La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Audrey bajó la vista a sus propias manos. Llevaba guantes color crema. Nuevos. Impecables. Había cambiado los anteriores porque la sangre de Edward no se borraba de la tela blanca.

—Ha cambiado los guantes —se fijó Malcolm.

—Tengo varios pares.

—Por supuesto.

La lluvia golpeó el cristal con más fuerza.

Desde alguna parte del castillo llegó una voz en gaélico, lejana, y después una risa de mujer.

La vida de Glenmuir continuaba a su alrededor sin saber que en aquella galería había algo tensándose entre ellos de una forma que no pertenecía a pactos ni a deudas.

Malcolm miró su mano.

—Su mano tiembla.

Audrey se quedó rígida.

—Se equivoca.

—No suelo equivocarme con las manos.

El calor le subió al rostro con una traición imperdonable. No lo bastante para que cualquiera lo viera. Pero Malcolm no era cualquiera y eso la enfureció.

—Yo nunca tiemblo, laird.

—Usted no se permite reaccionar como cualquier persona. Pero tiembla... yo lo veo.

La frase fue demasiado certera.

—Sabe muy poco sobre lo que me permito.

—Sé que es usted orgullosa. Sé que es fría cuando le conviene. Sé que mira este castillo como si quisiera limpiarlo con la punta de sus guantes. Y sé que no está tan tranquila como finge.

No había burla en su voz. Ninguna. Eso lo hacía más peligroso.

Audrey dio un paso atrás, aunque habría preferido no hacerlo. Malcolm no la siguió, pero tampoco apartó los ojos de ella.

—No vuelva a mirarme como si pudiera leerme, laird.

—Entonces deje de analizarme como si fuera un problema de sociedad, milady —replicó Malcolm, dando un paso hacia ella—. No me subestime. No soy un necio incapaz de comprender lo que intenta hacer.

—¿Y qué intento hacer?

—Ganar tiempo. Convencerme de aceptar cualquier solución excepto la que no le gusta.

Audrey alzó la barbilla.

—Quizás porque existen soluciones mejores.

—¿Mejores para quién?

—Para todos.

Malcolm soltó una risa breve, sin humor.

—Ahí está. Esa es exactamente la mirada que me irrita.

—¿Qué mirada?

—La de una mujer convencida de que sabe más que todos los demás.

Audrey llamó a Jane. Mientras Malcolm la observaba sin comprender, la doncella le acercó el bolso de viaje. Audrey rebuscó en su interior y sacó una pequeña libreta encuadernada en cuero.

—Muy bien. Pongamos fin a esto ahora mismo.

Malcolm frunció el ceño.

—¿Qué está haciendo?

—Lo mismo que haría cualquier persona sensata.

Tomó la pluma.

—Dígame la cantidad.

El silencio cayó entre ellos.

—¿La cantidad?

—La cifra que necesita para salvar Glenmuir. La escribiré y el asunto habrá terminado.

Los ojos de Malcolm se volvieron peligrosamente fríos.

—Guarde eso.

—No.

—He dicho que lo guarde.

—¿Por qué? ¿No es esto lo que quiere? ¿Dinero?

—No vuelva a insultarme de esta forma.

—Entonces no vuelva a tratarme como una moneda de cambio  —dijo ella.

Malcolm sostuvo su mirada.

Audrey quiso odiarlo por aquello. Por la carta.

Por el pacto. Por haberla obligado a cruzar media Escocia cuando debería estar escogiendo vestidos para su primera temporada en Londres.

Por hablar de matrimonio como si fuera una cláusula más de un contrato.

Por ser tan orgulloso que prefería perderlo todo antes que aceptar ayuda.

Lo hizo.

Un poco.

Pero también odió la parte de sí misma que no se movió de inmediato. La parte que seguía ahí, mirando a un hombre que suponía su ruina.

—Buenas noches, laird —dijo al fin.

Su voz sonó perfecta.

Gracias a Dios.

—Buenas noches, milady.

Audrey caminó hacia su habitación sin apresurarse. No le daría a Malcolm Sinclair el placer de verla huir. Al llegar a la puerta, no miró atrás. Eso habría sido una derrota pequeña, pero derrota al fin.

Entró, cerró y apoyó la espalda en la madera durante un segundo mientras dejaba caer su bolso a un lado.

Después bajó la vista a la carta.

Glenmuir había decidido demasiado por ella desde su llegada: dónde sentarse, cuándo hablar, bajo qué techo dormir, qué peligros debía aceptar, qué nombre se le daba delante de un clan entero.

Era hora de marcharse de allí y no volver la vista atrás. Dejar que su padre enviara abogados, contratos y todo el peso del nombre Hamilton. Probablemente era lo que debería haber hecho desde el principio.

Pero había querido verlo con sus propios ojos.

Quería conocer al hombre que había reclamado una hija Hamilton. Quería comprobar si Malcolm Sinclair era el bruto arrogante que había imaginado desde ese desayuno en Hamilton Lodge.

Y ahora lo había visto.

Había visto su orgullo, su obstinación y su capacidad para irritarla en apenas unas palabras. Había visto un castillo que se caía a pedazos y una interminable lista de problemas.

Eso era lo que había visto.

Lo demás no importaba.

Ni Isla Mairi.

Ni Ewan.

Ni el viejo Iain.

Ni aquella absurda lealtad que parecía unir a todo Glenmuir alrededor de Malcolm Sinclair.

Nada de eso tenía relación con ella.

Nada de eso iba a viajar de regreso a Inglaterra.

Se repitió aquellas palabras una vez.

Luego otra.

Y una tercera.

Sin conseguir creer ninguna.

Porque el verdadero problema no era Malcolm Sinclair.

El verdadero problema era que había empezado a comprender por qué todos los demás lo seguían.