La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

La sangre de Edward no era mucha, pero bastó para que Audrey comprendiera una cosa: Glenmuir convertía cualquier palabra en un problema.

Su hermano estaba sentado frente a ella en un pequeño gabinete cercano al pasillo principal, con el labio partido, el orgullo magullado y esa mirada demasiado seria que le recordaba a su padre cuando intentaba fingir que nada le dolía.

Audrey sostenía un paño húmedo entre los dedos y le limpiaba la sangre con cuidado, aunque por dentro seguía oyendo el golpe seco del puño de Edward contra la mandíbula de Tavish MacKinnon.

En Hamilton Lodge, un insulto se habría respondido con una retirada fría, una mirada bien colocada o una carta formal escrita al día siguiente.

En Glenmuir, un insulto había terminado con un banco volcado, voces en gaélico, sangre en su guante y Malcolm Sinclair sujetándole la muñeca como si tuviera derecho a comprobar si ella estaba herida.

No tenía derecho.

Aun así, sus dedos habían sido cálidos.

Audrey apretó el paño con más fuerza de la necesaria.

—Estate quieto.

Edward hizo una mueca.

—Estoy quieto.

—No lo suficiente.

—¿Quieres curarme o castigarme?

—Ambas cosas son compatibles.

La señorita Worth, instalada en una silla junto a la ventana, aspiró sus sales con un gemido bajo.

Había recuperado el color, aunque no la fe en Escocia.

Jane permanecía cerca de la puerta, con una jofaina limpia entre las manos y el rostro pálido de quien acababa de descubrir que los clanes escoceses tenían una idea muy distinta de la sobremesa.

—No sé qué ha sido más espantoso —murmuró la anciana—. La gaita, la pelea o el hecho de que nadie pareciera realmente sorprendido.

Edward intentó sonreír y volvió a abrirse el labio.

Audrey lo miró sin compasión.

—Hazlo otra vez y pediré una aguja.

—No me amenaces con costura, Audrey. Es indigno incluso para ti.

—No te habría amenazado con nada si hubieras decidido conservar la razón en el salón.

Edward bajó la mirada.

Ese gesto la ablandó más de lo que quería.

Seguía siendo su hermano menor. Alto ya, más fuerte de lo que su aire tranquilo hacía pensar, con el pelo rubio desordenado y sangre en la boca, pero su hermano menor al fin y al cabo.

El niño que de pequeño había desmontado un reloj para averiguar por qué el tiempo no podía ir hacia atrás.

El que observaba demasiado y hablaba poco.

El que nunca daba un golpe sin saber exactamente por qué.

Hasta hoy.

—Nos llamó traidores —se excusó él, en voz baja.

Audrey dejó el paño sobre la mesa y tomó otro limpio.

—Lo oí.

—Llamó traidor a padre.

—También lo oí.

—Y a ti.

—Edward.

—No podía quedarme sentado.

No era una disculpa. Era una confesión.

Audrey le limpió el borde de la herida con más suavidad.

—No te pido que no sientas rabia. Te pido que recuerdes dónde estamos. Aquí cada gesto se convierte en algo público. Un golpe no es solo un golpe. Es un Hamilton golpeando a un MacKinnon bajo el techo de un Sinclair.

—Suena ridículo cuando lo dices así... pareces una de ellos.

—Solo estoy aprendiendo sus costumbres.

La señorita Worth alzó la barbilla desde su silla.

—Yo diría que lo peligroso es que unos jóvenes de dieciséis años beban ale y hablen de robar ovejas como si fueran Aquiles y Héctor.

—No bebí ale —dijo Edward.

—Peor. Lo hiciste sobrio.

Audrey casi sonrió. Casi. No era el momento y, además, Edward aún se sentía humillado.

—Fiona lo provocó —dijo él al cabo de un silencio.

Audrey alzó la vista.

Ahí estaba.

No Tavish. No el golpe. No la sangre.

«Fiona».

—¿Fiona MacKinnon? —preguntó, aunque sabía perfectamente a quién se refería.

—Primero dijo lo de que eras inglesa. Luego lo de la seda. Lo preparó para que Tavish continuara. Sabía lo que hacía.

—¿Y eso te preocupa tanto?

—No me preocupa.

—La has nombrado sin que nadie la mencionara.

Edward le lanzó una mirada ofendida.

—Esa muchacha es horrible.

—Nadie ha dicho que no.

—Arrogante, maleducada, hostil y demasiado satisfecha de sí misma.

—Veo que no has reparado en ella en absoluto.

—Audrey.

—Solo digo que tienes una lista muy completa para alguien que no piensa en ella.

Él se inclinó hacia atrás con cuidado de no rozarse el labio.

—No pienso en ella.

La señorita Worth abrió un ojo.

—Eso espero, porque esa joven es lo más parecido a un suicidio moral. Ningún caballero debería fijarse en ella, por muy guapa que sea.

—Señorita Worth —dijo Edward, entre espantado y herido.

—No me mire así. Llevo muchos años observando desastres antes de que se conviertan en bodas.

Audrey sí sonrió entonces, un poco, mientras doblaba el paño manchado. Edward fingió no verlo. Era mejor así.

Llamaron a la puerta.

El sonido fue breve, seco, sin timidez.

Jane miró a Audrey, que asintió.

Cuando la doncella abrió, Malcolm Sinclair estaba en el umbral.

No entró.

Eso fue lo primero que Audrey notó. El laird de Glenmuir permaneció al otro lado de la puerta abierta, alto, oscuro, con el tartán de gala todavía cruzándole el cuerpo.

