Capítulo 8
Malcolm Sinclair no rompió nada.
Ese fue, a su juicio, el mayor acto de diplomacia que había ofrecido a los Hamilton desde que la hija mayor del duque de Hamilton, lady Audrey Hamilton, había puesto un pie en Glenmuir.
La armería olía a hierro viejo. La lluvia golpeaba los ventanucos estrechos con una insistencia que llevaba días acabando con la paciencia del castillo entero.
Sobre las paredes descansaban espadas antiguas, pistolas que habían conocido mejores tiempos, dagas de empuñadura oscura y una claymore —una gran espada de dos manos usada por los guerreros de las Tierras Altas de Escocia— tan grande que ningún hombre sensato habría pensado en usarla en el siglo presente.
Malcolm la sostuvo de todos modos.
No para entrenar.
No para recordar glorias muertas.
Para no imaginar el rostro de Audrey Hamilton cuando había abierto aquella libreta encuadernada en cuero y le había pedido una cifra.
Una maldita cifra.
Como si Glenmuir fuera una propiedad a la que pudiera colgarse un precio.
Como si los niños que corrían por los pasillos, los hombres que subían al tejado bajo la lluvia, las mujeres que remendaban lana junto al fuego y los viejos que aún recordaban nombres enterrados pudieran reducirse a una columna de números bajo la firma de Alexander Hamilton.
Como si él pudiera aceptar el dinero de esa inglesa perfecta y seguir mirándose al espejo sin escupir contra su propio reflejo.
La hoja de la claymore cortó el aire con un silbido grave. Demasiado lento.
Malcolm ajustó la postura, hundió los pies en la piedra fría y volvió a blandirla.
Otra vez.
Y otra.
El kilt Sinclair se le movía con cada giro.
La lana rozaba sus muslos, libres bajo el tartán como lo habían usado los hombres de su sangre mucho antes de que Londres empezara a dictar qué partes de un hombre debían avergonzarse de existir.
En Glenmuir, algunos usos viejos seguían siendo más testarudos que la moral inglesa.
No siempre eran cómodos. Aquella mañana, con el cuerpo irritado, la sangre caliente y el recuerdo de Audrey demasiado vivo, resultaban casi una condena.
Porque ella seguía allí.
No en la armería.
No delante de él.
Pero sí en su cabeza.
Lady Audrey Hamilton, con sus guantes blancos, sus ojos fríos y esa boca hecha para dar órdenes como si las hubiera aprendido antes que las oraciones.
Una inglesa remilgada.
Una dama de seda.
Una hija de duque que miraba los pasillos de Glenmuir como si quisiera limpiarlos con la punta de los dedos.
No debería desearla.
No le gustaban las inglesas. No le gustaba su forma de fingir que el mundo era más decente si se hablaba en voz baja y se servía el té en porcelana fina. No le gustaban los salones, ni las reverencias, ni las mujeres educadas para parecer ofendidas por la vida misma.
Y, sin embargo, desde que Audrey Hamilton caminaba por su castillo, Malcolm llevaba el cuerpo en tensión.
Había empezado con el perfume.
Maldita fuera.
Su perfume no era fuerte ni vulgar. No gritaba riqueza como el de tantas damas que había conocido de paso. Era algo más peligroso: limpio, caro, suave. Un rastro de gardenias, quizás. Jabón fino. Ropa seca guardada entre flores.
Ese aroma no pertenecía a Glenmuir.
Ella tampoco.
Y aun así lo había llevado por los pasillos como si el castillo tuviera que aprender a respirar de otra manera.
Malcolm bajó la espada. Tenía las manos tensas sobre la empuñadura. Los nudillos blancos. La cicatriz vieja que le cruzaba el índice derecho tiraba un poco con el frío.
—Si la espada ha insultado a tu madre, deberías darle la oportunidad de disculparse —dijo Ewan desde la puerta.
Malcolm no se giró.
—Lárgate.
—Ah. Entonces no era la espada.
—Ewan.
Su primo entró en la armería. Llevaba el pelo rojo revuelto por el viento, una camisa abierta bajo el chaleco y la expresión de un hombre que encontraba diversión en permanecer con vida después de provocar al laird.
—La Hamilton se marcha.
La claymore quedó inmóvil. Malcolm no se permitió reaccionar.
—Bien.
—Qué palabra tan genérica hasta para ti, Malcolm.
—Si has venido a decirme algo útil, dilo. Si no, ahí está la puerta.
Ewan se apoyó contra una mesa donde descansaban varios cuchillos viejos.
—Lady Audrey ha ordenado que preparen su carruaje y sus lacayos no han perdido el tiempo, ya lo están haciendo.
Su doncella empaqueta con la urgencia de quien teme ser devorada por las paredes.
La señorita Worth ha declarado que solo Dios, un médico inglés y un colchón sin olor a humedad podrán salvarla.
Lord Edward intenta fingir que no le duele el labio. Y Fiona MacKinnon se ha reído.
Malcolm dejó la espada sobre el soporte con demasiado cuidado.
—¿Fiona se ha reído de qué?
—De todo, supongo. Es Fiona.
—Los MacKinnon debían partir después del mediodía.
—Siguen en ello. Sir Alasdair discute con Hamish sobre reses, paso norte y una carta para el banco. En el vestíbulo. Delante de todos, por supuesto.
Malcolm soltó el aire por la nariz.
—En Glenmuir no existe la privacidad. ¿Es necesario que los ingleses lo oigan todo?
