Capítulo 11 #3
El mundo se detuvo otra vez.
—Maldita sea —dijo Callum.
Ewan miró el rostro pálido, el cabello rubio, la ropa demasiado cara, la boca que incluso inconsciente parecía capaz de meterse en problemas.
—La rubia —murmuró.
Callum comprendió.
La otra hija Hamilton.
Cathaline.
Una oleada de incredulidad le cruzó el rostro.
—¿Qué hacía aquí sola?
Ewan soltó una risa sin humor, temblando de frío, barro y adrenalina.
—Por lo poco que he visto de esta familia, probablemente algo que le prohibieron.
Uno de los hombres regresó desde más abajo del cauce, pálido.
No hizo falta que hablara.
Bramble no volvería.
Ewan bajó la vista hacia Cathaline. La muchacha seguía inconsciente, la piel demasiado fría, el cabello rubio pegado al rostro. Por un instante, la imagen de sus ojos abiertos bajo la lluvia se le clavó en algún lugar incómodo de su alma escocesa.
—Hay que llevarla a Glenmuir —ordenó.
—No resistirá mucho con esta ropa fría —dijo Callum.
—Entonces no perderemos tiempo.
Fue en ese momento cuando Tavish MacKinnon apareció en la ladera, montado en un caballo oscuro y con la expresión más seria que Ewan le había visto en años.
—Hamilton cruzó antes —gritó desde arriba—. El hermano. El moreno. Con dos hombres. Va hacia Glenmuir. No sabe que ella venía detrás.
Ewan apretó la mandíbula.
Por una vez, no insultó a Tavish.
—Ve al castillo —ordenó—. Diles que llevamos a una Hamilton medio ahogada. Que preparen fuego, mantas y todo lo que MacNair pueda encontrar. Y diles que Douglas Hamilton también va de camino.
Tavish miró a la joven rubia en brazos de Ewan.
El resentimiento habitual de su rostro vaciló.
Después asintió y espoleó el caballo.
Ewan levantó a Cathaline con cuidado.
Pesaba poco.
Demasiado poco para el susto que acababa de darle.
—Vamos, rubia —murmuró, ajustándola contra su pecho—. No te mueras antes de que tu familia tenga oportunidad de gritarme.
Ella no respondió.
Pero su mano, helada, se cerró débilmente sobre la tela mojada de su camisa.
Y Ewan, que jamás había creído en presagios salvo cuando convenían para burlarse de ellos, decidió no pensar en lo que aquello podía significar.
En Glenmuir, la tarde avanzaba con una quietud engañosa.
La señorita Worth había sucumbido al resfriado que llevaba anunciando desde que puso un pie en Escocia.
Estaba instalada en un sillón junto a la chimenea de la habitación verde, envuelta en mantas, con un pañuelo en una mano y las sales en la otra, y se había quedado dormida entre una queja sobre las corrientes de aire y otra sobre la inmoralidad de los ríos escoceses.
Jane la vigilaba desde una distancia prudente.
Edward había desaparecido con Hamish para revisar un mapa del camino, porque era Edward y, cuando no podía arreglar un problema, al menos necesitaba comprenderlo.
Audrey no debería haber estado en la biblioteca pequeña.
Tampoco Malcolm.
Y, sin embargo, allí estaban.
La puerta permanecía abierta. Eso era importante.
Una puerta abierta convertía una escena imprudente en una escena solo incómoda.
O eso habría defendido Audrey si alguien la sorprendía dentro de una estancia con Malcolm Sinclair, una mesa de mapas, dos ventanales empañados por la lluvia y un silencio demasiado denso para ser decente.
Malcolm estaba junto al escritorio, fingiendo revisar documentos.
Fingiendo mal.
Audrey permanecía cerca de la estantería, con un libro en la mano que no había leído.
También fingía.
Mejor.
—Si busca tratados sobre caminos transitables —dijo Malcolm sin levantar la vista—, no encontrará ninguno útil. Los libros ingleses suelen partir de la idea optimista de que el suelo permanece donde se lo deja.
Audrey cerró el volumen con cuidado.
—Buscaba algo que demostrara que en esta casa existe al menos una habitación donde nadie habla de ovejas.
—Ha escogido mal castillo.
—Eso parece una conclusión general aplicable a muchos asuntos.
Él levantó la vista.
Audrey no sonrió.
Malcolm tampoco.
Pero la tensión entre ambos cambió.
Desde la escena de la pared había un territorio nuevo, invisible, que ninguno sabía cruzar sin pisar demasiado fuerte.
Audrey recordaba su mano en la cintura. Malcolm recordaba la forma de esa cintura bajo sus dedos.
Audrey recordaba que él la había soltado en cuanto se lo pidió.
Malcolm recordaba que ella no se lo había pedido de inmediato.
Ambos fingían no recordar nada.
Ambos mentían.
—¿Ha encontrado algo que la entretenga? —preguntó él.
—Sí.
—¿Qué?
—Su letra.
Malcolm miró el papel que tenía delante.
—No estaba destinado a ser entretenido.
Audrey se acercó un poco.
No mucho.
Lo suficiente para ver las líneas fuertes, inclinadas, oscuras, casi agresivas.
—Escribe como si amenazara al papel.
—A veces el papel lo merece.
—Quizás debería tratar de no apuñalar con la pluma.
—Quizás debería dejar de opinar sobre mis manos.
Audrey sintió el golpe de aquella palabra antes de poder defenderse.
Manos.
