Capítulo 14
Malcolm la encontró en el viejo cobertizo de los arcos.
No la había seguido.
No exactamente.
La había visto apartarse del campo de tiro con una flecha en la mano y entrar bajo la pequeña construcción de piedra donde los hombres de Glenmuir guardaban las dianas, cuerdas, hachas ligeras y algunos arcos viejos que ya solo servían para enseñar a los niños.
Había decidido, con una mentira bastante útil, que el lugar no era apropiado para que una dama entrara sola.
En realidad, lo que no era apropiado era que él quisiera entrar detrás.
Lo hizo de todos modos.
El interior olía a madera seca. La luz entraba por una abertura estrecha en el muro, suficiente para dibujar una línea clara sobre el suelo de piedra y dejar el resto de la estancia en una penumbra.
Desde fuera llegaban las voces del patio, las gaitas, las risas y el golpe de alguna hacha contra un tronco, pero todo sonaba amortiguado, como si el mundo hubiera quedado al otro lado de una puerta.
Audrey estaba de espaldas, dejando la flecha sobre una mesa.
El vestido verde oscuro se ajustaba a su cintura con una sencillez devastadora.
La trenza le caía sobre un hombro, con dos flores de brezo todavía sujetas entre el cabello negro.
Una de ellas se había soltado un poco. Malcolm la vio moverse con su respiración y sintió un deseo absurdo de recolocarla con los dedos.
O de arrancarla con la boca.
Dios.
—Se ha alejado mucho —dijo.
Audrey no se sobresaltó.
Solo giró la cabeza lo justo para mirarlo por encima del hombro.
—Estaba devolviendo una flecha.
—Tenemos muchachos para eso.
—Qué fortuna. Entonces Glenmuir sobrevivirá a mi osadía.
—No he dicho que fuera osada.
—Lo ha pensado.
—Pienso muchas cosas.
Audrey se giró despacio, con esa calma impecable que él ya empezaba a detestar porque siempre le daban ganas de romperla.
—Eso empiezo a sospechar.
Se miraron.
El ruido de la jornada seguía llegando desde el exterior, pero allí dentro la penumbra parecía volverlo todo más cercano. Más grave. Más difícil de fingir.
Malcolm debería haber dado un paso atrás.
No lo hizo.
—Le queda bien —dijo.
Audrey levantó la barbilla.
—¿La flecha?
—Glenmuir.
La respuesta la dejó inmóvil.
No por mucho tiempo.
Nunca le concedía demasiado.
—No diga eso.
—¿Por qué?
—Porque no es verdad.
—No me gusta mentir.
—Le gusta provocar.
—Solo cuando me provocan primero.
Audrey dejó la flecha sobre la mesa con demasiado cuidado.
—Sus clanes ven historias donde no las hay. En un plaid, en una piedra, en una trenza mal hecha...
La mirada de Malcolm descendió a su cabello.
—No está mal hecha.
Ella calló.
Eso fue peor que cualquier respuesta.
Malcolm se acercó un paso. Luego otro. No lo hizo deprisa. Le dio tiempo a apartarse, a salir, a volver al patio donde Douglas, Edward, la señorita Worth y medio Glenmuir podían protegerla de cualquier imprudencia.
Audrey no se movió.
—Cuando salió bajo el arco —dijo él—, todos la miraron.
—Estoy acostumbrada a que me miren.
—No así.
—¿Y cómo me miraron?
Malcolm se detuvo frente a ella.
Demasiado cerca.
Lo bastante para que Audrey tuviera que alzar el rostro.
—Como mi prometida.
Algo cambió en los fríos ojos azules de Audrey. Fue un instante, un destello tan fugaz que Malcolm habría podido convencerse de haberlo imaginado. Tal vez era miedo. Tal vez enfado. O quizá el reconocimiento de una verdad que llevaba demasiado tiempo negándose a mirar.
—No soy su prometida.
—No he dicho que lo sea.
—Lo ha pensado.
—Pienso muchas cosas —repitió él.
—Entonces debería aprender a pensar menos.
La comisura de los labios de Malcolm ascendió un instante. No sonreía. Había en aquel gesto una calma peligrosa, la de un hombre que ya no discutía consigo mismo.
—Eso llevo intentando desde que entró en mi casa.
Audrey aspiró con suavidad.
El sonido fue mínimo.
Él lo oyó.
Malcolm levantó la mano y tocó una de las flores de brezo prendidas en su trenza. No tocó su piel. No todavía. Solo rozó la flor seca, la cinta, el borde oscuro del cabello.
Aun así, Audrey dejó de respirar.
—No debería llevar flores de Glenmuir en el cabello —murmuró él.
—Me las pusieron sin preguntarme.
—Pudo quitárselas.
—Pude.
—No lo hizo.
—No.
Malcolm bajó la vista a su boca.
Audrey lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Y esta vez no fingió mirar hacia otro lado.
—Dígame que salga —dijo él.
Ella tardó demasiado.
—La puerta está abierta.
—No es eso lo que le he pedido.
Audrey alzó más la barbilla, pero el gesto ya no parecía solo orgullo. Parecía una forma desesperada de acercarse un poco más sin admitirlo.
—Si va a besarme, Malcolm, no lo convierta en una orden.
Fue la primera vez que dijo su nombre estando completamente despierta, sin miedo, sin fiebre ajena ni urgencia familiar entre los dos.
A Malcolm se le tensó todo el cuerpo.
—No diga mi nombre así.