—La señorita Worth acaba de descubrirlo. Está horrorizada. Creo que empieza a comprender que somos un castillo moralmente perdido.
Malcolm tomó un paño y se limpió las manos.
No quería preguntar.
Lo hizo de todos modos.
—¿Lady Audrey ha pedido verme?
Ewan sonrió.
—No.
Algo oscuro se le movió en el pecho.
—Mejor.
—Eres un mentiroso lamentable para ser tan poco educado.
Malcolm le lanzó el paño. Ewan lo esquivó con una risa y salió al pasillo antes de que su primo decidiera arrojarle algo más contundente.
Malcolm permaneció unos segundos en la armería.
Audrey se marchaba.
Debería haberlo previsto; de hecho, había hecho una apuesta consigo mismo de cuántos días duraría en su castillo. Había apostado cuatro días, habían sido tres.
El problema Hamilton regresaría a Inglaterra envuelto en sus propios lazos.
Alexander enviaría abogados. Cartas. Tal vez amenazas.
Quizás dinero disfrazado de solución elegante como había hecho su primogénita.
Malcolm podría odiarlos a distancia, que siempre era más cómodo que odiar a una mujer cuyos ojos le habían hecho perder la paciencia y cuyo temblor lo había excitado más que treinta furcias.
Sí.
Era mejor que se marchara.
Glenmuir no necesitaba una inglesa paseándose por sus pasillos como si fuera una reina encarcelada.
Él tampoco.
Malcolm salió de la armería.
El castillo rugía a su alrededor como cada mañana.
Un niño pasó corriendo por el pasillo hasta que una criada lo atrapó de la oreja y le siseó algo en gaélico.
Dos hombres cargaban sacos de grano hacia la despensa.
Desde el salón llegaba la voz grave de sir Alasdair MacKinnon, seguida por la de Hamish, seca y paciente como una lápida.
Y luego la vio.
Audrey Hamilton estaba en el vestíbulo, junto a la escalinata, vestida para marcharse sin mirar atrás.
Por supuesto que estaba perfecta.
Había escogido un vestido de viaje gris perla, el mismo que había usado el día que hablaron en el salón, bajo un abrigo azul oscuro de corte impecable.
El sombrero sujetaba su pelo negro con alfileres precisos, aunque algunos mechones escapaban junto a sus sienes.
Sus guantes eran blancos. Nuevos. Sin sangre.
Sin una sola arruga que pudiera delatar el nerviosismo del cuerpo que cubrían.
Su doncella, Jane, permanecía detrás, pálida, con un bolso de mano, quizás ese mismo del que Audrey había sacado el talonario.
La señorita Worth parecía envuelta en más capas que una reliquia sagrada.
Edward, con el labio todavía hinchado, observaba el vestíbulo en silencio.
Fiona MacKinnon estaba cerca de la puerta, hablando con sir Alasdair, pero sus ojos se desviaron hacia Audrey en cuanto Malcolm apareció.
Todo el mundo miró.
En Glenmuir siempre miraban.
Audrey también.
No se sobresaltó. No bajó la vista. No permitió que su rostro mostrara nada parecido a alivio, disgusto o vacilación.
—Laird —saludó, inclinando la cabeza de forma que él pudiera verle todo el pelo negro. Siempre recogido con esa severidad... ¿cómo sería verlo suelto?
—Milady.
La palabra salió más áspera de lo que pretendía.
—Partiré antes del mediodía —informó, sin emoción ninguna, como si fuera una estatua. Pero él sabía que eso era mentira.
—Eso he oído.
—Entonces no tendré que repetirlo.
—No.
Silencio.
La señorita Worth miró de uno a otro como si temiera que ambos estuvieran a punto de resolver aquello con cuchillos. Edward no intervino.
Fiona, por desgracia, parecía disfrutar.
Audrey habló con una tranquilidad que a Malcolm le irritó hasta los huesos y quizás algo más que no era necesario pronunciar.
—Agradezco la hospitalidad de Glenmuir.
—No suena agradecida.
—Me esfuerzo.
—No lo suficiente.
Un brillo frío cruzó los ojos de Audrey.
Ahí estaba.
Sangre bajo el mármol.
Malcolm sintió que el cuerpo le respondía con una violencia humillante. No era ternura. No era afecto. Era algo más bajo, más primitivo, más difícil de dominar.
Deseo, sí. Rabia también. Una necesidad absurda de acercarse, tomarla de la cintura y descubrir si su compostura sobreviviría al contacto de un hombre que no llevaba guantes, ni modales pulidos, ni intención de pedir perdón por respirar demasiado cerca.
No lo hizo. Se quedó quieto.
—Mi padre se ocupará de contestar a sus reclamaciones por los cauces adecuados —dijo ella.
—¿Con más talonarios?
El golpe dio en el blanco. Audrey no palideció. Era demasiado orgullosa para concederle eso. Pero sus dedos se tensaron.
—Si se refiere a mi ofrecimiento de anoche...
—Me refiero a su intento de comprar un problema que ni siquiera ha entendido.
—Entiendo perfectamente que Glenmuir necesita dinero.
—Glenmuir necesita muchas cosas. Su caridad no es una de ellas.
—Por favor, que nadie diga nada que requiera una pelea, abogados o matrimonio —murmuró la señorita Worth, cerrando los ojos.
Ewan, que había aparecido detrás de Malcolm sin que nadie lo invitara, susurró: