La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Demasiado tarde para al menos dos de esas cosas.

La anciana lo fulminó con la mirada.

Audrey no apartó los ojos de Malcolm.

—No vine hasta aquí para humillarlo.

—Lo dudo mucho, milady.

—Solo vine para demostrarle que no soy un caballo, y creo que ha quedado claro. Ahora me iré para no regresar jamás... por todo lo demás, solo espero que Dios se apiade de este lugar.

Fiona soltó una risa breve. Sir Alasdair le dirigió una mirada de advertencia.

—Glenmuir no encierra a mujeres que no desean quedarse —dijo Malcolm al fin.

Algo cambió en los ojos de Audrey.

—Me alegra oírlo.

—Angus y Robbie irán de escolta.

—No he pedido escolta.

—No he pedido su aprobación.

—Voy con mi hermano, mis lacayos y mi doncella.

—Y con una carabina que casi muere por culpa de una gaita.

—¡Laird! —protestó la señorita Worth.

—No llegará a la frontera sin hombres que conozcan los caminos —continuó Malcolm, sin mirarla—. La lluvia ha hinchado los arroyos. El paso norte se vuelve traicionero con este tiempo.

—He cruzado media Escocia para llegar hasta aquí, creo que podré deshacer el camino sin ayuda.

—Pero ha tardado solo tres días en querer deshacerlo, no conoce nada de este lugar, necesita mi ayuda para regresar.

—Ya he visto cuanto necesitaba ver, se lo aseguro.

—Entonces el viaje habrá merecido la pena, pero mi escolta irá con usted.

Esta vez nadie se rio. El vestíbulo quedó quieto, lleno de respiraciones que temían molestarlos, de ojos viejos y jóvenes, de clanes que fingían no escuchar mientras lo escuchaban todo.

Audrey sostuvo su mirada.

—Como desee, si eso significa que hemos terminado aquí.

Se giró hacia la puerta. Y Malcolm, que había prometido no retenerla, la dejó marchar.

No se movió.

No habló.

No la llamó por su nombre, ni por su título, ni le recordó el pacto ni mencionó Brodick. Si ella quería marcharse, que lo hiciera. No iba a arrastrase ni arrastrarla a ella.

Solo observó cómo el vestido azul oscuro, los guantes claros, el perfume imposible y el orgullo Hamilton salían de su casa hacia la lluvia.

Ewan se acercó a su lado.

—Lo has hecho muy bien.

—Cállate.

—Casi parecía que no querías ir tras ella.

Malcolm giró la cabeza lentamente.

—No soy un ladrón de mujeres, Ewan.

—No he dicho que lo fueras.

—Si una mujer no quiere quedarse, se va.

Ewan lo observó con menos humor.

—¿Y si la necesidad decide otra cosa? Te recuerdo que se acaba de ir una gran dote por esa puerta.

Malcolm miró hacia la puerta abierta. La lluvia entraba en diagonal, fina y persistente, mojando la piedra del umbral.

Poco después, los MacKinnon también abandonaron el vestíbulo, obligándolos a todos a salir al patio.

El carruaje de los Hamilton aguardaba frente a la escalinata, oscuro, elegante y completamente fuera de lugar entre la piedra mojada, los perros, los hombres con tartán y el barro de Glenmuir.

Jane subía con ayuda de uno de los lacayos; la señorita Worth, envuelta en capas, daba gracias a Dios de que todo hubiera terminado mientras se acomodaba en su asiento frente Audrey y Edward permanecía junto a la portezuela, de pie todavía.

Los tres baúles estaban sujetos con correas. Los lacayos ingleses tenían ese gesto rígido de quien intenta mantener la dignidad mientras un perro mojado olisquea una rueda. Angus y Robbie, los dos hombres que Malcolm había asignado como escolta, esperaban ya montados a ambos lados del vehículo.

Detrás, los MacKinnon empezaron a ocupar el patio con el mismo desorden orgulloso con que habían ocupado el vestíbulo. Sir Alasdair daba órdenes junto a los establos; dos mozos sacaban las monturas; Fiona ajustaba los guantes con expresión de no necesitar ayuda de nadie.

—Seis reses —gruñó Sir Alasdair, aún irritado por la conversación anterior—. Paso durante tres meses y una carta al banco. No crea, Sinclair, que olvido las condiciones.

—Me tranquiliza saber que puede recordar tres cosas a la vez —respondió Ewan.

La señorita Worth, desde la portezuela, se giró hacia Audrey.

—¿Es necesario que sigan hablando de ganado, bancos y agravios delante de todo el mundo?

—En Glenmuir, al parecer, los asuntos privados no existen —contestó Audrey, que ya se había instalado en el interior del carruaje con toda la comodidad necesaria; de hecho, había sido la primera en hacerlo.

Edward, que había oído aquello, no sonrió. Estaba mirando a Fiona.

Ella también lo notó.

—¿Quiere añadir algo, lord Hamilton? —preguntó la joven MacKinnon desde junto a su montura, haciendo brillar su larga trenza roja y sus ojos verdes e impertinentes.

Edward tardó un instante en responder.

—No. Solo estaba comprobando si todos los clanes escoceses son igual de orgullosos cuando piden ayuda.

Fiona entrecerró los ojos.

—Los ingleses aceptan favores con más facilidad, supongo.

—No sabría decirlo. No soy del todo inglés.

—Su abrigo no está de acuerdo.

Edward bajó la vista hacia su propia ropa.

—Mi abrigo no opina de política.

Ewan soltó una carcajada. Fiona no sonrió, pero algo en sus ojos se encendió con una irritación distinta a la primera vez que vio a Edward Hamilton.

Audrey asomó la cabeza entonces por la portezuela del carruaje.

—Edward.

Su hermano obedeció.

Fiona miró a Audrey como si ambas se hubieran entendido sin desearlo. Dos herederas, dos mujeres rodeadas de hombres que decidían demasiado, aunque jamás lo admitirían en voz alta. Pero, aun así, se detestaban.

Malcolm contempló la escena desde la escalinata, inmóvil y con cara de pocos amigos.

Audrey se obligó a no mirarlo.

La portezuela del carruaje se cerró con un chasquido seco y, un instante después, el vehículo se puso en marcha, alejándose con la dignidad impecable de todo lo inglés: reluciente, ordenado y orgulloso.

Ella mantuvo la vista al frente mientras las ruedas se alejaban sobre la grava.

No se giró.

Y aun así, sentía sobre la piel el peso de aquellos ojos verdes y contrariados.

Malcolm observó hasta que el carruaje cruzó el arco. No se movió. Ni siquiera cuando la última rueda desapareció entre la neblina.

—Laird —dijo Hamish desde detrás—. Sobre los MacKinnon...

—Dales lo acordado.

—¿Y si no pueden devolverlo?

—Entonces tendremos otro problema.

—Tenemos muchos.

—Uno más no se sentirá solo.

Hamish suspiró con desesperación, pero obedeció. Malcolm observó la cortina gris de lluvia que se tragaba el camino.

Audrey Hamilton se había marchado.

Debería haber sentido alivio pese al problema económico porque Audrey Hamilton era un problema con piernas largas y ojos demasiado bonitos.

En lugar de eso, tenía la desagradable sensación de que las Highlands aún no habían pronunciado la última palabra.