Capítulo 18 #4
Audrey continuó unos pasos más, hacia Cathaline, pero no porque no hubiera oído ni porque no comprendiera.
Se apartó porque necesitaba distancia antes de que alguien dijera en voz alta aquello que los dos ya sabían.
Malcolm la siguió con la mirada. Ella sintió esos ojos sobre su espalda y se detuvo un instante, lo justo para delatarse, lo justo para que él comprendiera que marcharse no le estaba resultando fácil.
Entonces Audrey giró el rostro. No del todo. Solo lo suficiente para encontrarlo por encima del hombro.
Fue una mirada breve, casi educada. Y, aun así, tuvo la intimidad de una despedida pronunciada en secreto. Malcolm no se movió. No podía. Si daba un paso hacia ella, quizás olvidaría la promesa hecha a su padre. Y si Audrey se quedaba mirándolo un segundo más, quizás olvidaría la suya propia.
Audrey se marchaba. Y lo peor no era verla junto a los Hamilton, ni saber que volvería a salones cálidos, vestidos nuevos y hombres capaces de ofrecerle una vida sin barro en los bajos de la falda.
Lo peor era entender que ella se iba porque debía elegir libremente.
Y que, si algún día regresaba, tendría que hacerlo sin deberle nada.
—La señora MacNair se ocupará de cuanto necesiten. Gruñirá lo suficiente para que parezca una ofensa personal, pero tendrá medio castillo preparado antes del amanecer —respondió el laird Sinclair.
Mairi estaba junto a la chimenea.
Pálida. Demasiado erguida. Con el chal mal colocado sobre los hombros y una expresión que anunciaba que llevaba escuchando más tiempo del conveniente.
Malcolm se giró de inmediato.
—Mairi.
—No empieces.
—Ve a descansar.
—Ahí está. Ya has empezado.
—Lady Mairi Sinclair —saludó el duque de Hamilton, con una reverencia.
Ella inclinó la cabeza.
—Duque de Hamilton.
—Su hermano habla de su salud como si el mundo fuera a terminar cada vez que usted tose.
—Mi hermano tiene inclinaciones dramáticas.
Alexander casi sonrió.
—Devonshire no cura todos los males, pero tiene aire más templado, médicos competentes y habitaciones que no intentan matar a sus ocupantes durante la noche.
Malcolm entendió antes de que terminara.
—No.
—Malcolm —nombró Mairi, cerrando los ojos.
—No.
—Su Excelencia ni siquiera ha terminado de ofrecerlo.
—No necesito oírlo.
Alexander no alzó la voz.
—Le propongo que su hermana viaje con nosotros junto a Audrey. Como invitada. No como carga. No como caridad. Mi esposa sabrá cuidar de ella. Y si el aire del sur consigue lo que Glenmuir no ha conseguido, usted podrá odiarme después con mejor salud en la familia.
—No entregaré a mi hermana.
Mairi abrió los ojos.
—¡Por el amor de Dios!
Malcolm se giró hacia ella.
—Eres mi hermana.
—Lo sé. Y tú eres mi hermano, no mi carcelero.
El golpe fue duro, precisamente porque Mairi no había hablado con crueldad.
En su voz solo había cansancio, un agotamiento que dolía mucho más que cualquier reproche.
Dio un paso hacia él, aunque el esfuerzo era evidente.
Desde el salón, Douglas avanzó por puro instinto para ayudarla, pero se detuvo a medio camino.
Mairi había advertido el movimiento. Malcolm también.
—Quizás yo también necesito salir de Glenmuir para saber si aún hay algo de mí fuera de esta habitación, esta tos y tu miedo —expresó Mairi.
Malcolm tragó saliva.
Dejar ir a Audrey era una herida.
Dejar ir a Mairi era otra.
Y las dos se abrían la misma noche.
—No quiero que te pase nada lejos de mí —dijo él.
—Lo sé.
—Quiero vivir, Malcolm. No solo seguir respirando donde puedas verme.
Aquello lo rompió más que cualquier súplica.
Alexander no intervino.
Tuvo el buen juicio de no hacerlo.
Malcolm miró a su hermana. Vio la niña que había protegido. La mujer que había encerrado con el nombre de amor. La vida que quizás aún podía existir más allá de los muros húmedos de Glenmuir.
Después miró a Audrey.
Ella observaba la escena con los ojos demasiado brillantes, como si estuviera a punto de llorar aunque jamás se permitiría tal cosa.
Y Malcolm comprendió que aquella noche lo estaba obligando a aprender la misma lección dos veces: amar no era poseer.
Ni retener.
Ni confundir protección con posesión.
A veces amar era abrir la mano.
Aunque doliera como arrancarse un hueso.
—Lo decidirás tú —dijo al fin.
Mairi se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tú. No yo —La voz de Malcolm salió áspera—. Si quieres ir al sur, irás.
Mairi no sonrió. La sorpresa le robó hasta la ironía.
Luego asintió una sola vez.
—Quiero ir.
Malcolm cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, miró a Alexander.
—Elegiré quién la acompaña hasta Hamilton Lodge. Quiero cartas. Quiero saber qué médico la ve. Qué come. Cuando tose. Todo.
Mairi suspiró.
—Por Dios...
Alexander asintió.
—Como usted quiera —Mairi lo miró. Y esta vez sí sonrió. Pequeño. Roto. Suyo. Alexander inclinó la cabeza—. Será tratada como una de los míos.
Malcolm creyó aquella frase.
Y eso casi fue peor.
Dentro, la música volvió a subir. Los MacKinnon seguían despidiéndose. Los Sinclair seguían cantando. El fuego seguía ardiendo.
Pero nada era igual.
Audrey volvería a Hamilton Lodge.
Mairi iría con ella al sur.
Y Malcolm Sinclair, laird de Glenmuir, comprendió que esa noche no había perdido a las dos mujeres que más temía perder.
Había hecho algo mucho más difícil.
Les había abierto la puerta.
Y se había quedado de pie, sin mover un músculo, mientras aprendía el precio exacto de amarlas.