La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Douglas Hamilton llevaba demasiados días avanzando hacia el norte.

Había dejado atrás Hamilton Lodge con la furia aún caliente en la sangre y con la orden de su padre clavada entre las costillas como una espina: hablar primero con Audrey, después con Edward y solo después con Glenmuir.

Era una instrucción sensata. También era una instrucción imposible si encontraba a su hermana llorando, herida, forzada o humillada bajo el techo de un escocés que había escrito a su familia como quien reclamaba ganado.

Por suerte para todos, Douglas no había prometido obedecerla con demasiado entusiasmo.

El viaje desde Inglaterra se le había hecho eterno.

Sus dos hombres de confianza lo acompañaban desde que abandonó la última posada útil.

Finlay Ross, un escocés de Brodick que había servido a los Hamilton desde antes de que Douglas aprendiera a montar sin caerse, conocía los caminos del norte mejor que muchos hombres conocían sus propias manos.

Era bajo, ancho, callado y con la expresión permanente de quien no aprobaba a nadie menor de cincuenta años.

El otro, Thomas Hale, había sido lacayo, mozo de cuadra y finalmente hombre de confianza de Alexander Hamilton, lo que significaba que sabía cuándo callar, cuándo montar deprisa y cuándo fingir que no había oído una amenaza de muerte pronunciada por un heredero de dieciocho años.

Douglas no había dormido bien en tres noches.

No por falta de cama.

Por Audrey.

Por Edward.

Por la idea de su hermana mayor, tan fría, tan orgullosa, tan empeñada en parecer hecha de mármol, aislada en un castillo escocés con un laird que probablemente no sabía distinguir una petición de una orden.

Y por Edward, demasiado sensato para pedir auxilio si creía que podía resolver las cosas hablando primero y sangrando después.

El cielo volvió a cerrarse sobre ellos a media mañana.

La lluvia no caía con violencia; caía con terquedad, que era peor.

El agua se pegaba a la capa de Douglas, resbalaba por el ala del sombrero y convertía el camino en una cinta parda entre colinas de brezo oscuro y piedra gris.

Finlay había dejado de maldecir hacía una hora, lo que en él equivalía a una preocupación profunda.

Cuando el rugido del agua llegó hasta ellos, los tres hombres tiraron de las riendas casi al mismo tiempo.

No vieron primero el río.

Lo oyeron.

El sonido llenaba el valle, grave y furioso, como si la tierra hubiera abierto la boca para tragarse todo cuanto pasara demasiado cerca. Douglas adelantó el caballo unos pasos y entonces vio el paso norte.

O lo que quedaba de él.

El puente de Achnaburn había desaparecido bajo la corriente.

No completamente, pero sí lo suficiente para que ningún carruaje pudiera cruzarlo sin convertirse en leña y cadáveres.

El agua bajaba marrón, hinchada, cargada de ramas, espuma y piedras arrastradas desde las laderas.

El camino estaba destrozado a ambos lados.

Parte del muro había cedido; las rocas, cubiertas de barro, formaban una barrera irregular antes del cruce.

Más allá, en el lado opuesto, las marcas de ruedas hundidas y tierra removida decían lo suficiente.

Douglas sintió que la furia se le detenía un instante.

No desapareció.

Cambió de forma.

—Por eso no escribió —comprendió en voz alta.

Finlay se quitó el sombrero, dejó que la lluvia le empapara el pelo gris y miró el paso con ojos severos.

—Nadie pasa con carruaje por aquí, milord. Ni loco ni inglés.

Thomas Hale tragó saliva.

—¿Cree que lady Audrey está al otro lado?

Douglas observó las huellas. No necesitaba ser Edward para comprender lo evidente. Había señales de un carruaje que había intentado acercarse al paso, marcas de caballos, pisadas de hombres, barro removido por muchas botas. Alguien había estado allí. Alguien había retrocedido.

Glenmuir quedaba más allá.

Audrey también.

—Está incomunicada —dijo Douglas.

La frase debería haberlo tranquilizado. No estaba secuestrada. No había sido silenciada. El camino había hecho lo que los hombres no habían logrado: separar a los Hamilton de los suyos.

Pero la tranquilidad nunca le había durado mucho.

—Cruzaremos —resolvió.

Thomas miró el agua.

—Milord...

—No he preguntado si os parecía agradable.

Finlay se inclinó sobre la silla y señaló río arriba, donde el cauce se estrechaba entre rocas negras y resbaladizas.

—Aguas arriba hay un paso de pastores. No es un puente. Son piedras grandes, y con este caudal varias estarán cubiertas. Pero si desmontamos, atamos los caballos y cruzamos uno a uno, quizá podamos pasar.

—¿Quizás?

—Es la palabra más honesta que tengo.

Douglas miró el torrente. El agua golpeaba las piedras con una fuerza suficiente para arrancar a un hombre de sus botas.

Un caballo asustado no tendría oportunidad.

Un error, una cincha mal sujeta, una mano que resbalara, y la corriente los arrastraría bajo el puente hundido antes de que nadie pudiera rezar una oración decente.

