La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Gris, azul oscuro, cortes ingleses, guantes, cuellos, alfileres.

No porque le gustara más. Porque necesitaba recordar quién era.

Lady Audrey Hamilton. Hija de Alexander.

Hija de Eliza. Primogénita. Hermana. No ban-tighearna de nadie.

No mujer de Glenmuir. No parte de aquel mundo que parecía empeñado en rozarle la piel, el pensamiento y algo más profundo.

—No deseo disfrazarme —zanjó.

Mairi sonrió.

—Entonces no lo haga.

Y, de forma irritante, aquello la dejó sin defensa.

No fue un disfraz.

Eso se repitió Audrey media hora después, de pie frente a un espejo irregular en una habitación pequeña junto a la sala de costura.

No era un disfraz.

No llevaba tartán Sinclair como reclamo ni colores que no le correspondieran.

No había exceso, ni teatralidad, ni intento de convertirla en algo que no era.

Las mujeres le habían prestado un vestido de lana verde oscuro, sencillo pero bien cortado, con una falda amplia que caía con más gracia de la esperada y un corpiño ajustado que marcaba la cintura sin la rigidez de sus vestidos ingleses.

Sobre los hombros llevaba un pequeño mantón de lana color brezo.

En el cuello, la señora MacNair había prendido un broche de plata antigua con forma de ciervo.

—No es de Malcolm —había dicho, como si aquello fuera necesario—. Es de la casa.

Audrey no había preguntado qué diferencia había.

Sospechaba que demasiada.

El cabello fue lo peor.

Jane, horrorizada al principio y fascinada después, la ayudó a soltar parte del recogido.

Una de las muchachas de Glenmuir le hizo una trenza lateral, entretejida con una cinta azul oscuro y unas pocas flores secas de brezo.

No era un peinado de salón. No era lo que una dama llevaría en Londres.

Dejaba ver demasiado de su cuello, suavizaba demasiado la severidad de su rostro y hacía que el negro de su cabello pareciera más vivo.

Audrey se miró.

Y por un instante no supo qué hacer con la mujer del espejo.

No parecía una criada.

No parecía una dama inglesa.

No parecía una escocesa.

Parecía algo intermedio.

Algo peligroso.

Alguien que podía cruzar un salón de Hamilton Lodge con la cabeza alta y, al mismo tiempo, permanecer en un patio de Glenmuir sin parecer completamente ajena a la piedra, al viento y al fuego.

—Está preciosa, milady —susurró Jane.

Audrey no respondió.

Mairi, desde la silla donde había tenido que sentarse por fin, la observó con satisfacción.

—No parece menos usted.

—Eso está por verse.

—Solo parece menos dispuesta a huir.

Audrey la miró por el espejo.

—Tiene una forma impertinente de estar enferma.

—Es mi única diversión.

La señora MacNair abrió la puerta.

—Los hombres ya están apostando sobre quién levantará la piedra.

—Qué actividad tan reconfortante —ironizó Audrey.

—Es más útil que mirarse con ganas de pelear.

Mairi sonrió.

—Vaya, lady Audrey. Antes de que Malcolm venga a buscarla y pierda la poca sensatez que le queda.

Audrey sintió un calor leve en la nuca.

—El laird Sinclair no perderá nada por un vestido.

Mairi ladeó la cabeza.

—No. Seguramente no por el vestido.

Aquello fue intolerable.

Audrey salió antes de que alguien pudiera añadir algo peor.

Malcolm estaba junto a la piedra del clan cuando la vio.

La piedra era vieja, redondeada, oscura, marcada por generaciones de manos Sinclair que habían intentado levantarla para probar fuerza, edad, hombría o simple estupidez.

Estaba colocada sobre la tierra compacta, cerca del patio bajo, y a su alrededor se habían reunido hombres, niños, MacKinnon, Sinclair, un par de Hamilton y varios perros que no tenían ninguna opinión útil pero sí mucha energía.

Alguien dijo algo.

Malcolm no oyó qué.

Porque Audrey apareció bajo el arco.

Y durante un segundo todo lo demás desapareció.

No fue el vestido.

Eso se dijo de inmediato.

No era la lana verde, ni el broche de plata, ni el mantón color brezo. No era la trenza oscura cayendo sobre un hombro, ni las pequeñas flores secas en su cabello, ni la forma en que la falda se movía con el viento.

No.

Era que Glenmuir parecía haberla reconocido antes que él.

La casa, el patio, la luz fría después de la lluvia, las mujeres junto a las mesas, los niños con coronas torcidas, incluso los viejos muros... todo parecía aceptarla con una naturalidad que a Malcolm le irritó hasta el fondo del alma.

Lady Audrey Hamilton no debería verse así.

No debería encajar.

No debería hacer que su cuerpo recordara el beso de la biblioteca con una violencia tan inmediata que tuvo que cerrar la mano para no moverse hacia ella.

Ewan apareció a su lado.

—Cierra la boca.

Malcolm ni siquiera lo miró.

—No la tengo abierta.

—Lo bastante.

—Ewan.

—Sí, laird. Ya me callo. Pero si empiezas a gruñirle a la piedra, todos sabremos por qué.

Malcolm lo habría golpeado si Audrey no hubiera elegido ese momento exacto para mirarlo.

No buscó aprobación. Por supuesto que no.

Solo lo miró como si le desafiara a decir algo.

Malcolm no dijo nada. Esa fue su única defensa.

Y la peor.

Douglas también la vio.

La expresión de su hermano cambió de inmediato. No con desagrado, sino con alarma. Audrey no parecía una prisionera. No parecía una dama soportando una situación desagradable hasta que su familia pudiera retirarla. Parecía... presente.

