Capítulo 10 #2
Él la miró como si la pregunta no tuviera sentido.
—Viven en mis tierras.
—Muchos señores no conocen los nombres de quienes viven en las suyas.
—Entonces no son señores. Son propietarios.
Audrey sintió una punzada extraña.
Había frases que no se decían para seducir y, precisamente por eso, desarmaban más.
—Venga —dijo Malcolm con esa autoridad tan poco cortés.
La condujo hacia la parte baja del castillo, donde una galería amplia daba paso a una sala cálida, ruidosa y llena de mujeres.
Allí no había solemnidad.
Había lana.
Mucha.
Madejas teñidas en verdes profundos, azules oscuros, rojos apagados.
Mujeres sentadas en bancos, algunas hilando, otras remendando mantas, otras repasando cuadros de tartán con una concentración que rozaba la devoción.
Una niña más mayor sujetaba una madeja entre las manos mientras su abuela enrollaba hilo.
El olor era distinto al del resto del castillo: lana limpia, humo, tinte vegetal, té fuerte.
La señora MacNair estaba allí, por supuesto, como si hubiera decidido gobernar también ese reino.
—Laird —dijo—. Milady.
Algunas mujeres dejaron de trabajar.
Otras fingieron seguir, lo cual fue peor.
Audrey vio un plaid extendido sobre una mesa. Los colores Sinclair.
No el de Malcolm.
Otro.
Uno rasgado por el borde.
—¿Remiendan el tartán? —preguntó ella.
La señora MacNair la miró como si evaluara si merecía respuesta.
—Remendamos todo lo que aún puede servir.
—Una filosofía admirable.
—En Glenmuir no podemos permitirnos otra.
El golpe fue educado. Audrey lo recibió sin pestañear.
Una mujer de cabello gris y manos nudosas levantó una pieza de lana.
—¿Las damas inglesas saben coser, milady, o solo sostienen abanicos?
La señorita Worth se irguió, ultrajada.
—Lady Audrey ha recibido una educación impecable.
—No he preguntado si sabe leer poemas —respondió la mujer—. Pregunto si sabe meter una aguja donde hace falta.
Ewan murmuró: —Empieza a gustarme esta mañana.
Malcolm lo silenció con una mirada.
Audrey se quitó los guantes despacio.
—Sé coser.
La señora MacNair elevó una ceja.
—¿Bordar flores en pañuelos o cerrar un desgarro?
—Ambas cosas, si se me da hilo suficiente y no me interrumpen.
La mujer gris soltó una risa ronca y le señaló un banco.
—Entonces siéntese, milady. Veamos si las manos Hamilton sirven para algo más que firmar talonarios.
Audrey supo que eso también era la comidilla de todo el castillo. Allí no existían los secretos de ninguna clase. Pero decidió ignorarlo.
Notó la mirada verde de Malcolm sobre ella, no se sentó por complacerlo.
Ni por demostrar nada al clan.
Se sentó porque la habían desafiado.
Y Audrey Hamilton no dejaba desafíos sobre la mesa.
Le entregaron una pieza de tartán con un desgarro limpio. No era un trabajo de bordado, ni de salón, ni de seda fina. Era lana gruesa, resistente, obstinada. La aguja requería más fuerza de la esperada. El hilo no se deslizaba con elegancia, sino con terquedad.
La primera puntada fue demasiado pulcra.
La segunda, mejor.
La tercera encontró el ritmo.
Audrey inclinó la cabeza con atención, consciente de que todo el cuarto fingía no mirarla.
Malcolm la miraba abiertamente, sin fingir nada.
Y eso la molestó más que todas las demás miradas juntas.
—No lo está haciendo mal —dijo la mujer gris al cabo de un rato.
—Qué alivio. Había temido decepcionar a las mujeres Sinclair.
Varias mujeres rieron.
La señora MacNair no rio, pero sus ojos cambiaron.
Malcolm se apoyó contra la pared, brazos cruzados, observando las manos de Audrey. Manos finas, educadas, demasiado blancas para aquella lana. Sin embargo, no se doblegaban. No se quejaban. No abandonaban.
Maldita mujer.
Hasta cosiendo parecía capaz de declararle la guerra a una hebra.
Una niña se acercó con cautela. No Mòrag, sino otra más pequeña, de ojos claros y mejillas redondas.
—¿Va a coser también las camisas del laird cuando sea ban-tighearna?
La sala entera se quedó muda.
La señorita Worth se dejó caer sobre una silla.
—Otra vez no.
Audrey levantó la mirada de la costura.
—No.
La niña parpadeó.
—¿No sabe coser camisas?
—Sí sé.
—Entonces ¿por qué no?
Audrey sostuvo la aguja en el aire, impecable.
—Dudo mucho que el laird aceptara que una inglesa pusiera las manos sobre sus pertenencias.
La niña frunció el ceño.
—¿Y entonces quién le remienda las camisas?
Audrey dejó la aguja sobre la mesa con exquisita calma.
—A juzgar por el estado en que lo encontré, sospecho que nadie.
Durante un segundo reinó un silencio absoluto.
Después Ewan soltó una carcajada.
Varias mujeres lo imitaron. Incluso la anciana que la había retado a coser ocultó una sonrisa detrás de la labor.
La señora MacNair cerró los ojos un instante, como si aquella fuera la primera vez en años que alguien se atrevía a burlarse del laird delante de todo el clan, aparte de su primo Ewan.
Malcolm no rio.
