Capítulo 10
Audrey Hamilton decidió que, si algún día escribía un tratado sobre la barbarie escocesa, dedicaría un capítulo entero a la incapacidad de los highlanders para fingir que no habían visto algo.
En Hamilton Lodge, una escena incómoda podía ser enterrada bajo una taza de té, dos comentarios sobre el tiempo y una retirada elegante hacia otro salón. En Glenmuir, en cambio, una mujer no podía cruzar un patio cubierta con el plaid del laird sin que hasta los perros parecieran comentarlo.
La mañana siguiente no hizo nada por desmentirlo.
Audrey descendió al gran salón con el vestido de lana gris oscuro que Jane había conseguido secar y cepillar durante la noche.
Llevaba el cabello recogido con una severidad que rozaba el castigo, guantes limpios y la expresión exacta que había practicado frente al espejo desde los doce años: serenidad perfecta, ni un ápice más.
La señorita Worth caminaba a su lado con el rostro de quien había dormido poco y se había indignado mucho.
—No me gusta cómo nos miran —murmuró.
—No nos miran.
—Milady, una mujer acaba de dejar caer una cuchara al verme entrar y no ha intentado recogerla.
Audrey no giró la cabeza.
—Quizás la cuchara estaba cansada de vivir en Escocia.
La señorita Worth aspiró aire por la nariz, escandalizada y complacida a la vez.
El gran salón ya estaba lleno. Glenmuir desayunaba como si el día fuera una batalla que debía ganarse con avena, pan negro, pescado ahumado, té fuerte y voces demasiado despiertas para una hora tan temprana.
Hombres con tartán entraban y salían. Niños corrían hasta que alguna mujer los atrapaba por la manga.
Dos ancianos discutían junto al fuego en gaélico, y la señora MacNair dirigía aquel caos con la mirada de una reina que había decidido prescindir de corona porque estorbaba para trabajar.
Malcolm estaba en la cabecera.
Por supuesto.
No se levantó cuando Audrey entró. Tampoco sonrió. Solo la miró.
Eso bastó para que el recuerdo de la víspera —el caballo, la lluvia, su brazo alrededor de la cintura, el tartán oscuro sobre sus hombros— se le cerrara a Audrey alrededor del cuerpo como una segunda piel.
Lo detestó.
A él.
A Glenmuir.
Y a sí misma por recordar con tanta precisión el calor de un hombre al que no tenía ninguna intención de recordar.
—Milady —dijo Malcolm.
—Laird.
La palabra provocó un murmullo bajo en la mesa lateral.
La señorita Worth se irguió.
—No pienso tolerar cuchicheos sobre una dama bajo mi custodia.
Ewan, sentado junto a Malcolm con una taza en la mano, inclinó la cabeza.
—Entonces ha escogido mal castillo, señorita Worth.
—Y usted ha escogido demasiadas veces hablar, creo que no se cansa.
—Me lo dicen desde la infancia.
—No con suficiente firmeza.
Ewan sonrió como si acabara de recibir un cumplido.
Audrey tomó asiento sin esperar invitación.
Edward ya estaba allí, con el labio todavía inflamado, aunque su expresión tranquila indicaba que se negaba a conceder importancia a una herida visible.
Al otro lado del salón, Fiona MacKinnon comía de pie junto a una ventana, la tela de su clan sobre los hombros, observándolo todo con esa mezcla de orgullo y prevención que la hacía parecer siempre a punto de atacar a alguien.
Audrey prefirió no mirarla.
Falló.
Fiona también la miró.
Ambas apartaron la vista al mismo tiempo.
—Antes de que empiece otra mañana de discusiones entre mujeres —dijo Malcolm, dejando su taza sobre la mesa—, aclaremos algo.
El salón se fue callando poco a poco.
No por obediencia servil. Por hábito.
Audrey notó que aquello le irritaba casi tanto como le intrigaba.
Malcolm no alzó la voz.
—Lady Audrey Hamilton es huésped de Glenmuir hasta que el paso norte vuelva a ser seguro.
El viejo Iain, junto al fuego, golpeó el suelo con su bastón.
—Huésped con plaid de laird.
Varias risas se escondieron en tazas y trozos de pan.
Malcolm lo miró.
—Viejo Iain.
—¿Qué? Mis ojos son viejos, no ciegos.
—La vista no le da permiso para inventar compromisos. Lady Audrey no es mi prometida.
La señorita Worth se santiguó con tanta rapidez que casi se golpeó.
—¡Gracias a Dios por una frase razonable!
—Agradezco la aclaración, laird. Sobre todo porque parecía necesaria para su gente —dijo Audrey, manteniendo la espalda recta.
—Mi gente disfruta demasiado de las historias.
—También de malinterpretarlas.
—Solo cuando son interesantes.
Ewan escondió una sonrisa detrás de la taza.
Audrey miró a Malcolm.
—Entonces será un alivio para todos saber que no hay nada interesante que interpretar.
Un silencio demasiado elocuente siguió a la frase.
Malcolm le clavó sus ojos verdes.
—Nada en absoluto.
Aquella sola frase debería haberla satisfecho.
No lo hizo.
Porque Malcolm la dijo como un hombre que negaba una costumbre antigua, no como un hombre incapaz de imaginarla. Y Audrey, por primera vez desde que había llegado a Glenmuir, no supo si eso la enfadaba o la inquietaba.
Una niña pequeña apareció junto a la mesa antes de que alguien pudiera detenerla. Tendría seis o siete años, el cabello oscuro en dos trenzas desiguales, una mancha de avena en la mejilla y los ojos curiosos de quien aún no había aprendido a escoger sus preguntas.
