Capítulo 10 #3
Durante un fugaz instante sintió el vacío que había dejado su calor antes de obligarse a recuperar la compostura. Malcolm dio entonces un paso atrás, con la mandíbula tensa y el pecho subiendo y bajando con una respiración que parecía costarle dominar.
—No vuelva a acusarme de usar a mi gente.
—No vuelva a cogerme como si pudiera callarme con su cuerpo.
Los ojos de Malcolm se oscurecieron.
—Si alguna vez dejara de contenerme, milady, no tendría ninguna duda de ello.
El calor le subió al rostro a Audrey, pero no permitió que se le pusiera roja la cara.
Malcolm lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Y Audrey lo odió por ello.
Desde el pasillo llegó una voz infantil, luego una risa, luego el sonido de la señora MacNair regañando a alguien. El mundo regresó.
Audrey dio un paso hacia la puerta y, con la mano ya sobre el picaporte, permaneció inmóvil apenas un instante.
No aguardó más palabras. Abrió la puerta y salió al pasillo con la misma firmeza con la que había entrado allí. Solo cuando hubo doblado la esquina y estuvo segura de que Malcolm no podía verla se permitió inspirar profundamente.
¿Qué acababa de ocurrir?
Aquello carecía de sentido.
Había viajado hasta Glenmuir convencida de que encontraría a un duque arruinado, orgulloso y obstinado al que ella dejaría clara una sola cosa: jamás se casaría con él.
Y lo había encontrado. Sin embargo, también había descubierto a un hombre capaz de contrariarla con una facilidad casi ofensiva.
Discutía cada una de sus afirmaciones, cuestionaba todo aquello en lo que ella había sido educada para creer y parecía empeñado en recordarle, una y otra vez, que existía un mundo donde un título valía menos que la palabra dada a un clan.
Lo detestaba. Detestaba su arrogancia, su insoportable seguridad y aquella manera de mirarla como si pudiera descubrir pensamientos que ni ella misma alcanzaba a comprender.
Detestaba que la hubiera acorralado contra aquella pared y, más aún, que la hubiera soltado en el mismo instante en que ella se lo había pedido.
Eso era, precisamente, lo que debería haberla tranquilizado.
Y, sin embargo, era ese el recuerdo que seguía acelerándole el pulso y haciéndole sentir cada latido bajo la garganta.
Con un gesto de impaciencia consigo misma, se llevó una mano al pecho. No podía estar temblando por Malcolm Sinclair. Era absurdo. Impropio de ella. Inaceptable.
Enderezó los hombros y reanudó el paso.
Aquellas Highlands estaban poniendo a prueba una serenidad que siempre había considerado inquebrantable. Antes incluso de abandonar Inglaterra se había prometido que ni un castillo medio derruido ni el hombre que lo gobernaba alterarían jamás su juicio. No pensaba faltar a esa promesa.
Aunque, por primera vez, ya no estaba completamente segura de ser capaz de cumplirla.
Ojalá no se hubiera quedado encerrada allí, eso lo habría hecho todo más fácil.
Malcolm, por su lado, permaneció en la sala, respirando como un idiota, con la mano aún caliente por la forma de su cintura.
Hamilton Lodge llevaba tres días esperando una carta.
Eliza Cavendish Hamilton no lo había dicho en voz alta hasta esa mañana, porque las preocupaciones, cuando se nombraban, adquirían un matiz incontrolable.
Pero aquella tercera mañana, al ver que el correo llegaba sin noticia alguna de Audrey ni de Edward, dejó la taza sobre la mesa con tal cuidado que Alexander levantó la vista antes incluso de que ella hablara.
—No ha escrito.
El comedor de Hamilton Lodge se tornó un punto más oscuro a pesar la enorme claridad que entraba por los ventanales.
Cathaline, que estaba escogiendo entre miel y mermelada con la seriedad de una cuestión política, dejó el cuchillo en el aire.
Richard miró hacia la puerta.
Douglas, sentado al otro lado de la mesa, se quedó inmóvil.
Alexander dobló el periódico.
—Han llegado noticias de que hay inundaciones en Escocia, quizás el camino esté mal. No sería la primera vez.
Eliza lo miró.
Él sostuvo su mirada tres segundos.
Luego dejó el periódico sobre la mesa.
—Voy a Escocia.
—No —dijo Eliza.
Douglas se puso de pie.
—Sí.
—Tú te sientas —ordenó Alexander.
—No.
Cathaline apoyó la barbilla en la mano.
—Ah, empieza bien.
Richard se irguió.
