Capítulo 11 #4
Abrió la boca bajo la suya porque él se lo pidió sin palabras. El beso se volvió más profundo, más oscuro, más peligroso. Malcolm sabía lo que hacía. Eso la habría escandalizado en cualquier otro momento. Allí, en medio de Escocia, solo consiguió hacerla temblar.
Él lo notó.
—Audrey...
Su nombre sonó áspero contra su boca.
Ella debería haberle dicho que se detuviera.
En cambio, cerró los dedos con más fuerza en su camisa.
Malcolm perdió lo poco que le quedaba de paciencia.
La besó otra vez.
Más lento.
Peor.
Como si hubiera decidido aprenderla y castigarla por haberse convertido en algo que necesitaba aprender.
Su boca bajó un instante hacia la comisura de sus labios, hacia la línea de la mandíbula.
Audrey echó la cabeza hacia atrás sin querer.
Aquello le arrancó un sonido pequeño, irreconocible, impropio... un gemido.
Ese sonido devolvió a Audrey a la realidad.
—Pare.
Se separaron.
No mucho.
Lo suficiente para respirar.
Audrey tenía las manos aún sobre su camisa. Malcolm tenía una mano en su cintura y la otra apoyada en la estantería junto a su cabeza. Ambos respiraban como si hubieran corrido bajo la tormenta.
Ninguno habló.
Porque no había frase decente para aquello.
Ni excusa.
Ni negación.
La puerta se abrió del todo.
—Laird.
Hamish entró primero.
Fiona MacKinnon lo siguió, pálida y con el tartán de su clan mal colocado, como si hubiera corrido.
Malcolm soltó a Audrey al instante.
Audrey dio un paso atrás y recuperó, con un esfuerzo brutal, el rostro que usaba cuando el mundo intentaba verla sentir.
Hamish no pareció advertir nada.
Fiona sí.
Por supuesto que sí.
Sus ojos fueron de Audrey a Malcolm, y algo en su expresión cambió. No burla. No enfado. Algo mucho más serio.
—¿Qué ocurre? —preguntó Malcolm.
Hamish respiraba con dificultad.
—Tavish MacKinnon acaba de llegar desde el camino norte. Trae noticias.
Fiona habló antes de que Hamish pudiera suavizarlas.
—Han encontrado a una joven en el río. Inglesa. Rubia. Casi ahogada.
Audrey sintió que toda la sangre le abandonaba el rostro.
—No.
Fiona la miró.
—Ewan la sacó del agua. Está viva, pero muy débil.
—¿Rubia? —repitió Audrey.
La palabra no era pregunta.
Era horror.
Hamish asintió.
—Tavish vio el escudo Hamilton en uno de sus objetos. También dice que Douglas Hamilton cruzó antes el paso con dos hombres. No sabe nada de ella. Viene hacia aquí.
El beso desapareció.
No porque dejara de haber ocurrido.
Sino porque algo más hondo y más feroz ocupó el lugar en el corazón de Audrey.
«Cathaline».
Audrey ya no era la mujer que había temblado bajo la boca de Malcolm. Ya no era la dama desconcertada por el deseo. En el espacio de una respiración se convirtió en otra cosa.
La primogénita del Duque de Hamilton.
Hamilton.
—¿Dónde está? —preguntó.
Su voz no tembló.
Fiona respondió:
—Ewan la trae. No tardarán.
Audrey se movió antes de que nadie más lo hiciera.
—Hamish, avise a la señora MacNair y a mis lacayos.
Necesito la habitación más cálida cerca del fuego, no la más elegante.
Mantas secas. Todas las que puedan calentarse.
Agua caliente. Paños limpios. Jane debe venir conmigo de inmediato.
Edward también, pero que no se acerque si pierde la calma.
La señorita Worth no debe saberlo hasta que Cathaline esté dentro, está enferma y no servirá de ayuda si se desmaya. ¿Hay médico?
Malcolm la miró.
La vio.
De verdad.
No a la inglesa fría. No a la mujer que acababa de besar hasta casi perder el juicio. No a la Hamilton orgullosa que había intentado comprar su salida de Glenmuir.
Vio a una mujer criada para mandar sin levantar la voz.
Para ordenar una casa en crisis.
Para convertir el pánico en instrucciones.
Para amar con la misma ferocidad con que él amaba a Mairi, solo que vestida de seda, apellido y modales impecables.
—El doctor McLaren no puede cruzar con el camino así —dijo Malcolm—. Pero MacNair sabe tratar fiebres y ahogamientos. Y hay una mujer en el valle, Sorcha, que ha asistido más partos y pulmones que muchos médicos.
