La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Ewan ganó la primera ronda contra un MacKinnon de hombros anchos. Ganó riendo, lo cual irritó al otro más que la derrota. Alzó el hacha al final con una reverencia exagerada hacia la ventana de Cathaline, aunque nadie sabía con certeza si ella estaba mirando.

Sí lo estaba.

Desde la habitación cálida, envuelta en una manta y con Jane demasiado cerca por si decidía levantarse, Cathaline observaba el patio con los ojos aún cansados pero vivos.

—Tiene demasiada facilidad para hacerse notar.

Jane se acercó también a la ventana y, al descubrir hacia dónde miraba su señora, dejó escapar un suspiro.

—Milady... otra vez sin camisa.

—¿Es una costumbre escocesa?

—Me temo que sí. Aquí consideran perfectamente normal andar medio desnudos en cuanto aparece un rayo de sol.

Cathaline tuvo que contener una sonrisa.

—Al menos el paisaje ha mejorado un poco desde que dejó de llover.

Jane la miró escandalizada.

—¡Milady!

—¿Qué? Solo estaba observando.

Jane juntó las manos.

—Yo llevo días observando y lo único que deseo es que Dios abra ese maldito paso para regresar a Inglaterra antes de que alguno de estos salvajes decida que también es costumbre comer ardillas o dormir sobre el tejado.

Cathaline soltó una risa baja.

—Jane, no todos los escoceses son salvajes.

—Ese fue el mismo argumento que me dio la señorita Audrey... y, con el debido respeto, cada día estoy menos convencida.

Cathaline volvió la vista hacia el patio justo cuando Ewan partía otro tronco de un solo golpe.

—Pues el salvaje maneja muy bien el hacha.

Jane cerró los ojos un instante.

—Dios mío, llévame de vuelta a Inglaterra.

Ewan, como si hubiera sentido la mirada, levantó los ojos hacia la ventana.

Durante un instante, la vio.

La muchacha rubia, pálida, envuelta en lana, demasiado débil para estar de pie y aun así colocada junto al cristal como si la vida del patio le perteneciera un poco.

Ewan dejó de sonreír.

Cathaline tampoco sonrió.

Solo levantó la mano unos centímetros.

Él inclinó la cabeza.

No fue una reverencia.

Fue algo más sencillo.

Y, por eso mismo, más incómodo.

—Debería volver a la cama —murmuró Jane.

—Lo sé —respondió Cathaline—. Pero quiero ver si vuelve a hacer algo imprudente.

—¿Por gratitud?

—Por curiosidad científica.

Jane decidió que aquella fiebre seguía siendo preocupante.

En el patio, Douglas participó en la prueba de tronco.

Y Glenmuir, por primera vez desde su llegada, lo miró sin hostilidad.

El tronco era largo, pesado, húmedo aún por las lluvias. Dos Sinclair fallaron en levantarlo con limpieza. Un MacKinnon lo consiguió a medias, lo hizo girar mal y terminó recibiendo risas despiadadas de ambos clanes. Entonces Douglas se quitó la chaqueta, se remangó la camisa prestada y avanzó.

La señorita Worth palideció.

—¿También él? ¿No tenemos suficientes tragedias familiares?

Audrey observó a su hermano.

Douglas tomó el tronco, midió el peso, flexionó las rodillas y lo levantó con una fuerza que hizo callar a varios hombres.

No lo hizo como Malcolm. Malcolm tenía la naturalidad de quien había crecido moviendo cosas demasiado pesadas para casas demasiado pobres.

Douglas lo hizo con la potencia de una sangre joven que necesitaba demostrar algo al mundo.

El tronco se elevó, tembló, giró y cayó con un golpe que hizo saltar barro.

No fue perfecto.

Pero fue impresionante.

Un murmullo recorrió el patio.

Iain golpeó el bastón.

—El laird de Arran tiene espalda escocesa aunque vista como inglés.

Douglas se giró hacia él.

—Si vuelve a decidir qué soy, viejo, levantaré el tronco solo para dejárselo caer en los pies.

Iain rio como si acabaran de hacerle un regalo.

—Eso también es escocés.

Audrey reparó en que Malcolm observaba a Douglas con una atención distinta a la de los primeros días.

La desconfianza seguía allí y aún no podía hablarse de amistad, pero había aparecido algo nuevo: el respeto que solo despierta un hombre capaz de mantenerse firme sin dejarse arrastrar por el orgullo.

Douglas, por su parte, jamás habría reconocido semejante cosa, aunque cuando llegó su turno también buscó la mirada de Malcolm.

Este no hizo el menor alarde de fuerza ni trató de imponerse ante los presentes.

Permaneció inmóvil, seguro de sí mismo, y fue precisamente esa ausencia de ostentación lo que volvió mucho más difícil enfrentarse a él.

Simplemente se acercó al tronco mayor, uno que los hombres habían apartado al principio porque todos fingían no ver que era más pesado, hundió las manos, ajustó el cuerpo y lo levantó como si el patio, los clanes y la mirada de Audrey no existieran.

Pero Audrey existía.

Y él lo sabía.

Porque, justo antes de lanzar, sus ojos buscaron los de ella.

Solo un instante.

Luego el tronco giró en el aire y cayó casi perfecto.

El patio estalló.