—Yo también puedo ir.
—No —dijeron todos.
—Algún día lamentaréis subestimarme.
—Ese día no es hoy —respondió Cathaline.
Eliza se levantó con suavidad. No tenía la fuerza visible de Alexander ni la impaciencia de Douglas, pero cuando ella se movía con aquella calma, todos terminaban prestando atención.
—Ale, si vas tú, llegarás como duque o sicario retirado.
—Soy ambas cosas.
—Llegarás como un padre furioso.
—También soy padre.
—Y Malcolm Sinclair responderá como laird. Dos hombres orgullosos, dos apellidos heridos y una hija en medio.
Alexander apretó la mandíbula.
—No voy a dejar a Audrey incomunicada en ese castillo.
—Yo tampoco.
—Entonces no me detengas.
Eliza se acercó y le tomó la mano.
Ese gesto, tan simple, logró lo que ninguna orden habría conseguido.
Alexander respiró con dificultad.
—Liza.
—Deja ir a Douglas.
Douglas abrió los ojos.
—¿Qué?
Cathaline también.
—¿Perdón?
Richard golpeó la mesa.
—¡Esto es injusto!
Eliza no apartó la mirada de su esposo.
—No es mucho mejor, lo sé. Pero al menos no será un problema oficial si decide darle una paliza a alguien.
—Gracias, madre —dijo Douglas.
—No era un elogio, pero eres nuestro hijo mayor, nuestro heredero... y sé que sabrás hacer honor a ese rango.
Alexander miró a su hijo.
Douglas Hamilton tenía dieciocho años, demasiada altura, demasiada sangre escocesa cuando le convenía y una tendencia fatal a solucionar ofensas con los puños.
Pero amaba a su Audrey. Y amaba a su hermano Edward.
Y, a diferencia de Alexander, aún podía llegar a Glenmuir como hermano antes que como amenaza política.
—No provocarás al duque de Glenmuir ni ningún miembro del clan Sinclair —dijo Alexander.
Douglas sonrió.
—No prometo imposibles.
—Douglas.
—No lo provocaré si él no ha hecho nada.
—Y si lo ha hecho —intervino Cathaline—, procura no matarlo antes de saber si Audrey está complacido con ello.
Eliza cerró los ojos.
—Cathaline.
—Era una posibilidad, madre. Quizás se haya enamorado de un laird escocés.
—¿Audrey? ¿Enamorada de un hombre que escribe cartas como sentencias? Lo dudo mucho, Cathaline —replicó Douglas.
Alexander se levantó de la mesa.
—Saldrás en una hora, Douglas. Llevarás hombres, pero no una compañía armada. Hablarás primero con Audrey. Después con Edward. Y solo después con Glenmuir.
—Sí, padre.
—Y si tu hermana está bien, no atacarás a nadie.
Douglas tardó un segundo.
—¿Si no está bien puedo atacar a alguien?
—Sí.
—¡No! —intervino su madre—. Nos escribirás o harás llegar un mensajero. Lo resolveremos todo por la vía diplomática.
Cathaline observó a su hermano con una expresión demasiado tranquila.
Nadie reparó en ello.
Excepto Richard, que la conocía lo suficiente para entrecerrar los ojos.
—¿Qué estás pensando? —susurró.
—Nada.
—Eso es mentira.
—Estás tramando algo, Cath, te conozco.
Una hora después, Douglas salió de Hamilton Lodge bajo un cielo despejado, con dos hombres de confianza detrás y una furia demasiado joven en el cuerpo.
Cathaline esperó a que el ruido de los cascos se perdiera por el camino.
Luego subió a su habitación.
No llamó a su doncella.
No eligió vestido.
No pidió permiso.
Se cambió con una rapidez que habría horrorizado a la señorita Worth o a cualquiera de sus doncellas, escondió el cabello bajo una capucha oscura y salió por la escalera de servicio con una pequeña bolsa en la mano.
En los establos, un mozo la miró como si acabara de ver una aparición.
—Milady...
—Ensilla a Bramble.
—Pero...
Cathaline sonrió.
Era una sonrisa preciosa.
También peligrosa.
—Ahora.
El mozo obedeció.
Diez minutos después, Cathaline Hamilton salió de Hamilton Lodge por el camino secundario, bastante lejos para que Douglas no pudiera verla todavía y lo bastante cerca para seguir su rastro.
Su hermano iba a las Highlands a buscar problemas.
Y Cathaline, que odiaba profundamente quedarse fuera de cualquier escena interesante, no tenía la menor intención de permitir que los encontrara sin ella.