Capítulo 9 #2
Audrey no respondió. Pero Malcolm notó que la tensión de sus hombros cedía un grado. Solo uno. Suficiente para que su espalda rozara por fin su pecho.
El mundo se redujo a eso.
A la cintura de Audrey bajo su mano.
A la curva rígida de su espalda pegándose a él cada vez que Ruadh avanzaba sobre el terreno irregular. A la necesidad salvaje de inclinar la cabeza y respirar en el hueco de su cuello.
No lo hizo.
—Está temblando —constató él.
—No.
—Entonces mi caballo ha aprendido a mentir.
—Tengo frío, no miedo.
—No he dicho miedo.
Porque no era miedo lo que él sentía bajo su mano.
Era frío.
Rabia.
Vida.
Malcolm soltó las riendas un instante, se desabrochó el broche del hombro y tiró del plaid empapado. La pesada lana se desprendió con un sonido húmedo. Audrey giró un poco la cabeza.
—¿Qué hace?
—Evitar que se congele antes de volver a insultarme.
—No necesito...
No terminó.
Malcolm le echó el plaid Sinclair sobre los hombros.
No con delicadeza.
No como un caballero inglés colocando un chal sobre una dama en una terraza.
La envolvió.
Brusco. Firme. Casi enfadado.
La lana oscura cayó sobre el abrigo azul de Audrey, cubriéndole los hombros, parte del pecho y las manos. La tela que representaba a los Sinclair, de color verde profundo, azul de noche y líneas rojas, se pegó a ella como si la hubiera estado esperando toda una vida.
Malcolm se quedó sin aire durante un segundo.
Grave error.
Su plaid no debía quedarle tan bien a alguien como ella.
No debía hacer que el rostro pálido de Audrey pareciera más luminoso. No debía convertirla, ante sus ojos, en algo imposible de nombrar: una Hamilton cubierta por colores Sinclair, una inglesa atrapada en lana de su clan, una mujer que no era suya y que, durante un instante, lo pareció.
Audrey bajó la vista al tartán.
—Está mojado.
—También usted.
—Qué gesto tan inútil.
—La ayudará a mantenerse más caliente.
Ruadh avanzó.
El regreso fue más lento de lo que Malcolm habría deseado y más corto de lo que su cuerpo podía soportar.
Audrey permanecía delante de él, envuelta en su plaid, con la espalda cada vez menos rígida a medida que el calor de ambos quedaba atrapado bajo la lana mojada.
Cada bache la acercaba a él. Cada movimiento del caballo la obligaba a aceptar su brazo alrededor de la cintura.
Ni una vez le pidió que la soltara.
Eso fue lo que estuvo a punto de destruirlo.
A mitad del camino, Audrey habló.
—No parece preocupado por mi regreso.
—Lo estoy.
—No lo parece.
—Mostrar preocupación no resuelve nada.
Malcolm miró la nuca de Audrey. Un mechón negro se había soltado del peinado y se pegaba a la piel blanca bajo el sombrero. Tenía ganas de tocarlo, de acariciarle la piel, de besarla si era necesario... pero sabía que no se quedaría en un beso, que la devoraría, así que se quedó quieto.
El viento les golpeó de lado. Audrey se estremeció bajo el plaid. Malcolm apretó un poco el brazo alrededor de su cintura antes de poder evitarlo.
Ella lo notó.
Él también.
No dijo nada.
La habría soltado si hubiera sido otro momento. Otra mujer. Otra vida. Pero el camino seguía resbaladizo, el caballo descendía por una curva estrecha y Malcolm necesitaba esa mano allí.
O eso se dijo.
Audrey procuró concentrarse en la lluvia, en el barro que salpicaba los cascos de Ruadh y en el movimiento constante del caballo. Así como en los otros caballos que los seguían. No estaban solos.
Era imposible.
Pero la cercanía del laird la estaba devorando por completo.
Notaba su brazo fuerte y enorme en su cintura, el calor que desprendía pese al frío y la respiración grave que, a intervalos irregulares, rozaba el ala de su sombrero.
Cada paso del caballo la empujaba un poco hacia atrás.
Contra él.
Intentó mantener la espalda erguida, dejando el mayor espacio posible entre ambos, pero el terreno no se lo permitió. Una nueva sacudida la hizo deslizarse apenas unos centímetros.
Sintió algo duro contra la parte baja de la espalda.
Frunció ligeramente el ceño.
Debía de ser el arzón de la silla.
O quizás alguna de las correas del equipo de montar escocés, tan incómodo y exagerado como todo lo demás en aquellas montañas.
No le dio más importancia.
Lo verdaderamente desconcertante era otra cosa.
El calor.
Aquel hombre parecía inmune al frío. Bajo la lluvia, con el kilt empapado y el viento golpeándolos sin descanso, seguía irradiando una temperatura que terminaba filtrándose bajo el plaid que la cubría y alrededor de ella.
Resultaba absurdo.
Y, sin embargo, cuando una ráfaga helada volvió a azotarla, descubrió que, por primera vez desde que había llegado a Glenmuir, no podía ocultar su temblor a pesar de haberlo negado.
Cuando llegaron al patio de Glenmuir, todo el castillo estaba mirando.
Por supuesto.
Los hombres salieron de los establos. Las mujeres se acercaron desde los pasillo.
El viejo Iain Sinclair apareció junto a la puerta con su bastón, como si hubiera olido una desgracia jugosa desde el otro lado de la colina.
La señora MacNair esperaba con mantas secas y una expresión que no prometía indulgencia a nadie.
