Capítulo 13 #4
—Entonces enseñe mejor.
Ewan, a unos pasos, se giró lentamente hacia Callum.
—¿Has oído eso?
—Hasta las piedras lo han oído.
Malcolm ignoró a ambos.
Deslizó la mano libre hasta el codo de Audrey y levantó su brazo. El movimiento acercó la espalda de ella a su torso. No llegó a tocarla del todo, pero la distancia se volvió tan fina que Audrey sintió la tensión del cuerpo de Malcolm como si fuera propia.
—El brazo sigue la mirada —dijo él—. No la muñeca. No el orgullo.
—¿También lanzo con el orgullo?
—Con usted, casi todo.
Audrey debería haberse ofendido.
No pudo.
Porque olía a él.
Recordó su boca. Recordó el modo en que él había dicho su nombre en la biblioteca, como si la palabra le hubiera hecho daño.
—Mire al centro —ordenó Malcolm.
—Estoy mirando.
—No.
Sus dedos rozaron la línea de su mandíbula, lo suficiente para corregir la dirección de su rostro.
—Ahora sí.
Audrey dejó de respirar.
Malcolm también.
Durante un instante, ella supo que él podía inclinar la cabeza y besarla allí mismo, delante de todos, entre hachas, risas y tartanes. Supo también que no lo haría. No porque no quisiera.
Porque quería demasiado.
Eso la asustó más.
—Lance —dijo él.
Audrey lanzó.
El hacha giró en el aire y se clavó en el tronco.
No en el centro.
Pero cerca.
Demasiado cerca para que nadie pudiera burlarse.
Un grito de aprobación recorrió a las mujeres. Mòrag saltó. Ewan hizo una reverencia exagerada. Fiona alzó las cejas con un respeto que intentó disimular de inmediato.
Edward dijo:
—Parece que la dignidad familiar se ha salvado.
Audrey se giró hacia Malcolm.
—¿Satisfecho?
Su error fue formular la pregunta de aquel modo.
Lo comprendió en cuanto vio cambiar la expresión de Malcolm.
Solo fue un matiz, un leve endurecimiento de la mandíbula y un destello distinto en sus ojos, pero bastó para que Audrey entendiera, demasiado tarde, el doble sentido de sus propias palabras.
—No —dijo él.
El calor le subió al rostro. Malcolm se apartó antes de que alguien más lo notara.
Pero no lo bastante.
Douglas lo había visto.
No todo. No la frase. No el modo en que Audrey había dejado de respirar. Pero sí la mano de Malcolm corrigiendo su mandíbula. La forma en que su hermana, su perfecta hermana Audrey, no se había apartado con la rapidez que debería.
Douglas apretó la mandíbula y miró hacia otro lado.
No porque no le importara.
Porque le importaba demasiado.
La jornada siguió.
Hubo luchas amistosas que no fueron amistosas hasta que Malcolm amenazó con hacer limpiar establos a quien rompiera una nariz.
Sir Alasdair ganó una ronda contra un Sinclair más joven y aceptó los aplausos como si le debieran un reino.
Douglas derribó a un hombre de Glenmuir en un combate breve, limpio y tan contundente que incluso Iain dejó escapar un sonido aprobatorio.
Ewan hizo trampas en una prueba de equilibrio y lo negó con tal encanto que la mitad del patio decidió perdonarlo.
Callum ganó una apuesta sin participar en nada, lo que hizo que todos lo acusaran de ser demasiado listo para confiar en él.
Mairi apareció a media tarde.
No debía.
Por supuesto.
Douglas fue el primero en verla, sentada bajo el arco, con un chal sobre los hombros y la boca apretada de quien ya había preparado tres respuestas a cualquier reprimenda.
Fue hacia ella antes de pensarlo.
—Debería estar en la cama.
Mairi levantó la vista.
—Buenos días para usted también, lord Hamilton.
—No son buenos si decide desmayarse en mitad de un patio.
—Qué imaginación tan lúgubre.
—Realista.
—Se parece a mi hermano.
Douglas se detuvo.
—Retire eso.
—No. Ambos creen que las mujeres enfermas pierden la capacidad de decidir al mismo tiempo que el color de las mejillas.
—No he dicho eso.
—No con palabras.
Douglas cruzó los brazos.
Mairi lo imitó, aunque su chal casi se le cayó de un hombro.
—Está temblando —dijo él.
—¿Va a levantarme y llevarme dentro?
Douglas abrió la boca.
La cerró.
Mairi sonrió un poco.
—Eso pensé.
Él miró hacia Malcolm, que estaba ocupado discutiendo con Hamish y no los veía.
—Si su hermano la ve aquí, me acusará de permitirlo.
—Entonces aléjese y podrá alegar ignorancia.
—No soy cobarde.
—No. Solo mandón.
Douglas soltó una risa breve, sorprendido consigo mismo por haberlo hecho.
Mairi lo observó como si hubiera descubierto algo interesante.
—Vaya. El heredero Hamilton sabe reír.
—No se acostumbre.
—Eso parecen decirlo mucho en su familia.
—Porque la gente insiste en acostumbrarse a cosas que no debería.
Mairi tosió.
No quiso.
Intentó detenerlo.
No pudo.
El cuerpo se le dobló hacia delante y Douglas la sostuvo por el brazo antes de que ella perdiera el equilibrio. No la tomó en volandas. No hizo una escena. Solo la sujetó con firmeza suficiente para que no cayera y con cuidado suficiente para que ella no pudiera acusarlo de tratarla como porcelana.
—No diga nada —advirtió Mairi cuando recuperó el aire.
Douglas la soltó despacio.
—No iba a hacerlo.
Ella lo miró.
—Gracias.
La palabra fue pequeña y, por eso, rara.
Douglas inclinó la cabeza.
—De nada.
Durante un instante ninguno supo qué hacer.
Por suerte, Ewan gritó algo obsceno desde el otro lado del patio y la vida volvió a ser manejable.
Mairi miró hacia el ruido.
—Mi primo tiene el tacto de una cabra borracha.
—En eso sí estamos de acuerdo.
—No se emocione. Una coincidencia no crea alianza.
Douglas casi sonrió de nuevo. Y aquello, para Mairi, fue una victoria.