Capítulo 16
Los MacKinnon anunciaron su partida al caer la tarde, sin discursos solemnes, porque en Glenmuir las noticias importantes no se comunicaban detrás de puertas cerradas, entre cortinas pesadas y tazas de té enfriándose con dignidad.
Allí se decían donde correspondía: en el vestíbulo, junto al fuego, con el barro aún prendido a las botas, los perros atravesando la estancia como si fueran dueños de media Escocia, las criadas fingiendo que no escuchaban mientras cargaban cestos, los niños espiando desde las escaleras y todos los adultos comportándose con esa discreción teatral de quienes preferirían arrancarse una muela antes que admitir curiosidad.
Sir Alasdair MacKinnon estaba de pie junto a la chimenea, rígido, seco, orgulloso; un hombre al que la edad le había quitado carne, pero no arrogancia.
Fiona permanecía a su lado con el tartán azul y verde sobre los hombros y la barbilla en alto, no como una mujer que fuera a despedirse, sino como una que se negaba a conceder a nadie la grosera satisfacción de verla vulnerable.
—Partiremos con la primera luz —dijo Sir Alasdair—. El paso no está listo para carruajes, pero los caballos cruzarán.
La señorita Worth, que se encontraba cerca de Cathaline con una manta doblada sobre las piernas, abrió los ojos con una indignación tan sincera que casi pareció saludable.
—¿Pretenden cruzar ese camino con semejante tiempo?
Fiona volvió la cabeza hacia ella.
—Pretendemos volver a casa.
—No sé por qué —dijo Edward desde una silla cercana con un libro entre manos—, pero voy a echar de menos esa manera suya de no responder jamás a lo que se le pregunta.
Fiona lo miró de arriba abajo.
—Y yo echaré de menos la suya de fingir que lee cuando, en realidad, está escuchando.
—No finjo. Hago ambas cosas.
—Qué talento tan útil.
—Muchísimo.
—Entonces debe de vivir agotado entre los suyos.
Edward sonrió un poco, con esa expresión suya de hombre que encontraba placer en las estocadas verbales siempre que no mancharan la alfombra.
Audrey observó aquel intercambio con una tristeza discreta, anticipada, casi molesta.
No porque Fiona le resultara fácil de querer.
No lo era. Fiona MacKinnon era seca, orgullosa, rápida para atacar y lenta hasta la crueldad para admitir gratitud.
Pero durante aquellos días se había vuelto parte de su vida de una manera peculiar: incómoda, dura, poco complaciente y, por alguna razón irritante, necesaria.
Sir Alasdair miró entonces a Malcolm.
—Aceptamos lo ofrecido.
Malcolm inclinó la cabeza.
—El paso norte quedará a disposición de los MacKinnon durante tres meses. Las seis reses saldrán con ustedes mañana. La carta para el banco de Inverness está firmada.
Fiona apretó los labios, como si darle forma a la gratitud le resultara más peligroso que cruzar un desfiladero bajo la lluvia.
—No olvidaremos lo que Glenmuir ha hecho.
No dijo gracias. No de manera directa. Pero, en una mujer como Fiona, aquello pesó más que una reverencia hecha con las rodillas dobladas y el alma en venta.
Malcolm lo entendió.
—Los MacKinnon tampoco han olvidado nunca lo que son.
Algo cambió en los ojos de Fiona. No se suavizaron; Fiona habría preferido ahogarse en un pozo antes que suavizarse en público.
Pero se volvieron menos defensivos, menos afilados.
Tal vez era todo cuanto podía permitirse una mujer criada entre ruinas de clan, hombres que querían sus tierras a todo precio y deudas que no perdonaban ni a los muertos.
—Quedamos pocos —dijo ella.
—Por eso seguimos aquí.
Durante un instante, los dos clanes parecieron mirarse de otra manera. Los Sinclair y los MacKinnon no eran casas brillantes ni apellidos cómodos para ser pronunciados en salones de Inglaterra entre sonrisas pomposas y copas de cristal.
Eran restos vivos de algo legendario. Familias que habían sobrevivido al hambre, a leyes escritas por manos célticas y vikingas, a marchas obligadas, a inviernos capaces de arrancarle la fe a cualquiera, a bancos que devoraban más despacio que los lobos pero con el mismo apetito.
Dos clanes que seguían diciendo sus nombres en voz alta porque dejar de hacerlo habría sido una forma de morir.
Audrey no sintió tristeza, se negó a hacerlo. Pero sí comprendió el valor de esa sociedad y la admiró.
Tavish estaba al fondo, apoyado contra una pared, con el rostro endurecido y la mirada oscura.
No había intervenido. Desde que el laird lo había expulsado, parecía moverse por Glenmuir como un gato asustadizo.
Seguía siendo orgulloso. Seguía mirando a los Hamilton con una mezcla de irritación y recelo.
Pero ya no tenía la misma fuerza de los primeros días.
El viejo Iain, sentado junto al fuego, golpeó el suelo con el bastón, como era costumbre en él.
—Si los MacKinnon se marchan al amanecer, no se irán como si Glenmuir fuera una posada.
