La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Douglas Hamilton cruzó el umbral de Glenmuir con agua cayéndole del pelo oscuro, barro hasta las rodillas y una furia tan visible que varios hombres del clan Sinclair llevaron la mano al costado antes incluso de pensar.

No a las armas.

No del todo.

Pero sí a ese lugar del cuerpo donde los hombres de las Highlands recordaban que un cuchillo podía resolver una conversación mal encaminada con más rapidez que las palabras.

Douglas no se detuvo a observarlos. No miró los viejos escudos de las paredes, ni el fuego encendido en un rincón del patio, ni los perros que se habían levantado al oler extraño, ni los rostros que se iban agrupando alrededor de las puertas.

Tenía dieciocho años, pero nadie que lo viera en ese instante habría pensado en un muchacho.

Era alto. Casi tanto como Malcolm. Moreno como una tormenta sobre el mar de Arran, ancho de hombros, con el rostro duro de los Hamilton cuando la paciencia los abandonaba.

En él estaba Alexander de una forma que incomodó a más de un viejo Sinclair: la misma mandíbula, la misma mirada oscura, la misma impresión de violencia mal controlada bajo una educación que no siempre lograba sujetarla.

El heredero de Hamilton.

El futuro duque.

El hijo del hombre al que algunos en las Highlands seguían llamando traidor por vivir demasiado tiempo en Inglaterra, aunque ningún escocés con ojos honestos podía negar que esa sangre no había olvidado del todo de dónde venía.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó.

Malcolm dio un paso al frente.

No rápido.

No como un hombre que quisiera provocar.

Como el laird de una casa en la que nadie entraba exigiendo respuestas sin encontrar primero al hombre que mandaba.

—Lord Hamilton.

Douglas clavó los ojos en él.

—No le he preguntado su nombre.

El vestíbulo se tensó.

Ewan no estaba allí para reírse. Hamish, sí, y palideció. La señora MacNair, desde el pie de la escalera, dejó de dar órdenes durante un segundo. Iain Sinclair, apoyado en su bastón junto al fuego, entrecerró los ojos con un interés casi indecente.

Malcolm no se movió.

—Está en mi casa —dijo—. Hará las preguntas con el tono adecuado.

Douglas descendió del caballo y dio un paso.

Agua y barro cayeron sobre las losas.

—Mi hermana está en su casa. Mi tono será el que corresponda.

—Douglas.

La voz no fue de Audrey.

Fue de Edward.

Apareció desde la puerta con el labio aún inflamado, el rostro pálido y la chaqueta desabrochada como si hubiera corrido desde la otra punta del castillo. Douglas se giró hacia él con una brusquedad que habría asustado a un hermano menos acostumbrado a su carácter.

Durante un solo instante, la expresión de Douglas cambió.

No se suavizó.

Se abrió.

—Edward.

Lo recorrió de arriba abajo y se detuvo en su boca partida.

La furia volvió.

—¿Quién te ha hecho esto?

Edward levantó una mano.

—No ahora.

—¿Quién?

—No ahora —repitió Edward, y esa vez la serenidad de su voz hizo más que cualquier grito—. Cathaline está aquí.

Douglas se quedó inmóvil.

La frase no pareció alcanzarlo de inmediato.

—¿Qué?

—Cathaline —dijo Edward—. La encontraron en el río. Ewan Sinclair la sacó del agua. Está viva, pero aún no sabemos...

No terminó.

Douglas ya se había movido.

Malcolm también.

El heredero Hamilton avanzó hacia dentro del castillo en ruinas como si pudiera abrirse paso a través de muros, hombres y normas. Malcolm se interpuso lo justo para impedir que cruzara el vestíbulo convertido en una tormenta sin dirección.

Douglas lo miró como si acabara de decidir qué hueso rompería primero.

—Apártese.

—No entrará así en una habitación donde intentan mantener viva a una muchacha.

—Es mi hermana.

—Y por eso mismo se calmará antes de verla.

Durante un segundo, todo Glenmuir contuvo el aliento.

Douglas no golpeó.

No porque le faltaran ganas.

Sino porque Cathaline acababa de convertirse en la única cosa del mundo que pesaba más que su orgullo.

—Lléveme con ella —dijo entre dientes.

—Cuando pueda hacerlo sin traer media guerra detrás.

—Malcolm.

La voz vino desde dentro.

No era fuerte.

No tenía fuerza suficiente para serlo.

Pero bastó.

Isla Mairi Sinclair descendía agarrada a una mujer, envuelta en una manta de lana oscura, el cabello rubio apagado sobre los hombros y el rostro tan pálido que parecía formado por la misma cera de las velas. La señora MacNair hizo un movimiento para detenerla, pero Mairi levantó una mano.

No temblaba por orgullo.

O quizás temblaba y no pensaba permitir que nadie lo usara contra ella.

Malcolm se giró hacia ella con una expresión que Audrey, de haber estado allí, habría reconocido de inmediato: miedo convertido en enfado.

—Vuelve a tu habitación.

—No.

La palabra fue pequeña.

También fue definitiva.

Varios Sinclair se miraron.

Mairi siguió avanzando, despacio, con una dignidad tan frágil que resultaba imposible apartar la vista. Al llegar al último escalón, miró primero a Douglas, luego a Malcolm y finalmente al patio lleno de hombres preparados para ofenderse por deporte.

