Capítulo 9
Pasó menos de una hora antes de que Angus regresara al galope.
El caballo llegó cubierto de barro hasta el pecho. El muchacho se detuvo en el patio con tal brusquedad que varios hombres salieron de los establos antes de que Malcolm hubiera dado una orden.
No hizo falta.
El patio entendió el peligro antes que las palabras.
—¡Laird! —gritó Angus, saltando al suelo—. El paso norte está cortado.
Malcolm ya caminaba hacia él.
—¿Dónde?
—En el puente de Achnaburn. El agua ha crecido. Un roble cayó sobre el camino y parte del muro cedió. Hay piedras por todas partes. La rueda del carruaje se hundió antes de cruzar.
—¿Heridos?
—No. Pero no pueden avanzar.
—¿Retroceder?
—Con el carruaje, no sin descargarlo. Y el arroyo sigue subiendo.
Malcolm sintió que algo frío y violento se le cerraba alrededor del pecho.
—¿Lady Hamilton?
—Está bien, laird.
Bien.
La palabra debería haberlo calmado.
No lo hizo.
—Ensilla a Ruadh —ordenó—. Ewan, conmigo. Callum, lleva seis hombres. Cuerdas, hachas y dos palas. Hamish, que nadie salga por el camino norte hasta que vuelva. MacNair, prepara fuego en el vestíbulo y mantas secas.
La señora MacNair apareció en la puerta como si hubiera estado allí todo el tiempo.
—Ya están preparándose.
—Bien.
Fiona, que todavía no se había ido, lo miró con preocupación.
—Nosotros también debemos salir por ese paso.
—Ahora no sale nadie —dijo Malcolm.
Sir Alasdair soltó una maldición.
—¿Nadie?
Malcolm se giró hacia él.
—¿Quiere probar si su orgullo flota mejor que sus caballos?
Sir Alasdair cerró la boca y Malcolm subió a su caballo.
Tenía la sangre ardiendo.
No por Audrey, se dijo mientras montaba.
No por la imagen de ella atrapada en un camino estrecho, rodeada de barro, con el vestido mojado y la barbilla levantada aunque estuviera helada.
No por ella.
Por Glenmuir.
Por sus caminos.
Por su gente.
Ruadh salió al galope bajo la lluvia.
El camino hacia Achnaburn descendía entre colinas cubiertas de brezo oscuro y piedra gris.
El agua corría por los surcos, convertía la tierra en barro espeso y golpeaba las patas de los caballos como si quisiera arrastrarlos hacia abajo.
Malcolm cabalgaba al frente, con el plaid empapado pegado al hombro y el tartán pesándole sobre las piernas.
La lluvia le entraba por el cuello.
No le importaba.
Ewan lo alcanzó a su lado.
—Si sonríes menos, asustarás al clima.
—No hables.
—Era por mejorar el ánimo.
—No lo mejores.
Ewan miró el camino.
El rugido del arroyo llegó antes que la visión del puente.
Achnaburn era, normalmente, un cruce estrecho de piedra sobre un agua rápida pero manejable.
Ese día no era así. El arroyo bajaba hinchado, marrón, furioso, arrastrando ramas y espuma.
Un roble yacía atravesado sobre la entrada del puente.
Varias piedras del muro lateral se habían desprendido y bloqueaban parte del camino.
El carruaje Hamilton estaba detenido antes del paso, ladeado, con una rueda hundida hasta el eje en barro.
Y allí estaba Audrey.
Fuera del carruaje.
Bajo la lluvia.
Por supuesto.
Edward estaba a su lado, discutiendo con Robbie. La señorita Worth asomaba medio cuerpo por la ventanilla con un frasco de sales en la mano y una expresión de haber sido personalmente traicionada por Escocia. Jane sujetaba una manta sobre las manos sin saber a quién ofrecérsela primero.
Audrey llevaba el abrigo empapado. El sombrero se le había inclinado un poco. Un mechón negro se le pegaba a la mejilla. Las gotas descendían por su cuello pálido hasta perderse bajo el borde del vestido.
Y temblaba.
Malcolm lo vio desde el caballo y sintió que su cuerpo entero reaccionaba con una violencia que no era digna de un hombre sensato.
No le excitaba el miedo. No había miedo en ella, o no quería mostrarlo.
Lo que lo golpeaba era esa debilidad mínima en su perfección.
La prueba de que debajo del mármol había carne.
Calor. Pulso. Una mujer viva peleando contra el frío y contra su propio orgullo.
Maldita fuera.
Se bajó de Ruadh antes de que el caballo se detuviera del todo.
—¿Quién le dijo que saliera del carruaje? —preguntó él, sin cortesía.
—Buenos días también a usted, laird —replicó Audrey, girándose hacia él con el rostro pálido, los labios ligeramente morados por el frío y el pelo todo pegado a su piel. Estaba más hermosa que nunca.
—No lo son —contestó él, intentando no pensar en lo hermosa que era esa condenada mujer. En la forma perfecta de su rostro, en su barbilla ligeramente puntiaguda, en su cuello largo y sedoso, en sus pechos apretados contra la ropa mojada... y debía parar.
—Eso ya lo había deducido.
Malcolm miró el camino, el roble, las piedras, la corriente.
—Nadie cruza.
—Eso me han dicho.
—Y nadie envía mensajeros.
Audrey se quedó inmóvil.
Ahí sí.
Ahí la frase llegó hondo.
—¿Perdón?
—El Achnaburn está desbordado. El camino oeste está peor. El sur necesita dos días de rodeo con clima seco, y no tenemos clima seco. Ningún hombre llegará a Inglaterra hasta que esto baje o abramos paso.
