Capítulo 17
Douglas esperó hasta que Malcolm se apartó del salón. Lo siguió hasta un pasillo lateral, donde la música aún se oía, amortiguada por la piedra.
—Laird Sinclair.
Malcolm se detuvo.
—¿Otra vez quiere bailar con mi hermana?
—No, solo pretendía animarla.
—Me alegra.
Douglas no sonrió.
—He hablado con Audrey.
Malcolm se giró del todo.
—Eso imaginaba.
—Está confundida.
—Audrey rara vez está confundida.
—Eso es lo que usted cree porque no la conoce desde niña.
En otro momento, la frase habría sido una provocación. Esa vez Malcolm esperó. Douglas respiró hondo, como si cada palabra le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Mi hermana es fría cuando no entiende lo que siente.
Se vuelve más perfecta cuanto más miedo tiene.
Si la ve serena, no cometa el error de pensar que no se está rompiendo por dentro —Malcolm no respondió.
Douglas continuó, más bajo: —Ahora que la mira como algo más que un pacto o una forma de salvar Glenmuir, necesito saber si comprende lo que puede estar arrastrando hacia ella.
—No la estoy arrastrando.
—¿No? Ella no ha tenido una temporada social.
No ha visto Londres. No ha bailado con hombres que no lleven cuchillos en las botas.
No ha elegido entre cien posibilidades. Usted le ofrece una casa arruinada, un clan que depende de su espalda, inviernos, cuentas, barro, gente hambrienta y un futuro donde cada alegría costará el doble que en cualquier salón inglés.
Malcolm soportó cada palabra sin apartar la mirada.
—Sí.
Douglas se tensó.
—¿Eso es todo?
—No voy a adornarle Glenmuir para que suene más cómodo. No lo es.
—Entonces ¿qué puede darle?
Malcolm miró hacia el salón, donde la música subía como una tregua a todo el trabajo acumulado que tenían en Glenmuir.
—Una vida que no le mienta.
Douglas frunció el ceño.
—Eso no basta.
—Quizás para usted no.
—Audrey merece más que trabajo y cruda realidad.
—Lo sé.
La respuesta fue tan inmediata que Douglas calló.
Malcolm siguió hablando, con voz baja, áspera, sin adornos.
—Su hermana no será feliz donde los salones brillen más si tiene que pasar la vida fingiendo que no desea nada que pueda ensuciarle los guantes.
Usted la ama. No lo dudo. Pero quizás no la conoce tanto como cree.
Quizá solo la ve como aquello que han protegido, no como aquello que podría elegir ser si dejaran de rodearla todos con sus manos.
Douglas apretó los puños.
—Tenga cuidado.
—Siempre. Desde que llegó.
—No lo parece.
—Porque usted confunde cuidado con renuncia.
La frase quedó entre ellos, peligrosa.
Douglas sacó entonces una carta del interior de su chaqueta. El sello Hamilton estaba intacto. Era la carta cerrada de Alexander Hamilton.
—Mi padre me la dio antes de partir. Me ordenó entregarla si ya no encontraba ninguna solución.
Malcolm miró el sello.
—¿Y la situación se ha complicado?
Douglas sostuvo la carta un segundo más.
—Mi hermana baila con usted llevando flores que usted le dio. Usted lleva una flor suya como si fuera una maldita declaración de guerra contra mi paciencia. Sí, laird. Creo que se ha complicado bastante.
Malcolm tomó la carta.
Douglas no se marchó enseguida.
—Si le importa un mínimo, no la convierta en una mártir de Glenmuir.
Malcolm sostuvo la carta con tanta fuerza que el papel crujió.
—Si me importara poco, ya habría usado todo lo que tengo para retenerla, ella está eligiendo por sí misma.
Douglas lo miró. Y, por primera vez, no encontró una respuesta rápida.
Cuando Douglas volvió al salón, Malcolm permaneció solo en el pasillo con una gotera cercana. La música seguía. El fuego seguía. La fiesta continuaba.
Rompió el sello.
