La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Algo se abrió en el pecho de Malcolm con una fuerza casi dolorosa.

Durante un instante quiso cruzar el salón, tomarla de la mano y sacarla de allí antes de que nadie más pudiera verla de aquella manera.

Antes de que Douglas viera la flor. Antes de que Glenmuir entero comprendiera lo que él acababa de comprender.

Pero Audrey no era una mujer que pudiera ser retirada del mundo por el deseo de un hombre, ni siquiera por el deseo de un laird Sinclair empeñado en salvar ruinas con las manos desnudas.

Así que Malcolm permaneció donde estaba.

Y Audrey, como si hubiese sentido la intensidad de su mirada, alzó los ojos hacia él.

Entonces fue ella quien se quedó inmóvil.

Malcolm llevaba el tartán Sinclair sujeto con el antiguo broche de plata.

La camisa blanca, abierta en el cuello, contrastaba con el tono oscuro de su cabello y con la sombra de barba que le endurecía el rostro.

Pero no fue eso lo que la descolocó. Fue la pequeña flor de brezo prendida junto al broche del plaid. Seca, oscura, frágil.

La reconoció de inmediato. Era la flor que había caído de su cabello en el cobertizo, el día en que Malcolm la había besado hasta que ella dejó de saber si quería que se detuviera o que la destruyera con más ternura.

Se le cortó el aliento.

Él la había guardado. Y ahora la llevaba a la vista de todos, no como un secreto, sino como una señal.

Malcolm sostuvo su mirada. No sonrió. No bajó los ojos. Y Audrey, por primera vez en mucho tiempo, sonrió de forma sincera.

La música empezó antes de que pudiera decidirlo.

Primero fue solo una gaita, una nota larga, áspera, casi insolente.

Luego entró el violín, vivo y descarado.

Un hombre golpeó el suelo con el tacón. Otro lo imitó.

Las voces se elevaron. Los niños gritaron.

Las mujeres rieron. Los primeros bailarines ocuparon el centro del salón, y la ceilidh comenzó con esa brusca naturalidad de las cosas que llevan siglos ocurriendo.

Audrey permaneció junto a Cathaline, con la espalda recta y las manos unidas.

—No deberías estar tan seria —dijo Cathaline.

—Estoy observando.

—Eso dices mucho últimamente, empiezas a parecerte a Edward.

—Es una actividad respetable.

Cathaline miró hacia Malcolm.

—Él no está observando. Te está esperando.

Audrey no contestó. Mòrag apareció. La niña llevaba una cinta torcida en el cabello y las mejillas encendidas por el baile, como si acabara de conquistar una colina o robar un pastel, quizás ambas cosas.

—Lady Audrey.

—Sí, Mòrag.

—Debe bailar.

La señorita Worth emitió un sonido estrangulado.

—No, no debe.

Mòrag la ignoró con la majestuosa indiferencia de los niños cuando los adultos dicen tonterías.

—No puede haber ceilidh si usted no baila.

—Me temo que sí puede —respondió Audrey—. De hecho, está ocurriendo ahora mismo.

—Pero no del todo.

Cathaline se cubrió la boca con una mano.

Audrey bajó la vista hacia la niña.

—No sé bailar esto.

Mòrag miró hacia Malcolm y luego volvió a mirar a Audrey con esa lógica limpia y devastadora que solo poseen los niños.

—Él sí sabe.

Varias personas cercanas oyeron la frase. Una risa suave se extendió por el salón. No era burla. Era expectación. Cariño. Algo mucho peor para las defensas de Audrey, porque la burla podía rechazarse con facilidad; el afecto, en cambio, era una falta de educación emocional.

Audrey miró a Malcolm. Él no se movió. No extendió la mano. No la presionó. Solo la miró como si la decisión, igual que aquella tarde en el cobertizo, le perteneciera por completo a ella. Y eso la desarmó más que cualquier insistencia.

—Mòrag —dijo Audrey—, una dama no se arroja al centro de un salón porque una niña se lo ordene.

Mòrag tiró con suavidad de su mano.

—No la estoy arrojando. Solo la estoy llevando.

Cathaline soltó una risa. La señorita Worth murmuró algo sobre el derrumbe de la civilización. Audrey sintió todas las miradas: Douglas desde el otro lado, serio; Edward curioso; Fiona con una ceja alzada; Ewan divertido; Tavish inmóvil junto a una columna.

Y Malcolm, quieto como una montaña que había decidido no derrumbarse hasta que ella lo permitiera.

Entonces comprendió algo tan sencillo que la irritó.

Negarse sería más que negarse a bailar. Sería mantenerse fuera.

Sería regresar al otro lado de un muro invisible y recordarles a todos, incluso a sí misma, que ella era una invitada de paso, una Hamilton atrapada por la lluvia, una dama inglesa —aunque no del todo inglesa— esperando el momento correcto para volver al sur y fingir que nada de aquello le había ocurrido.

Audrey respiró despacio.

—Una sola pieza.

Mòrag sonrió como si acabara de ganar una guerra, que en justicia era exactamente lo que había sucedido.

El salón pareció contener el aliento cuando Audrey avanzó hacia Malcolm. Él la recibió en el centro sin una palabra. Solo entonces alzó la mano. Audrey la tomó. El contacto fue correcto, absolutamente correcto; y aun así, a Malcolm le pareció más íntimo que muchas caricias.

—No se ría si me equivoco —dijo ella en voz baja.

—No me atrevería.