Pero Audrey vio el modo en que la comisura de su boca amenazó con traicionarlo.
Y, por alguna razón absurda, aquella pequeña victoria la satisfizo más que haber ganado una discusión.
Después vino la audiencia.
No la llamaban así. En Glenmuir, al parecer, nada tenía nombre elegante cuando podía ser simplemente necesario.
Malcolm se sentó en una sala pequeña junto al patio.
No en un trono, ni siquiera detrás de un escritorio.
En una silla de madera gastada, con Hamish a un lado y Ewan cerca de la ventana.
Audrey permaneció de pie al principio, hasta que la señora MacNair le puso una silla con un golpe seco que no admitía gratitud ni rechazo.
Entraron arrendatarios.
Un pastor con problemas de ovejas enfermas.
Un hombre joven que pedía permiso para marcharse a Glasgow durante unos meses.
Una madre que no quería que su hijo de doce años fuera enviado a trabajar lejos de la granja de unos parientes.
Malcolm escuchó.
No prometía sin pensar. No repartía monedas como un santo de feria. No era blando. A veces decía no. A veces preguntaba demasiado. A veces su voz se endurecía tanto que Audrey entendía por qué nadie discutía por simple placer.
Pero escuchaba.
Conocía los nombres, las parcelas, los hermanos muertos, los hijos enfermos, las ovejas perdidas, las deudas pequeñas y las vergüenzas grandes.
Aquella idea no debería haberle provocado compasión.
La provocó.
Malcolm debió de verlo en su rostro, porque cuando la última mujer salió, dijo:
—No me mire así.
Audrey volvió a ser mármol al instante.
—¿Así cómo?
—Como si acabara de descubrir una enfermedad.
—Quizás he descubierto varias.
—Glenmuir no necesita su lástima.
—No era lástima.
—Entonces guárdese lo que fuera.
La señora MacNair decidió que era un buen momento para retirarse. Hamish también. Ewan, cobarde cuando le convenía, desapareció con una excusa sobre caballos que nadie creyó.
Audrey y Malcolm quedaron solos en la sala. No del todo. La puerta estaba abierta. El castillo estaba al otro lado. Pero solos lo suficiente ya que la señorita Worth se había retirado a descansar por unos minutos, estaba exhausta.
—Usted cree que todos dependen de usted —dijo Audrey.
Malcolm estaba de pie junto a la mesa, revisando un papel.
—No lo creo. Lo hacen.
—Y eso le parece natural.
—Me parece inevitable.
—Quizás ese sea el problema.
Él levantó la vista.
—Explíquese, milady.
Audrey sabía que debía callar.
No lo hizo.
—Habla de protección como si fuera una virtud absoluta. Pero a veces suena demasiado parecido a posesión.
El rostro de Malcolm no cambió.
Eso fue peor.
—Tenga cuidado.
—¿Por qué? ¿Porque he tocado algo incómodo?
—Porque no sabe de qué habla.
—Sé que no distingue siempre una cosa de la otra. Protege Glenmuir, protege a su hermana, protege a los MacKinnon, protege incluso a quienes no se lo han pedido. Quizás algún día alguien debería decirle que no todo lo que usted cubre con su mano le pertenece.
Las palabras encontraron su objetivo. Audrey lo supo incluso antes de que Malcolm se moviera. Lo vio acortar la distancia entre ambos con aquella calma engañosa que siempre precedía a sus arrebatos de autoridad.
No hubo brusquedad en sus movimientos ni un solo gesto que pudiera calificarse de violento, pero, de un instante a otro, él estaba demasiado cerca.
Ella retrocedió por puro instinto hasta que la espalda chocó contra la fría piedra del muro.
Entonces sintió la mano de Malcolm cerrarse sobre su cintura.
No la sujetaba con fuerza; la firmeza nacía de un control absoluto, de una precisión que resultaba mucho más perturbadora que cualquier muestra de violencia.
Durante un largo segundo, el aire pareció abandonar la estancia y el silencio se volvió tan insoportable que ninguno de los dos necesitó pronunciar una sola palabra.
—No me provoque, milady —dijo él en voz baja.
Audrey notó el calor de su mano a través del vestido, la anchura de su cuerpo frente al suyo, el olor a todo lo prohibido en un solo hombre. Él no la estaba aplastando. No la retenía con fuerza suficiente para hacerle daño.
Pero la retenía.
Y ella pudo haberle ordenado que la soltara.
No lo hizo de inmediato.
Ese fue su error.
O su descubrimiento.
Malcolm bajó la mirada a su boca, solo un instante. Audrey lo vio. Sintió el impacto en algún lugar bajo las costillas, una caída breve, absurda, como si el suelo hubiera decidido moverse.
—Ha pasado todo el día diciéndome que no confunda protección con posesión —murmuró él—. No me obligue a demostrarle cuánto me esfuerzo.
El pulso de Audrey golpeó una vez.
Dos.
—Yo no lo obligo a nada, laird.
—Eso es lo que más me enfurece.
La respuesta fue tan baja, tan áspera, que por un momento dejó de parecer una amenaza y empezó a parecer una confesión.
Audrey levantó la barbilla.
—Entonces suélteme.
Malcolm la soltó al instante. No hubo la menor vacilación en el gesto, ni la lentitud calculada de quien disfruta prolongando la cercanía como un juego de seducción.
Simplemente retiró la mano. Y, para desconcierto de Audrey, aquella renuncia la desarmó mucho más que el firme contacto de sus dedos sobre su cintura.