Capítulo 16 #3
Audrey volvió los ojos hacia él.
—Cada vez menos.
El golpe fue tan fuerte que Malcolm dejó de oír la música durante un segundo. No la besó. No podía. Todo Glenmuir los miraba. Douglas los miraba. Quizás eso fue lo único que lo salvó de cometer una estupidez gloriosa y completamente imperdonable.
—Audrey...
—Ya no quiero marcharme como quería antes, pero tengo obligaciones.
Malcolm sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Había levantado piedras, empujado troncos, resistido años de ruina, de frío y de orgullo, pero aquella confesión dicha en voz baja, entre un giro y otro, casi lo dejó sin fuerza.
—Eso basta por esta noche —dijo.
Audrey lo miró, sorprendida.
—¿Basta?
—Si me da más, lady Audrey, olvidaré que todo Glenmuir está mirando.
Ella bajó la vista. El color le subió al rostro. No mucho. Lo suficiente.
La pieza terminó entre aplausos, gritos y risas. Malcolm la soltó despacio, demasiado despacio. Audrey hizo una inclinación correcta, impecable, casi inglesa. Pero sus ojos ya no lo eran del todo.
Douglas lo había visto. No había oído las palabras.
No pudo escuchar aquella confesión que habría endurecido su corazón o quizás lo habría roto un poco.
Pero había visto la flor en el cabello de Audrey, la flor seca en el plaid de Malcolm, la forma en que su hermana había dejado de resistirse al ritmo, cómo se había relajado bajo las manos del laird, cómo había reído.
Y Douglas comprendió algo que lo asustó más que cualquier beso: aquello ya no era solo atracción, ni pacto, ni el efecto de una casa extraña sobre una dama lejos de los suyos.
Era pertenencia. Y si Audrey empezaba a pertenecer a Glenmuir, tal vez ningún Hamilton podría llevársela del todo sin romper algo en ella.
Tavish también lo comprendió. Desde su rincón observó a Malcolm y Audrey con el rostro duro.
Luego miró a Douglas, a Edward, a Cathaline, a la señorita Worth intentando no sonreír mientras una mujer del clan le explicaba una receta de pan de avena.
Miró a los Hamilton bajo techo Sinclair, rodeados de música y tartán, y por primera vez no pensó que aquellos ingleses fueran solo ingleses.
Quizás eso era lo que más lo enfurecía: descubrir que algunos llevaban la tierra en la sangre aunque hubieran aprendido a hablar con modales de salón.
Douglas esperó a que cambiara la música y se acercó a Malcolm.
—Laird Sinclair.
—Lord Douglas —contestó Malcolm.
—Usted ha bailado con mi hermana.
La tensión apareció de inmediato.
—Con su permiso.
—No me lo pidió.
—Audrey no me pertenece a mí. Tampoco a usted. Ha venido ella a bailar conmigo.
—Por eso no he dicho nada.
Luego miró hacia Isla Mairi. La joven estaba sentada cerca de Cathaline, con un chal sobre los hombros y los ojos fijos en el baile, como quien se ha acostumbrado demasiado pronto a ver la vida desde el margen.
—Creo que merezco el mismo derecho con la suya.
La mandíbula de Malcolm se endureció.
—No.
Mairi levantó la cabeza.
—Malcolm.
—Estás cansada.
—Estoy sentada.
—Precisamente.
Douglas hizo una inclinación hacia ella, impecable, más inglesa que escocesa en la forma, aunque algo desafiante le brillaba en los ojos.
—Lady Mairi, ¿me concedería una pieza? Prometo no obligarla a saltar, ni a girar demasiado, ni a admirarme en exceso.
—Qué lista tan decepcionante de promesas —replicó Isla Mairi.
—Puedo reducirla.
—Entonces acepto.
—Mairi —se interpuso Malcolm.
—No me humilles delante de todos —respondió ella, firme.
—Recuerde, laird, proteger no es poseer —dijo Audrey por detrás.
Aquello lo detuvo. No porque no quisiera prohibirlo. Lo detuvo porque incluso un laird debía saber cuándo su protección empezaba a parecerse demasiado a una jaula.
Douglas ofreció el brazo. Mairi se levantó despacio. Estaba pálida, pero erguida. Durante un instante, el salón pareció contener el aliento igual que lo había hecho con Audrey. Douglas la condujo al centro con una prudencia que intentó ocultar bajo cortesía.
—Si se marea, me lo dirá —murmuró él.
—Si se comporta como mi hermano, se lo haré saber.
—Intentaré no parecerme a él.
—Eso decía usted hace un momento y, sin embargo, frunce el ceño igual.
Douglas la miró.
—¿Siempre es tan ingrata con quien intenta ser considerado?
—Puede ser.
La música empezó. No era una pieza tan rápida como la anterior, y Douglas ajustó el ritmo de inmediato.
Mairi lo notó. También notó que no lo hacía con condescendencia.
No la arrastraba ni la sostenía como si fuera porcelana.
Simplemente adaptaba sus pasos para que ella pudiera seguir sin que nadie más lo percibiera.
Aquello la irritó. Y la conmovió. Ambas cosas, lo cual era francamente molesto.
—Está haciendo trampa —dijo ella.
—¿Yo?
—Está bailando más despacio.
—Quizás no sé hacerlo mejor.
—Miente fatal, lord Hamilton.
—Entonces no se lo diga a nadie. En mi familia creen que se me da bien todo.
Mairi soltó una risa breve, limpia, inesperada.
Douglas se quedó mirándola como si acabara de descubrir que aquella joven pálida, enferma y huesuda podía convertirse de pronto en otra cosa.
No una inválida. No la hermana protegida por Malcolm.
No una sombra dulce en Glenmuir. Una mujer con humor, orgullo y una manera peligrosa de no tener miedo de nadie.
Mairi dejó de reír al notar su mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra mentira.
—Tiene razón. Pero esta me la quedaré.
Ella apartó la vista. No por timidez. O eso decidió decirse a sí misma para no perder el paso.
Al otro lado del salón, Malcolm los observaba con una expresión que prometía varios asesinatos futuros. Audrey se colocó a su lado.
—No la está dañando.
—No me gusta.
—A mí tampoco me gustó que usted me hiciera bailar.
—Yo no la hice bailar.
Audrey miró a Mòrag, que corría entre dos mujeres.
—Cierto. Fue una niña de diez años. Mucho peor.
—Su hermano es demasiado joven —resolvió él.
—Su hermana no parece impresionada por eso.
—Eso me preocupa más.
Audrey volvió a mirar a Mairi y Douglas.
—Creo que él solo quería animarla, no sospeche cosas que no tienen sentido todavía.
—Quizás me estoy precipitando.
—Douglas no es la clase de hombre que saca a bailar a una dama para coquetear; pero mire a su hermana, está sonriendo.
La música terminó. Douglas devolvió a Mairi a su silla con una reverencia. Malcolm apareció casi de inmediato, pero Mairi lo detuvo con una mirada antes de que pudiera decir una sola palabra.
—Estoy bien.
Douglas inclinó la cabeza.
—Gracias por la pieza.
—Gracias por no pisarme.
—Ha sido difícil contenerme.
Mairi sonrió. Pero Douglas solo se retiró con educación.
Fiona estaba cerca de una mesa, observando cómo los MacKinnon más jóvenes se mezclaban con los Sinclair. Su expresión era tranquila, pero sus dedos jugaban con el borde del tartán. Edward se acercó con dos vasos.
—Espero que tenga un buen viaje de regreso.
—Debo cruzar el mar, y eso es nunca buena.
Edward miró hacia el centro del salón.
—¿Baila?
—¿Usted?
—Eso he preguntado.
—¿Está pidiéndome una pieza para analizar la cultura MacKinnon?
—No. Para despedirme.
Ella bajó la mirada hacia el vaso. Por primera vez, no respondió de inmediato.
—No somos amigos, lord Edward.
—No he dicho que lo seamos.
—Ni aliados.
—Todavía no.
Fiona levantó los ojos.
—Qué frase tan rebuscada.
—Soy muy prudente. La uso poco.
Fiona le tendió la mano.
—Una pieza. Si se equivoca, se lo recordaré hasta el amanecer.
Edward tomó su mano.
No bailaron como Malcolm y Audrey. No hubo rendición ni emoción visible que pudiera usarse como prueba en un juicio de familia. Pero cuando terminó la pieza, ninguno de los dos se apartó con la rapidez que habría sido prudente.
—Hasta la próxima—dijo Edward.
Fiona inclinó la cabeza.
—Intente no morirse de aburrimiento cuando me marche.
Fiona se alejó antes de que aquello pudiera parecer otra cosa. Edward se quedó mirándola un instante. Solo uno. Pero Audrey lo vio. Cathaline también. Y ambas, por diferentes razones, decidieron no decir nada, lo cual era una forma elegante de guardar munición para el futuro.
Ewan apareció junto a la silla de Cathaline con una taza en la mano y una manta sobre el brazo.
—Vengo a comprobar si sigue viva.
Cathaline miró la taza.
—Qué frase tan encantadora. ¿La practica con todas las convalecientes?
—Solo con las que se caen a ríos peligrosos y luego miran por ventanas como si estuvieran juzgándome.
—No lo juzgaba.
—Eso me decepciona.
Ella aceptó la taza.
—¿Qué es?
—Algo caliente, dulce y aprobado por Sorcha. No parece venenoso.
—Muy tranquilizador.
—La MacKinnon se marcha mañana. El castillo estará más silencioso.
—¿La echará de menos?
—A Fiona no se la echa de menos.
Cathaline sonrió.
—Qué forma tan escocesa de cariño.
—Soy un hombre muy sentimental.
—Eso no lo he creído ni un segundo.
Ewan le sostuvo la mirada un instante más de lo necesario. Luego se apartó con una reverencia burlona.
—Beba, milady. No me gustaría haberla sacado de un río para que ahora la venciera una taza.
Cathaline bajó la vista, pero la sonrisa siguió en sus labios.
La noche avanzó. La ceilidh se hizo más cálida, más ruidosa, más íntima.
La señorita Worth terminó sentada entre dos mujeres del clan, escuchando con los ojos muy abiertos la receta de un pan de avena que, según una anciana, había salvado a tres generaciones de Sinclair de morir de hambre y de mal humor.
De vez en cuando fingía escándalo. Cada vez con menos convicción, lo cual demostraba que incluso los principios ingleses podían ablandarse si se los dejaba demasiado cerca del fuego.