Capítulo 15 #2
—No. Ya no. He visto sus cuentas, he visto su casa, he visto a su gente. Ahora quiero ver sus tierras. Si se me exige una respuesta algún día, quiero tener toda la información al alcance.
Malcolm la miró con algo que no quiso llamar admiración porque aquella palabra podía volverse peligrosa si se la dejaba crecer.
—Montará con cuidado —dijo el laird.
—Monto desde niña.
—No en estos caminos.
—Entonces aprenda a dar indicaciones en lugar de órdenes.
—¿Crees que esto es cortejo inglés o guerra? —preguntó Ewan a Douglas.
—Cierra la bocaza si no quieres que te baje del caballo de un solo puñetazo —amenazó Douglas.
—Saldremos en diez minutos —informó Malcolm.
Las Highlands no se parecían a nada que Audrey hubiera visto desde un carruaje.
Desde un carruaje, el paisaje era una sucesión de incomodidades: caminos malos, lluvia, barro, pendientes, viento y distancia.
A caballo, en cambio, todo parecía más cercano y más salvaje.
Las montañas no estaban al fondo, decorando el horizonte.
La rodeaban. El aire era más frío y más limpio.
Los bosques de pinos se levantaban oscuros en las laderas, y entre ellos corrían arroyos todavía crecidos por la lluvia, rápidos y blancos contra las piedras negras.
No había orden.
Pero había belleza.
Malcolm cabalgaba al frente.
No parecía estar guiando a una visita. Parecía estar regresando a un cuerpo que le pertenecía.
En el castillo era laird. Allí, entre montañas, agua, piedra y viento, era algo más difícil de nombrar.
Los pastores que encontraron en el primer tramo se quitaron la gorra al verlo.
Una mujer que salía de un cottage con un cubo en la mano lo llamó por su nombre.
No "Su Excelencia". No "laird". Malcolm.
Él respondió en gaélico.
Preguntó por una vaca enferma.
Por un niño con tos.
Por una verja rota.
No lo hizo como quien cumple una obligación, sino con una preocupación tan sincera que resultaba imposible fingirla.
Audrey cabalgaba unos pasos detrás, entre Edward y Douglas.
Aquella faceta de Malcolm ya no la sorprendía.
La había visto una y otra vez en Glenmuir: con Mairi, con los hombres del clan, con los ancianos y con cualquiera que necesitara de él.
Había descubierto que, bajo toda aquella rudeza, existía un hombre incapaz de desentenderse de los suyos.
Y, por mucho que intentara convencerse de que aquello no debía importarle, no podía evitar admirarlo por ello.
Douglas no perdía detalle. Edward tampoco, aunque con menos rabia y bastante más curiosidad.
La primera parada fue en una elevación desde la que se veía parte del valle este.
La hierba, todavía empapada, brillaba bajo la luz del sol.
Al fondo, las casas pequeñas parecían manchas de piedra y humo.
Un rebaño pastaba cerca de una cerca rota, y dos niños saludaron desde la distancia al reconocer al laird.
—Esa tierra está hipotecada —explicó Malcolm, sin adornos.
—Es buena tierra —dijo Douglas.
—La mejor.
—Entonces perderla sería una estupidez.
—Pero yo no soy estúpido. ¿Quería saber por qué escribí a Hamilton Lodge? Aquí tiene un motivo.
—¿Cuánto tiempo tiene? —preguntó Douglas sin ofenderse.
Hamish, que había ido con ellos hasta allí para enseñar los límites, respondió: —Menos del que necesitamos.
Audrey miró hacia el valle.
Ya había leído números. Había visto columnas, gastos, rentas perdonadas. Pero ver la tierra convertía todo aquello en algo más cruel y auténtico.
—¿Y si vende otra parte? —preguntó ella, respirando hondo el aire fresco.
—Vender una tierra mala no salva una buena.
Vender una tierra buena condena a quienes viven en ella —respondió Malcolm, frunciendo el ceño.
Aquella arruga entre las cejas aparecía cada vez que algo lo obligaba a pensar más allá de la fuerza o del orgullo, y endurecía aún más un rostro que ya resultaba peligrosamente atractivo.
—Entonces no es una solución.
Malcolm ya estaba girando el caballo antes de que la segunda llamada llegara hasta ellos. Douglas lo siguió. Ewan soltó una maldición. Callum espoleó detrás. Audrey y Edward quedaron un instante en la elevación.
—Quédate aquí —dijo Douglas por encima del hombro.
Audrey no obedeció.
Por supuesto.
La ladera descendía hacia un arroyo estrecho que, con las lluvias, se había convertido en una corriente rápida entre rocas.
No era el Achnaburn, no tenía su furia mortal, pero sí suficiente fuerza para hacer daño.
Junto al agua, un potro joven había quedado atrapado entre una raíz expuesta y dos piedras, con una pata metida en un hueco.
Tiraba de sí mismo, relinchando con terror.
Una niña de unos diez años lloraba cerca, retenida por un pastor que intentaba impedir que se acercara.
—¡Es de mi padre! —gritaba—. ¡Se va a romper la pata!
—Callum, cuerda. Ewan, sujeta la cabeza. Douglas, conmigo —dijo Malcolm, saltando de su caballo de un salto.
Douglas no discutió.
