La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Por primera vez en muchos días, Glenmuir despertó sin lluvia.

No fue un amanecer luminoso ni amable, de esos que en Inglaterra se abrían sobre jardines cuidados, cristales limpios y caminos de grava recién barridos.

El cielo seguía cargado de nubes, las montañas aún estaban cubiertas de niebla y la tierra conservaba tal cantidad de agua que cada paso levantaba un sonido húmedo y sucio. Pero no llovía.

Y en Glenmuir, después de tantos días de temporal, aquello bastaba para que media casa lo considerara una bendición.

Los niños fueron los primeros en descubrirlo. Salieron disparados por el patio como si alguien hubiera abierto una jaula. Dos perros los siguieron, ladrando con un entusiasmo que la señora MacNair calificó de salvaje antes de mandar a un mozo a apartarlos de las cestas de pan.

Los hombres aparecieron poco a poco desde los establos, de las alas bajas, de los pasillos, envueltos en tartanes, chalecos viejos y esa energía de quienes llevaban demasiadas horas respirando el mismo aire cerrado.

Las mujeres abrieron ventanas, sacudieron mantas, llevaron cestas al exterior y empezaron a hablar todas a la vez, como si la ausencia de lluvia hubiera devuelto al castillo su derecho natural al ruido.

Audrey Hamilton observó todo aquello desde una ventana del pasillo superior.

No debería haberle gustado.

No le gustaba.

Se dijo eso con decisión.

Solo estaba observando.

Habían pasado ya varios días desde que Cathaline había sido arrastrada por el río.

El temporal seguía aislando Glenmuir del resto del mundo, aunque cada amanecer parecía un poco menos gris que el anterior.

Gracias a los cuidados constantes de Sorcha, la fiebre había empezado a remitir poco a poco y el color regresaba lentamente a las mejillas de la joven Hamilton.

Aún estaba débil, aún pasaba la mayor parte del tiempo en la cama y todos procuraban que descansara, pero el miedo de las primeras horas había empezado a transformarse en una esperanza prudente.

Sorcha, con aquella expresión permanente de mujer ofendida por la estupidez del género humano, había sentenciado que la muchacha viviría siempre que dejaran de entrar en su habitación como si estuvieran asistiendo a un funeral.

Aquellas palabras bastaron para que Douglas dejara de parecer dispuesto a declarar la guerra a medio castillo, para que Edward recuperara poco a poco su habitual sangre fría y para que la señorita Worth llorara discretamente durante unos minutos antes de asegurar que siempre había confiado en que Dios no abandonaría a una joven de tan ilustre nacimiento.

Audrey no había llorado.

No delante de nadie.

Había permanecido al lado de Cathaline, había escuchado a Sorcha, había mandado a Jane a dormir una hora, había obligado a Douglas a comer algo y había escrito una carta que nadie podía enviar.

Ahora estaba allí, mirando un patio que no debería interesarle, pero Glenmuir sin lluvia parecía otro lugar.

No bonito. No exactamente.

Pero vivo. Demasiado vivo.

—No se engañe —dijo una voz detrás de ella—. En unas horas volverá a llover.

Audrey no se giró enseguida.

Conocía esa voz.

Desde hacía demasiado poco tiempo para que su cuerpo tuviera derecho a reconocerla tan rápido.

Malcolm Sinclair estaba al otro lado del pasillo, con una camisa de lino oscuro, chaleco sin abrochar del todo, botas altas y el kilt de su clan sujeto a la cintura.

No parecía haber dormido más que ella. Tenía la sombra de la noche bajo los ojos, el cabello negro todavía húmedo de haberse lavado con agua fría y esa expresión de hombre que podía mandar una casa antes de tomar el primer té.

—Qué consuelo tan propio de usted, laird —respondió Audrey.

—No pretendía consolarla.

—Eso también es propio de usted.

Sus ojos se encontraron.

El beso apareció entre ambos como una tercera presencia.

No en voz alta.

No en palabras.

En la forma en que Malcolm miró su boca antes de obligarse a mirar por la ventana. En la forma en que Audrey recordó, con una claridad que la irritó, la presión de aquellas manos en la cintura, el calor de su cuerpo, el modo en que su propio juicio había desaparecido al contacto de sus labios.

Apretó las manos sobre el alféizar.

—He venido a ver si Cathaline necesitaba algo —dijo él.

—Necesita descanso.

—Entonces ya tiene más juicio que los que están en mi patio.

—No sea injusto, necesitan un respiro.

Desde abajo, Ewan soltó una carcajada. Luego la voz de Hamish, resignada, intentó imponer alguna clase de organización.

Los MacKinnon empezaron a salir también, atraídos por la promesa de cualquier actividad que no consistiera en mirarse con desconfianza unos a otros.

Sir Alasdair apareció con el gesto de quien sospechaba de toda alegría ajena.

Fiona, a su lado, observó el patio como si estuviera decidiendo si aquel caos merecía su desprecio o su participación.

Douglas salió poco después.

Audrey lo vio desde arriba.

Su hermano llevaba una camisa limpia que no era suya, probablemente prestada por algún Sinclair de estatura parecida, y aun así seguía pareciendo un Hamilton hasta en los pliegues de la ropa ajena.

