Capítulo 12 #3
Por suerte, la sala grande porque después entraron todos los demás.
Hamish se quedó junto a una de las paredes. Ewan también, con el brazo vendado, agotado y demasiado curioso para marcharse. Iain apareció sin que nadie lo invitara, como si hubiera sabido desde el principio que terminaría siendo testigo de aquella conversación.
Varios hombres del clan Sinclair permanecieron cerca de la puerta.
Frente a ellos, los MacKinnon ocuparon el lado opuesto de la estancia en un silencio cargado de desconfianza.
Sir Alasdair se apoyó junto a la chimenea, rígido como una lanza vieja; Fiona permanecía a su lado, con los brazos cruzados y los ojos fijos en Douglas Hamilton, como si todavía no hubiera decidido si aquel heredero merecía su respeto.
Edward llegó un momento después, porque nadie había descubierto todavía la manera de impedir que Edward estuviera presente allí donde ocurrían las cosas importantes.
Audrey no estaba.
Al principio.
Douglas se giró hacia Malcolm.
—Voy a enviar una carta a mis padres ahora mismo.
—No llegará.
—Encontrará otro paso.
—Si lo hubiera, ya lo habría usado.
—Entonces mandará hombres.
—No mandaré hombres a morir para tranquilizar a un duque que llegará enfadado de todos modos.
Douglas dio un paso hacia él.
—Está hablando de mi padre.
—Estoy hablando de un camino inundado.
—Está hablando como si mis padres no tuvieran derecho a saber que Cathaline está bien y que Audrey sigue viva después de muchos días sin saber de ella.
—Tienen derecho. No tienen un río obediente.
—Mi hermana no arruinará su vida para salvar este castillo —quiso zanjar Douglas el problema principal que los había llevado allí.
El silencio cayó como un insulto.
Malcolm sostuvo su mirada.
—Su hermana decide por sí misma, según me ha repetido medio Hamilton desde que llegó.
—No se burle de mí.
—No lo hago.
—Audrey no pertenece a Glenmuir.
—No he dicho que pertenezca.
Iain golpeó el bastón.
—El plaid dijo algo.
—Viejo Iain —advirtió Malcolm.
Douglas se giró hacia él.
—¿Qué plaid?
—No ayudes —murmuró Ewan, mirando al viejo Iain.
Douglas miró a Malcolm otra vez.
—¿Qué se murmura en esta casa sobre mi hermana?
—Demasiado —dijo Malcolm.
—Sea más claro.
—La cubrí con mi tartán cuando intentó marcharse de Glenmuir. El camino había cedido, la lluvia no daba tregua y regresó empapada. Era mi obligación mientras estuviera bajo mi techo.
—Qué generoso.
—Estaba bajo mi responsabilidad.
—Mi hermana no es su responsabilidad.
—Bajo mi techo, sí.
—Ahí está el problema —dijo Douglas, clavando sus ojos marrones en los verdes de Malcolm y avanzando un paso hacia él—. Habla como si todo lo que entra en esta casa le perteneciera.
—No confunda mis normas con sus miedos.
—No confunda mi paciencia con educación.
Varios Sinclair se movieron.
Malcolm levantó una mano sin apartar la vista de Douglas.
—Quietos.
Douglas vio el gesto.
Y lo odió.
—Todos saltan cuando usted mueve un dedo.
—Mejor que saltar cuando un muchacho pierde los estribos.
Douglas sonrió sin humor.
—Llámeme muchacho otra vez.
—Compórtese como hombre y no hará falta.
El aire cambió.
Ewan se enderezó.
Hamish murmuró el nombre de Malcolm.
Edward dio un paso hacia Douglas.
Pero fue Isla Mairi quien entró en la sala.
Nadie la había llamado. Nadie la había autorizado. Había vuelto a abandonar su cama, esa vez con un chal sobre los hombros y el rostro de una palidez que habría hecho callar a cualquiera con algo de compasión.
Douglas la vio.
Y se controló.
El puño que había empezado a cerrarse junto a su costado se detuvo.
No por Malcolm.
Por ella. Por la muchacha enferma en la puerta, por Cathaline en la habitación de arriba, por Audrey agotada de sostenerlo todo.
Mairi miró a ambos hombres.
—Qué decepción. Dos casas antiguas, dos apellidos conocidos y ni media onza de sentido común entre los dos.
Malcolm apretó la mandíbula.
—Vuelve a la cama.
—Cuando dejes de provocar visitantes que podrían romperte la nariz.
—Que lo intenten. Pero tú deberías estar en la cama, no poniéndome en evidencia delante de medio castillo.
Douglas parpadeó, como si necesitara un instante para asimilar lo que acababa de oír.
A su lado, Edward carraspeó con discreción, mientras Ewan inclinaba la cabeza para disimular una sonrisa que amenazaba con traicionarlo.
Solo Mairi permaneció completamente impasible; clavó en Malcolm una mirada tan severa que no hacía falta pronunciar una sola palabra para entender que desaprobaba cada una de sus decisiones.
—Eres laird —Luego miró a Douglas—. Y usted, lord Hamilton, tiene una hermana arriba que acaba de escapar del río. Si desea pelear, espere a mañana. Quizás entonces todos tengamos más fuerzas para fingir que nos importa su orgullo.
Douglas no supo qué responder.
