradable si siempre debemos admitir eso.
En el piso superior, Audrey permanecía de pie frente al espejo mientras Jane terminaba de ajustar los últimos alfileres de su sombrero.
Había vuelto a ser lady Audrey Hamilton.
El vestido de viaje era de un azul oscuro elegante, impecable, inglés hasta la última costura.
El talle ajustado, el cuello correcto, los guantes claros, el sombrero sobrio.
El cabello, recogido con precisión, no dejaba escapar ni una sola flor, ni una sola trenza de Glenmuir, ni una sola muestra de la mujer que había bailado en una ceilidh, lanzado un hacha, besado a un highlander en un cobertizo y guardado flores silvestres como si fueran diamantes.
Jane la miró por el espejo.
—Parece que nunca hubiera vivido aquí, milady.
—Eso pensaba yo.
Jane salió un momento para ir a buscar el abrigo.
Audrey se quedó sola en la habitación que había ocupado tantos días y que, de algún modo absurdo, ya no parecía de prestado.
La cama demasiado alta, la ventana con vistas al patio, el mueble viejo cuyo cajón se encallaba, la manta de lana al pie del lecho.
Había detestado cada una de esas cosas al llegar.
Ahora las miraba como si alguien estuviera cerrando detrás de ella una puerta que aún no estaba preparada para abandonar.
Se estiró los guantes.
Era más fácil con los guantes puestos.
Las manos desnudas recordaban demasiado.
Cuando salió al pasillo, lo hizo con la espalda recta y el rostro sereno, casi frío.
Iba hacia la habitación de Mairi para comprobar si la joven estaba preparada cuando oyó pasos en el pasillo lateral.
No se giró al principio.
Ya sabía quién era.
Malcolm estaba junto al arco que comunicaba con la galería norte.
Llevaba el kilt Sinclair, su media melena recogida en una coleta, camisa oscura y el rostro de un hombre que no había dormido.
No había nada desordenado en él, pero Audrey notó enseguida que estaba intentando parecer fuerte igual que ella: con orgullo, con educación y con una violencia que no podía permitirse mostrar.
El pasillo estaba vacío.
Por pura casualidad.
O por esa clase de misericordia peligrosa que a veces ofrecen las casas antiguas.
—Milady —dijo él.
La palabra le dolió.
—Laird.
Se miraron como si aquella formalidad fuera una burla cruel.
Desde el patio llegaban voces. Un caballo resopló. Una rueda golpeó una piedra. En algún lugar, la señora MacNair regañó a un mozo con suficiente fuerza para alterar el destino de su descendencia.
—Venía a buscar a Mairi —dijo Audrey.
—Está con Morna.
—¿Morna?
—La esposa de Iain. Fue su nana. No permitirá que Mairi viaje sola, aunque tenga que encadenarse al eje del carruaje para demostrarlo.
—Eso debe tranquilizarlo.
—A Mairi, no.
Audrey casi sonrió.
Casi.
Luego el gesto murió.
—Entonces debo bajar.
No se movió.
Malcolm tampoco.
Él la miró con una lentitud que no tenía nada de cortesía.
El sombrero, el vestido, el cuello perfecto, los guantes, aquella compostura inglesa que regresaba a ella como una armadura.
Pero ahora él sabía lo que había debajo.
Sabía cómo temblaba cuando deseaba. Sabía cómo sonaba su respiración contra su boca.
Sabía que podía reírse en medio de un baile escocés y que podía decir "ya no quiero marcharme como antes" con la voz llena de amor.
—Parece igual que el día que llegó —constató él.
Audrey apretó los dedos dentro de los guantes.
—Esa era la intención.
—No ha funcionado.
Audrey levantó la vista.
—Malcolm.
Su nombre.
Sin título.
Sin defensa.
Él cruzó la distancia en tres pasos. No la tomó al principio. Solo se detuvo frente a ella, demasiado cerca, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en los suyos como si buscara una orden que no quería recibir.
—No sé cuándo volveré —dijo ella.
La frase salió más floja de lo que pretendía.
Malcolm alzó una mano y le tocó el borde del guante.
—Volverá.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Porque dejó una parte de usted aquí, aunque se empeñe en llevarse todos sus baúles.
Audrey abrió los ojos.
—No haga que sea más difícil.
Malcolm soltó una risa sin alegría.
—No sé hacerlo de otra forma con usted.
Entonces la besó.
No como en la biblioteca, donde la sorpresa los había empujado.
No como en el cobertizo, donde el deseo había ardido hasta dejarles las manos torpes y el juicio en ruinas.
Ese beso fue más lento y, por eso, más devastador.
Malcolm la tomó por la cintura con ambas manos y la acercó hasta que el vestido inglés dejó de ser una barrera y se convirtió en una mentira inútil.
La besó como un hombre que no podía pedirle que se quedara, pero tampoco sabía despedirse sin dejarle algo suyo en la boca.
Audrey respondió con una libertad que habría negado semanas atrás.