La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Malcolm la observó en silencio y comprendió que algo había cambiado sin que él pudiera evitarlo.

Hasta entonces todo había nacido del deseo, del orgullo y de aquella obstinada tradición de las Highlands que le repetía una y otra vez que Audrey pertenecía a Glenmuir.

Ahora era diferente. Ya no bastaba con desear su cercanía o imaginar el calor de sus manos entre las suyas.

Lo que verdaderamente quería era verla quedarse.

No porque pudiera obligarla, sino porque un día decidiera hacerlo por voluntad propia.

Poco después se detuvieron a comer junto a unas antiguas piedras cubiertas de líquenes que, según Ewan, habían señalado durante siglos el límite de los pastos entre los Sinclair y un clan desaparecido hacía generaciones, «con más orgullo que descendencia», como él mismo comentó.

Edward tomó asiento sobre una roca y, con gesto resignado, empezó a inspeccionar una de sus botas, todavía castigada por los caminos embarrados de las Highlands.

—He descubierto que la naturaleza tiene demasiadas texturas.

—Eso es porque la mira de cerca —contestó Callum, dándole un trozo de pan.

—Preferiría mirarla desde una biblioteca.

Fiona no estaba allí, pero Ewan dijo:

—La MacKinnon se habría burlado de usted.

Edward tomó el pan.

—La señorita MacKinnon se burla de mí incluso cuando no está presente. Es un talento inquietante.

Douglas bebió agua de una cantimplora y miró hacia Audrey, que hablaba con Hamish sobre la dirección del arroyo y el puente de Achnaburn. Malcolm no comía nada, solo miraba las tierras, pensativo.

Douglas se acercó a su hermana cuando los demás se dispersaron un poco.

—Necesitamos hablar.

Audrey lo miró.

—Sospechaba que este momento llegaría, querido Douglas.

—No te burles.

—No lo hago. Eres el hermano mayor... aunque yo nací antes que tú. Según los hombres, eso no cuenta.

Caminaron unos pasos hasta quedar junto a un pino inclinado. La tierra aún estaba húmeda y el aire olía a resina.

Douglas tardó en hablar.

Eso, en él, era raro.

—No sé qué está ocurriendo contigo.

—Estoy en Glenmuir porque el paso está cortado, tú mismo lo has visto. Mi intención fue la de regresar hace días.

—No me refiero a eso. —Douglas desvió la mirada hacia Malcolm, que discutía con Ewan sobre una cuerda junto al arroyo—.

Lo miras de otra manera. No como cabría esperar de una dama ofendida por el hombre que envió una carta pretendiendo hacer valer un derecho sobre ella. ¿Acaso has olvidado aquel día?

Audrey sintió un pequeño golpe bajo las costillas.

—No lo he olvidado.

—Soy tu hermano y tengo derecho a oponerme a lo que sea que esté ocurriendo aquí.

—Entonces no te diferenciarías demasiado de él, ¿no crees?

Douglas guardó silencio un instante antes de negar con la cabeza.

—No. Porque yo no intento decidir por ti, Audrey.

Intento recordarte quién eres. Ni siquiera has comenzado tu primera temporada.

No has conocido el mundo que siempre te ha correspondido.

Hay hombres en Inglaterra que darían cualquier cosa por cortejarte; familias que abrirían sus puertas para recibirte; bailes, casas, viajes...

Una vida entera que aún no has vivido. Mereces poder elegir entre todas esas posibilidades antes de condenarte a una existencia de sacrificios en un castillo que apenas puede sostenerse en pie.

Audrey no apartó la mirada.

Douglas continuó con la voz más baja.

—Míralo a tu alrededor. Glenmuir necesita dinero que no tiene, tierras que ya no produce lo suficiente, un puente que se derrumba cada invierno y un laird que lleva años cargando sobre los hombros con problemas que no deberían recaer sobre una sola persona.