—Eso no es verdad.

—No. Pero era una respuesta educada a la altura de una dama.

La música cambió, más rápida, más viva. Audrey se tensó de inmediato.

—Esto no es un vals.

—No.

—Ni una contradanza.

—No.

—Entonces no sé qué estoy haciendo.

—Por una vez, milady, deje de pensar antes de moverse.

Audrey lo miró con ofensa genuina.

—Qué consejo tan escocés.

—Y muy útil.

Él la guio. Al principio, ella obedeció con la rigidez de quien considera cada paso una negociación diplomática entre dos naciones hostiles.

Su mano se cerraba demasiado sobre la de Malcolm.

Sus giros eran correctos, pero no vivos.

Se movía como si hubiera aprendido a bailar para no desagradar, no para disfrutar.

Malcolm no se burló. Le marcó el ritmo con la palma, con una presión breve de los dedos, con la firmeza justa de la mano cuando ella estaba a punto de perderse.

La hizo girar una vez. Audrey perdió medio paso y apretó los labios.

—No diga nada.

—No he dicho nada.

—Lo ha pensado.

—He pensado muchas cosas desde que entró en este salón.

La flor prendida en su cabello rozó la luz al girar. Malcolm bajó la mirada hacia ella.

—Pensé que las habría tirado.

Audrey comprendió enseguida. No necesitó preguntar de qué hablaba.

—No suelo tirar lo que se me entrega con sinceridad.

El paso de Malcolm vaciló un poco. Pero Audrey lo notó. Él la hizo girar para recuperar el ritmo, y cuando volvió a tenerla frente a él, sus ojos habían cambiado.

—Entonces tendré cuidado con lo que le entregue.

—Eso sería una novedad.

—No prometo volverme prudente.

—Menos mal. Empezaba a preocuparme que el laird Sinclair se perdiera en los modales ingleses.

—No estoy tan perdido.

Audrey bajó la mirada hacia el broche de su plaid. Hacia la pequeña flor seca.

—Eso es...

Malcolm no fingió no entender.

—Sí.

La música los separó durante un instante. Audrey giró con otro bailarín durante dos compases y volvió a Malcolm con el pulso alterado, como si aquella distancia breve hubiera vuelto más peligrosa la cercanía.

—¿Por qué la conserva? —preguntó ella.

Malcolm la sostuvo con fuerza al cambiar el paso.

—Porque cayó de usted.

Audrey tragó saliva.

—No es una razón suficiente.

—Para un inglés, quizás no.

—¿Y para usted?

La comisura de Malcolm se curvó.

—Soy un hombre de las Highlands.

Ella habría respondido. No pudo. Estaba bailando con Malcolm Sinclair en medio de Glenmuir, con una flor suya en el cabello y la flor de ella en el plaid de él, mientras toda la casa los miraba como si aquello fuera una historia que ya hubiera empezado a contarse: la prometida del Highlander.

La música se aceleró. Audrey se equivocó. Malcolm la sujetó antes de que el tropiezo se convirtiera en vergüenza. Ella soltó un sonido pequeño, mitad risa, mitad protesta, y Malcolm se quedó sin defensa.

Nunca la había visto así. No fría, no perfecta, no inalcanzable.

Audrey Hamilton, la primogénita de Alexander Hamilton, la dama que había entrado en Glenmuir como si pudiera juzgar sus piedras una por una y encontrar defectos incluso en el musgo, estaba riéndose porque se había equivocado en un paso escocés.

Aquello lo desarmó más que besarla.

—No me mire así —dijo ella, todavía con el aliento agitado.

—No sé cómo la estoy mirando.

—Como si me quisiera.

—¿Y si lo hiciera?

—No se puede querer a nadie con tan poco tiempo.

—Entonces quizás sea odio mal disimulado, milady.

Ella volvió a reír. No mucho. Lo suficiente para que Douglas, al otro lado del salón, se quedara completamente quieto.

Lo suficiente para que Tavish bajara la mirada.

Lo suficiente para que Malcolm sintiera que el deseo, el orgullo y aquella vieja reclamación que llevaba en la sangre eran cosas pequeñas comparadas con la necesidad brutal de volver a escuchar la risa de esa mujer.

La música los juntó de nuevo. Esta vez Audrey ya no estaba rígida.

No se había convertido en otra mujer; nada tan sencillo, ni tan vulgar.

Seguía siendo ella. Seguía llevando la espalda recta, la barbilla alta, los ojos atentos.

Pero ya no combatía cada movimiento. Dejaba que Malcolm la guiara.

Dejaba que Glenmuir entrara en su cuerpo.

—¿Sigue contando los días para marcharse? —preguntó él en voz baja.

Audrey no respondió de inmediato. La música giró a su alrededor. Una mujer cantaba en gaélico. Los pies golpeaban el suelo. Ewan reía en algún punto del salón. Cathaline observaba desde su silla con los ojos demasiado brillantes. Fiona fingía no mirar. Douglas, en cambio, miraba. Demasiado.

—Antes sí —dijo Audrey.

Malcolm se quedó quieto un instante.

—¿Y ahora?

Audrey miró el salón: los Sinclair, los MacKinnon, los niños, las mujeres, el fuego, las piedras viejas, aquel lugar imposible que había empezado a dolerle incluso antes de pertenecerle.

—Ahora cuento las razones por las que sería una locura quedarme.

La mano de Malcolm se cerró un poco más alrededor de la suya.

—¿Y son muchas?