La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Durante unos segundos, Glenmuir olvidó cómo se respiraba.

La música había muerto de golpe, pero todavía quedaba algo de ella vibrando en las vigas del salón, en las botas quietas, en las manos detenidas sobre vasos de ale y en la garganta de los gaiteros, que no se atrevieron a seguir tocando sin saber si aquello era todavía una fiesta o el principio de una guerra.

Fuera, en el patio, las antorchas se inclinaban bajo el viento.

Los caballos recién llegados resoplaban con los flancos cubiertos de barro.

Los hombres que acompañaban a Alexander Hamilton no parecían lacayos ni escoltas de salón.

Eran jinetes cansados, armados, callados, con el tartán Hamilton sobre los hombros y esa inmovilidad propia de quienes habían aprendido a obedecer a un hombre peligroso sin hacer preguntas inútiles.

Alexander no tenía prisa.

Miró el patio. La piedra. Los muros. Las caras. A los Sinclair. A los MacKinnon. A los viejos que lo reconocían.

Se quitó los guantes despacio, como si aquella llegada no hubiera interrumpido una ceilidh sino una reunión convocada por él mismo.

Era alto, ancho de hombros, con el cabello oscuro salpicado de canas y el rostro endurecido por años de duque, padre y hombre que no había llegado a viejo por confiar demasiado en nadie.

No llevaba pompa inglesa. Llevaba barro en las botas, tartán en el hombro y la expresión de quien podía discutir con un rey si el rey se interponía entre él y los suyos.

Malcolm lo observó sin moverse después del primer saludo de rigor.

Douglas había entrado en Glenmuir como un incendio, su padre era otra cosa.

El viejo Iain Sinclair seguía mirándolo como quien veía un milagro.

Alexander volvió la cabeza hacia él, y por primera vez algo humano cruzó su rostro. No ternura abierta. No sentimentalismo. Algo más sobrio y mucho más fuerte.

—Y aun así sigues llamándome muchacho, Iain.

—Porque sigo siendo más viejo que tú.

—Eso nunca fue mérito tuyo. Solo terquedad.

Iain soltó una risa ronca.

Los hombres de Glenmuir no se engañaban con facilidad.

Olían la mentira mejor que la lluvia. Y allí no había mentira.

Alexander Hamilton podía vivir entre alfombras inglesas, firmar documentos con pluma de duque y vestir a sus hijas con seda, pero ningún escocés honesto habría podido negar que aquel hombre llevaba las Highlands en los huesos.

Douglas fue el primero en moverse.

No corrió hacia él. No lo abrazó. No habló. Dio un paso, se detuvo delante de su padre e inclinó la cabeza con una reverencia sobria, impecable, de heredero a duque y de hijo a hombre que merecía respeto antes que explicaciones.

—Padre.

Alexander lo miró de arriba abajo. Vio el cansancio, la humedad que aún parecía vivir en sus botas, la mandíbula apretada, los ojos demasiado jóvenes para tanto miedo acumulado.

—Douglas.

Una sola palabra. A Douglas le bastó.

Edward se acercó después. También hizo una reverencia, más elegante, con esa tranquilidad suya que escondía demasiadas conclusiones para una edad tan breve.

Alexander se detuvo en el labio aún marcado.

—Veo que has tenido tiempo para pelear.

—En menor medida.

—Eso no es una defensa.

—No pretendía que lo fuera.

—Estás entero.

—Casi.

—Procura mejorar esa cifra.

Edward inclinó de nuevo la cabeza y retrocedió.

Cathaline intentó levantarse de la silla.

Fue un error.

La mitad de los presentes hizo ademán de moverse. Jane se adelantó. La señorita Worth emitió un sonido de horror. Ewan, desde el otro lado del patio, dio un paso antes de recordar que no era nadie para hacerlo. Alexander no levantó la voz.

No le hizo falta.

—Sentada, Cathaline.

La muchacha obedeció al instante. Aquello impresionó a más de uno. Cathaline Hamilton había desafiado a su familia, a la prudencia, a un río y a la lógica más elemental; pero una sola palabra de su padre la dejó clavada en la silla.

Alexander caminó hacia ella.

No se arrodilló.

No era ese tipo de hombre. Él se detuvo frente a su silla y la miró desde arriba, con un rostro tan severo que Cathaline, por primera vez desde que había despertado de la fiebre, pareció recordar que seguía siendo una hija que había cometido una imprudencia imperdonable.

—Te escapaste de casa —dijo Alexander.

—Sí —contestó Cathaline, tragando saliva.

—Mentiste a tu madre.

—No del todo.

—Cathaline.

—Sí.

—Seguiste a Douglas por media Gran Bretaña.

—Sí.

—Y al parecer has sufrido un accidente.

—Eso fue un error de cálculo.

El silencio que siguió hizo que incluso Ewan dejara de respirar con comodidad. Alexander inclinó la cabeza hacia ella.

—Tu madre se ha quedado en Hamilton Lodge con Richard porque alguien debía conservar la casa mientras yo venía a recuperar a mis hijos en Escocia. Cuando volvamos, tendrás que explicarle personalmente por qué consideraste razonable hacernos sufrir de esta manera.

Cathaline perdió todo el color que la fiebre le había devuelto.

—¿Está muy enfadada?

—Tu madre no necesita estar enfadada para ser peligrosa.

Cathaline cerró los ojos.

—Oh.