—¿Es ella? —preguntó en gaélico.
Una mujer al fondo siseó su nombre.
La niña ignoró la advertencia y miró a Audrey.
—¿Es usted la ban-tighearna nueva?
La palabra cayó sobre el salón con un golpe seco.
Audrey no entendió.
Pero sí entendió la reacción.
Ewan cerró los ojos como si pidiera paciencia a un Dios que lo había abandonado. Edward arqueó apenas una ceja. La señorita Worth abrió la boca. Malcolm se quedó absolutamente inmóvil.
—¿La qué? —preguntó Audrey.
La niña repitió, orgullosa:
—Ban-tighearna. La señora del laird.
La señorita Worth dejó escapar un sonido que no pertenecía a ningún idioma conocido.
Audrey miró a Malcolm.
Malcolm miró a la niña.
—Mòrag —dijo con una calma terrible—, ¿quién te ha enseñado esa palabra esta mañana?
La niña señaló sin dudar al viejo Iain.
—Él.
Iain se encogió de hombros.
—La niña debe aprender las costumbres, es mi nieta.
—Fuera —ordenó la mujer que probablemente era su madre, roja hasta las orejas.
La niña se marchó dando saltitos, satisfecha con el caos que había sembrado.
Audrey recogió el cuchillo y untó mantequilla sobre el pan con una dignidad ofensiva.
—Una casa muy animada, demasiado.
—No nos aburrimos —dijo Malcolm.
—Eso explica algunas carencias.
Ewan se atragantó.
Malcolm no sonrió, pero algo se movió en su boca. Audrey lo vio. Por desgracia.
—Si va a despreciar mi casa —dijo él—, al menos conozca aquello que desprecia.
Audrey alzó la vista.
—¿Está invitándome a dar un paseo?
—No.
—Menos mal.
—Estoy informándola de que vendrá conmigo.
—Qué diferencia tan sutil.
—La sutileza no es una virtud imprescindible.
—Lo había notado.
Malcolm se levantó.
—Después del desayuno.
Audrey no preguntó si podía negarse.
Ambos sabían que sí.
Ambos sabían también que no lo haría.
No porque Malcolm se lo hubiera ordenado.
Ni porque hubiera dejado de querer marcharse.
La noche anterior habría subido al carruaje sin mirar atrás, y aquella mañana habría hecho exactamente lo mismo si el paso norte no hubiera decidido hundirse bajo la lluvia.
Seguía queriendo Inglaterra. Seguía queriendo una carta enviada a su padre, un camino abierto y la distancia suficiente para que Glenmuir volviera a parecer un problema ajeno.
Pero ya no podía irse, de momento.
Y Audrey Hamilton no soportaba permanecer indefensa en un lugar que no entendía.
Si Glenmuir iba a retenerla unos días más, aunque fuera por barro, piedra y mal tiempo, entonces necesitaba conocer sus reglas.
Sus debilidades. Sus lealtades. Aquello que Malcolm Sinclair protegía con tanta ferocidad y que todos parecían mirar como si fuera algo más que una casa vieja sostenida por orgullo.
No era curiosidad.
Se dijo eso con firmeza.
Era estrategia.
Y Audrey jamás había soportado enfrentarse a nada sin comprender primero el terreno que pisaba.
Malcolm no llevó a Audrey a los lugares bonitos.
Eso habría sido lo que habría hecho un caballero inglés: mostrar jardines, tapices, salones, vistas desde una terraza seca. Glenmuir apenas tenía jardines, los tapices estaban gastados y las terrazas mojaban a cualquiera con pretensiones de poesía.
La llevó al patio interior.
La lluvia había aflojado, pero el cielo seguía bajo y gris. Hombres trabajaban junto a la pared norte, colocando tablones, subiendo piedra, reparando una grieta que Audrey no había notado el día anterior porque había estado demasiado ocupada intentando no parecer horrorizada por todo lo demás.
Malcolm caminaba a su lado sin ofrecerle el brazo.
La señorita Worth iba detrás, acompañada por Edward, envuelta en un chal y en desaprobación.
Ewan los seguía a una distancia cómoda, probablemente para disfrutar de cualquier desastre.
Fiona MacKinnon apareció un momento en la entrada del establo, miró a Edward, miró a Audrey y desapareció sin decir nada.
Audrey agradeció su silencio.
—Esa torre está cediendo —dijo ella.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que mi padre muriera.
—¿Y no la repararon?
—¿Con qué?
La respuesta fue seca.
No cruel.
Solo real.
Audrey apretó los dedos dentro de los guantes.
Dos muchachos subían una viga. Uno resbaló. Malcolm dio un paso antes de que nadie gritara, tomó la viga con ambos brazos y sostuvo el peso lo justo para que el joven recuperara el equilibrio.
—Usa los hombros, no la espalda —dijo en gaélico.
El muchacho asintió, pálido.
—Sí, laird.
Malcolm soltó la viga cuando estuvo segura.
Audrey lo observó.
No debería impresionarle que un hombre fuerte cargara madera. Su padre había sido fuerte. Douglas lo era. En su mundo había hombres capaces de levantar peso, montar caballos, empuñar armas y hacerse admirar por ello.
Pero aquello era distinto.
Malcolm no hacía demostración. No buscaba que lo vieran. Simplemente intervenía donde hacía falta, como si su cuerpo formara parte de la maquinaria del castillo.
—Conoce sus nombres —dijo Audrey.
—¿De quiénes?
—De todos.