La letra de Alexander Hamilton era elegante, firme, sin una sola línea apresurada. No hacía falta que gritara. Había hombres que amenazaban mejor con tinta que otros con espadas.
Sinclair:
He permitido que mi hijo viaje primero a Glenmuir para evitar que esto se convierta, de inmediato, en un asunto de problemas mayores.
No confunda este gesto con paciencia infinita.
Si en un plazo razonable no recibo noticias claras de Audrey, Edward y Douglas, iré yo mismo a buscar a mis hijos.
Y entonces hablaremos, usted y yo, sobre antiguas promesas, sobre Brodick y sobre el precio que algunos hombres creen tener derecho a poner sobre mis hijas.
Alexander Hamilton Duque de Hamilton Laird de Arran
Malcolm leyó la carta una vez. Luego otra.
«Un plazo razonable».
La carta había salido de Hamilton Lodge antes de que el paso se cerrara del todo.
Douglas la había llevado consigo. Cathaline había llegado después.
El río los había mantenido aislados. El tiempo se había deformado entre lluvias, fiebres, besos y decisiones que nadie se atrevía a nombrar hasta que salió el sol.
La amenaza ya no era futura. Era presente.
Tan presente como la amenaza de los bancos, como la carta de Inverness, como el calendario que avanzaba sin piedad hacia octubre.
Faltaba poco para perderlo todo. Glenmuir, sus tierras, su gente, los nombres grabados en piedra, los cottages donde aún ardía fuego Sinclair desde hacía generaciones.
Malcolm cerró los dedos sobre la carta.
No esperaba sentir aquello por Audrey Hamilton.
No así. No con aquella violencia que lo empujaba a buscarla incluso cuando no estaba, a escuchar su voz entre el ruido del salón, a guardar una flor caída de su cabello como si fuera una reliquia absurda y necesaria.
No esperaba desear que se quedara por razones que ya no tenían nada que ver con Brodick, ni con la vieja cuenta entre familias, ni con la salvación práctica de un ducado en ruinas.
Pero tampoco era un muchacho que pudiera perder la cabeza por una mujer y llamar amor a la destrucción de todos los que dependían de él.
Audrey lo había desordenado.
Glenmuir seguía siendo su responsabilidad.
Esa era la crueldad.
Si la retenía, podía destruirla. Si la dejaba marchar, quizás perdería la única cosa que en años le había hecho imaginar el futuro como algo distinto a una larga resistencia.
Y si elegía solo con el corazón, si olvidaba por un instante que cada Sinclair bajo aquel techo, cada niño, cada viuda, cada arrendatario y cada anciano esperaba que él permaneciera firme, entonces no sería mejor que los hombres que habían hipotecado el honor de su casa antes que él.
No podía abandonar a su gente por una inglesa.
Y, Dios lo ayudara, ya no estaba seguro de poder llamar inglesa a Audrey sin mentirse.
Malcolm alzó la vista hacia el final oscuro del pasillo. Alexander Hamilton podía estar ya en camino. O peor. Podía estar cerca.
Guardó la carta despacio. Por un instante, pareció más grande que la piedra que lo rodeaba: moreno, inmóvil, con el tartán oscuro sobre el hombro y la flor seca junto al broche.
Un hombre de las Highlands esperando a otro hombre de las Highlands.
No como rivales de salón, sino como dos fuerzas antiguas a punto de medir el terreno bajo sus pies.
Cuando volvió al salón, Audrey lo miró de inmediato. No preguntó. Pero supo que algo había cambiado.
La música alcanzaba su punto más alto cuando se oyó el cuerno.
No pertenecía a la ceilidh. No pertenecía a Glenmuir.
El primer sonido cortó la canción como un cuchillo. El segundo hizo que los hombres se pusieran en pie. Los niños despertaron. Los perros ladraron. Las mujeres dejaron de hablar. Malcolm se giró hacia la puerta incluso antes de que Hamish entrara.
—Jinetes —dijo Hamish.
Douglas se levantó de golpe. Edward también. Cathaline intentó incorporarse y Jane la sujetó por los hombros. Audrey se quedó helada.
Malcolm ya caminaba hacia el exterior.