La señorita Worth emitió un sonido ahogado desde el carruaje.
—¿Está diciendo que estamos incomunicados?
Malcolm no apartó los ojos de Audrey.
—Estoy diciendo que siguen vivas. Es la parte importante.
—Para usted quizás —respondió Audrey, todavía negándose a perder su compostura inglesa.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Ewan, que también había desmontado y ya empezaba a ayudar a la señorita Worth.
—Depende de la lluvia.
—No ha dejado de llover en días —dijo Audrey.
—Entonces ya conoce la respuesta.
Ella apretó los labios.
Malcolm miró a los hombres.
—Callum, lleva a la doncella hacia el castillo. Robbie, saca a los caballos del tiro antes de que se asusten. Angus, ata cuerda al eje. Nadie pisa el puente hasta que yo lo diga.
Los hombres se movieron.
No corrieron sin sentido. Obedecieron.
Audrey observó aquello con los ojos fríos, aunque Malcolm volvió a ver el temblor. La lluvia le había empapado las pestañas. Una gota descendió por su sien. Otra se detuvo en su labio inferior.
Malcolm apartó la mirada porque se sorprendió pensando en quitarla con la boca.
No con los dedos.
Con la boca.
Dios.
—Volverá conmigo —dijo.
Audrey parpadeó.
—No.
—No era una pregunta.
—Entonces debería haberlo sido.
—Su carruaje no saldrá de aquí con usted dentro mientras esa rueda siga hundida y el camino ceda bajo el agua. Ewan llevará a la señorita Worth, irán detrás de nosotros. Edward puede tomar uno de los caballos de tiro.
—Y yo puedo esperar dentro.
—Puede congelarse dentro.
—No soy tan delicada.
—No he dicho que lo sea.
—Lo ha pensado.
—He pensado muchas cosas de usted, milady. Ahora mismo ninguna ayuda.
Audrey no supo qué pensar.
—No montaré con usted.
—Sí.
—Laird Sinclair.
—Lady Hamilton.
Edward miró de uno a otro.
—Audrey, quizás sea lo más práctico.
Ella le lanzó una mirada.
—Tú no ayudes.
—Intento no morir aquí.
La señorita Worth anduvo con dificultad hasta ellos con la ayuda del joven Ewan.
—¿Montar? ¿Con él? ¿En el mismo caballo? ¡Eso es imposible!
—Imposible no. Incómodo para la virtud, quizás —dijo Ewan, sin soltar la mano de la vieja carabina.
—Señor Sinclair, algún día me matará usted de disgusto.
—No seré el primero en intentarlo, imagino —rio Ewan.
Malcolm no tenía paciencia para aquello.
Se acercó a Audrey.
Ella no retrocedió.
Porque era Audrey Hamilton y preferiría ser arrastrada por el arroyo antes que concederle a un highlander la satisfacción de verla apartarse.
Malcolm se detuvo delante de ella. Muy cerca. Lo bastante para sentir su perfume bajo la lluvia, ahora mezclado con algo más salvaje que jabón inglés. Gardenias arruinadas por las Highlands. Jabón fino vencido por el viento. Mujer inglesa atrapada en territorio Sinclair.
—Voy a levantarla —dijo en voz baja—. Solo lo necesario.
—No necesito que me levante.
—Su orgullo no pesa tanto como para impedirme hacerlo.
—Tóqueme más de lo debido y descubrirá cuánto pesa mi mano —se indignó Audrey, abriendo sus ojos azules por la ofensa de forma desmesurada.
Quizás era le primera emoción que veía Malcolm en ella, sintió una risa oscura subirle al pecho, pero no la dejó salir.
—Espero que golpee mejor que su hermano.
Y entonces la cogió en volandas.
Las manos se le cerraron en la cintura.
No fue un roce.
No fue cortesía.
Fue contacto verdadero.
El cuerpo de Audrey se tensó bajo sus dedos.
Malcolm sintió el corsé, la tela empapada, la estructura rígida de una dama hecha para permanecer recta incluso bajo una tormenta.
Pero también sintió la fragilidad de su cuerpo femenino entre sus palmas, la ligereza insultante de su cuerpo cuando la alzó, el sobresalto contenido en la forma en que sus dedos buscaron un instante sus hombros.
No se aferró.
Audrey Hamilton no se aferraba a nadie.
Pero lo tocó.
Y Malcolm estuvo a punto de perder el juicio.
La levantó como si no pesara nada y la colocó sobre la silla, de lado, delante de él. La falda mojada se acomodó con dificultad. Ella intentó ordenar la tela con una dignidad que habría sido cómica si él no estuviera demasiado ocupado respirando.
Después montó detrás.
El caballo se movió bajo ambos.
Audrey quedó rígida.
Su espalda no llegó a tocar del todo el pecho de Malcolm porque ella se esforzaba en mantener un espacio imposible. Malcolm tomó las riendas con una mano y pasó la otra alrededor de su cintura para asegurarla.
Ella dejó escapar un sonido mínimo.
No un suspiro.
No una protesta.
Algo peor.
Algo que no era una palabra.
Malcolm sintió el cuerpo endurecerse hasta el dolor. Agradeció la lluvia, el tartán oscuro y el caos del camino. Agradeció cualquier cosa que impidiera a los demás ver hasta qué punto esa mujer lo estaba convirtiendo en una bestia con solo respirar delante de él.
—Relájese —murmuró él junto a su oído.
—Preferiría caer al barro.
—El barro no la llevaría de vuelta a Glenmuir.
—Tampoco discutiría conmigo.
—Se equivoca. El barro de Glenmuir discute con todo.