La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Había ocultado el cabello bajo una capucha oscura, había cambiado sus guantes finos por otros más toscos comprados a una mujer que no hizo preguntas, y había evitado los caminos principales cuando pudo, siempre siguiendo a su hermano de lejos.

Aun así, seguía siendo demasiado hermosa para pasar por criada.

Ese era un inconveniente que había intentado resolver manteniendo el rostro bajo la capucha y la lengua quieta.

Lo de la lengua había resultado más difícil.

Cuando llegó al Achnaburn, estaba cansada, mojada y profundamente orgullosa de sí misma.

Aunque también empezaba a sospechar que sus padres estarían nerviosos.

Un día después de abandonar Hamilton Lodge, uno de los lacayos de confianza de su padre la alcanzó en una posada del camino. Venía con un caballo fresco y órdenes muy claras.

Debía regresar de inmediato.

Cathaline lo había recibido con una sonrisa tan dulce que el hombre había tardado varios minutos en recordar que estaba allí para detenerla.

—Mi padre estará fuera de sí —admitió ella con un suspiro impecablemente ensayado—. Pero ya he alcanzado a Douglas. Viaja unas millas por delante con sus hombres y no pienso dejarlo solo en las Highlands.

El lacayo vaciló.

Conocía demasiado bien a los hijos del duque para saber cuándo discutían por puro capricho.

Y demasiado poco a lady Cathaline para darse cuenta de que mentía con la misma naturalidad con la que otras jóvenes bordaban flores sobre un pañuelo.

—Si vuelve conmigo...

—Mi hermano jamás me lo perdonaría.

El hombre dudó otra vez.

Al final, Cathaline consiguió convencerlo de una única cosa.

No de que la dejara seguir.

Sino de que regresara cuanto antes a Hamilton Lodge con una carta para sus padres.

La escribió delante de él.

"Queridos padre y madre: he alcanzado a Douglas y continuaré el viaje bajo su protección. No os preocupéis por mí. En cuanto lleguemos a Glenmuir, Audrey y yo os escribiremos. Vuestra hija, Cathaline."

Todo era verdad.

Salvo la primera frase.

Cuando vio alejarse al lacayo por el camino del sur, Cathaline sintió una punzada de culpa.

Esperaba que la carta bastara para tranquilizar a sus padres durante un par de días.

Conociendo a Alexander Hamilton...

Lo dudaba mucho.

Entonces vio el río.

El agua bajaba como una bestia.

Cathaline detuvo a Bramble antes de llegar a la orilla. El caballo, pobre criatura sensata, intentó retroceder. Ella le acarició el cuello.

—No seas cobarde —murmuró.

Bramble resopló, quizás porque comprendía mejor el peligro que ella.

Cathaline miró el camino. Había marcas recientes en el barro: cascos, botas, señales de cuerda.

Douglas había pasado. Estaba segura. No podía verlo, pero podía imaginarlo perfectamente: empapado, furioso, convencido de que ninguna corriente escocesa tenía derecho a impedirle llegar a Audrey.

Si él había cruzado, ella también podía.

Aquello era lo razonable.

O lo habría sido si Cathaline hubiera sido Douglas.

No lo era.

Era más ligera, menos fuerte, peor jinete en terreno salvaje y mucho más propensa a confundir decisión con buen juicio.

El viejo paso de piedras aguas arriba parecía posible. Difícil, pero posible. Una persona menos imprudente habría esperado. Habría buscado refugio. Habría gritado hasta que alguien del otro lado respondiera.

Cathaline miró la lluvia.

Miró las huellas de Douglas.

Apretó las riendas.

—Vamos, Bramble. Solo será un momento desagradable.

El caballo no compartía su optimismo.

Entró en el agua con una resistencia casi humana.

La primera piedra sostuvo. La segunda también.

Cathaline sintió el agua salpicarle las botas, subirle por el bajo de la falda, empapar la lana de la capa.

Una ráfaga de viento le arrancó la capucha y el cabello rubio, liberado, cayó húmedo sobre sus hombros como una bandera demasiado clara en medio de aquel paisaje oscuro.

Era una belleza casi indecente para aquel lugar.

Piel clara, ojos luminosos, boca hecha para sonreír y mentir con la misma facilidad, y una delicadeza de facciones que engañaba a cualquiera lo bastante necio para pensar que la dulzura de un rostro decía algo sobre la obediencia de su dueña.

La tercera piedra estaba cubierta de musgo.

Bramble resbaló.

Cathaline soltó un grito breve. No de teatro. No de susto refinado. De verdadero miedo. El caballo intentó recuperar el equilibrio, pero la corriente lo golpeó de costado. El agua arrastró las patas. Cathaline tiró de las riendas, perdió un estribo, se inclinó demasiado.

Durante un segundo vio el cielo gris.

Luego el río la engulló.

El frío fue tan brutal que le robó el aire antes de que pudiera gritar.

La corriente la hizo girar, golpeándole la espalda contra una roca, llenándole la boca de agua, arrancándole la capa de un hombro.

Vio a Bramble a unos pasos, luchando, los ojos blancos de terror, la cabeza apenas sobre la superficie.

Después una ola marrón los separó y ella se llenó de pánico, de culpa y de dolor por su animal.

Cathaline intentó nadar.

No pudo.

La falda pesaba como plomo. Las botas tiraban de ella hacia abajo. El cabello se le pegaba al rostro. El mundo era agua, ruido, espuma y una luz gris que aparecía y desaparecía a cada vez que lograba sacar la boca.