Las manos de Malcolm sosteniéndola sobre el caballo. Las manos de Malcolm cubriéndola con el plaid. Las manos de Malcolm cerrándose sobre su cintura contra la pared.
Ella bajó la vista al libro.
Error.
Eso le concedió demasiado.
Cuando volvió a mirar, Malcolm ya la estaba observando.
—No pretendía... —empezó ella.
—Sí pretendía.
—No sabe lo que pretendo.
—Con usted, milady, casi siempre es atacar y fingir que solo estaba siendo educada.
El orgullo acudió a rescatarla.
—Si mis frases lo hieren, laird, quizás el problema no sean mis frases.
Malcolm dejó la pluma sobre la mesa.
El sonido fue pequeño.
Audrey lo oyó como si hubiera sido un disparo.
—No me hieren.
—Me alegra saberlo.
—Me provocan.
El pulso de Audrey cambió.
No lo bastante para que se notara.
O eso quiso creer.
—Entonces culparé a la educación inglesa. Nos enseñan a conversar.
—No. Le enseñaron a usar la cortesía como un veneno.
—Y a usted, por lo visto, lo educaron para responder con martillos.
—No siempre uso martillos.
—¿No?
—A veces uso el cuerpo.
Audrey debería haberse retirado.
La frase no era vulgar. No era indecente. No lo bastante para que ella pudiera escandalizarse con facilidad. Pero el aire de la habitación se había vuelto demasiado cálido y la lluvia contra los cristales demasiado lejana.
Malcolm rodeó el escritorio despacio.
No como quien persigue.
Como quien concede tiempo.
Audrey no se movió.
Porque no quería moverse.
Aquella fue una verdad tan inesperada que la dejó sin respiración.
—No se acerque si va a amenazarme otra vez —dijo ella.
Él se detuvo a dos pasos.
—¿Está cansada de mis advertencias?
—Estoy cansada de que hable como si yo fuera un peligro para usted.
Malcolm soltó una risa baja, sin alegría.
—No tiene ni idea.
—Entonces explíquese.
—No.
—Qué conveniente.
—No quiere que me explique.
—No decida lo que quiero.
La frase salió demasiado rápida.
Demasiado viva.
Malcolm bajó la mirada a su boca.
Esta vez no lo ocultó.
Audrey sintió que el cuerpo entero se le quedaba suspendido en aquel gesto.
Vio el movimiento de su garganta cuando tragó.
Vio la tensión en la mandíbula. Vio que sus manos, esas manos grandes, ásperas, peligrosamente quietas, permanecían a los lados de su cuerpo como si sujetarse a sí mismo fuera la única forma de no tocarla.
Algo dentro de ella, algo educado durante toda una vida para obedecer reglas, dio un paso atrás horrorizado.
Otra parte, mucho más nueva, no se movió.
—Audrey —dijo él.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre así.
Sin título.
Sin desafío.
Como si se le hubiera escapado antes de poder evitarlo.
Ella sintió que la habitación se inclinaba.
—No debería llamarme así.
—Lo sé.
—Entonces no lo haga.
—Dígame que me detenga.
Audrey abrió la boca.
No salió nada.
Malcolm dio el último paso.
Ella pudo apartarse. La puerta seguía abierta. Había un pasillo al otro lado. Una casa entera, un clan entero, un mundo entero dispuesto a irrumpir si ella alzaba la voz. Incluso la señorita Worth no estaba lejos de allí, dormida sí, pero no lejos.
No lo hizo.
Él no la tomó de inmediato.
Aquel hombre que había levantado vigas, domado caballos, detenido peleas y llevado sobre sus hombros la ruina de un castillo entero se quedó quieto delante de ella, esperando una palabra.
Eso fue lo que la venció.
No la fuerza.
El control de sí mismo.
Audrey levantó la barbilla, aunque ya no sabía si por orgullo o por necesidad de acercar la boca a la de él.
—Si va a besarme, laird, al menos no finja que es por culpa mía.
Algo oscuro ardió en los ojos de Malcolm.
—No pienso culparla.
Y entonces la besó.
No fue un beso de salón, ni una cortesía robada detrás de un abanico, ni el roce tímido de un caballero que teme arrugar el encaje de una dama.
Fue un beso highlander.
Contenido solo durante el primer segundo.
Después, todo aquello que Malcolm había encerrado desde que Audrey puso un pie en Glenmuir se abrió paso con una fuerza que casi la hizo retroceder contra la estantería.
Su boca tomó la de ella con una seguridad ruda, hambrienta, como si llevara días —semanas— discutiendo con aquella boca y al fin hubiera encontrado la única forma de callarla sin discutir.
Audrey se quedó rígida.
Un latido.
Dos.
Luego el mundo se quebró.
El libro cayó de sus manos con un golpe sordo.
Ella no supo qué hacer con los dedos hasta que los encontró aferrados a la camisa de Malcolm. La tela estaba caliente bajo sus manos. Él emitió un sonido bajo, casi un gruñido, y aquella vibración le atravesó el cuerpo de una forma tan íntima que le robó el poco juicio que le quedaba.
Malcolm la atrajo hacia él.
No la aplastó.
La envolvió.
Una mano se cerró en su espalda; la otra, en su cintura. La levantó lo justo para ajustar la diferencia de altura, y Audrey sintió por primera vez la fuerza completa de aquel cuerpo contra el suyo. No como amenaza. No como imposición.
Como deseo.
Y Dios la perdonara, pero respondió.