Aquello fue lo primero que Audrey notó.
El potro relinchó al ver acercarse a los hombres, sacudiendo la cabeza con una violencia que podía romperle el cuello a cualquiera.
Ewan le habló en gaélico mientras se acercaba por el lado seguro.
Malcolm evaluó la pata, el agua, la roca.
Douglas llegó a su lado y, sin esperar a que le explicaran todo, entendió dónde debía colocarse.
—Si tira hacia arriba, se partirá —dijo Douglas.
—Lo sé.
—Hay que abrir espacio en la raíz.
—Callum.
Callum ya había sacado un cuchillo.
Audrey desmontó.
Edward la tomó del brazo.
—Audrey.
—La niña está histérica.
—Eso no es una razón para acercarte a un animal asustado.
—No voy a acercarme al animal.
Se acercó a la niña.
El pastor la miró con sorpresa cuando aquella dama de manos finas, falda recogida y botas caras se arrodilló frente a la pequeña como si no hubiera crecido entre alfombras y lacayos.
—¿Cómo se llama? —preguntó Audrey.
La niña hipó.
—F-Fergus.
—Entonces Fergus necesita que dejes de gritar, porque si se asusta más, hará daño al laird y a lord Douglas.
La niña se llevó las manos a la boca.
Audrey habló con una calma que no admitía pánico.
—Mírame a mí. No al potro. A mí.
La niña obedeció entre lágrimas.
—Eso es. Respira. Otra vez. Bien. ¿Fergus come manzanas?
La niña parpadeó.
—Sí.
—Entonces cuando salga de ahí, tendrás que darle una. Pero si sigues gritando, creerá que todos hemos perdido el juicio.
Edward observó la escena en silencio. Malcolm también la vio desde el lugar donde sujetaba al potro, y apenas necesitó un instante para comprender lo que estaba ocurriendo.
Audrey no fingía ser útil ni trataba de demostrar nada a nadie.
Simplemente lo era. No recurría a la fuerza, ni a las cuerdas, ni a la autoridad con la que un laird imponía su voluntad.
Lo hacía de otro modo: con un dominio de sí misma que rara vez se quebraba y una serenidad aprendida en un mundo muy distinto al suyo, pero que, allí, junto a un arroyo perdido de las Highlands, resultaba tan valiosa como el mejor de los cuchillos.
—¡Ahora! —ordenó Malcolm.
Douglas y él empujaron la piedra a la vez mientras Callum cortaba la raíz.
Ewan sujetó la cabeza del animal con toda la fuerza de su cuerpo.
El potro se sacudió, lanzó una coz que rozó el muslo de Douglas y levantó agua y barro.
Douglas maldijo, pero no soltó. Malcolm metió el brazo entre roca y pata con un riesgo que hizo que Audrey contuviera el aliento.
—Malcolm —dijo Ewan.
—Ya lo tengo.
—Te romperá el brazo.
—No si Douglas empuja cuando le diga.
Douglas apretó los dientes.
—Diga.
—Ahora.
La piedra cedió un palmo. El potro liberó la pata con un relincho, casi cayó de costado y salió tambaleándose hacia la orilla. Ewan lo guio lejos del agua. Callum lo examinó. Malcolm se incorporó con la manga empapada hasta el hombro y barro en media cara.
La niña se soltó del pastor y corrió hacia el animal.
Audrey la detuvo antes de que se acercara demasiado.
—Despacio. Ahora él también está asustado.
La niña miró al laird.
—¿Se curará?
Callum palpó la pata.
—Cojea, pero no está rota.
El alivio fue tan visible que incluso Douglas exhaló.
Malcolm miró a Audrey.
Ella tenía barro en el bajo del vestido, las manos sucias de tierra por haberse arrodillado y una niña agarrada a su manga como si fuera la única persona civilizada en un mundo lleno de hombres imprudentes.
—Ha obedecido muy mal —dijo Malcolm.
—No me acerqué al animal —contestó Audrey, alzando la barbilla.
—Se acercó al peligro.
—El peligro estaba ocupado con usted.
Ewan soltó una risa.
Douglas, que se limpiaba el barro de la manga, miró a Audrey de una forma distinta. No como hermana mayor a proteger de un mundo desagradable. No como dama que debía regresar a Inglaterra cuanto antes. Como mujer capaz de entrar en un problema y encontrar una forma de ayudar sin perder la cabeza.
Aquello lo inquietó.
También lo enorgulleció.
Malcolm se acercó a ella.
—Tiene barro en la mejilla.
Audrey parpadeó.
—¿Dónde?
Él levantó la mano.
Luego se detuvo.
La niña seguía allí. Douglas también. Medio grupo miraba.
Malcolm dejó caer la mano.
—Ahí —dijo, señalando con la mirada.
Audrey se limpió con el dorso del guante, empeorándolo.
Ewan negó con la cabeza.
—No ha mejorado.
—Gracias por su ayuda, señor Sinclair.
—Siempre al servicio de las damas cubiertas de barro.
La niña miró a Audrey con una admiración que no habría sentido si ella hubiera bajado de un carruaje impecable.
—Gracias, milady.
Audrey se quedó un instante quieta. Luego tocó suavemente la cabeza de la niña.
—Dale una manzana a Fergus cuando llegues a casa.