¿De verdad quieres convertir esos problemas en los tuyos antes de haber descubierto qué clase de vida podrías tener lejos de aquí?

Su voz se quebró un poco, algo muy poco común en Douglas.

—Tú naciste para mucho más que sobrevivir, Audrey. Naciste para elegir el mundo entero. Y me aterra que estés a punto de renunciar a él sin haber llegado siquiera a conocerlo.

Audrey no respondió.

Douglas bajó la voz.

—Cathaline bromeó antes de marcharnos. Dijo que quizás te habías enamorado del laird. Me pareció ridículo. Audrey Hamilton enamorada de un escocés arruinado que escribe cartas como sentencias. Pero ahora...

—No termines esa frase.

—Necesito hacerlo.

—No. Necesitas escucharme.

Douglas se quedó quieto. Audrey miró el valle. Desde allí se veía una parte de Glenmuir extendida bajo la luz fría: cottages, pastos, muros derrumbados, humo, árboles oscuros. Nada de aquello era suyo. Nada debería dolerle.

—No sé qué siento —confesó al fin.

Douglas perdió algo de color.

Era evidente que habría preferido una negación fría.

Audrey continuó antes de que él pudiera intervenir.

—Sé que quiero volver a casa. Sé que no vine aquí para pertenecer a nadie. Sé que Malcolm Sinclair me enfurece más que cualquier hombre que haya conocido. Sé que su forma de hablar, de mandar, de mirar el mundo como si pudiera sostenerlo todo con las manos, me resulta insoportable.

Douglas no parecía tranquilizado.

—Audrey...

—Y también sé que no es el monstruo que habíamos imaginado.

Aquello fue más difícil de decir.

Porque al pronunciarlo la hizo real.

—No ha sido cruel conmigo. Rudo, sí. Arrogante, con frecuencia. Imposible, casi siempre. Pero no cruel. Y su gente lo necesita, Douglas.

—Tú no tienes que salvarlos.

—No he dicho que tenga que hacerlo.

—Pero estás empezando a querer hacerlo.

La frase quedó entre ambos.

Audrey bajó la vista.

—Tal vez estoy empezando a entender por qué alguien debería hacerlo.

Douglas se pasó una mano por el pelo negro.

Parecía, por primera vez desde que había llegado, verdaderamente joven.

—No creo que padre tarde en venir. Ya puedo imaginármelo cabalgando hacia Glenmuir con el rostro hecho una furia.

Primero por Cathaline, después por ti...

y, sobre todo, porque detesta perder el control de una situación.

Cuando descubra que sus cuatro hijos llevan semanas atrapados en un castillo de las Highlands, sin cartas, sin noticias y rodeados de Sinclair, moverá cielo y tierra hasta recuperar las riendas de todo esto.

—Lo sé.

—Y si te ve mirar al laird como acabas de mirarlo, tal vez decida que el peligro es peor de lo que pensaba.

Audrey casi sonrió.

—Padre no es precisamente un hombre inclinado a la sutileza cuando se trata de sus hijas.

—No. Y yo tampoco.

—Douglas, créeme cuando te digo que esta conversación ya resulta bastante embarazosa para mí. Eres mi hermano, te respeto y por eso he querido ser sincera contigo. No hagas más difícil algo que ya me está costando decir.

Douglas la miró con una seriedad que le recordó demasiado a su padre.

—Solo quiero que vuelvas con nosotros.

Audrey sintió una ternura repentina y dolorosa.

—También yo.

—¿De verdad?

Audrey tardó un instante en responder.

Un instante demasiado largo.

Douglas se dio cuenta de inmediato. No hizo comentario alguno, pero ya no lo necesitaba.

Aquel titubeo decía más que cualquier explicación, y ambos comprendieron, sin necesidad de pronunciar una sola palabra más, que la respuesta había dejado de ser tan sencilla como lo había sido al llegar a Glenmuir.