La señorita Worth apretó las manos contra el pecho.

—No entiendo por qué nadie parece alarmado.

—Porque no ha muerto nadie —dijo Edward, pasando junto a ella con un arco en la mano.

—Eso no es una medida de éxito civilizada.

Fiona lo esperaba junto a la línea de tiro.

—Pensé que había cambiado de opinión.

—Pensó mal.

—Interesante. No creí que los libros dieran fuerza a los brazos.

Edward tensó la cuerda, probó la resistencia y miró el viento.

—No la dan.

—Entonces perderá.

—Quizás.

Fiona disparó primero. La flecha cruzó el aire y se clavó cerca del centro del blanco colocado sobre un montón de paja. Varios MacKinnon aplaudieron. Ella ni siquiera sonrió.

Edward observó el vuelo, el aire, las cintas que una niña había atado en un poste y que se movían hacia la izquierda.

Disparó.

La flecha se clavó ligeramente más cerca del centro que la de Fiona.

Fiona giró la cabeza hacia él.

Edward le devolvió el arco al mozo con una cortesía impecable.

—Decía algo sobre mis brazos.

Ewan soltó una carcajada desde la mesa del whisky.

Fiona entrecerró los ojos.

—Una flecha no gana una guerra.

—No pretendía iniciar una.

—Pues es una lástima.

—¿Porque le habría gustado perder dos veces?

Por primera vez desde que los Hamilton habían llegado a Glenmuir, Fiona sonrió.

Solo fue una leve curva en los labios, pero bastó para que Edward se quedara mirándola un instante más de lo aconsejable antes de seguir su camino.

Audrey se dio cuenta de aquel pequeño intercambio desde la distancia y decidió guardarlo para otro momento.

Había demasiadas cosas ocurriendo en Glenmuir, demasiados cambios que nadie parecía haber previsto.

Y lo más inquietante de todo era descubrir que no todos le desagradaban.

Las mujeres vinieron a por ella después de la prueba de tiro.

No de forma amenazadora.

Casi.

La señora MacNair encabezaba el pequeño grupo con una expresión que Audrey había aprendido a interpretar como "no discuta porque perderá".

Detrás estaban la mujer gris que la había retado a coser, dos muchachas jóvenes, Mòrag con una corona de brezo mal hecha en las manos y, para sorpresa de Audrey, Isla Mairi apoyada en el brazo de una criada.

—No debería estar de pie —dijo Audrey.

—Qué interesante —replicó Isla Mairi, alzando una ceja—. Suena igual que mi hermano.

—Entonces quizás él y yo tengamos razón.

—O quizás ambos hayan desarrollado el mismo defecto.

La señora MacNair interrumpió antes de que la discusión pudiera prosperar.

—Milady, las niñas han preparado coronas.

—Qué amabilidad.

Mòrag levantó la suya.

—Esta es para usted.

Audrey miró el aro torcido de brezo seco—un arbusto silvestre de pequeñas flores violáceas que cubría las laderas de las Highlands—, pequeñas flores pálidas y una cinta azul oscuro. Era, objetivamente, una construcción precaria. También era una ofrenda.

—No creo que sea necesario.

—Sí lo es —dijo la niña—. Todas llevan algo.

Audrey miró alrededor.

Era verdad.

Las mujeres de Glenmuir se habían arreglado con una sencillez que la conmovió antes de que pudiera impedírselo.

No eran trajes de salón. No había sedas brillantes ni encajes finos.

Había lana bien cepillada, mantones limpios, broches de plata vieja, cintas en las trenzas, flores secas junto a las orejas, faldas de colores apagados pero hermosos: verdes de bosque, azules de agua profunda, grises de piedra, tonos brezo.

No parecían disfrazadas.

Parecían ellas mismas en un día en que habían decidido recordar que la belleza también podía sobrevivir con poco.

—Lady Audrey no desea que la decoren como un cordero de feria —dijo la señorita Worth, que había aparecido demasiado tarde para impedir la emboscada pero no demasiado tarde para opinar.

—No pretendemos decorarla —dijo la mujer gris—. Solo hacer que deje de parecer que está esperando un carruaje para huir.

El comentario fue demasiado certero.

Audrey levantó la barbilla.

—Mi forma de vestir no es un asunto del clan Sinclair.

—En Glenmuir todo termina siendo asunto del clan Sinclair —murmuró Mairi.

Audrey la miró.

La joven estaba pálida, pero sus ojos grises brillaban con una inteligencia peligrosa.

—¿También usted viene a convencerme?

—No.

—Menos mal.

—Vengo a decirle que no tiene que vestirse como una escocesa —Audrey parpadeó. Mairi respiró despacio antes de continuar—. Solo deje de vestirse como si siguiera esperando marcharse mañana. Cada día lleva un vestido diferente de viaje, sino el gris, el azul oscuro.

El patio siguió sonando a su alrededor: risas, gaitas, el golpe de una piedra contra el suelo, un grito de Ewan, una protesta de Sir Alasdair, las sales de la señorita Worth abriéndose otra vez. Pero Audrey sintió que todo aquello se alejaba un poco.

No porque Mairi tuviera razón.

Sino porque Audrey no pudo rechazar la frase con facilidad.

Seguía vistiendo como para marcharse.

Cada mañana elegía armadura.