Capítulo 15
La mañana amaneció fría, clara y engañosamente tranquila.
Después de tantos días de lluvia, Glenmuir parecía tener un respiro.
El cielo no estaba azul, no del todo; las nubes seguían sobre las montañas, pero entre ellas se abrían franjas de luz que tocaban las laderas, los muros del castillo y los charcos del patio con una armonía casi impropia de las Highlands.
Audrey Hamilton observó aquella claridad desde la ventana de la habitación de Cathaline con una sensación incómoda en el pecho.
No era alivio.
O no solo alivio.
Cathaline dormía mejor. Sorcha había declarado que ya estaba fuera de peligro.
La señorita Worth había llorado otra vez.
Jane había agradecido a Dios. Douglas había salido de la habitación con el rostro más pálido de lo habitual y las manos cerradas como si necesitara pelearse con algo que no fuera la muerte.
Y Audrey, que había llevado la casa Hamilton desde que era lo bastante mayor como para comprender que las emociones podían guardarse bajo una buena postura, se había limitado a asentir.
Cathaline se recuperaba a buen ritmo y, aunque el camino seguía cerrado, el nivel del agua descendía un poco más cada día.
No tardarían en poder enviar cartas, reparar el paso y abandonar Glenmuir.
Audrey llevaba días esperando ese momento.
Había contado con él desde que puso un pie en aquellas Highlands.
Sin embargo, cuando comprendió que la partida estaba realmente cerca, descubrió que la idea ya no le proporcionaba el alivio que habría debido sentir.
—Estás despierta desde hace demasiado rato —murmuró Cathaline desde la cama, sin abrir los ojos.
—Y tú deberías estar dormida —dijo Audrey, girándose hacia ella.
—Estoy enferma, no muerta. Las enfermas oyen cosas.
—Las enfermas inteligentes no hablan.
—Audrey, estás muy despeinada —abrió los ojos Cathaline—. No pareces tú.
—Solo llevo una trenza.
—Desde hace dos días. Cada vez que Jane va a peinarte le pides lo mismo. Pero debo reconocer que te sienta bien.
—¿Quieres agua? —cambió de tema Audrey.
—Quiero saber si el hombre pelirrojo sigue en el castillo.
—Si te refieres a Ewan Sinclair, sí —Apretó los labios Audrey mientras se acercaba a la jarra.
—No me refería a otro hombre pelirrojo que me haya sacado de un río.
—No deberías pensar en eso.
—¿En el río o en el hombre?
—En ninguno de los dos.
Cathaline abrió bien los ojos. Sus pestañas parecían más oscuras sobre la palidez del rostro, y aún tenía una fragilidad que a Audrey le apretaba el corazón. Pero la ironía y la belleza seguían allí. Gracias a Dios.
—¿Ha preguntado por mí?
—Varias veces. Siempre fingiendo que lo hacía por cortesía —contestó Audrey, cogiendo una taza al vaso de la jarra.
—Qué considerado.
—No lo animes, no es adecuado a para ti y ni siquiera has hecho tu debut en sociedad.
Ahora que estás recuperada, me veo en la obligación de decirte que lo que has hecho ha sido una temeridad y una irresponsabilidad.
No deberías haber seguido a Douglas y no deberías haber mentido a nuestros padres diciéndoles que estabas bajo su protección.
Nos has puesto a todos en una situación comprometida, Cath.
Y este no es tu lugar, es del todo irresponsable que estés aquí.
—Había imaginado un sermón más largo.
Audrey le acercó el agua y la ayudó a incorporarse un poco. Cathaline bebió con cuidado, hizo una mueca y volvió a hundirse entre las almohadas.
—Tienes razón en todo, Audrey, como siempre —volvió a hablar la pequeña de las hermanas—.
Pero lo único que lamento de verdad es haber perdido a mi caballo.
Por lo demás... te recuerdo que te marchaste para dejarle claro a un laird escocés que no eres un caballo y que no volvías... estaba preocupada por ti.
Audrey se quedó quieta. Su hermana tenía razón.
De hecho, ni ella misma podía creer lo mucho que habían cambiado las cosas desde que se había ido de Hamilton Lodge.
Es más, temía estar deshonrando a su familia...
si es que no lo había hecho ya. ¿Los estaba traicionando de algún modo?
¿Acaso no había ido hasta allí para defender el apellido Hamilton?
¿Y qué había hecho en respuesta? Besarse con el hombre que los amenazaba.
Audrey dejó la taza sobre la mesa.
—Duerme.
—Ah, veo que en esto no has cambiado: la costumbre de dar órdenes y parecer fría hasta en la peor de las situaciones está intacta.
—Si sigues hablando, pediré a la señorita Worth que venga en mi lugar.
—Oh, no. Eso no, todavía me odia por haberle puesto renacuajos en el agua cuando tenía once años.
Audrey no pudo evitar reír.
—Debo confesarte una cosa, Audrey. Después de leer la lamentable carta del laird, imaginé que los Sinclair serían una panda de cromañones envueltos en lana húmeda. Pero me he llevado una decepción considerable.
Audrey arqueó una ceja.
—¿Una decepción?
—Sí. Resulta que son insultantemente guapos. Malcolm es muy atractivo, Ewan también... y, por desgracia, eso dificulta bastante seguir llamándolos salvajes con convicción.
—¡Cathaline! —la reprendió Audrey.