Moreno, alto, con la mandíbula cerrada y la mirada atenta.

No había dormido bien. Ninguno lo había hecho.

Pero al ver el patio, algo en él cambió.

No alegría. Douglas no estaba en Glenmuir para alegrarse.

Más bien una necesidad física de hacer algo.

Cualquier cosa. Moverse. Golpear. Competir.

No pensar durante unos minutos en que Cathaline había estado a punto de morir siguiéndolo.

—¿Qué ha propuesto el viejo Iain? —preguntó Audrey.

Malcolm exhaló.

—Pruebas de clan.

—¿Perdón?

—Hacha. Piedras. Arco. Troncos. Luchas amistosas que rara vez terminan siendo amistosas.

Audrey lo miró.

—¿Y usted permitirá semejante despliegue de barbarie?

—No. Lo organizaré para que nadie muera.

—Qué tranquilizador.

—A veces soy muy considerado.

—No se exceda. Podrían no reconocerlo.

Malcolm la miró con una intensidad breve, inesperada.

—Usted sí.

La respuesta la golpeó con una fuerza que no esperaba.

No tenía nada de romántica, ni pretendía ser una galantería o una frase cuidadosamente escogida para impresionarla.

Era, precisamente por su sencillez, mucho más peligrosa.

Decía demasiado. Revelaba una verdad que ninguno de los dos estaba preparado para pronunciar en voz alta, y ambos lo comprendieron en el mismo instante.

Audrey desvió la mirada hacia el patio, incapaz de aguantar por más tiempo aquellos ojos verdes sin sentir que empezaban a desmoronarse algunas de las certezas a las que se había aferrado desde que puso un pie en Glenmuir.

—Debo ver a Cathaline.

—Por supuesto.

Él no se movió para impedirle el paso.

Eso, por alguna razón incomprensible, también la alteró.

Al mediodía, Glenmuir había dejado de parecer un castillo atrapado por el mal tiempo y se había convertido en algo mucho más animado.

No una fiesta.

No exactamente.

Nadie había colgado guirnaldas elegantes ni preparado mesas con porcelana. No había invitaciones, ni programa, ni anfitriones vestidos para ser admirados. Era más ruidoso, más sencillo y mucho más peligroso para la compostura de cualquier dama inglesa.

En el patio bajo, los hombres habían despejado una zona entre los establos y el viejo muro.

Al fondo, sobre una mesa larga, las mujeres colocaban pan, queso, carne fría, pasteles de avena, jarras de ale y una botella de whisky que la señora MacNair vigilaba como si esperara que alguien intentara casarse con ella.

Dos gaiteros afinaban junto al arco de piedra.

Los perros entraban y salían de entre las piernas de todos.

Los niños gritaban nombres en gaélico y en inglés, mezclando clanes, apuestas y ofensas con una naturalidad que hacía que la señorita Worth, ya recuperada su resfriado, se llevara las manos al pecho cada pocos minutos.

Los MacKinnon se habían colocado cerca de su propio grupo.

Sir Alasdair observaba con la expresión dura de quien jamás admitiría que necesitaba distracción.

Fiona permanecía de pie, el tartán azul y verde de su clan sobre los hombros, los brazos cruzados, la trenza sobre un pecho y la mirada fija en Edward Hamilton.

Edward fingía leer un libro.

Eso resultaba difícil cuando estaba de pie en medio de un patio lleno de hombres levantando piedras.

—¿Lee usted durante todas las crisis? —preguntó Fiona al pasar junto a él.

—Solo durante las menos interesantes —replicó él, sin levantar la vista.

—Hay hombres a punto de lanzarse troncos encima —constató ella, mirando hacia la fiesta improvisada.

—Precisamente.

—¿Eso no le interesa?

—No mucho.

—No sabe lanzar nada, ¿verdad? —Fiona lo observó de arriba a abajo sin disimulo.

Edward cerró el libro.

Despacio.

Audrey, que salía en ese momento con la señorita Worth, vio el gesto y supo que Fiona MacKinnon acababa de cometer el error de despertar la parte más peligrosa de Edward: su orgullo Hamilton.

—Depende de qué haya que lanzar —respondió él.

—Arco. O quizás eso también exige demasiada violencia para un Hamilton educado.

—El arco exige menos violencia que puntería. Eso me tranquiliza.

—Entonces veremos si sabe apuntar.

—Me temo que sí.

—Magnífico —replicó Fiona—. Ya empezaba a preocuparme que pensara quedarse aquí estorbando.

La señorita Worth emitió un sonido pequeño.

—Esa joven tiene una forma perturbadora de relacionarse.

—Es escocesa —dijo Audrey.

—También usted por parte de padre y no insulta a los hombres para entretenerse.

Audrey no respondió.

No estaba segura de que aquello fuera cierto.

Las primeras pruebas empezaron con el corte de madera.

No era una competencia elegante, pero sí efectiva.

Dos troncos, dos hachas, dos hombres desnudos de cintura para arriba y una multitud que parecía dispuesta a valorar no solo la rapidez, sino la postura, la fuerza, la limpieza del golpe y cualquier oportunidad de gritar una ofensa heredada de los abuelos.