—Hay una muchacha en una habitación de arriba que apenas respira sin ahogarse. Si alguno de ustedes necesita demostrar que es hombre, le sugiero que empiece por callarse.

Iain soltó una risa ronca.

—La niña ha salido de la cama para gobernarnos. Mala señal.

—Usted será el primero al que mande fuera si vuelve a hablar —dijo Mairi, sin mirarlo.

Iain cerró la boca, encantado.

Douglas observó a la joven enferma. Aquella interrupción, por absurda que fuera, lo contuvo más que la presencia de Malcolm.

No porque Mairi le inspirara obediencia, sino porque había algo en verla pálida, envuelta en una manta y aun así imponiéndose sobre todos que hacía imposible responder con brutalidad.

—Quiero ver a Cathaline —dijo él.

Mairi asintió.

—Entonces venga. Pero si levanta la voz junto a esa puerta, haré que MacNair lo saque a golpes con una tetera.

La señora MacNair murmuró:

—Con gusto.

Douglas parpadeó.

Edward cerró los ojos un instante.

Malcolm miró a su hermana como si no supiera si encerrarla, abrazarla u obedecerla.

Al final, hizo lo único posible.

Obedeció.

La habitación que habían preparado para Cathaline era una de las pocas en Glenmuir donde el fuego parecía haber decidido cumplir con su deber.

Las llamas ardían altas en la chimenea, devorando turba y leña con un calor denso que empañaba los cristales y llenaba el aire de olor a humo, lana húmeda y remedios amargos.

Cathaline yacía en la cama, envuelta en mantas hasta el pecho.

Tenía el cabello rubio extendido sobre la almohada, todavía húmedo en algunos mechones, la piel demasiado blanca y los labios sin color.

Jane estaba a un lado con un cuenco de agua caliente.

La señorita Worth, que había despertado de golpe al oír el nombre de Cathaline y casi había sufrido un colapso al entender lo ocurrido, permanecía en una silla, pálida y temblorosa, repitiendo que jamás perdonaría a Escocia por aquello.

Callum estaba junto a la cama, serio, con las mangas arremangadas.

No parecía médico. No tenía la pulcritud tranquilizadora de un hombre formado para cobrar honorarios en salones.

Pero sus manos eran firmes, sus instrucciones claras y la señora MacNair no lo discutía, lo que en Glenmuir equivalía a un título universitario.

—No está fuera de peligro —dijo Callum cuando Douglas entró—. Ha tragado agua. Está helada hasta los huesos y puede venir fiebre.

Douglas se quedó en el umbral.

La furia desapareció durante un segundo.

Lo que quedó fue peor.

Culpa.

Cathaline parecía más pequeña que nunca.

No la muchacha hermosa y caprichosa que en Hamilton Lodge conseguía que los hombres obedecieran antes de saber por qué; no la hermana que sonreía como si el mundo fuera un escenario hecho para entretenerla; no la joven que había decidido seguirlo a las Highlands porque la prudencia era una virtud que siempre le había parecido aplicable a otras personas.

Era una niña mojada que casi no respiraba.

—Cath —murmuró.

Audrey levantó la vista desde el otro lado de la cama.

Hasta ese momento Douglas no la había visto.

O no de verdad.

Estaba sentada junto a Cathaline, con las manos ocupadas en frotar uno de sus brazos bajo la manta.

Tenía el rostro pálido, el cabello algo desordenado y una mancha de agua en la manga del vestido.

No parecía la hermana impecable que había salido de Hamilton Lodge para enfrentarse a un laird escocés con la barbilla alzada.

Parecía Audrey cuando algo importaba demasiado.

—No te acerques si vas a perder el control —dijo ella.

Douglas la miró.

—Audrey.

El nombre le salió con alivio y reproche al mismo tiempo.

Ella no se levantó. No podía. No quería soltar a Cathaline.

—Ahora no, Douglas.

—No has escrito.

—El paso está cortado.

—Edward tiene el labio partido.

—Ya hablaremos de eso.

—Cathaline está en una cama casi muerta.

—Y si has venido a gritar, espera a que respire sin ayuda.

La frase lo golpeó.

No por dureza.

Por autoridad.

Douglas apretó la mandíbula y miró a su hermana menor. Se acercó por fin, despacio, como si temiera que las botas llenas de barro pudieran dañarla. Se arrodilló junto a la cama, al lado contrario de Audrey, y tomó la mano helada de Cathaline entre las suyas.

—No debió seguirme —dijo.

—No —respondió Audrey—. Pero la conoces.

Edward, que se había quedado cerca de la puerta, añadió con una calma muy suya:

—Cathaline siempre ha considerado las prohibiciones una forma deficiente de invitación.

Douglas no sonrió.

—¿Y tú? —preguntó, mirando su labio—. ¿También consideraste deficiente alguna invitación?

Edward suspiró.

—No compliques más las cosas.

—Eso no responde.

—Tavish MacKinnon insultó a nuestra familia. Yo lo golpeé. Él me golpeó de vuelta. Malcolm detuvo la pelea. Fin de la historia.

—No parece el final.

—Para ti nunca lo parece.

Douglas habría respondido si Audrey no hubiera dicho su nombre con aquella voz que en Hamilton Lodge hacía que incluso Richard dejara de mentir.

—Douglas.

Él cerró la boca.

Malcolm observaba desde la puerta.