—¿Acaso miento?
Audrey se quedó callada. Cath sonrió y cerró los ojos con una sonrisa de satisfacción.
—Ya veo que no —añadió la pequeña Hamilton.
Malcolm Sinclair no había dormido bien.
No porque las cuentas de Glenmuir hubieran decidido volverse menos terribles durante la noche. No porque Douglas Hamilton durmiera bajo su techo con una carta cerrada de Alexander Hamilton y una expresión que prometía violencia si alguien respiraba mal cerca de Audrey.
Todo eso habría bastado para quitarle el sueño a un hombre razonable.
Malcolm no había dormido por Audrey.
Por el modo en que la había visto con flores en el cabello. Por la forma en que había lanzado el hacha. Por aquella frase en el cobertizo, por su boca, por su garganta, por el instante en que ella no había sabido si quería que él se detuviera.
Y por otra razón aún más peligrosa.
Porque, por primera vez, no había pensado en ella como la respuesta al problema Sinclair-Hamilton.
No había pensado en Brodick.
No había pensado en lo firmado ni en las viejas obligaciones que habían traído a aquella mujer hasta su casa.
Había pensado en Audrey levantándose antes que nadie para ver si su hermana respiraba.
En Audrey enviando a la señorita Worth a sentarse sin alzar la voz.
En Audrey cosiendo lana entre mujeres que la habían mirado como a una intrusa.
En Audrey con la barbilla alta, los ojos fríos y una valentía que no era física.
Aquello era peor que desearla.
El deseo podía combatirse con distancia.
El respeto no.
El respeto se quedaba.
Estaba en el patio cuando Douglas apareció con Edward detrás. Ewan ya ensillaba su caballo, Callum revisaba una cincha y Hamish sostenía un mapa enrollado con la expresión resignada de quien sabía que ningún plan sobrevivía al primer Sinclair que decidiera improvisar.
Douglas llevaba una chaqueta prestada, botas secas y el cabello oscuro recogido hacia atrás de cualquier manera.
A unos pasos de él lo seguían Finlay Ross y Thomas Hale, los dos hombres que habían cruzado el río a su lado y que desde entonces parecían haber asumido que su principal deber en Glenmuir era impedir que el heredero Hamilton se lanzara contra algún Sinclair antes del desayuno.
Douglas parecía menos furioso que el día de su llegada, pero no menos peligroso.
—Voy con usted —dijo.
Malcolm no levantó la vista de la hebilla que estaba ajustando.
—¿A dónde?
—A revisar el paso. Las tierras. Lo que sea que pretenda inspeccionar.
—No he invitado a nadie.
—No he pedido invitación.
—Empiezo a entender por qué todos los Hamilton terminan en nuestros ríos —murmuró Ewan, desde el otro caballo.
—Será mejor que dejemos los reproches a un lado —dijo Edward, acompañando a su hermano mayor.
Douglas ignoró a ambos.
—Quiero ver el estado real de Glenmuir.
—¿Para informar a su padre? —preguntó Malcolm, mirándolo.
—Para saber si todo esto es solo por orgullo o porque realmente hay que algo que merece ser salvado.
El patio quedó demasiado callado. Callum dejó de tocar su caballo. Hamish cerró los ojos. Ewan alzó las cejas como si aquel comentario hubiera merecido aplauso y funeral al mismo tiempo.
Malcolm se acercó un paso a Douglas.
—Mida sus palabras.
—Eso hago, créame, laird.
—Entonces mida también dónde está.
—Estoy en una casa que mi hermana defendió ayer delante de mí cuando hace poco ella odiaba todo lo relacionado con este lugar. Quiero saber por qué.
Contra lo que Malcolm esperaba, aquellas palabras no sonaron como un insulto. Bajo la provocación había madurez, casi una pregunta formulada con demasiada torpeza para reconocerla como tal.
—Vendrá —dijo el laird—, si mantiene la boca cerrada cuando haga falta.
—Entonces no prometo demasiado —replicó Douglas, montando a su caballo.
—Yo también iré —suspiró Edward.
—No —dijo Douglas.
—No eres padre de nadie.
—Soy tu hermano mayor.
—Un accidente de nacimiento, no una certificación de juicio.
Ewan soltó una carcajada.
—Me gusta el rubio cuando se cansa de ser razonable.
La discusión habría continuado si Audrey no hubiera aparecido en lo alto de la escalinata del patio, esa misma escalinata que la había recibido el primer día.
Todos se giraron.
No llevaba el vestido verde del día anterior. Había vuelto a uno de sus vestidos de viaje, azul oscuro, sobrio, elegante y casi ofensivamente inglés. Pero ya no producía el mismo efecto. Malcolm la miró y, contra su voluntad, la encontró más atractiva que nunca.
Ella bajó los escalones.
—Iré también.
—No —dijeron Douglas y Malcolm al mismo tiempo.
Audrey se detuvo en el último peldaño.
—No eres mi tutor, Douglas —replicó ella.
—Estoy aquí por orden de nuestro padre.
—No para decidir cuándo puedo respirar —Luego miró a Malcolm—. Y usted no tiene ninguna clase de autoridad sobre mí.
—Va a ser una inspección de tierras, no un paseo —explicó Malcolm, apretando la mandíbula.
—Precisamente por eso iré.
—Audrey —la nombró su hermano.