La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Malcolm bajó la voz, solo para ella, aunque en Glenmuir nadie parecía ignorar nunca nada.

—Si hubiera querido hacer una declaración ante mi clan, lady Audrey, se habría enterado antes que ellos.

El color le subió al rostro, solo un poco, pero Malcolm lo vio, y en ese instante deseó cosas que no tenía derecho a desear en un patio lleno de gente.

Audrey tiró suavemente del  plaid  y esta vez él la dejó hacerlo.

Ella se lo quitó de los hombros con toda la dignidad de una reina que renunciara a una corona enemiga y se lo tendió.

Los colores del clan quedaron suspendidos entre ambos hasta que Malcolm los tomó y sus dedos rozaron los de ella, solo un instante, casi nada, pero lo suficiente para que Audrey apartara la mano.

—Gracias por evitar que muriera de frío —resolvió ella, sin más.

—Gracias por no morir bajo mi responsabilidad.

Ewan tosió.

La señorita Worth dejó ir el aire con impaciencia.

Edward, que había regresado en otro caballo sin parecer tan descompuesto como los demás accidentados, observó a Malcolm, luego a Audrey y después el plaid.

Fiona observó a Edward.

Edward la sorprendió mirando.

—¿Algo que añadir, señorita MacKinnon? —preguntó él.

—Sí. Parece que estamos atrapados aquí... todos.

—Debe ser una broma de las Highlands.

—Nuestras tierras no bromean.

Malcolm se giró hacia el patio.

—Nadie saldrá por el paso norte hasta nueva orden.

Ni MacKinnon, ni Hamilton, ni Sinclair. Quiero hombres en Achnaburn antes de que anochezca.

Se revisará el puente, el roble y las piedras.

Hamish, manda aviso a las granjas cercanas: nadie debe intentar cruzar.

MacNair, habitaciones calientes para los invitados. Todas.

La señora MacNair abrió la boca.

—Milord, todas las chimeneas no...

—Todas.

La mujer apretó los labios.

—Sí, laird.

Sir Alasdair se acercó.

—¿Cuánto tiempo estaremos atrapados aquí?

—El tiempo que el camino quiera matarnos.

—Eso no es una fecha.

—No.

Audrey miró hacia Malcolm.

—¿Y los mensajeros?

Él ya sabía qué significaba aquella pregunta.

No hablaba únicamente de su padre ni de Douglas; también hablaba de Inglaterra y de la posibilidad de marcharse, de la única salida que Audrey seguía contemplando como si, en cualquier momento, alguien pudiera abrirle la puerta y devolverle la vida que le habían arrebatado.

—No llegarán, no se pueden mandar cartas.

Ella respiró despacio.

—Está diciendo que no puedo escribir a mi familia.

—Puede escribir. La carta podrá odiarme en un cajón hasta que el camino deje de intentar tragarse hombres.

—No tiene gracia.

—No intentaba tenerla.

—Estoy incomunicada.

—Está a salvo.

Audrey permanecía de pie frente a él, mojada, fría, furiosa, demasiado hermosa para su paz y demasiado orgullosa para su propio bien.

Detrás de ella, la señorita Worth murmuraba sobre secuestros climáticos.

Jane parecía a punto de llorar. Edward observaba todo como si ya estuviera analizando las fatales consecuencias.

Los MacKinnon seguían atrapados bajo el mismo techo.

El clan entero había visto a la Hamilton regresar con el plaid del laird.

Malcolm no había querido hacer una declaración. No había querido darle al viejo Iain una historia para alimentar el fuego durante diez inviernos. No había querido que Fiona dijera en voz alta aquello que todos habían pensado en silencio.

Solo había querido cubrir a una mujer que temblaba.

Mentira.

También había querido tocarla.

También había querido sentirla contra él en el caballo. También había querido, durante un instante oscuro y salvaje, que la tierra de Glenmuir decidiera por los dos aquello que ninguno estaba dispuesto a admitir.

Audrey se giró hacia la entrada del castillo sin esperar su permiso.

—Jane. Señorita Worth. Edward. Entramos.

—Con muchísimo gusto —dijo la anciana—. Antes de que alguien me case con una manta por accidente.

Ewan soltó una carcajada que se ganó una mirada asesina de Malcolm.

Audrey subió los escalones.

No miró atrás.

Malcolm se quedó en el patio, con el plaid mojado en la mano y la lluvia cayéndole sobre el pelo, el cuello, el tartán y todo cuanto quedaba de su buen juicio.

Fiona se acercó lo justo para hablar sin que todos la oyeran, aunque en Glenmuir eso era casi una fantasía.

—No debería haberlo dicho.

—No.

—Pero no era mentira.

Malcolm la miró.

Fiona no retrocedió. Era una MacKinnon. Las mujeres de las islas no nacían para retroceder con facilidad.

—No la he reclamado.

—Entonces no la cubra, mi laird, como si lo hubiera hecho.

Malcolm apretó la mandíbula.

—Vigila tu lengua, Fiona.

—Solo digo que es demasiado inglesa para Glenmuir, laird.

Malcolm no respondió.

Fiona continuó.

—Las mujeres como ella llegan con buenas intenciones, libros de cuentas y normas nuevas.

Primero cambian la casa. Después deciden quién puede sentarse a la mesa y quién deja de ser recibido porque sus botas ensucian demasiado el suelo.

Hoy los MacKinnon seguimos siendo bienvenidos porque el laird recuerda que los clanes se ayudan unos a otros cuando llegan los malos años.

Pero si algún día Glenmuir empieza a parecerse a una gran casa inglesa...

me temo que los pobres dejaremos de entrar por la puerta principal.

Malcolm clavó los ojos en ella.

—Fiona.

Ella bajó la voz.

—No digo que vaya a ocurrir. Solo digo que eso es lo que temo.

Y se marchó hacia dentro del castillo con esa dignidad feroz que empezaba a resultarle familiar en demasiadas mujeres.

Ewan apareció a su lado, empapado y feliz de seguir vivo.

—Bueno.

—No.

—Ni siquiera he hablado.

—No.

—Solo iba a decir que será mejor que entremos, la lluvia no para.

Malcolm cerró los ojos un instante.

Luego miró hacia la puerta por la que Audrey había desaparecido.

La había dejado ir porque no era un ladrón de mujeres.

La había dejado ir porque Glenmuir no debía convertirse en una jaula.

La había dejado ir porque una mujer como Audrey Hamilton no podía ser tomada por la fuerza sin que él se convirtiera en el monstruo que ella creía ver cuando lo miraba demasiado tiempo.

Pero las Highlands se la habían devuelto.

Mojada.

Furiosa.

Envuelta en su tartán.

Y Malcolm Sinclair, laird de Glenmuir, duque por título y highlander por sangre, no era hombre de despreciar aquello que su tierra le ponía dos veces en las manos.