Capítulo 18 #2
Caminaron como dos hombres acostumbrados a mandar, a esperar y a no llenar el silencio por nerviosismo.
Alexander no miraba Glenmuir con la curiosidad de un visitante ni con el desprecio de un duque rico frente a una casa pobre.
Miraba sus muros, sus torres dañadas, sus piedras ennegrecidas por la lluvia y el tiempo con entendimiento.
—Está peor de lo que imaginaba —dijo al fin.
—Sí —dijo Malcolm, mirando al frente.
No añadió excusas. No habló de los inviernos, de la mala administración de su padre, de los bancos, de las rentas perdonadas ni de la gente que dependía de aquel castillo como si las piedras pudieran dar pan. Alexander pareció apreciar aquel silencio más que cualquier justificación.
—Y aun así lo miran como si pudiera llevarlo todo sobre los hombros.
—A veces es lo único que puedo hacer.
Alexander soltó una respiración breve. No fue una risa. Tampoco compasión.
—Hace veinte años yo habría dicho exactamente lo mismo.
Malcolm giró la cabeza.
Alexander seguía mirando hacia las montañas.
El tartán Hamilton se movía con el viento, oscuro contra la noche.
Había barro en sus botas, canas en su cabello y una inmovilidad peligrosa en el cuerpo; nada en él recordaba al aristócrata inglés que Malcolm había imaginado al recibir aquel apellido al otro lado de una carta.
—No ponga esa cara, Sinclair. Antes de que medio mundo decidiera llamarme duque, fui Roderick.
Antes de tener tierras, tuve cuchillos. Antes de firmar documentos, aprendí a no morir cuando otros hombres lo consideraban conveniente.
Sé lo que es ser escocés y no tener nada salvo las manos, el orgullo y personas a las que no se puede fallar.
Malcolm no dijo nada, aquello no lo había esperado.
Había imaginado a Alexander Hamilton como un padre furioso, como un duque dispuesto a arrojar dinero sobre la mesa, como un enemigo elegante. No había imaginado a un hombre que lo entendiera.
Alexander se detuvo junto al muro desde donde se veía la sombra de los pastos. Glenmuir se extendía más allá, oscuro, húmedo, suyo y amenazado.
—Usted me escribió porque estaba acorralado —continuó el duque de Hamilton—. No porque sea un miserable. No porque sea necio. Y no porque le pareciera divertido poner el nombre de mi hija en una vieja cuenta familiar. Escribió como escriben los hombres que han empezado a ver el fondo del pozo.
—Entonces comprende por qué lo hice.
—Demasiado bien —contestó Alexander, clavando sus ojos negros en los de Malcolm. La respuesta no alivió nada—. Eso no significa que lo acepte todo —añadió—. Comprender a un hombre no es absolverlo.
Malcolm apretó la mandíbula.
—Su hija eligió venir.
—Después de que usted pusiera su casa, su hermana, Brodick y el honor de los Hamilton en una misma mesa. Mi hija vino para recuperar lo que creyó que usted intentaba arrebatarle: el honor.
—Hay un pacto entre nuestras familias.
—Lo sé.
La rapidez de la respuesta dejó a Malcolm inmóvil. Alexander metió la mano dentro de la chaqueta y sacó un pequeño pliego doblado, no para entregárselo, sino para tenerlo entre ambos como prueba de que aquella conversación no se alimentaba de rumores.
—He leído los papeles. Todos. Los que usted envió, los que conservaba mi madre, los que algunos abogados habrían preferido enterrar bajo un lenguaje lo bastante aburrido para que nadie los mirara dos veces —El rostro de Malcolm no cambió, pero algo se tensó en él.
Alexander continuó: —Mi madre dio su palabra.
Y en mi casa, la palabra de una mujer vale tanto como la de un hombre —El viento golpeó la piedra.
Desde el salón llegó una nota de violín, lejana, casi ajena—.
Brodick será entregada a Glenmuir —dijo Alexander.
Malcolm no respondió.
Durante un instante no pudo.
Había pasado años imaginando aquella frase. La había escrito de mil formas en su cabeza, la había perseguido en cuentas imposibles, la había convertido en razón, amenaza y esperanza. Y ahora que la escuchaba de labios del único hombre que podía hacerla realidad, no sintió victoria.
Sintió vértigo.
—No se burle de mí —dijo al fin, en voz baja.
Alexander ni siquiera parpadeó.
—No he cruzado media Escocia para burlarme de un laird en ruinas.
La frase era dura, pero no cruel. Era cierta.
—Sé lo que entrego —continuó Alexander—.
No crea que Brodick es solo una renta para mí.
Está en Arran. Mientras Brodick pertenezca a otra casa, hay una parte de mi isla que no responde a mi nombre.
Y yo no soy solo el duque de Hamilton. Soy laird de Arran.
Entregar Brodick no me arruina, pero me quita mi legado —Malcolm lo miró entonces.
Alexander sostuvo su mirada sin una sola grieta—.
Y aun así lo entregaré. No por miedo a usted.
No por compasión hacia Glenmuir. No para comprar honor.
Lo haré porque si mi madre dio una palabra válida, los Hamilton la cumplirán.
Aunque llegue tarde. Aunque duela. Aunque me disguste.
Brodick será suyo—repitió—. La renta, los derechos, los documentos.
Todo lo que corresponda. Mi gente hablará con la suya cuando el camino vuelva a ser seguro.