—Que la traigan si el camino lo permite. Si no, que envíen a alguien que conozca sus remedios.
Malcolm sintió algo moverse en su pecho.
Respeto.
Peligroso, nuevo, inevitable.
—Callum vendrá con Ewan —dijo Fiona—. Sabe más de remedios de lo que admite.
—Bien —dijo Audrey—. Usted, señorita MacKinnon, si piensa quedarse ahí, hágase útil. Busque a Jane.
Fiona parpadeó.
Por un instante pareció a punto de contestar.
No lo hizo.
Quizás porque Audrey no sonaba como una inglesa dando órdenes a pobres. Sonaba como una hermana que no tenía tiempo para orgullo ajeno.
Fiona asintió una sola vez y salió.
Hamish la siguió.
Malcolm y Audrey quedaron un segundo solos.
No como antes.
Nada era como antes.
Audrey se giró hacia él.
—Si mi hermana muere en esta casa...
—No morirá.
—No prometa lo que no puede controlar.
—Entonces no perderé tiempo prometiendo. La traeremos al fuego.
Audrey lo sostuvo con la mirada. La furia le brillaba en los ojos. También el miedo.
Por primera vez, no intentó ocultarlo del todo.
Malcolm recordó a Mairi tosiendo en su cama. Recordó las noches escuchando si respiraba. Recordó el terror de no poder salvar lo único que el mundo no tenía derecho a quitarle.
Y entendió.
Audrey Hamilton no era tan distinta.
Solo había aprendido a sangrar hacia dentro.
—Audrey —dijo, más bajo.
Ella tragó saliva.
—No ahora.
No fue rechazo.
Fue súplica.
Malcolm inclinó la cabeza.
—No. Ahora no.
El patio de Glenmuir se llenó antes de que Ewan llegara.
La noticia viajó por el castillo como fuego por lana seca.
Mujeres con mantas calientes. Hombres abriendo paso.
MacNair dando órdenes a cualquiera que respirara cerca.
Fiona regresó con Jane, que llegó pálida, aterrada y decidida a ser útil.
Edward apareció al borde de la escalinata con el rostro blanco.
—¿Cathaline? —preguntó.
Audrey lo miró una sola vez.
—No pierdas la cabeza.
—No pienso...
—Edward.
Él cerró la boca.
Era suficiente.
Entonces los vieron.
Ewan entró en el patio con Cathaline en brazos.
Venía empapado hasta los huesos, con el pelo rojo oscuro pegado a la frente, la camisa abierta y desgarrada, un moretón creciendo ya junto a la mandíbula y sangre en una sien.
Pero seguía caminando. Callum iba a su lado, sosteniendo parte de la manta que envolvía a la muchacha.
Dos hombres más venían detrás con cuerdas, capas y rostros serios.
Cathaline parecía muerta.
Audrey bajó los escalones con una calma que no pertenecía a ninguna persona tranquila.
—Aquí —ordenó—. Dentro. Ahora.
Ewan no discutió.
Al pasar junto a Malcolm, sus ojos se encontraron.
En ellos no había humor.
—Respira —dijo Ewan.
—Entonces sigue caminando —respondió Malcolm.
Entraron.
El castillo entero los tragó.
Y apenas unos minutos después, antes de que la puerta principal hubiera tenido tiempo de cerrarse de nuevo, otro sonido llegó desde el camino.
Cascos.
Rápidos.
Furiosos.
Malcolm, que aún estaba en el vestíbulo, giró la cabeza.
La puerta se abrió antes de que nadie anunciara al visitante.
Douglas Hamilton entró como un jinete del Apocalipsis.
Moreno, empapado, alto como Malcolm a pesar de tener solo dieciocho años, más fuerte que Edward, con el rostro de una belleza dura y furiosa que parecía tallada con los mismos golpes que habían dado forma a Alexander Hamilton.
Era la viva imagen del sicario escocés que se había convertido en un duque inglés: ojos oscuros, mandíbula cerrada, botas llenas de barro y una rabia tan visible que varios hombres de Glenmuir dieron un paso involuntario hacia las armas.
Douglas no miró el castillo.
No miró los tartanes.
No miró el barro que caía de su propia ropa sobre la piedra.
Buscó una sola cosa.
—¿Dónde está mi hermana?
Malcolm dio un paso al frente.
Y supo, antes incluso de responder, que aquella noche el castillo iba a quedarse pequeño para dos hombres demasiado orgullosos.