La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Hacia la luz.

Hacia el lugar donde Audrey seguía respirando bajo su techo.

—Se la llevará —dijo Malcolm.

—Sí.

—No me lo tomaré como un castigo.

—No.

—Quiero que decida lejos de mí.

—Para que decida sin deberle nada a nadie. Ni a usted. Ni a mí. Ni a Glenmuir. Ni a Brodick.

Malcolm cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, parecía más cansado.

—Entonces llévela.

Alexander sostuvo su mirada.

—Eso ha sido lo primero que ha dicho esta noche que me hace pensar que quizás podría merecerla.

Malcolm habría preferido una amenaza. Las amenazas eran más fáciles de odiar.

Alexander dio media vuelta hacia el patio.

—Ahora voy a hablar con mi hija.

Malcolm no lo siguió. Se quedó junto al muro, con el viento golpeándole el tartán y la sensación terrible de que acababan de darle aquello por lo que había luchado durante años.

Brodick, dinero.

Glenmuir.

La salvación.

Y, aun así, lo único que temía perder caminaba dentro del castillo con acento inglés y aroma de mujer.

El duque de Hamilton encontró a Audrey en el patio, junto al arco que se abría hacia las colinas.

No estaba escondida; Audrey nunca se escondía.

Simplemente se había apartado lo suficiente para que el bullicio del salón no la obligara a fingir una tranquilidad que no sentía.

Alexander se detuvo a su lado. No le ofreció el brazo ni trató de consolarla con palabras amables.

Permaneció en silencio, inmenso bajo la luz vacilante de las antorchas, contemplando el mismo horizonte que ella.

—Tu madre se ha quedado con Richard —dijo—. No porque no quisiera venir. Porque si los dos salíamos de Hamilton Lodge, tu hermano habría intentado gobernar la casa con un sable de madera y una lista de prisioneros.

Audrey sonrió un poco.

—Richard se habría considerado muy capaz.

—Ese era el miedo.

El silencio entre ellos fue distinto al de antes. Más privado. Más peligroso para las defensas de Audrey.

Alexander miró la flor prendida en su cabello.

—No hablas como mi hija.

—¿Y cómo habla tu hija?

—Como si siempre supiera dónde debe estar.

Aquello le atravesó el pecho.

—Tal vez he aprendido que eso no era verdad.

Alexander la miró entonces.

—Ahora sí empiezas a hablar como ella.

Audrey cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, el patio estaba igual, pero ella no.

—No sé dónde está mi hogar, padre.

La frase apenas fue un susurro, pronunciado sin una sola lágrima. Y, precisamente por eso, le dolió más a Alexander que si la hubiera visto romper a llorar. No respondió enseguida. Permaneció inmóvil a su lado mientras el viento agitaba los pliegues de su kilt.

—Hamilton Lodge siempre será tu casa, hija. Nadie puede arrebatártela. Pero eres libre de elegir dónde quieres vivir. Un nuevo hogar no te aleja de tu familia; simplemente le añade otro lugar al que regresar.

Audrey tragó saliva.

—Padre...

Alexander apoyó una mano en el muro bajo.

—Cuando conocí a tu madre, yo tampoco sabía dónde estaba mi hogar. Había sido demasiados hombres. Roderick, mercenario, escocés, criado, amenaza, error. Después Alexander. Duque. Esposo. Padre. Pensé que tenía que elegir uno y matar al resto.

—¿Y lo hiciste?

—No.

—¿Entonces?

—Tu madre me obligó a aceptarme tal y como soy, con el pasado incluido.

Audrey miró hacia las montañas.

—Cuando pensé que podría marcharme de Glenmuir, no sentí alivio.

Alexander no habló.

Ella continuó porque, si se detenía, no volvería a poder decirlo.

—No quiero quedarme por lástima. No quiero ser una solución.

No quiero convertirme en una mujer que un día descubre que confundió deseo con valentía, o compasión con amor, o el orgullo de desafiar a su familia con libertad.

No quiero hacer daño a mamá. No quiero que Douglas me mire como si estuviera perdiéndome.

No quiero que Malcolm crea que puede necesitarme más de lo que me quiere.

La última frase la traicionó.

Alexander la oyó.

Por supuesto.

—Le he ofrecido Brodick.

—¿Qué?

—Ya no te necesita.

Audrey no supo si sentirse consolada u ofendida.

—¿Eso te ha dicho?

—No. De hecho ha renunciado a Brodick para poder casarse contigo.

Audrey sintió que el corazón se le salía por la garganta, pero se abstuvo de mostrarlo a su padre; por mucha confianza que tuviera con él, había cosas que una dama jamás debía expresar.

—Pero quiero que hagas una cosa antes de tomar una decisión —continuó su padre, mirándola fijamente.

—¿Qué quieres que haga?

Alexander la miró con esa expresión que tantas veces había logrado que incluso Douglas dejara de hablar.

—Volverás a Hamilton Lodge.

El golpe fue duro.

Audrey se quedó muy quieta.

—¿Me estás sacando de aquí?

—Sí.

—¿Como castigo?

—No.

—¿Porque no lo apruebas?

—No he dicho eso.

—Entonces ¿por qué?

Alexander dio un paso hacia ella.

—Porque necesitas ver a tu madre. Necesitas dormir en tu cama. Necesitas recordar quién eras antes de todo esto. Necesitas pensar sin música, sin fiebre, sin barro, sin peligro, sin Douglas enfadado, sin Cathaline enferma y sin Glenmuir entero esperando que decidas salvarlo.

Audrey se llevó la mano a la flor de su cabello sin darse cuenta.

Alexander miró el gesto.

—Y si después de eso quieres volver, volverás estando segura.

—¿Y si al irme lo pierdo?

La pregunta salió antes de que pudiera retenerla.

Alexander sostuvo su mirada.

—Entonces no era el hombre adecuado para ti.

Le dolió.

Muchísimo.

—No sabes eso.

—Sí lo sé. Un hombre que solo sabe querer cuando te tiene encerrada por el clima, por la necesidad o por la costumbre, no te merece.

—Malcolm no es así.

—Entonces sobrevivirá a una despedida.

Audrey no pudo responder.

Porque aquella era la verdad que más miedo le daba.

Alexander le tocó la mejilla, con la rudeza contenida de un hombre que no sabía consolar a medias.

—No te arranco de Glenmuir, Audrey. Te devuelvo espacio para que tu elección sea tuya, ese es mi deber como padre.

Ella miró hacia el salón.

—Me dolerá.

—Lo sé.

—¿Y eso no importa?

—Claro que importa —Alexander bajó la voz—. Pero me importa más que elijas bien.

Durante un instante Audrey dejó que la frente se inclinara contra el hombro de su padre. No fue un abrazo largo. No fue llanto. Fue un segundo. Uno solo. Pero en ese segundo volvió a ser hija y dejó de ser la mujer que todos miraban esperando una decisión.

Alexander apoyó una mano en su nuca.

—Tu madre te está esperando.

Audrey cerró los ojos. Y por primera vez desde que había llegado a Glenmuir, pensar en Hamilton Lodge no le pareció volver a casa.

A Malcolm le pareció verla partir antes incluso de que diera un solo paso.

Estaba en el vestíbulo cuando Alexander regresó con Audrey, y bastó verla junto a su padre, tan erguida y tan pálida bajo la luz de la mañana, para comprenderlo.

Audrey no lo miraba de frente. Esa fue la primera despedida.

No las palabras, no el camino abierto ni los caballos preparados, sino aquella forma suya de apartar los ojos como si temiera que una sola mirada bastara para quebrar la decisión que acababa de tomar.

El paso volvía a ser transitable. Glenmuir dejaba de ser una prisión. Y Audrey, precisamente por eso, podía marcharse.

Alexander se detuvo frente a Malcolm.

—Partiremos al amanecer.