La noche había caído sobre Glenmuir, pero el patio estaba iluminado por antorchas. El viento movía las llamas. Más allá del arco se escuchaban cascos, muchos, acercándose sobre piedra mojada.
Los Sinclair salieron. Los MacKinnon también. Sir Alasdair, Fiona, Tavish, Ewan, Callum, Iain. Todos parecieron entender, sin necesidad de explicaciones, que aquella llegada no era una visita más.
Primero apareció el tartán.
«Hamilton».
Oscuro, sobrio, escocés.
Después los caballos. Hombres armados, cansados por el camino, cubiertos de barro, pero no desordenados. No eran lacayos ingleses ni una escolta de salón. Eran hombres que sabían cabalgar de noche por tierras difíciles. Hombres de un duque, sí. Pero también hombres de clan.
Y entonces apareció él.
Alexander Hamilton desmontó sin prisa. No llevaba la pompa de Londres ni el rostro ofendido de un aristócrata al que el viaje le hubiera parecido una grosería personal.
Vestía oscuro, con el tartán Hamilton cruzándole el hombro, las botas manchadas de barro y el cabello negro salpicado por bastantes canas.
Era alto, ancho de hombros, peligroso de una manera que no necesitaba demostrarse.
En su rostro había algo de Douglas, pero más maduro. Más viejo. Más letal.
El silencio se volvió absoluto.
Alguien, entre los ancianos, susurró: —Roderick.
Otro hombre corrigió casi al mismo tiempo, con reverencia: —Alexander Hamilton.
El viejo Iain dio un paso adelante. Sus ojos, que tantas veces parecían burlarse del mundo, se humedecieron apenas.
—Hace muchos años que no pisabas estas montañas, muchacho.
Alexander lo miró. Y por primera vez, su rostro se quebró lo justo para mostrar algo que no era amenaza.
—Demasiados, Iain.
No le ofreció la mano. Lo abrazó.
Aquel gesto recorrió el patio como una corriente. Nadie pudo decir entonces que Alexander Hamilton fuera solo un duque inglés con tierras escocesas. Nadie. Aquellos hombres lo reconocían. Las montañas también parecían hacerlo.
Tavish, desde un lado, habló con una sonrisa torcida:
—Dicen que ahora vive más entre ingleses que entre los suyos.
Un viejo Sinclair giró la cabeza hacia él.
—Muchacho, vigila esa lengua. Ese hombre llevaba nuestros colores cuando tú aún no sabías sostener una espada.
Tavish apretó la mandíbula. No respondió. Alexander ni siquiera lo miró.
Sus ojos ya habían encontrado a Douglas. Luego a Edward. Luego a Cathaline, sentada en la entrada, pálida y envuelta en un chal, con Jane detrás y la señorita Worth al borde de un desmayo perfectamente razonable.
Después vio a Audrey.
Ella estaba cerca de Malcolm. Demasiado cerca para un padre. Demasiado lejos para una mujer que acababa de confesar que ya no quería marcharse como antes.
Alexander vio la flor en su cabello. Vio el plaid de Malcolm. Vio la flor seca prendida junto al broche. Y entendió demasiado en muy pocos segundos.
Audrey no se movió.
—Padre...
La voz le salió más baja de lo que esperaba.
Alexander avanzó un paso. No hacia ella. Todavía no.
Primero miró a Malcolm Sinclair.
El patio entero contuvo el aliento.
Dos highlanders. Dos hombres orgullosos. Dos formas de poder.
Malcolm inclinó apenas la cabeza.
—Duque de Hamilton.
Alexander sostuvo su mirada.
—Laird Sinclair.
No hubo gritos. No hubo acusaciones. No hizo falta.
Malcolm comprendió entonces que Douglas había sido una tormenta joven, violenta, protectora y fácil de leer.
Alexander Hamilton era otra cosa. Era una montaña que había aprendido a caminar.
Y entonces Malcolm Sinclair comprendió que el verdadero duque de Hamilton no había llegado a Glenmuir para preguntar qué había ocurrido.
Había llegado para decidir qué precio tendría.