Y aquello preocupó a Douglas mucho más.

—No me gusta —murmuró.

Edward, a su lado, siguió la dirección de su mirada.

—El vestido le sienta bien.

—Eso es precisamente lo que no me gusta.

—No puedes proteger a Audrey de gustarle lugares que no has elegido por ella.

Douglas lo miró.

—¿Desde cuándo hablas como una tía solterona con demasiados bordados?

—Desde que tú piensas como un toro con título futuro.

Fiona, que estaba lo bastante cerca para oírlo, soltó una risa breve.

Douglas y Edward se giraron a la vez.

—No era una invitación a que usted se riera —dijo Edward.

—Lo sé. Por eso me ha divertido.

Douglas miró a Fiona.

—¿Usted también opina sobre mi hermana?

Fiona sostuvo su mirada.

—Opino sobre todos. Su hermana es solo la novedad más visible.

—Qué costumbre tan encantadora.

—Gracias. Me la han criticado mucho.

Edward sonrió. Douglas no.

En el centro del patio, Malcolm levantó por fin la piedra.

No para demostrar nada a Audrey.

Eso habría sido ridículo.

La levantó porque todos lo miraban, porque era el laird, porque la piedra del clan no se evitaba en un día de pruebas, y porque en aquel momento necesitaba ocupar las manos con algo que no fuera la cintura de Audrey Hamilton.

La tomó por debajo, flexionó las rodillas y alzó.

La piedra subió despacio.

Un murmullo recorrió el patio.

Malcolm la sostuvo contra el cuerpo, la elevó hasta el pecho, luego hasta el hombro, y la dejó caer sobre la tierra con un golpe profundo que hizo aplaudir a los niños.

Audrey no aplaudió.

Pero sus ojos lo hicieron.

Y Malcolm vio eso también.

Maldita fuera.

La escena romántica no empezó con intención de serlo.

Empezó con Fiona desafiando a Edward por segunda vez.

Esta vez no en tiro al blanco, sino en un juego de precisión que consistía en lanzar pequeñas hachas a un tronco marcado con círculos.

Edward, como buen Hamilton sensato, declaró que aquella actividad unía las peores cualidades de la arquería y del asesinato.

Fiona le entregó un hacha pequeña y le dijo que no se preocupara, que nadie esperaba mucho de él.

Edward la lanzó.

El hacha giró torpemente y se clavó en el borde exterior del tronco.

Fiona sonrió.

—No ha muerto nadie.

—Siempre empiezo con objetivos modestos —respondió él.

Fiona tomó otra hacha y la lanzó con una soltura que arrancó aplausos de los MacKinnon.

—Su turno.

Edward miró el arma.

—Creo que empieza a disfrutar humillándome.

—Empiezo no.

Audrey observaba la escena desde la mesa de las mujeres cuando Ewan apareció con dos hachas pequeñas.

—Milady Hamilton, Glenmuir exige reparación.

—¿Perdón?

—Edward está siendo derrotado por una MacKinnon. La dignidad inglesa necesita una representante.

—No soy inglesa.

—Magnífico. Entonces la dignidad medio escocesa.

La señorita Worth, que había permanecido sentada junto a una cesta de pan, lo miró con horror.

—No. Ni hablar. Lady Audrey no arrojará herramientas contra un tronco para satisfacer a bárbaros.

—No son herramientas —dijo Ewan—. Son hachas.

—Eso no lo mejora.

Audrey miró a Malcolm. Él estaba al otro lado del patio.

La observaba.

No sonreía. Pero sus ojos decían: no lo hará.

Audrey tomó el hacha.

—Solo una vez.

La señorita Worth cerró los ojos.

—Su madre me culpará.

—Mi madre sabe disparar mejor que muchos hombres —dijo Audrey—. Dudo que esto la escandalice.

Ewan soltó un silbido.

—Cada vez me gusta más la familia Hamilton.

Malcolm se acercó antes de que Audrey llegara a la línea de lanzamiento.

—No tiene que hacerlo.

—Lo sé.

—El peso no es igual que el de un cuchillo de mesa.

—Qué decepción. Había pensado lanzarlo con gesto de cena.

—Audrey.

El uso de su nombre fue bajo.

Demasiado bajo.

Ella lo miró.

—Laird.

Él alargó la mano.

—Déjeme ver cómo lo sostiene.

—Sé sostener un objeto afilado sin dañar a nadie.

—Hasta ahora.

—Tiene poca fe.

—Tengo mucha experiencia con gente orgullosa lanzando cosas por primera vez.

Ella le entregó el hacha, pero Malcolm no la tomó para apartarla. Se colocó detrás.

Demasiado cerca.

Audrey sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara. El patio seguía lleno de gente. Gaitas, risas, niños, voces de MacKinnon y Sinclair mezclándose en el aire. Nadie podía acusarlos de estar solos. Nadie sensato podía escandalizarse por una instrucción dada delante de medio clan.

Y aun así, cuando Malcolm cerró la mano sobre la de ella y ajustó sus dedos alrededor del mango, el mundo se redujo al punto exacto en que su piel rozaba la mano desnuda de Audrey.

—No así —murmuró.

Su voz estaba junto a su oído.

Audrey tragó saliva.

—¿No?

—Si lo aprieta demasiado, se desviará.

—Qué extraño. Suele criticarme por no apretar bastante.

La respiración de Malcolm cambió.

Solo un poco.

Ella lo notó.

Él también.

—No me provoque delante de todo mi clan, milady.