Malcolm sintió el peso de Glenmuir detrás de él. Los niños, las viudas, los arrendatarios, Mairi, los muros, los muertos, los vivos. Todo aquello que llevaba años sosteniendo con rabia y manos desnudas acababa de recibir un consuelo.
Y, sin embargo, la primera imagen que le vino a la mente no fue la del castillo salvado.
Fue la Audrey marchándose.
Porque si Brodick era suya, la vieja cuenta quedaba cerrada. La reclamación perdía dientes. Glenmuir ya no tendría derecho a pronunciar el nombre de Audrey como necesidad.
Alexander lo vio.
Por supuesto que lo vio.
—Mi hija volverá conmigo a Hamilton Lodge —aclaró.
Malcolm giró la cabeza hacia él.
—No.
El aire se enfrió.
Alexander no se movió, pero la noche pareció hacerlo a su alrededor.
—Mida sus palabras, Sinclair.
—No le digo que no a su derecho de padre —corrigió Malcolm—.
Ni a que lady Audrey vea a su madre. Ni a que respire lejos de Glenmuir antes de decidir qué quiere.
Le digo que no a que crea que esto puede terminar con Brodick, quizás no lo quiera.
Usted puede devolverme Brodick. Puede salvar Glenmuir.
Puede cerrar lo firmado y dejar a nuestros muertos tranquilos por primera vez en años. Pero eso ya no me da lo que quiero.
Los ojos de Alexander se endurecieron.
—Cuidado.
—Lo tengo.
—¿Qué quiere, entonces?
Malcolm no respondió de inmediato. Porque aquella era la primera vez que lo decía sin escudarse en un clan, una firma, una tierra o una vieja obligación.
—A su hija.
La palabra quedó entre los dos, limpia y brutal.
Alexander no se sorprendió.
Eso fue peor.
—Mi hija no se entrega.
—Lo sé.
—No se reclama como un animal ni se recupera como una tierra.
—Lo sé.
—Entonces hable como un hombre que lo sabe.
Malcolm respiró despacio. El orgullo le ardía, pero no lo dejó hablar primero.
—No la quiero como pago. No la quiero porque Glenmuir la necesite.
No la quiero porque una vieja costumbre diga que volvió cubierta con mi plaid, ni porque medio castillo haya decidido verla como mi prometida.
La quiero a ella. Si algún día regresa a mí, será porque ella decida hacerlo.
Y si eso ocurre, entonces la pediré como corresponde. A ella primero. A usted después.
Alexander lo observó largo rato entre la ofensa y la sorpresa.
Dentro del castillo, la música cambió. Un golpe de tambor, una voz femenina en gaélico, una risa que quizás era de Ewan. La fiesta quería sobrevivir a todo, muy escocés por su parte.
—Eso suena bien —dijo Alexander—. Muchos hombres suenan bien cuando todavía no han sido puestos a prueba.
—Ya me está poniendo a prueba con Brodick, podría aceptar ese pago y seguir con mi vida, laird de Arran. Pero deseo casarme con su hija.
Malcolm no apartó la mirada.
Alexander guardó el pliego con los papeles.
—Escúcheme con atención. Audrey volverá mañana a su hogar.
Hará su temporada, conocerá el mundo para el que ha sido educada y tendrá la libertad de escoger su futuro.
Si, después de todo eso, sigue queriendo regresar a Glenmuir...
no encontrará en mí un enemigo. Seré yo quien la acompañe hasta aquí.
Ahora —continuó el duque—, le quito la necesidad.
Le quito la excusa. Le quito el argumento que lo trajo hasta mi casa por carta.
Si mañana Glenmuir puede salvarse sin Audrey, si Brodick es de usted, si sus arrendatarios comen y sus bancos callan... ¿seguirá queriendo a mi hija?
El viento pareció detenerse.
Ahí estaba la verdadera pregunta.
Sin Brodick.
Sin octubre.
Sin los bancos.
Sin la desesperación de un laird que mira a su gente y no encuentra otra salida.
Audrey.
Solo Audrey.
La flor en su cabello. La risa breve durante el baile.
Sus manos manchadas de barro calmando a una niña.
Su voz diciendo que ya no quería marcharse como antes.
Su boca bajo la suya en el cobertizo. Su orgullo, su miedo, su inteligencia.
Aquella manera insoportable de convertirse en necesaria sin pedir permiso.
—Sí, la quiero —dijo Malcolm.
No fue una respuesta rápida.
Fue una respuesta arrancada de un lugar más hondo que el orgullo.
Alexander no se movió.
Malcolm continuó, porque debía terminarlo bien o no decirlo nunca más.
—No porque Glenmuir la necesite.
La frase le costó. Se le notó.
—Porque yo sí.
Alexander lo observó durante varios segundos. No sonrió. No se ablandó. Pero algo en su rostro cambió, como si hubiera visto por fin al hombre que quedaba bajo el laird.
—Entonces empiece por dejarla marchar.
Malcolm bajó un poco la mirada hacia la piedra húmeda.
No como sumisión.
Como aceptación.
—De acuerdo.
Alexander Hamilton no había venido a negar el honor de Glenmuir ni a humillar a Malcolm Sinclair. Había venido a cumplir con su palabra, a quitarle al laird su excusa y a llevarse a su hija con él.
Malcolm miró hacia el castillo.