A su espalda, el pasillo parecía más estrecho.

La luz de la tarde se apoyaba en sus hombros y en la línea firme de su mandíbula.

No había rastro del esfuerzo que había hecho unos minutos antes al apartar a Tavish como si el muchacho no pesara.

Ni una respiración alterada. Ni una señal de cansancio.

Malcolm Sinclair parecía hecho de piedra, terquedad y una irritante falta de arrepentimiento.

—Lord Edward —dijo—. ¿Puede hablar?

Edward se incorporó.

—Puedo.

Audrey notó que su hermano intentaba sonar más entero de lo que estaba.

Malcolm también lo notó, pero no lo comentó.

—Como hemos comentado en el salón, Tavish MacKinnon saldrá de Glenmuir antes de que termine la tarde. Sir Alasdair responderá por él. No volverá a acercarse a ningún Hamilton dentro de mis muros. Solo quería asegurarme de que quedara claro.

Edward tardó un segundo.

—Gracias.

—No lo hago por usted —La frase habría sonado cruel en otro hombre. En Malcolm sonó simplemente cierta. Su mirada bajó al labio partido—. Deje de mover la boca o volverá a sangrar.

Edward abrió la boca. Audrey lo amenazó con la mirada. Su hermano la cerró otra vez.

La señorita Worth aspiró las sales con renovado vigor.

—Una visita muy instructiva, desde luego.

Malcolm la miró.

—Señorita Worth.

—Laird —respondió ella, con la resignación de quien ha perdido una batalla moral.

Una sombra mínima de sonrisa apareció en la boca de Malcolm.

Audrey la vio.

Le molestó.

No porque él sonriera, sino porque esa pequeña alteración cambiaba su rostro. Lo hacía menos severo. Más humano. Y ella no quería humanidad en Malcolm Sinclair. La humanidad complicaba las cosas.

—Sir Alasdair y Fiona MacKinnon permanecerán hasta mañana —continuó él—. El asunto del paso norte aún no está resuelto.

Edward endureció la mandíbula. La herida protestó. No hizo falta que Audrey dijera nada; el dolor lo obligó a quedarse quieto.

—¿Qué asunto han venido a resolver exactamente? —preguntó ella.

Malcolm no respondió de inmediato. Sus ojos se posaron en ella un instante más de lo necesario. Audrey sintió la revisión silenciosa: el vestido impecable, las manos enguantadas de nuevo, el mentón alto, la falta de temblor. O la apariencia de falta de temblor.

—No creo que le interese.

—Si ocurre bajo el mismo techo donde se me llama prometida inglesa, me interesa bastante.

—Milady —corrigió la señorita Worth desde su silla.

Audrey no la miró.

Malcolm entró un paso en el gabinete. Solo uno.

Aún había una distancia correcta, una puerta abierta y cuatro personas en la estancia, pero el aire cambió, sobre todo porque para Audrey, Malcolm olía a alguna clase de elixir pecaminoso que ya no estaba dispuesta a seguir ignorando.

Malcolm olía bien, eso podía aceptarlo para sí misma, sin sentirse derrotada.

—Eilean Ròs está en dificultades —dijo—.

La tormenta del mes pasado estropeó el embarcadero.

Sin él, no pueden mover lana ni pescado con regularidad.

Han perdido ganado por enfermedad y el banco que tiene parte de sus deudas ha decidido que una heredera joven es más fácil de presionar que un jefe viejo.

Edward bajó el pañuelo.

—Fiona.

—Fiona —confirmó Malcolm.

La palabra no llevaba ternura. Tampoco frialdad. Era un nombre que Malcolm colocaba dentro de un problema, como hacía con todo.

Audrey se volvió hacia él.

—¿Han venido a pedir dinero?

—No directamente.

—Qué expresión tan escocesa.

—Significa que necesitan acceso temporal al paso norte, varias reses para reponer las pérdidas y mi respaldo frente a un banco que espera comprar la isla por menos de lo que vale cuando los MacKinnon estén demasiado cansados para resistir.

La señorita Worth dejó de oler las sales.

—¿Y aun así se sientan a discutir sobre ovejas robadas como si estuvieran en una fiesta de pueblo?

—Los clanes pueden pedir ayuda y odiarse un poco al mismo tiempo —respondió Malcolm—. Es una tradición más antigua que la mayoría de nuestros títulos.

Audrey no sonrió, tampoco mostró emoción alguna.

La explicación convertía a Fiona en algo más que una joven insolente con trenza y ojos feroces.

La convertía en una muchacha rodeada de hombres que esperaban verla fallar.

En la última heredera de una isla que podía desaparecer bajo una firma.

En alguien obligada a mostrarse indomable porque cualquier debilidad invitaría a los demás a vencerla.

Audrey conocía demasiado bien el precio de no mostrar debilidades.

Y eso la contrarió.

No quería comprender a Fiona MacKinnon.

Ya tenía bastante con empezar a comprender, contra su voluntad, a Malcolm Sinclair.

—Entonces la señorita MacKinnon tiene tierras —dijo ella.

Edward giró la cabeza hacia ella, como si ya supiera adónde iba. La señorita Worth murmuró algo parecido a una oración.

Malcolm permaneció muy quieto.

Audrey dejó el paño limpio sobre la mesa y se levantó. No era una pregunta que pudiera hacerse sentada junto a una jofaina con sangre. Era una pregunta de mesa de negociación. De apellido. De poder.