Pensó en Douglas.

Pensó, con un absurdo destello de enfado, que él jamás le perdonaría aquello.

Después pensó que Audrey la regañaría.

Y luego ya no pensó nada con claridad.

Por misericordia divina, Ewan Sinclair había salido aquella mañana con Callum y cuatro hombres para revisar granjas del camino norte.

No esperaba encontrar una dama inglesa ahogándose. En Glenmuir uno aprendía a no confiar demasiado en las mañanas tranquilas, pero incluso para sus estándares aquello fue excesivo.

El primer grito fue de Callum.

—¡Allí!

Ewan giró la cabeza y vio una mancha oscura en el agua. Primero creyó que era una capa. Luego vio el cabello.

Rubio.

Demasiado rubio.

Demasiado largo.

Y una mano que apareció sobre la espuma antes de desaparecer otra vez.

No pensó.

Saltó del caballo, se arrancó el plaid del hombro y la chaqueta del cuerpo.

Callum lo agarró del brazo.

—¡Ewan, no!

Ewan ya corría hacia el agua.

—¡Cuerda!

Entró en el río como si hubiera entrado en una pelea.

El frío le mordió el pecho con tal fuerza que durante un segundo casi perdió el aire.

La corriente lo golpeó de lado, más poderosa de lo que parecía desde la orilla.

No importó. Ewan se lanzó hacia la muchacha, braceando contra el agua turbia, sintiendo piedras golpearle las piernas, ramas arañarle los brazos, el peso del kilt empapado tirando de él hacia abajo.

La vio otra vez.

La corriente la había empujado hacia un remolino cerca de unas rocas. Tenía el rostro pálido, los ojos cerrados, el cabello rubio extendido alrededor como algas doradas. Una rama le había enganchado parte de la capa y la retenía lo suficiente para no dejarla ir, pero no lo bastante para salvarla.

Ewan se impulsó hacia ella.

El río le respondió golpeándolo contra una piedra.

El dolor le estalló en las costillas.

Tragó agua.

Maldijo, aunque el río se llevó la palabra.

Callum gritaba desde la orilla. Los hombres corrían con la cuerda. Ewan no miró atrás. Alargó el brazo. Falló por un palmo. La muchacha se deslizó un poco más, arrastrada por la fuerza del agua.

—¡No! —bramó.

Se lanzó de nuevo.

Esta vez la atrapó por la muñeca.

Era pequeña.

Helada.

Pero viva.

La corriente tiró de ambos de inmediato. Ewan cerró el brazo alrededor de su cintura y la pegó contra él, girando el cuerpo para recibir el golpe de una roca en el hombro en lugar de que lo recibiera ella. El dolor lo cegó medio segundo. La muchacha no respondió. Su cabeza cayó contra su pecho.

—Te tengo —gruñó él, aunque ella no podía oírlo—. Maldita criatura imprudente, te tengo.

La cuerda cayó cerca.

No lo bastante.

Callum entró hasta la cintura en el agua, sujetado por dos hombres desde la orilla.

—¡Ewan!

—¡Más cerca!

El segundo lanzamiento pasó por encima de su hombro. Ewan soltó una mano de la muchacha solo lo necesario para atrapar la cuerda. Por poco la perdió. La fibra le quemó la palma. Se la enrolló alrededor del antebrazo y gritó.

—¡Tirad!

El mundo se convirtió en fuerza.

El río tiraba hacia un lado.

Los hombres hacia el otro.

Ewan sostuvo a la joven contra su cuerpo con un brazo y se aferró a la cuerda con el otro. El agua le golpeaba la cara, le llenaba la boca, le cerraba los ojos. Sintió que la bota resbalaba sobre una piedra. Sintió que la muchacha se le escapaba un poco. La apretó con más fuerza.

—No —dijo entre dientes—. No después de hacerme entrar en este infierno.

Callum lo alcanzó primero.

Lo agarró del chaleco empapado y casi cayó con él. Otro tiró de Ewan. Entre todos los sacaron del agua y los arrastraron hasta el barro de la orilla.

Ewan cayó de rodillas con la joven aún contra el pecho.

Durante un segundo nadie habló.

Solo se oía el río.

Luego Callum se inclinó sobre ella.

—¿Respira?

Ewan apartó el cabello rubio de su rostro.

La muchacha tosió.

Agua. Aire. Un sonido roto.

Ewan sintió que el pecho se le abría con un alivio tan brutal que casi lo enfureció.

—Sí —dijo—. Respira.

La envolvieron en una manta. Uno de los hombres se quitó la capa para cubrirla. Ella abrió los ojos con dificultad, lo justo para mirar el rostro de Ewan desde un lugar entre la conciencia y la oscuridad.

Ewan vio que eran ojos claros.

Desorientados.

Hermosos de una forma tan limpia que parecía insultante después de casi haberse ahogado en un río marrón.

—Douglas... —susurró ella.

Ewan se quedó inmóvil.

Callum levantó la vista.

—¿Qué ha dicho?

La muchacha volvió a cerrar los ojos.

Ewan buscó en su ropa cualquier señal que explicara quién diablos era.

No era criada. Ninguna criada viajaba con una capa de aquella calidad ni con botas finas, aunque ahora estuvieran destrozadas.

Un pequeño bolso seguía sujeto a su muñeca por una cinta rota.

Ewan lo abrió con dedos entumecidos y encontró un pañuelo bordado con una H y un pequeño escudo Hamilton.