Capítulo 14 #2
Ella no entendía todo lo que ocurría. No con palabras.
No con la experiencia de una mujer que supiera nombrar cada reacción del cuerpo masculino.
Pero no era ignorante hasta el punto de no sentir el peligro.
Malcolm la deseaba. No de un modo bonito, ni distante, ni caballeroso.
La deseaba con una intensidad que le tensaba los brazos y le oscurecía la mirada.
Y, contra todo juicio, todo aquello no la asustó como debería.
La hizo sentirse viva.
—Audrey —dijo él, con un gruñido.
Su boca bajó a la línea de su mandíbula, luego al cuello.
Besó la piel expuesta por la trenza escocesa, allí donde ningún peinado inglés la habría dejado vulnerable.
Audrey cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás antes de poder evitarlo.
El gesto le ofreció más de su garganta, y Malcolm lo tomó como si fuera una invitación que llevaba días negándose a aceptar.
Sus labios fueron calientes.
Lentos.
Peligrosamente seguros.
El primer beso en el cuello le arrancó un estremecimiento. El segundo, un sonido que no reconoció como suyo. Malcolm se quedó inmóvil un instante contra su piel, respirando como si aquel pequeño gemido hubiera estado a punto de destruirlo.
—No haga eso —murmuró él.
Audrey abrió los ojos a medias.
—¿Qué?
—Gemir.
Audrey se puso roja por primera vez en su vida.
—No lo he hecho a propósito.
—Lo sé.
Ella debería haberlo empujado.
En cambio, hundió los dedos en su cabello.
Malcolm volvió a su boca con una especie de maldición.
La besó con hambre, con furia, con una necesidad que ya no se parecía a una discusión ni a una costumbre peligrosa de las Highlands.
Audrey sintió sus manos en la espalda, en la cintura, luego una de ellas subiendo hasta el borde del mantón, retirándolo lo justo para dejar al descubierto el nacimiento del hombro.
Allí se detuvo.
No por falta de deseo.
Por honor.
Audrey lo comprendió con una claridad que la dejó sin aire.
Malcolm Sinclair podría haber seguido.
Quería seguir.
Todo en él lo decía: la respiración, la dureza de su cuerpo, el modo en que su boca rozaba su piel sin atreverse a tomar más.
Pero no lo hizo.
Le apoyó la frente en el hombro desnudo y cerró los ojos.
—Así no —dijo.
La frase la atravesó.
Porque no era una orden.
Era una súplica.
Audrey respiró con dificultad.
Afuera, alguien gritó el nombre de Ewan. Un perro ladró. La gaita volvió a sonar, lejana y alegre, grotescamente ajena a lo que ocurría en aquella penumbra.
—No sé si quiero que pare —confesó ella.
Malcolm levantó la cabeza.
Sus ojos verdes ardían.
—Entonces pare usted por los dos.
Audrey lo miró y comprendió que aquel era el instante verdaderamente peligroso. Más que el primer beso. Más que las manos de Malcolm recorriendo su espalda. Más incluso que el calor sólido de su cuerpo contra el suyo.
Porque él había dejado de decidir por ambos.
Podía sentirlo en la forma en que la retenía, firme pero inmóvil, esperando. No había exigencia en sus ojos. Ni una orden. Ni siquiera la arrogancia del laird que estaba acostumbrado a que el mundo obedeciera su voluntad. Solo había dejado de mandar.
La elección era suya, solo de Audrey.
Y aquello la desarmó por completo.
Hasta entonces había podido culpar al orgullo de Malcolm, a las antiguas costumbres de las Highlands o al carácter indomable de aquel hombre. Pero ya no. Si aquello continuaba, sería porque ella lo permitía.
Y una parte de sí deseaba hacerlo.
Con un esfuerzo que le oprimió el pecho, ella dejó escapar lentamente el cabello negro que había enredado entre sus dedos.
Sintió la suavidad inesperada de aquellos mechones resbalar entre su mano antes de dejar caer el brazo despacio, como si cada centímetro le costara dolor y sufrimiento.
Después bajó también la otra mano y la apoyó sobre la falda, obligándose a recuperar una compostura que ya no encontraba.
Apartó la mirada.
No por pudor.
Si seguía contemplando aquellos ojos verdes, la camisa abierta sobre el pecho, el tartán deslizándose por su hombro ancho y la forma en que Malcolm respiraba con la misma dificultad que ella, acabaría tomando una decisión de la que quizá ninguno de los dos podría sentirse satisfecho del todo.
