Capítulo 12 #2
No entraba del todo. Tampoco Ewan, que había sido obligado a cambiarse al menos la camisa empapada, aunque seguía mojado, golpeado y con una herida pequeña en la sien. Ambos estaban allí, en el límite exacto entre la responsabilidad y la intimidad ajena.
Malcolm miraba a Audrey.
Ewan miraba a Cathaline como quien intenta convencerse de que una desconocida no se le ha quedado clavada en el pecho solo por haber decidido casi morirse en sus brazos.
—Sorcha viene en camino —dijo MacNair—. Si ese muchacho MacKinnon no se rompe el cuello buscándola.
—Tavish sabe montar —replicó Fiona, que estaba en el pasillo.
—También sabe abrir la boca.
La señorita Worth aspiró las sales.
—¿Es posible que nadie discuta durante una emergencia?
—No en Glenmuir —dijo Edward.
Cathaline se movió.
Fue un gesto pequeño.
Una inhalación.
Un estremecimiento bajo las mantas.
Audrey se inclinó al instante.
—Cath.
La muchacha abrió los ojos claros un poco. Estaban vidriosos, desenfocados, todavía perdidos entre el río y la fiebre.
—Douglas... —susurró.
—Aquí estoy —dijo él, con la voz rota de una forma que jamás habría permitido en público.
Cathaline intentó girar la cabeza.
—Bramble...
Nadie habló.
Aquello bastó.
Los ojos de Cathaline se llenaron de lágrimas antes de que comprendiera del todo.
—No.
Audrey le acarició la frente.
—Lo siento.
—Era mío —murmuró Cathaline, y en esas dos palabras se quebró un poco toda la muchacha valiente, mentirosa, imprudente y luminosa que había cruzado media Gran Bretaña creyendo que la voluntad bastaba para vencer a un río.
Douglas cerró los ojos.
—Fue culpa mía.
Cathaline intentó negar con la cabeza, pero apenas consiguió moverse.
—No... yo...
—Calla —dijo Audrey con suavidad firme—. Puedes discutir cuando no parezcas una sábana mal tendida.
Cathaline soltó algo que quizá habría sido una risa si no le hubiera costado respirar.
Entonces sus ojos se desviaron hacia la puerta.
Hacia Ewan.
La mirada no duró más de un segundo.
Pero lo encontró.
Quizás no del todo. Quizás solo vio una forma alta, pelirroja, empapada aún en los bordes, con el rostro marcado por el río y una expresión demasiado seria para alguien que normalmente parecía burlarse de todo.
—¿Quién es? —preguntó con un hilo de voz.
Audrey siguió su mirada.
—Ewan Sinclair. Él te sacó del agua.
Cathaline parpadeó.
Sus labios temblaron.
—Un Sinclair... qué mal gusto.
Ewan, desde la puerta, abrió mucho los ojos.
Callum soltó una tos que no era tos.
Incluso Douglas, pese al miedo, miró a su hermana como si acabara de confirmar que seguía siendo ella.
—Está delirando —la excusó la señorita Worth.
—No —murmuró Edward—. Esa es Cathaline.
—De todas formas, gracias Ewan —quiso agradecer la señorita Worth al muchacho, el que solo asintió con la cabeza en respuesta.
Cathaline volvió a cerrar los ojos.
Pero respiraba.
Mal.
Débilmente.
Pero respiraba.
Y por ahora, eso era bastante.
Douglas encontró a Ewan en el corredor poco después.
No fue una búsqueda larga. El escocés estaba sentado en un banco de madera junto a la pared, con una manta sobre los hombros, el pelo rojo todavía húmedo y el rostro de quien empezaba a descubrir todos los lugares en los que el río lo había golpeado.
Callum le estaba vendando una mano.
—No muevas los dedos —ordenó.
—No pensaba bailar con ellos.
—Ewan.
—Está bien.
Callum apretó la venda con más fuerza.
Ewan soltó una maldición en gaélico.
Douglas se detuvo frente a él. Callum levantó la vista, evaluó la tensión y decidió que tenía asuntos urgentes en cualquier otro lugar.
Ewan no se levantó. No por descortesía. O quizás sí. Con los Sinclair, Douglas aún no sabía distinguirlo.
—Lord Hamilton —dijo Ewan.
Douglas lo miró.
Le debía la vida de Cathaline a ese hombre.
Aquello era incómodo.
—Me han dicho que usted se lanzó al río.
—Me han dicho muchas veces que tengo poco juicio.
—Le debo la vida de mi hermana.
Ewan inclinó la cabeza.
—No me debe nada.
Douglas no sonrió, pero algo en sus ojos cambió.
—No soy tan ingrato como para olvidar algo así.
—Me alegra conocer sus límites.
—No se acostumbre.
—No pensaba.
Hubo un silencio.
No de amistad.
Todavía no.
Pero sí de reconocimiento. Dos hombres jóvenes, orgullosos de formas distintas, unidos por una muchacha que había estado a punto de morir porque todos los Hamilton parecían compartir la extraña costumbre de cruzar ríos imposibles cuando alguien les decía que esperaran.
Douglas extendió la mano.
Ewan la miró.
Luego la tomó.
El apretón fue fuerte. Demasiado.
Ninguno aflojó primero.
Callum, desde unos pasos más allá, suspiró.
—Dios nos dé paciencia con los jóvenes.
—Amén —murmuró la señora MacNair al pasar con una pila de paños.
Malcolm no había visto a Audrey así.
La había visto fría.
Orgullosa.
Hermosa.
Insoportable.
La había visto empapada bajo la lluvia, con su tartán sobre los hombros.