—¿Así cómo?
—Como si no supiera lo que me hace.
Ella abrió la boca para contestar.
Él no la dejó.
La besó.
No hubo delicadeza inicial. No esta vez.
Llevaban demasiados días rozando el borde de aquello.
Demasiadas frases mordidas, demasiadas miradas apartadas, demasiadas noches recordando lo que no debían recordar.
Malcolm la tomó por la cintura y la atrajo hacia él con una firmeza que hizo que Audrey soltara una respiración rota contra su boca.
Ella se quedó rígida un instante.
Solo uno.
Después sus manos subieron a su pecho.
No para apartarlo.
Para no caer.
Malcolm emitió un sonido bajo, oscuro, casi doloroso, y la empujó con cuidado contra la mesa de madera.
No la golpeó. No la atrapó. La colocó allí como si necesitara un límite físico para no perder la cabeza.
La mesa crujió detrás de ella. Audrey sintió la madera contra sus caderas y el cuerpo de Malcolm delante, sólido, caliente, imposible de ignorar.
Su boca volvió a la de ella.
Más honda.
Más lenta.
Peor.
Audrey no sabía besar de esa manera. No sabía qué hacer con el calor que le subía por la garganta, ni con la fuerza de las manos de Malcolm en su cintura, ni con aquella sensación de que su cuerpo entendía algo que su educación jamás le había permitido aprender.
Pero aprendió deprisa.
O quizás Malcolm le enseñó.
Entreabrió los labios bajo los suyos y él la besó como si hubiera estado esperando esa rendición desde el primer día en que ella lo llamó incivilizado con los ojos.
La mano de Malcolm subió por su espalda, arrastrando la lana del vestido, y se detuvo entre sus omóplatos.
La otra permaneció en la cintura, firme, posesiva, obligándose a no descender.
Audrey notó que él se reprimía.
Notó también lo que le costaba.
Y aquello la encendió más que si él hubiera perdido por completo el control.
—Malcolm... —murmuró contra su boca.
Él se apartó un poco.
Respiraba con dificultad.
—No.
—¿No?
—No diga mi nombre si no quiere que olvide dónde estamos.
Audrey no supo si estaba ofendida o fascinada.
Quizás ambas cosas.
—Estamos en un cobertizo lleno de flechas.
—Y a veinte pasos de su hermano.
—Entonces debería soltarme.
Malcolm bajó la mirada a sus manos, todavía cerradas en su cintura.
No la soltó.
—Debería.
El corazón de Audrey golpeó con tanta fuerza que le pareció imposible que él no lo sintiera.
—No lo va a hacer.
—No.
La respuesta fue tan honesta que la desarmó. Y quizás por eso cometió la mayor imprudencia de su vida: levantó una mano y tocó el rostro de Malcolm.
Solo la línea de su mandíbula, endurecida por una barba incipiente.
Audrey dejó que la yema de los dedos recorriera aquella aspereza despacio, casi con incredulidad.
Era la primera vez que tocaba a un hombre de verdad.
No a un caballero perfumado de los salones de Londres, sino a un highlander.
Malcolm llevaba la camisa abierta, desabrochada hasta medio pecho después de la jornada de pruebas.
Y el plaid rojo y verde de los Sinclair cruzaba el hombro, sujeto por el viejo broche de plata del clan.
La luz que se filtraba por la puerta del cobertizo dibujaba las sombras de su cuerpo con una claridad casi obscena: el cuello fuerte, el pecho moreno cubierto por un fino vello oscuro, los hombros anchos, los brazos endurecidos por años de espada, hacha y riendas.
Nunca había visto a un hombre así de cerca.
Bajo sus manos no había delicadeza, sino fuerza. Cada músculo parecía tensarse cuando ella lo rozaba, como si su cuerpo entero hubiera aprendido a obedecer antes a la voluntad que al deseo.
Malcolm cerró los ojos un instante.
Aquel roce era peor que un beso.
Cuando volvió a abrirlos, el verde intenso de sus ojos parecía más oscuro bajo las pestañas negras. La observaba con una mezcla peligrosa de hambre y control, como si necesitara recordarse a cada latido que ella era Audrey Hamilton y que él seguía siendo el laird de Glenmuir.
Ella tragó saliva.
Podía sentir el calor que desprendía incluso a través de la lana de su vestido. Su pecho rozaba el suyo cada vez que alguno de los dos respiraba. Debajo de la tela áspera del plaid y de la camisa entreabierta había un cuerpo duro como la roca de aquellas montañas.
Y, por primera vez en su vida, Audrey comprendió que el verdadero peligro no era Malcolm Sinclair.
Era que una parte de ella quisiera seguir descubriéndolo.
Malcolm cerró los ojos un instante cuando ella le pasó los dedos por el pecho.
Después perdió la poca paciencia que le quedaba.
La besó otra vez.
Esa vez Audrey no esperó. Le rodeó el cuello con los brazos y se dejó atraer hasta que no quedó espacio entre ambos.
Malcolm la levantó lo justo para sentarla sobre el borde de la mesa.
La falda se le enredó alrededor de las piernas.
Él se colocó entre ellas sin pensarlo y se detuvo de golpe, como si aquella posición hubiera encendido una amenaza brutal en su cabeza.
Audrey también lo sintió.
El calor.
La cercanía.
La dureza del cuerpo de Malcolm contra el suyo.
El modo en que él tembló, no de duda, sino de un control llevado al límite.