La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Y aquella vez nadie se atrevió a contradecirlo.

Douglas se llevó la mano al interior de la chaqueta empapada y sacó un sobre protegido en cuero. Lo dejó sobre la mesa delante de Malcolm, aunque sus ojos buscaron a Audrey antes de apartarse.

—Mi padre me dio esto antes de partir —dijo—. No para entregarlo al llegar, sino para usarlo si encontraba motivos para creer que ya no bastaba con hablar.

Malcolm miró el sello Hamilton, pero no lo tocó de inmediato.

—¿Y los ha encontrado?

Douglas no respondió enseguida. En otro momento, habría contestado con la seguridad impecable de un hombre acostumbrado a saber cuál era su lugar y cuál era el de los demás.

Ahora, sin embargo, parecía cansado, mojado hasta los huesos y peligrosamente cerca de comprender que su hermana sentía algo por el laird.

—He encontrado a Cathaline herida —dijo al fin—. A Audrey en un castillo escocés que no le conviene en absoluto. A Edward instalado aquí como si hubiera nacido para vivir entre muros húmedos y gente armada. Y a usted, Sinclair, en el centro de todo.

—No está mal para una primera impresión —murmuró Ewan desde el fondo.

Douglas le dirigió una mirada fría.

—No pretendía halagarlo.

Ewan sonrió sin el menor arrepentimiento, pero esta vez no añadió nada.

Malcolm bajó la vista hacia el sobre.

—¿Quiere que lo lea?

Douglas apoyó una mano sobre el respaldo de una silla, como si solo entonces advirtiera el cansancio del viaje.

—No. Todavía no.

Aquello hizo que varios hombres se miraran entre sí. Incluso Mairi ladeó la cabeza, atenta.

Audrey fue la única que no se movió.

—Douglas —dijo ella, muy despacio.

Él giró el rostro hacia su hermana, y durante un instante dejó de parecer un duque en potencia, un Hamilton ofendido o un inglés rodeado de enemigos. Pareció solo un hermano mayor que había llegado demasiado tarde a demasiadas cosas.

—Solo quiero que vuelvas a Hamilton Lodge y empieces tu temporada.

La respuesta fue breve, limpia y cruelmente honesta. Malcolm observó el intercambio sin intervenir. Había discusiones en las que un hombre sensato callaba, aunque cada parte de él quisiera imponerse.

Douglas tomó de nuevo el sobre y lo guardó en el interior de la chaqueta.

—La carta seguirá cerrada —dijo—. Por ahora. Mi padre no necesita entrar en esto esta noche. No me marcharé —añadió Douglas—. No hasta entender qué ha ocurrido realmente aquí, qué desea Audrey y qué piensa hacer usted con la reclamación que ha puesto a nuestra familia en esta situación.

—No puse una reclamación sobre su hermana —dijo Malcolm, con voz baja.

—Pero ella está aquí cuando debería estar de camino a casarse con un duque inglés con mansiones por doquier.

La frase no fue una acusación. No del todo. Quizás por eso resultó más difícil de responder.

Malcolm sostuvo su mirada.

—Sí.

Douglas respiró despacio, como si aquella sola palabra bastara para confirmar todo lo que temía y, al mismo tiempo, nada de lo que podía probar.

—Entonces hablaremos —dijo—. Cuando descanse.

Desde la pared, Iain dejó escapar un sonido áspero que pudo haber sido una risa.

—Muy generoso por su parte, muchacho.

Douglas volvió la cabeza hacia él.

—No soy generoso. Respeto a mis hermanas, ambas necesitan paz por esta noche.

Ewan sonrió de nuevo, esta vez con más cuidado.

Mairi, en cambio, observó a Douglas con algo parecido a una aprobación severa. Audrey permaneció inmóvil, pero la tensión de sus hombros se alivió, como si por primera vez desde su llegada pudiera respirar sin preparar una defensa inmediata.

Malcolm vio ese pequeño gesto y comprendió que Douglas también lo había visto.

Tal vez por eso ninguno de los dos dijo nada más.

La carta permaneció cerrada. Douglas comprendió que todavía no había llegado el momento de involucrar a su padre. Antes necesitaba entender qué estaba ocurriendo entre aquellas viejas piedras... y, sobre todo, qué estaba ocurriendo con su hermana.

Solo una tregua.

Pero aquella noche, en Glenmuir, una tregua ya era más de lo que cualquiera habría esperado.

Cuando la sala comenzó por fin a vaciarse, Edward fue el último Hamilton en abandonar la estancia. Al llegar a la puerta encontró a Fiona apoyada contra el marco, con los brazos cruzados.

—Su hermana manda casi tanto como el laird —observó ella, haciendo brillar sus ojos verdes y sus pecas rojas.

—No. El laird manda cuando cree que tiene razón. Mi hermana consigue que los demás quieran hacer lo correcto.

Fiona dejó escapar una sonrisa cansada.

—Es una definición bastante típica de usted. ¿Todo lo analiza del mismo modo aburrido?

—¿Esto es amistad escocesa?

—No se emocione.

Edward inclinó la cabeza a modo de despedida.

—Empiezo a sospechar que Glenmuir es menos hostil de lo que aparenta.

Fiona esperó a que él echara a andar antes de responder.

—No se acostumbre, lord Hamilton.

Edward sonrió sin girarse.

Fiona lo vio alejarse por el pasillo y, por primera vez desde que aquellos ingleses habían cruzado el umbral del castillo, pensó que quizá los Hamilton no eran tan distintos de ellos como había querido creer.