Sir Alasdair lo miró con visible desconfianza.
—¿Y cómo propone que nos marchemos, viejo?
—Con ruido.
Ewan sonrió.
—Eso empieza a sonar prometedor.
—Con música —añadió Iain—. Con pan, whisky y pies golpeando el suelo. Una ceilidh.
La señorita Worth parpadeó.
—¿Una qué?
Edward respondió con calma, aunque sus ojos seguían demasiado cerca de Fiona.
—Una ceilidh. Una reunión escocesa con música, bailes, canciones y bastante más ruido del necesario.
—Eso último no hacía falta aclararlo —murmuró la señorita Worth.
Iain alzó el bastón con una autoridad que no necesitaba título.
—Que nadie diga que los MacKinnon cruzaron nuestras puertas en silencio. Somos pobres, no muertos.
La frase bastó. En Glenmuir, una orden de Malcolm podía poner a los hombres en movimiento; una frase de Iain despertaba algo más antiguo, más profundo, más peligroso: la memoria.
Antes de que Audrey pudiera comprender del todo cómo había sucedido, la casa empezó a transformarse.
Las mujeres desaparecieron hacia las cocinas y volvieron con cestas, manteles toscos, jarras, pan oscuro, queso, carne fría, pasteles de avena y esa alegre seriedad de quienes habían decidido que celebrar era una obligación moral.
Los niños bajaron corriendo las escaleras.
Dos hombres fueron a buscar gaitas. Un muchacho apareció con un violín como si lo hubiera arrancado de la propia pared.
En el gran salón bajo apartaron mesas, arrimaron bancos y despejaron el centro con la rapidez práctica de una gente que no necesitaba criados uniformados para organizar una fiesta, aunque quizás Londres habría muerto de espanto al comprobarlo.
No era un baile. No al menos como Audrey entendía los bailes.
No había tarjetas ni invitaciones, ni damas esperando junto a las paredes con abanicos, ni caballeros calculando dotes bajo una capa de cortesía.
La música no parecía ensayada, sino recordada.
Como si los pies de todos hubieran conocido los pasos mucho antes que sus cabezas.
La señorita Worth contempló la escena con palidez creciente.
—Esto no puede ser adecuado para una convaleciente.
Cathaline, sentada junto al fuego, envuelta en un chal de lana clara y con más color en las mejillas que en los días anteriores, sonrió con una dulzura que no engañaba a nadie.
—Precisamente por eso me gusta.
—Lady Cathaline, no está en condiciones de agitarse.
—Solo estoy mirando.
—Usted mira con demasiado.
Cathaline volvió la vista hacia el salón.
Ewan ayudaba a mover una mesa, con la camisa remangada y una risa fácil en la boca por algo que Callum acababa de decir.
La luz del fuego encendía el rojo de su cabello y marcaba la cicatriz de su nariz.
Cathaline apartó los ojos antes de que él pudiera sorprenderla.
Demasiado tarde.
Ewan la vio. No se acercó todavía. Solo inclinó la cabeza con una solemnidad tan absurda que Cathaline tuvo que bajar la mirada para esconder una sonrisa.
—No sé de qué habla, señorita Worth —dijo ella.
Jane, detrás de la silla, dejó escapar un suspiro que decía demasiado para ser considerado respetuoso.
Audrey llegó al salón poco después. No llevaba la lana verde de Glenmuir ni tampoco aquel vestido severo de viaje que había usado durante tantos días como si fuera una armadura. Jane la había convencido de ponerse un vestido de noche inglés, uno de esos que habían viajado en los baúles.
Era de un azul pálido, casi plata bajo la luz de las velas.
No demasiado lujoso, no demasiado formal, pero hermoso.
El escote era discreto, las mangas cortas, la caída suave.
No parecía el vestido de una esposa ni el de una gran dama, sino casi el de una joven a punto de ser presentada al mundo, una muchacha en el borde exacto de convertirse en alguien que todavía no sabía si deseaba ser.
Audrey había estado a punto de quitárselo.
Jane, con esa eficiencia terrible que poseían las doncellas cuando habían decidido no obedecer, había trenzado su cabello en un recogido bajo, más suave que los habituales, menos severo.
Entre los mechones había prendido una de las flores silvestres que Malcolm le había entregado el día anterior.
Una sola. Pequeña. Pálida. Casi invisible para cualquiera que no supiera mirar.
Audrey la había visto en el espejo. Había abierto la boca para ordenar que la quitaran y, en lugar de hacerlo, se había quedado en silencio. Ahora entraba en el salón consciente de aquella flor como si pesara más que cualquier joya de los Hamilton.
Malcolm la vio desde el otro extremo.
El ruido del salón pareció alejarse.
No fue el vestido, aunque el vestido habría bastado para poner en peligro el sentido común de cualquier hombre con sangre en las venas. Fue la flor. Aquella flor diminuta, ya un poco seca en los bordes, prendida en el cabello de una Hamilton como si no significara nada. Pero significaba.
Dios, significaba demasiado.
No las había tirado. Las había conservado. Había elegido llevar una.