Capítulo 7 #3
—En Glenmuir una pelea llega a las habitaciones de los enfermos antes que el caldo. Su hermano golpea bien para ser inglés.
—No es inglés.
—Eso dicen todos hoy —Audrey no respondió. Isla la observó un momento más—. No lo digo para ofenderla.
—En Glenmuir tienen una forma extraña de evitar ofensas.
—En eso estoy de acuerdo con usted.
Esta vez Audrey sí sonrió.
Poco.
Isla también. Después tosió, más fuerte. Audrey dio un paso instintivo hacia ella y se detuvo cuando la joven levantó la mano.
—No.
La orden fue pequeña, pero clara.
Audrey permaneció donde estaba.
Isla respiró con lentitud. Le costó. No mucho, o quizás sí; era difícil saberlo porque ella estaba tan decidida a no mostrarlo como Audrey a no parecer afectada.
—Mi hermano cree que puede dar órdenes hasta a la fiebre —dijo al fin, con voz más débil.
—¿Y puede?
—Todavía no. Pero no pierda la esperanza. Tiene mucha práctica ordenando al resto del mundo.
—Eso sí lo he notado.
—Entonces tal vez sobreviva a las Highlands.
—No estoy tan convencida.
Los pasos de la señora MacNair sonaron al fondo del pasillo. Isla enderezó la espalda con una rapidez que casi hizo caer la manta.
—Váyase.
—¿Perdón?
—Si MacNair me encuentra hablando aquí como si no tuviera pulmones defectuosos, me llevará a la cama y culpará a la inglesa.
—No me ofende cargar con una culpa menor.
—No es menor en esta casa. Mi hermano colecciona culpas de mi enfermedad como otros hombres coleccionan caballos.
—No diré que la he visto fuera de la cama —aceptó Audrey.
—Eso sería amable.
—No lo hago por amabilidad. No tengo fuerzas para otro despliegue de autoridad Sinclair.
Isla sonrió de nuevo, más clara esta vez.
—Entonces tenemos algo en común, lady Audrey.
Audrey inclinó la cabeza.
—Buenas tardes, lady Mairi.
—Buenas tardes. Y, lady Audrey...
Audrey se detuvo en la puerta.
—¿Sí?
—No deje que Malcolm decida por usted. Quiero a mi hermano, pero a veces es insufrible.
El consejo fue tan inesperado que Audrey tardó en contestar.
—No suelo dejar que los hombres decidan por mí.
—Mejor. A los hombres les hace falta esa clase de decepción de vez en cuando.
Audrey salió de la salita antes de que la señora MacNair apareciera y antes de que otra sonrisa imprudente la delatara.
No miró atrás.
Pero pensó en Douglas.
No porque Isla fuera una muchacha enferma y él un hombre de fuerza fácil.
No porque aquello tuviera sentido. No lo tenía.
Aun así, durante un instante imaginó a Douglas entrando allí, insolente, ruidoso, protector...
y a Isla Mairi Sinclair mirándolo como si estuviera dispuesta a morderlo antes de aceptar su ayuda.
La imagen fue tan absurda que Audrey aceleró el paso.
Glenmuir ya estaba causando demasiados estragos en su imaginación.
Encontró a Malcolm en la galería de las ventanas altas.
La lluvia golpeaba los cristales con una constancia suave.
Estaba lloviendo, otra vez. El cielo se había oscurecido antes de tiempo y el pasillo olía a Malcolm, a un perfume masculino natural.
Al fondo, una criada desapareció escaleras abajo con una cesta de ropa.
La puerta de la habitación de la señorita Worth estaba entreabierta.
No era una escena indebida. No con la puerta abierta, el pasillo expuesto y medio castillo respirando detrás de las paredes.
Y, aun así, Audrey sintió la necesidad de enderezar la espalda.
Malcolm estaba junto a la ventana. No se giró de inmediato, pero ella supo que la había oído. Había en él una quietud demasiado consciente, la clase de quietud de un hombre acostumbrado a detectar pasos antes de ver cuerpos.
—Milady.
—Laird.
Él bajó la vista a la carta que ella llevaba sin sellar.
—¿A Hamilton Lodge?
—A mi padre.
—¿Le dirá que sigo vivo?
—Por ahora.
La boca de Malcolm se curvó un poco.
—¿Y al hermano que golpea mejor?
—También he escrito a Douglas.
—Entonces debería advertirle de que Tavish se marcha. Tal vez eso le ahorre el viaje.
—No conoce a Douglas.
—Estoy empezando a temerlo.
Audrey habría debido seguir caminando. La habitación verde estaba a pocos pasos. Su carabina tenía la puerta abierta. Jane probablemente estaría ordenando el baúl. Nada la obligaba a permanecer allí, en aquel tramo de galería donde la lluvia parecía aislarlos del resto del castillo.
Pero se detuvo.
No por deseo de hablar con él.
Por necesidad de entender.
Eso era peor.
—No sé si lo entiendo, laird.
Malcolm guardó la carta en el interior de su chaqueta.
—¿A los MacKinnon?
—A usted.
La respuesta tuvo efecto. No un efecto visible para cualquiera. Malcolm no era un hombre de sobresaltos. Pero Audrey vio la leve tensión en su mandíbula, el cambio mínimo en sus ojos verdes, la forma en que pareció endurecerse antes de dejarla acercarse demasiado con palabras.
—No he pedido que me entienda.
—No. Usted pide poco. Prefiere exigir.
Algo cruzó su rostro. Una sombra. No dolor, no exactamente. Más bien reconocimiento.
—Sí.
La honestidad de aquella sola palabra la desarmó más que un discurso.