Eso, en sí mismo, fue un acontecimiento.
Entonces Audrey apareció detrás de Mairi.
Había oído suficiente.
Se notaba en su rostro.
No estaba pálida de miedo. Estaba pálida de cansancio y miedo por su hermana pequeña. Cerró la mano suavemente sobre el brazo de Mairi.
—Debería descansar.
—Todos deberían —dijo Mairi—. Nadie me hace caso.
Audrey casi sonrió.
Casi.
Luego miró a Douglas.
—Basta.
La palabra no fue alta.
No hizo falta.
Douglas se giró hacia ella.
—Audrey...
—No. Basta. El paso está cortado. No hemos podido escribir. Edward está herido por una pelea estúpida, no por una agresión contra nosotros. Cathaline vive porque Ewan Sinclair se arrojó a un río que podía haberlo matado. Y el laird Sinclair no me ha retenido contra mi voluntad.
Douglas la miró como si no la reconociera del todo.
—Lo estás defendiendo.
Malcolm también la miró.
Demasiado atento.
Audrey sintió esa mirada como un peso entre los hombros.
—Estoy diciendo la verdad.
—Antes de marcharse, Cathaline me hizo una observación que, en aquel momento, consideré fruto del miedo —dijo Douglas con una calma que apenas conseguía contener la tensión—. Ahora empiezo a preguntarme si no vio algo que a mí se me escapó.
El rostro de Audrey permaneció imperturbable, aunque Malcolm advirtió el leve destello que cruzó sus ojos.
—No permitas que el miedo altere tu juicio, Douglas —respondió ella con serenidad.
Él sostuvo su mirada unos segundos antes de volver a hablar.
—No quiero verte perder tu vida al lado de una bestia arruinada y sin modales.
El silencio que siguió resultó más incómodo que cualquier reproche. Los Sinclair intercambiaron miradas discretas. Ewan alzó despacio la cabeza. Iain frunció el ceño, mientras Malcolm permanecía inmóvil, sin apartar los ojos de Audrey.
—Cuidado, laird de Arran —dijo el viejo Iain—. No pareces tan inglés como intentas, pero hablas como uno cuando insultas en una casa que no es tuya.
Douglas se giró hacia él con los ojos encendidos.
—Nadie decidirá qué soy. Ni Escocia, ni ningún viejo con demasiadas historias en la boca.
—Entonces no niegue la sangre que se le nota hasta mojado —replicó Iain.
—Silencio —dijo Malcolm.
Esta vez todos callaron.
Douglas miró a Malcolm.
—¿Y usted? ¿Tiene algo más que decir?
—Me interesa lo que su familia firmó antes de que usted naciera.
Douglas avanzó.
—No mencione a mi familia.
—Su familia es el motivo por el que está en mi sala.
—Mi familia no entregará a Audrey como precio por sus goteras.
—Nadie la ha entregado.
—Pero usted la quiere.
Las palabras sonaron como una nueva ofensa.
Audrey no reaccionó. Malcolm tampoco. Douglas pasó la mirada de uno al otro y comprendió, por la forma en que ambos permanecían inmóviles, algo que le desagradó profundamente.
Había pronunciado aquellas palabras con la intención de provocar una respuesta y, al no obtenerla, entendió mucho más de lo que cualquiera de los dos habría querido revelar.
—Lo sabía —dijo.
Malcolm habló despacio.
—Quiero que se honre una promesa. Quiero que Glenmuir sobreviva. Quiero que Brodick no se esconda detrás de abogados cuando sabe perfectamente cómo llegó a manos de los Hamilton.
Douglas cerró el puño.
Por un instante pareció que lo golpearía.
Y quizás lo habría hecho.
Pero Mairi tosió.
No mucho.
Lo suficiente.
Douglas giró un poco la cabeza. Vio a la hermana de Malcolm llevarse el pañuelo a la boca, pálida, enferma, obstinada.
Vio, quizás por primera vez, que Glenmuir no era solo piedra y orgullo.
También era una muchacha que no debería estar de pie, una casa que olía a remedios, un hombre que hablaba de Brodick porque no sabía salvar lo suyo de otra manera.
El puño de Douglas se abrió lentamente.
Audrey lo vio.
También Malcolm.
Y algo, aunque ninguno de los dos quisiera admitirlo, cambió en el aire.
—Douglas —dijo Audrey—. El laird Sinclair no es nuestro enemigo.
Las palabras produjeron un efecto inmediato.
Edward apartó la vista con discreción; Ewan perdió de golpe el asomo de sonrisa que había conservado hasta entonces, mientras Mairi dirigía a Audrey una mirada larga y penetrante, como si intentara comprender algo que acababa de hacerse evidente.
Malcolm permaneció inmóvil, con el cuerpo rígido, y Douglas, al contemplar la reacción de todos, tuvo la impresión de haber recibido un golpe cuya existencia no había previsto.
—¿No? —preguntó.
Audrey tragó saliva. Quizás se arrepintió de decirlo tan claro.
Quizás no.
—No.
Iain sonrió despacio.
—Ya es nuestra.
—Viejo Iain —dijeron Malcolm, Mairi y Ewan al mismo tiempo.
La furia de Douglas se apagó un poco.
No lo suficiente para desaparecer.
Sí lo bastante para que Douglas no matara a nadie.
—No es de nadie —dijo él.