Capítulo 7 #2
—Si Fiona MacKinnon es heredera de Eilean Ròs, escocesa y miembro de un clan antiguo, ¿por qué no se casa con ella?
—Audrey —quiso intervenir Edward.
Ella no lo miró, sino que miró fijamente a los ojos de Malcolm.
—Es una pregunta práctica.
Los ojos de Malcolm se oscurecieron.
No de vergüenza. No de sorpresa.
De ofensa.
—¿Práctica?
—Usted necesita salvar Glenmuir. Ella necesita protección. Sus tierras parecen valiosas. A primera vista, un matrimonio entre Sinclair y MacKinnon resolvería varios problemas. Incluso podría librar a los Hamilton de los suyos.
Jane bajó los ojos.
La señorita Worth se llevó las sales a la nariz con tanta fuerza que Audrey temió que aspirara también el frasco.
Malcolm no se movió durante varios segundos. Cuando habló, su voz fue amenazante. Más peligrosa que si hubiera gritado.
—Fiona es una niña para mí.
Audrey no apartó la mirada, aunque comprendió al instante que había tocado un punto distinto al que pretendía.
—Tiene casi la edad de mi hermano —continuó Malcolm—.
La vi correr por este patio con las rodillas llenas de barro cuando apenas levantaba dos palmos del suelo.
La he visto morder a un mozo porque intentó quitarle una navaja.
La he visto llorar por su madre y fingir que era una mota de polvo en su ojo.
Si cree que puedo mirarla y ver una esposa, se equivoca de hombre.
Aquello, por alguna razón, la dejó incómoda.
Quizás porque el reproche era justo.
Quizás porque Malcolm no había usado palabras hermosas, pero sí palabras que no admitían réplica fácil.
Audrey alzó el mentón un poco más.
—He planteado una posibilidad política, no una fantasía romántica.
—Y yo le respondo como laird, ya que insiste en buscar soluciones desde una silla inglesa.
Si me caso con Fiona, Eilean Ròs no se salva.
Queda absorbida por Glenmuir. Los abogados podrían llamarlo alianza.
Los periódicos podrían llamarlo conveniencia.
Los clanes lo llamarían lo que es: un Sinclair devorando a los MacKinnon por medio de una muchacha.
Edward dejó de tocarse el labio.
La señorita Worth, por una vez, no dijo nada.
Malcolm siguió, más frío:
—Fiona no vino a ofrecerse como tributo. Vino a pedir protección. Y no pienso convertir una petición de ayuda en un contrato de posesión.
La frase golpeó a Audrey porque se parecía demasiado a lo que ella misma llevaba días intentando decir.
Una mujer no era un pago.
Una heredera no era una isla con enaguas.
Una hija Hamilton no era una firma pendiente.
—Sin embargo —dijo Audrey, despacio, sin cambiar el tono perfecto de su voz—, no tiene tantos reparos cuando se trata de Brodick.
Malcolm apretó la mandíbula.
—Brodick figura en un pacto.
—Y yo también, según usted.
—Usted no figura en ninguna parte.
—Pero estoy aquí.
—Porque eligió venir.
—Después de que usted escribiera una carta reclamando una hija Hamilton como si pudiera elegir entre dos caballos de cría.
—No elegí.
—No. Solo exigió.
El silencio fue violento, pero tampoco fue la discusión del patio. Había más madurez ahora. Más peligro. Ambos recordaban la sangre reciente, los ojos del clan, la forma en que un insulto podía levantar a un muchacho de dieciséis años y convertir una comida en un campo de batalla.
Malcolm dio otro paso, todavía dentro de los límites aceptables.
—No buscar amor no significa aceptar cualquier matrimonio útil, milady. Ni siquiera para mí.
Audrey sintió que la frase se le clavaba de una forma absurda.
—Pensé que no buscaba amor.
—No lo busco.
—Entonces ¿qué busca?
La pregunta le salió perfecta, sin rastro de emoción. Malcolm tuvo que mirarla dos veces para asegurarse de que era humana y no una estatua de mármol.
—Cumplimiento —respondió él al fin—. Una deuda saldada. Una casa que no se venga abajo sobre los niños que duermen en ella.
—Y una esposa.
—Si eso exige el pacto.
—Qué frío suena cuando lo dice así.
—Pensé que lo vería como una cualidad.
Audrey debería haber respondido que sí. La sociedad entera funcionaba sobre mentiras limpias, bien vestidas, ofrecidas en bandejas de plata. Pero aquel castillo no sabía mentir con elegancia. Ni Malcolm tampoco.
—No —dijo—. Preferiría que no tuviera derecho a decirlo.
Por primera vez desde que entró, algo cambió en él. No fue ternura. Malcolm no se suavizaba. Pero la aspereza de sus ojos perdió un borde.
—En eso quizás estemos de acuerdo.
La respuesta la desconcertó.
No la absolvió.
No lo absolvió.
Malcolm giró hacia la puerta, dando por terminada la conversación. Audrey, sin embargo, no había terminado.
—¿Ayudará a los MacKinnon aunque Glenmuir esté como está?
Él se detuvo. La luz del pasillo le tocó el perfil. Parecía cansado durante un instante. No derrotado. Nunca derrotado. Pero sí gastado por demasiadas obligaciones que nadie le había preguntado si quería cargar.
—Si un laird solo protege cuando le sobran recursos, no es un laird.
La frase fue seca. Casi brusca. Como si le molestara haber tenido que pronunciar algo tan básico.
Audrey no encontró respuesta.
No porque no supiera hablar. Sabía. Había sido educada para llenar silencios, cortarlos, controlarlos. Pero aquel no era un silencio social. Era una frontera entre dos formas de entender el mundo.
Malcolm inclinó la cabeza hacia Edward.
—MacNair enviará hielo, o lo más parecido que tengamos, para el labio.
—Gracias —dijo Edward.
—No vuelva a golpear a nadie antes de la cena.
—No prometo nada si vuelven a insultar a mi familia.
—Entonces asegúrese de golpear mejor.
—¡Laird! —exclamó la señorita Worth.
Malcolm la miró.
—Veo que ha aceptado el título.
—No lo he aceptado. Se me ha escapado por la impresión.
—En Glenmuir empezamos todos así.
Y salió.
La señorita Worth se hundió en la silla con el frasco de sales apretado contra el pecho.
—Ese hombre es un peligro para las normas.
Edward, a pesar de la sangre, pareció pensarlo.
—No solo para las normas.
Audrey no dijo nada.
Seguía mirando la puerta.
Y eso le molestó más que cualquier otra cosa.
Audrey encontró a Isla Mairi Sinclair poco antes del atardecer, en una salita estrecha del ala sur donde el fuego ardía con más fuerza que en el resto del castillo.
No había ido allí a propósito. Al menos, eso se dijo mientras caminaba por los pasillos con una carta sin sellar para su padre en la mano y demasiadas frases tachadas en la cabeza. Había intentado escribir la verdad y no había encontrado modo de hacerlo sin traicionarse.
«Malcolm Sinclair es un bruto».
Era cierto.
«Malcolm Sinclair ha reclamado algo que no tiene derecho a reclamar».
También era cierto.
«Glenmuir está más cerca de la ruina de lo que imaginábamos».
Cierto.
«Su gente lo necesita».
Cierto.
«No parece disfrutar de esta situación».
Detestable, pero también cierto.
Nada de aquello podía ponerse en una carta a Alexander Hamilton sin provocar que su padre ensillara un caballo, cruzara media Escocia y redujera Glenmuir a una pila de piedras más pequeñas.
Así que Audrey caminaba.
Y entonces oyó una tos.
No fue un ataque fuerte, pero tuvo esa sequedad profunda que parecía venir de un lugar preocupante. La puerta de la salita estaba entreabierta. Dentro, una joven envuelta en una manta intentaba alcanzar un libro que había caído cerca de la alfombra. El esfuerzo era ridículo y digno al mismo tiempo.
Audrey entró sin anunciarse, recogió el libro y se lo ofreció.
—Creo que esto intentaba escapar.
Isla Mairi Sinclair levantó la vista.
De cerca parecía aún más frágil que el día anterior.
El cabello rubio oscuro le caía suelto sobre los hombros, apagado por la enfermedad; los pómulos estaban demasiado marcados; los labios, pálidos.
Pero los ojos grises no tenían nada de débil.
Eran ojos despiertos, irónicos, orgullosos.
Ojos que detestaban que alguien los mirase con pena.
—Supongo que debo darle las gracias —dijo Isla, aceptando el libro.
—Lady Mairi —inclinó un poco la cabeza Audrey.
—Isla Mairi, si desea ser exacta. Aunque en esta casa mi hermano cree que puede reducirlo todo a dos sílabas y una orden.
—En mi familia también abundan los nombres acortados.
—¿Demasiados hermanos?
—Demasiadas personas con derecho a llamarme cuando quieren algo.
Isla inclinó la cabeza, considerándolo.
—Eso sí suena a familia.
Audrey apretó la carta en su mano. Isla lo vio. Por supuesto que lo vio. Era una Sinclair; aparentemente ninguno de ellos permitía que un detalle sobreviviera sin ser observado.
—¿Carta a Inglaterra?
—A mi padre.
—¿Le ha dicho ya que mi hermano es insoportable?
—Estoy buscando una forma diplomática.
—No la encontrará. Malcolm no cabe en una frase diplomática.
Aquello sí le arrancó a Audrey una sonrisa pequeña, casi involuntaria.
Isla se acomodó mejor entre los cojines, como si aquel gesto mínimo fuera una victoria.
—¿Ha venido a verme o a perderse con elegancia por el ala sur?
—No estaba perdida.
—Y si lo estuviera, tampoco lo reconocería.
—Entonces caminaba sin propósito definido.
—Mucho más elegante. Muy inglés.
—Medio inglés.
—Claro. Los Hamilton son escoceses cuando alguien se lo discute.
Audrey habría debido ofenderse.
No lo hizo.
El comentario no sonó como el de Fiona. No tenía veneno. Solo cierta curiosidad mal dirigida.
—¿Y los Sinclair son desagradables siempre o solo cuando tienen visita?
—Siempre. Con visita hacemos un esfuerzo por empeorar.
Audrey miró el libro que Isla tenía entre manos. No era una novela ni un volumen de poesía, sino un tratado de botánica bastante ajado.
—¿Lee sobre plantas?
—Leo sobre remedios. La señora MacNair cree que todas las hierbas sirven para curar algo. Yo intento averiguar si alguna sirve para curar a las personas que no dejan de opinar sobre mi salud.
—No he venido a opinar sobre su salud.
—Pero lo ha pensado.
—He pensado que parece usted cansada.
—Eso no es una opinión. Es tener vista.
Audrey aceptó el golpe con una inclinación leve de cabeza.
—Entonces mi vista funciona.
—Mejor que la prudencia, por lo que dicen.
Audrey entendió de inmediato.
—¿La pelea?