—Exactamente.

Alexander le tomó la barbilla con dos dedos y la obligó a mirarlo. El gesto fue firme, pero no cruel. Era el gesto de un padre que se había pasado demasiados días imaginando el cuerpo de su hija arrastrado por el agua y que aún no podía permitirse temblar.

—No vuelvas a hacerlo.

Cathaline asintió.

—No.

—No quiero promesas bonitas. Quiero obediencia.

—Sí, padre.

Solo entonces Alexander le rozó el cabello con la mano, un gesto breve, escondido bajo la severidad. Cathaline bajó los ojos, y todos pudieron ver que aquello la afectó más que cualquier abrazo.

Después Alexander se giró hacia Audrey.

Audrey no había avanzado.

No por frialdad.

Porque había vuelto a convertirse, durante unos instantes, en la primogénita de Hamilton Lodge. La que esperaba su turno. La que no reclamaba consuelo antes que sus hermanos. La que se aguantaba recta hasta que todos los demás estaban a salvo.

Cuando Alexander la miró, ella hizo una reverencia.

Una reverencia perfecta.

Y aquello, de alguna forma, fue más íntimo que correr hacia él.

—Padre.

Alexander se acercó.

El patio entero parecía mirar sin atreverse a hacerlo del todo.

Él no la abrazó de inmediato. La estudió.

El vestido de noche, el rostro demasiado sereno, la flor en el cabello, los ojos azules cargados de algo que no estaba allí cuando ella salió de Hamilton Lodge dispuesta a declarar la guerra a un laird escocés.

—¿Estás bien?

Audrey sostuvo su mirada.

—Sí.

—No —dijo su padre, ella no respiró—. Pero no te obligaré a corregir la mentira delante de medio castillo.

La frase la golpeó con más fuerza que una reprimenda. Audrey sintió la tentación absurda de cerrar los ojos y apoyarse en él como cuando era niña. No lo hizo.

—Luego —dijo Alexander.

Y ella entendió. Luego hablarían. Luego dejaría de fingir.

Luego no habría tanta gente mirando.

Alexander se giró por fin hacia Malcolm.

Malcolm no se había movido. Seguía de pie cerca de la entrada, con el tartán oscuro sobre el hombro, la mandíbula apretada y la flor seca de brezo junto al broche del plaid. No había intentado hablar, No había reclamado nada. Tampoco había retrocedido.

Alexander caminó hacia él.

Los hombres de ambos clanes se pusieron nerviosos de forma casi imperceptible. No era miedo. Era instinto. Dos machos dominantes no se acercaban así sin que la tierra pareciera prepararse.

—Laird Sinclair —dijo Alexander.

—Duque de Hamilton.

—Por el camino, me han dicho que mi hija Cathaline vive porque un Sinclair se arrojó al río.

—Ewan Sinclair. Mi primo —contestó Malcolm, señalando con la mirada a Ewan.

Alexander miró hacia el pelirrojo.

—Acérquese.

Ewan obedeció, aunque por primera vez en muchos días no hizo ningún comentario.

Alexander le tendió la mano.

—Le debo la vida de mi hija.

Ewan miró la mano, luego al duque.

—No me debe nada, excelencia.

—No rebaje lo que hizo.

Ewan cerró la boca. Malcolm observó aquello sin hablar. Alexander no estaba adulando a nadie. Estaba pagando una deuda de honor con palabras.

Ewan estrechó su mano.

Alexander volvió a Malcolm.

—También sé que bajo este techo mis hijos han comido, dormido y recibido cuidados.

Sé que Cathaline ha sido atendida. Sé que Audrey ha podido escribir aunque las cartas no pudieran cruzar el paso.

Sé que Edward y Douglas siguen enteros, aunque algo magullados.

Y sé que no ha convertido Glenmuir en una cárcel. Gracias por acoger a mis hijos.

Malcolm tardó un segundo en responder.

—Estaban bajo mi techo.

—Sí —dijo Alexander—. Y usted ha actuado como un hombre que entiende lo que eso significa —No era un elogio, no del todo, sino una forma de reconocimiento; y, viniendo de Alexander Hamilton, aquello tenía bastante más valor que cualquier cortesía—. Ahora caminará conmigo —añadió.

No preguntó.

Malcolm lo notó.

Los Sinclair también.

La orden habría provocado otra respuesta si hubiera salido de cualquier boca. De la de Alexander, en aquel patio, después de haber reconocido públicamente el honor de los Sinclair, sonó menos a imposición que a declaración de igualdad.

Malcolm inclinó la cabeza.

—Como guste.

—No me gustan los despachos.

—A mí tampoco.

—Bien.

Los dos hombres cruzaron el patio sin necesidad de ordenar que nadie los dejara solos.

Nadie los siguió. Ni Douglas, aunque se le notó en la mandíbula que cada paso de su padre junto al laird le costaba un esfuerzo.

Ni Audrey, aunque Malcolm sintió su mirada clavada entre los hombros como si fuera una mano.

La noche estaba fría en la parte baja de la muralla.

El viento llegaba desde las colinas con olor a piedra mojada, pino y humo, y detrás de ellos la ceilidh intentaba reanudarse con una prudencia extraña, como si hasta las gaitas hubieran comprendido que no convenía levantar demasiado la voz mientras Alexander Hamilton y Malcolm Sinclair hablaban.

No caminaron como enemigos.

Tampoco como aliados.