La había visto temblar bajo su mano y responder a su beso como si el mundo se hubiera reducido a la distancia entre sus bocas.
Pero no la había visto gobernar.
Y aquello, descubrió, era otra forma de peligro.
Audrey se movía por la habitación de Cathaline como si hubiera nacido para ordenar una casa en crisis.
No alzaba la voz. No suplicaba. No se derrumbaba.
Preguntaba lo necesario, corregía lo inútil, distribuía manos, calmaba a unos y apartaba a otros.
Jane obedecía antes de que terminara las frases.
La señorita Worth intentaba dramatizar y Audrey la enviaba a sentarse con una mirada.
Edward se convertía en herramienta precisa cuando ella lo nombraba.
Douglas, por increíble que pareciera, también la obedecía.
No siempre a la primera.
Pero obedecía.
Malcolm entendió entonces algo que le molestó por lo simple.
Los Hamilton eran un clan.
No llevaban el mismo tartán. No gritaban en gaélico sobre ovejas. No se reunían en patios llenos de barro ni permitían que los viejos decidieran el significado de un plaid.
Pero se movían alrededor de los suyos con la misma ferocidad.
Douglas era fuego.
Edward era hielo.
Cathaline, incluso inconsciente, parecía caos.
Y Audrey era el centro.
No porque fuera la más fuerte.
Porque todos, de una forma u otra, la seguían cuando ella hablaba.
Malcolm pensó en Mairi, pálida en la escalera. Pensó en las noches esperando que la fiebre bajara. Pensó en la manera en que su propio pecho se abría en dos cada vez que su hermana tosía como si el cuerpo le estuviera fallando desde dentro.
Audrey no era distinta.
Solo había aprendido a sufrir con los guantes puestos.
Cuando ella salió por fin de la habitación, cerrando la puerta con cuidado para no despertar a Cathaline, Malcolm la esperaba al otro lado del pasillo.
No había buscado estar allí.
O eso se dijo.
Audrey se detuvo al verlo. Durante un segundo, el beso regresó.
Ella apartó la mirada primero, pero no con debilidad. Con disciplina.
—Está estable —dijo—. Por ahora.
—Sorcha llegará antes de que oscurezca.
—Bien.
Silencio.
Malcolm quiso decir algo.
No sabía qué.
Lo siento no servía. No había causado el río. No había llamado a Cathaline. No había obligado a una Hamilton a intentar lo imposible.
Y, sin embargo, se sentía responsable porque ella casi había muerto en sus tierras.
—Ewan la salvó —dijo él.
—Lo sé.
—Hizo más que eso. Casi se ahoga con ella.
Audrey cerró los ojos un instante.
—Se lo agradeceré cuando pueda hacerlo sin sentir que todo se derrumba a la vez.
Malcolm entendió demasiado bien aquella frase.
—Audrey.
Ella abrió los ojos.
—No ahora.
No fue rechazo.
Fue la misma súplica de antes, repetida con menos fuerza.
Él inclinó la cabeza.
—No ahora.
Pero ambos supieron que ese ahora no podía durar para siempre.
Sorcha llegó al caer la tarde.
Era una mujer pequeña, ancha, de cabello blanco recogido bajo una cofia y manos más firmes que las de muchos cirujanos. Entró sin reverencias, con una bolsa de remedios colgada del brazo y un humor tan escaso que incluso la señora MacNair pareció dispuesta a dejarle espacio.
Revisó a Cathaline.
Escuchó su respiración.
Le olió el aliento, examinó sus dedos, le tocó la frente, pidió agua caliente, whisky, miel, mostaza, paños, una infusión amarga y que todos dejaran de respirar encima de la muchacha.
Douglas fue el último en obedecer.
Audrey tuvo que tocarle el brazo.
—Déjala trabajar.
Él no se movió.
—Douglas.
Finalmente salió.
Cuando Sorcha terminó, encontró a los Hamilton y a los Sinclair reunidos en el pasillo como si ambos clanes hubieran decidido sitiar la puerta por turnos.
—Vivirá si la fiebre no sube demasiado y si ninguno de ustedes la mata de preocupación antes del amanecer —dijo.
La señorita Worth se llevó una mano al pecho.
—Gracias a Dios.
—A Dios, al fuego y al hombre que la sacó del río —replicó Sorcha—. Den gracias en el orden que quieran.
Al fondo de la estancia, Ewan pareció sentirse incómodo por primera vez desde que todo había comenzado.
Douglas volvió lentamente la cabeza hacia él, y aquel simple movimiento bastó para que el silencio adquiriera un peso casi insoportable.
No pronunció una sola palabra; no era necesario.
Cathaline estaba estable y, una vez disipado el peligro inmediato, la rabia que había permanecido contenida por la urgencia encontró al fin un lugar donde descargar.
Douglas fijó entonces la mirada en Malcolm, y quedó claro para todos que había elegido a quién pedir cuentas.
—Quiero hablar con usted.
Malcolm no se sorprendió.
—Lo imaginaba.
—En privado.
—No.
Douglas entrecerró los ojos.
—¿Perdón?
—Está en Glenmuir. Nada de esto es privado por mucho que finjamos lo contrario.
—Entonces hablemos donde todos puedan oír cómo responde.
—Como guste.
Terminaron en la sala del ciervo.
Por supuesto.
Era la misma sala en la que Audrey había visto los documentos, las cuentas y la realidad de Glenmuir desnudarse sobre una mesa.
Ahora estaba iluminada por velas, con el ciervo sobre la chimenea observando a los presentes como si llevara siglos presenciando estupideces masculinas sin poder hacer nada al respecto.
Douglas entró primero.
Malcolm después.