—Deberíamos volver.
Malcolm tardó un segundo en moverse.
Después dio un paso atrás.
La pérdida de su cuerpo fue casi humillante.
Audrey bajó de la mesa con toda la dignidad que logró reunir, aunque las piernas no parecían del todo suyas. Se arregló el mantón lila. Luego la trenza. Una de las flores de brezo cayó al suelo entre ambos.
Malcolm la recogió.
No se la devolvió.
La sostuvo en la mano, pequeña, seca y absurda.
—Esto no puede seguir ocurriendo —dijo ella.
Malcolm miró la flor.
Luego su boca.
—No.
Ninguno sonó convencido.
Audrey respiró hondo.
—Hablo en serio.
—Yo también.
—Entonces deje de mirarme así.
—No sé mirarla de otra forma.
—No debería decir eso.
—¿Por qué?
—Porque dentro de poco volveré a Inglaterra.
Malcolm la miró sin pestañear.
—Las Highlands me la han puesto delante dos veces. No soy hombre de despreciar lo que esta tierra insiste en entregarme.
Audrey respiró despacio.
—No soy su prometida, laird.
Él negó una sola vez.
—En Londres, no.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Malcolm dio un paso hacia ella. No llegó a tocarla, pero su presencia llenó el pequeño cobertizo.
—Si hubiéramos vivido doscientos años atrás, después de cubrirla con mi plaid delante de mi gente y besarla como acabo de hacerlo... nadie en estas montañas habría dudado un solo instante de que ya es mi mujer.
Audrey sintió un vuelco en el pecho.
—Pero no vivimos ese siglo.
—No.
—Estamos en un siglo donde hay leyes más civilizadas.
—Lo sé.
—Y soy libre de marcharme cuando el paso vuelva a abrirse.
Los músculos de la mandíbula de Malcolm se tensaron.
—Eso es lo que más detesto de este siglo.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Preferiría poder decidir por mí?
—Preferiría no saber que existe un mundo donde otro hombre puede pedirle la mano como si yo no la hubiera visto primero.
Aquellas palabras la desconcertaron mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Había esperado una respuesta orgullosa, una provocación o incluso una nueva discusión, pero no aquella sinceridad desnuda que parecía haber escapado de Malcolm antes de que él mismo pudiera detenerla.
Durante un instante, Audrey no supo qué pensar.
Todas las certezas con las que había llegado a Glenmuir parecieron vacilar a la vez.
Aun así, alzó la vista e intentó mirarlo a los ojos, aunque cada segundo que permanecía frente a aquellos ojos verdes le resultaba más difícil recordar por qué había decidido no confiar jamás en él.
Malcolm esbozó una sonrisa cansada.
—Hay un highlander dentro de mí que lleva días convencido de que, si consiguiera retenerla en Glenmuir el tiempo suficiente, terminaría comprendiendo que este también puede ser su hogar.
Audrey sintió un estremecimiento.
—Eso sería un secuestro.
Por primera vez Malcolm sonrió.
Fue una sonrisa breve, torcida, casi amarga.
—Por eso le he dicho que en mi cabeza. Por fortuna también me educaron para saber que los Sinclair ya no vivimos en el pasado. No voy a encerrarla, Audrey. Pero tampoco voy a fingir que la idea de verla marchar para casarse con un inglés me resulta soportable.
Audrey permaneció inmóvil. Habría querido responder con la claridad de siempre, desmontar sus palabras con un argumento impecable o recordarle todas las razones por las que aquello era imposible.
Sin embargo, ninguna acudió a su mente. Solo era consciente del latido desordenado de su corazón y de la peligrosa realidad de que, si continuaba frente a él un instante más, terminaría diciendo algo de lo que después no sabría defenderse.
Bajó la vista por primera vez desde que había comenzado aquella conversación. Inspiró despacio, como si necesitara recuperar el dominio sobre sí misma, y solo entonces se giró hacia la salida.
—Espere unos minutos.
—Audrey.
Ella se detuvo, sin girarse.
—¿Sí?
Malcolm permaneció en silencio unos instantes.
Cuando volvió a hablar, toda la aspereza había desaparecido de su voz.
—No se quite las flores todavía.
Audrey cerró los ojos un segundo. Luego salió del cobertizo sin responder.