La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

Malcolm nunca le preguntó qué habían hablado Audrey y Douglas bajo los pinos. Sabía que aquella conversación pertenecía a los dos hermanos y que no tenía derecho a reclamar un lugar en ella. Además, había llegado a la incómoda conclusión de que existían respuestas que era preferible no escuchar.

De modo que hizo lo único que se le ocurrió en ese momento y lugar.

Le llevó unas flores.

Mientras caminaba hacia ella con aquel pequeño ramo de flores silvestres recién cortadas entre las manos, fue plenamente consciente de que era una idea absurda.

Ridícula, incluso. No recordaba haber regalado flores a ninguna mujer en toda su vida y dudaba seriamente de que Audrey Hamilton fuera la persona adecuada para inaugurar aquella costumbre.

Las encontró mientras revisaban el arroyo que bajaba hacia Achnaburn: flores silvestres pequeñas, pálidas, tercas, creciendo entre dos rocas donde el agua no había logrado arrancarlas.

No eran rosas. No eran flores de salón. No tenían elegancia suficiente para una dama Hamilton.

Eran de Glenmuir: sencillas, resistentes, empeñadas en vivir donde no convenía.

Las arrancó antes de pensar.

Cuando se acercó a Audrey, ella miró su mano.

Luego su rostro.

—¿Qué es eso?

—Flores.

—Lo veo.

—Son para usted.

Edward, que se encontraba cerca revisando un mapa, alzó la vista al ver el pequeño ramo entre las manos de Malcolm.

Ewan se quedó completamente inmóvil, con una expresión de satisfacción que hizo muy poco por disimular.

Callum, en cambio, levantó los ojos al cielo con la resignación de quien veía acercarse un desastre anunciado, mientras Douglas volvía lentamente la cabeza hacia su hermana.

Audrey fue consciente de que todos la observaban y comprendió que rechazar aquellas flores habría llamado mucho más la atención que aceptarlas. Así que, tras un brevísimo instante de vacilación, alargó la mano y las tomó.

—Gracias.

—He decidido cortejarla al estilo inglés —susurró Malcolm para que solo ella pudiera oírlo.

Audrey sostuvo las flores.

—No necesito que cambie, laird.

Malcolm la miró.

—No estoy cambiando.

—¿No?

—Estoy conquistándola. Eso también forma parte de mí.

El calor ascendió lentamente al rostro de Audrey. Apenas fue un leve rubor, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera bien, pero suficiente para que Douglas lo advirtiera. La sorpresa le duró apenas un instante antes de endurecer la expresión.

Malcolm fue el primero en romper aquel momento.

—Será mejor que regresemos.

—Sí, se está haciendo tarde —respondió Audrey, todavía con el pequeño ramo entre las manos.

—Iba a proponer exactamente lo mismo, laird —dijo Douglas con estudiada cortesía.

Se acercó a su hermana y, antes de que Malcolm pudiera ofrecerse, le sujetó el brazo con delicadeza para ayudarla a montar.

Audrey aceptó el gesto sin protestar. Solo cuando estuvo ya sobre la montura reparó en que seguía sosteniendo las flores.

Dudó un instante qué hacer con ellas y, al final, las acomodó con cuidado entre las alforjas.

Malcolm no pudo evitar sonreír.

Al llegar al Achnaburn, todos se quedaron en silencio.

El río seguía alto, pero ya no rugía con la violencia del día del accidente. El agua, aunque rápida, había bajado lo suficiente para dejar ver parte del puente. Las piedras seguían dañadas. El muro lateral estaba roto. El camino continuaba embarrado y peligroso.

Pero ya no era imposible.

Hamish se inclinó sobre el borde y miró las marcas.

—Dos días de trabajo si no vuelve a llover.

—Tres —dijo Callum.

—Dos si traemos hombres suficientes.

—Tres si quiere que sobrevivan.

Malcolm contempló el paso durante unos instantes.

Ver que el agua empezaba por fin a retirarse le produjo el alivio inevitable de quien llevaba demasiados días esperando aquella señal.

Sin embargo, casi al mismo tiempo, una inquietud se abrió paso en su interior.

En cuanto el puente pudiera repararse, las cartas volverían a salir de Glenmuir.

Alexander Hamilton conocería cuanto había sucedido.

Y Audrey tendría el camino libre para regresar a Inglaterra.

Douglas llegó a la misma conclusión. Audrey también.

Lo extraño fue que ninguno de los tres pareció celebrar la noticia.

Durante semanas habían deseado que aquel momento llegara y, ahora que por fin estaba cerca, el alivio quedó empañado por una sensación difícil de nombrar.

Marcharse volvía a ser posible, pero ya nada era tan sencillo como cuando las aguas del río los habían dejado aislados del resto del mundo.

—Podremos enviar noticias a Hamilton Lodge —dijo Edward.

—Sí —respondió Douglas, mirando a Audrey. Ella seguía protegiendo las flores.

No podían seguir fingiendo que el tiempo decidiría por ellos.

El camino se abriría.

Y cuando lo hiciera, Audrey Hamilton tendría que escoger si regresaba a la vida que la esperaba en Inglaterra o si se atrevía a mirar de frente aquello que las Highlands, Malcolm Sinclair y su propio corazón habían empezado a pedirle.