Los MacKinnon seguían allí.
Sus caballos estaban preparados para partir, pero no se habían movido. Sir Alasdair discutía con alguien. Fiona estaba junto a la puerta principal, esperando su regreso.
Todos vieron primero el caballo.
Después a Malcolm.
Después a Audrey.
Y por último el plaid Sinclair sobre los hombros de la hija del duque de Hamilton.
Los rostros de todos se alteraron un poco, pero Malcolm conocía demasiado bien aquellas expresiones. Maldijo en gaélico por lo bajo. Audrey giró ligeramente la cabeza; había oído el improperio, aunque no entendió una sola palabra.
—¿Qué ha dicho?
—Nada que necesite entender.
Ruadh se detuvo. Malcolm bajó primero. Después alzó las manos hacia Audrey.
Ella miró sus manos. Luego el patio. Luego a él.
—Puedo bajar sola.
—No desde mi caballo, con el suelo así.
—Siempre tiene una respuesta.
—Y usted siempre una objeción. Baje.
Audrey apretó la boca.
Pero se inclinó.
Malcolm la tomó de nuevo por la cintura.
La sensación fue peor la segunda vez porque ya la esperaba.
La levantó con cuidado, más del que su gesto dejaba ver, y la depositó sobre la piedra húmeda. Sus manos tardaron un segundo de más en soltarla. Audrey también tardó un segundo de más en apartarse.
Nadie dijo nada.
Ese fue el problema.
El viejo Iain lo solucionó.
—Vaya —dijo con la voz de la experiencia—. Los caminos de Glenmuir tienen costumbres curiosas. Una dama sale inglesa y vuelve cubierta de Sinclair.
La señorita Worth, que acababa de llegar en el caballo de Ewan con el rostro blanco y completamente congelada, se quedó más paralizada de lo que su cuerpo ya estaba.
—¿Qué quiere decir eso?
Fiona no la miró. Miraba a Audrey.
—En las Highlands, milady, un laird que cubre a una mujer con su plaid, es oficialmente suya.
Audrey permaneció inmóvil mientras el patio parecía aguantar la respiración de una forma casi audible. Nadie se atrevió a moverse, ni siquiera a fingir que no miraba. Entonces Malcolm apartó por fin la vista de ella y se volvió hacia Fiona y Iain.
—Basta.
Fiona levantó la barbilla.
—No he inventado las viejas costumbres.
—No las invoques para divertirte.
—No me divierte.
Eso sí era verdad. Fiona miró a Audrey con una expresión difícil de descifrar. No había odio en sus ojos, pero tampoco simpatía; solo una seriedad que bastó para dejar claro que no pensaba bajar la guardia.
—Puede que en Inglaterra solo sea lana, milady. Aquí es otra cosa —dijo Iain.
La señorita Worth soltó un sonido inarticulado.
—¿Otra cosa? ¿Qué otra cosa? ¿Qué otra cosa puede ser una prenda mojada?
Iain Sinclair golpeó el suelo con el bastón.
—En mis tiempos, si el laird traía a una mujer al patio cubierta con su tartán, las viejas ya estaban calentando pan para la boda.
—Viejo Iain —advirtió Malcolm.
—No he dicho que sea una ley. He dicho que las viejas eran rápidas.
Ewan, que acababa de desmontar unos pasos más allá, se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa. Malcolm le dirigió una mirada tan severa que bastó para borrársela del rostro.
Audrey, ajena a ambos o fingiendo estarlo, bajó despacio la vista hacia el plaid que descansaba sobre sus hombros.
Su expresión no se alteró, pero Malcolm, que con creciente exasperación había aprendido a descifrar los matices de aquel rostro impecable, reconoció el preciso instante en que lo comprendió todo.
No se trataba de una obligación legal ni de una cláusula del contrato, sino de un símbolo, y Audrey Hamilton detestaba cualquier símbolo que escapara a su control y la atara a él.
Con una serenidad que solo era aparente, alzó una mano para desprenderse del plaid , pero no llegó a conseguirlo, porque Malcolm, antes de ser consciente de lo que hacía, ya había cerrado la mano sobre uno de los extremos de la tela.
—No.
Ella alzó la mirada.
El patio entero pareció inclinarse hacia ellos.
—¿Perdón?
Malcolm no la soltó.
—Está empapada. Entrará, se secará y después podrá quemar el tartán si eso la hace feliz.
—No quemo prendas que no me pertenecen.
—Qué alivio para mi guardarropa.
—Laird.
—Milady.
La tensión entre ambos podría haber partido una piedra.
Audrey habló con una calma tan fría que el aire pareció bajar varios grados.
—Estas tradiciones no tienen sentido en este año. No tienen base legal. No tienen valor fuera de los cuentos de hombres que roban ovejas y creen que una mujer puede señalarse con lana como si fuera una yegua.
Un murmullo recorrió el patio.
Malcolm levantó una mano.
El murmullo murió.
Ella siguió:
—Usted no pensó en eso cuando me lo puso sobre los hombros.
Malcolm sostuvo sus ojos.
Tenía razón.
Y no.
No había pensado en el viejo significado.
Había pensado en su frío, en su piel helada, en la necesidad brutal de cubrirla con algo suyo porque no soportaba verla desprotegida bajo la lluvia.
Lo cual quizás era peor.
—No —dijo él—. No lo pensé.
Fiona arqueó una ceja, como si aquella confesión le pareciera más peligrosa que cualquier mentira.
Audrey se quedó quieta.