Sonrió.

No de diversión.

De decisión.

—Entonces usaremos esa.

Finlay suspiró como si llevara dieciocho años esperando que ese muchacho terminara matándolo en Escocia.

—Su padre me arrancará la piel si lo dejo ahogarse.

—Mi padre te arrancará la piel si vuelvo sin Audrey.

—Eso es cierto.

Thomas bajó del caballo primero, más pálido de lo que habría admitido.

Finlay sacó una cuerda de la alforja, la pasó alrededor del tronco de un abedul retorcido y comprobó el nudo con manos expertas.

Douglas desmontó sin esperar instrucciones y se quitó la capa empapada para que no lo arrastrara si caía.

El primer caballo cruzó con Finlay.

El animal temblaba. El hombre también, aunque jamás lo reconocería.

Avanzaron piedra a piedra, la cuerda tensa entre la orilla y la mano de Douglas.

El agua golpeaba las patas del caballo, subía hasta las rodillas de Finlay y le empapaba la cintura.

Dos veces el animal resbaló. Dos veces Finlay lo sostuvo con una mezcla de insultos y caricias.

Llegó al otro lado.

Thomas cruzó después.

Peor.

Era fuerte, pero no conocía el río. En la mitad del paso, una roca cedió bajo su bota y el agua lo golpeó de costado.

Douglas tiró de la cuerda con tal violencia que la fibra le quemó las palmas.

Finlay sujetó desde la otra orilla. Thomas logró recuperar el equilibrio, blanco como papel, y siguió hasta caer de rodillas del otro lado.

Douglas fue el último.

Por supuesto.

Tomó las riendas de su caballo, enredó la cuerda alrededor de su brazo y entró en el agua.

El frío lo mordió hasta el hueso.

No fue frío de lluvia ni de madrugada. Fue un frío profundo, brutal, escocés, como si el río hubiera nacido con la única intención de demostrarle a cualquier Hamilton que la sangre no bastaba para llamarse hijo de aquellas tierras.

Douglas avanzó. Una piedra. Luego otra. El caballo resoplaba detrás de él, nervioso, tirando hacia atrás.

Douglas le habló en voz baja, no con dulzura, sino con mando. El animal obedeció.

A mitad del paso, la corriente le golpeó el muslo con tanta fuerza que perdió equilibrio.

Durante un segundo el mundo fue agua, ruido y el tirón salvaje de la cuerda alrededor del brazo. Douglas no gritó. Apretó los dientes, clavó la bota contra una roca cubierta de musgo y tiró de las riendas antes de que el caballo se asustara del todo.

Finlay bramó algo desde la otra orilla mientras tiraba de la cuerda.

Douglas no lo oyó.

O no quiso.

Avanzó un paso más.

Luego otro.

La última roca quedaba cubierta por agua hasta media pantorrilla. Douglas saltó hacia la orilla opuesta, cayó de rodillas en el barro y mantuvo las riendas con tal fuerza que el caballo casi se le vino encima antes de estabilizarse.

Finlay lo agarró por el hombro.

—Maldito muchacho.

Douglas se levantó, empapado, con el pelo oscuro pegado a la frente y una sonrisa peligrosa.

—Estamos al otro lado.

Thomas seguía respirando como si acabara de descubrir que apreciaba la vida.

Douglas miró hacia el camino que ascendía a Glenmuir.

Allí, más allá de la lluvia y del río, estaban Audrey y Edward.

—Montad —ordenó—. Nos queda poco.

Finlay lo observó un instante.

En esa mirada no había solo obediencia. Había algo más. Algo que Douglas había visto a veces en los ojos de los viejos de Brodick cuando miraban a su padre.

Reconocimiento.

No del duque que sería algún día.

Del hombre.

Douglas Hamilton, con dieciocho años, empapado, furioso y con la sangre de Alexander en cada línea del rostro, montó de nuevo.

Y cabalgó hacia Glenmuir.

Cathaline Hamilton había descubierto tres cosas durante su viaje hacia Escocia.

La primera: los mozos de cuadra obedecían con bastante rapidez cuando una joven rubia de ojos claros, capa oscura y sonrisa dulce les daba una moneda antes de que pudieran formular preguntas.

La segunda: las posadas del norte eran lugares donde una dama podía pasar inadvertida siempre que no se comportara como dama.

La tercera: viajar sola era mucho más interesante de lo que Audrey habría aprobado jamás.

Cathaline no había dormido en habitaciones respetables con doncellas, bandejas de plata y té servido a la hora exacta.

Había dormido una noche en una posada donde el colchón olía a humo y lavanda rancia, otra en la habitación de la viuda de un cochero que le había cobrado más de lo justo por guardar silencio, y una tercera envuelta en su capa, junto al establo de una venta pequeña donde nadie había creído del todo la historia de que era la sobrina de un comerciante que viajaba al encuentro de su familia.

Tampoco había mentido mal.

Cathaline mentía con talento.

No con maldad.

Con imaginación.