Capítulo 6 #3
Malcolm se acercó a Edward. El muchacho no retrocedió. Audrey sintió un orgullo absurdo por él.
Malcolm le tendió un pañuelo limpio que alguien debió de entregarle, o que quizás llevaba encima. Edward dudó un instante antes de aceptarlo.
—En Glenmuir hay insultos que se responden con puños —resolvió Malcolm—. Pero no en mi mesa. No cuando hay mujeres sentadas a ella. Y no cuando los MacKinnon buscan una excusa para olvidar que vinieron a pedir ayuda.
Fiona apretó los dientes al oírlo.
Edward se llevó el pañuelo al labio.
—No soy un niño.
—Ya lo sé —La respuesta de Malcolm fue tan serena que resultó inesperada. Audrey percibió el cambio al instante. El laird bajó la vista hacia el pañuelo manchado de sangre antes de volver a mirarlo—. Precisamente por eso esperaba más juicio de usted, lord Hamilton.
Edward bajó la mirada.
Y aquella fue, quizás, la primera vez en toda la escena que pareció realmente avergonzado.
Fiona lo observaba desde el otro lado del salón.
Ya no sonreía. Ya no había desprecio puro en su rostro. Tampoco admiración. Fiona MacKinnon no parecía hecha para regalar admiración a nadie, mucho menos a un Hamilton. Pero miraba a Edward de otra forma.
Como si el inglés no fuera tan inútil.
Como si, quizás, tuviera dientes.
Ewan se acercó con la naturalidad de quien llevaba toda la vida apagando incendios.
—Tavish se marchará antes de que termine la tarde —informó a Malcolm—. Sir Alasdair no está precisamente complacido, pero obedecerá.
—No me preocupa su estado de ánimo.
Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Ewan.
—No había llegado a una conclusión diferente.
La señorita Worth regresó entonces, sostenida por el lacayo que todavía llevaba el frasco de sales. Se detuvo al ver el banco volcado, a Edward con sangre, a Audrey con el guante manchado y a Malcolm en medio del salón como si acabara de decidir el destino de varios hombres.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó con voz débil.
—Bienvenida a las Highlands, señorita Worth —dijo Ewan—. Espero que no hubiera imaginado una estancia tranquila.
—Por Dios Santo que jamás imaginé tal cosa, muchacho.
Audrey retiró lentamente el guante manchado. La tela se resistió un poco en los dedos. La sangre de Edward seguía roja contra el color blanco.
Malcolm la observaba.
Ella lo notó.
—Cambie de guantes, milady —dijo él.
—Es solo sangre, no me asusto tan fácilmente aunque todos aquí parecen creerlo.
—Yo no lo creo.
La frase no fue dramática ni fue dicha para impresionarla.
Por eso la impresionó.
Audrey cerró la mano alrededor del guante manchado.
Notó la tela húmeda contra la palma. Notó el ruido del salón intentando volver poco a poco, las voces bajas, los bancos colocándose en su sitio, los perros regresando junto al fuego, la gaita arrastrada lejos de allí.
Notó a Edward a su lado, dolido y humillado.
Notó a Fiona mirando desde lejos. Notó a Malcolm, demasiado cerca incluso cuando ya no la tocaba.
Y comprendió que Glenmuir había dejado de ser simplemente un castillo viejo y lleno de goteras. Algo había cambiado en el instante en que la sangre apareció sobre el pañuelo blanco de Edward.
No porque ella perteneciera allí.
No porque deseara hacerlo.
Sino porque aquel lugar tenía una extraña capacidad para arrastrar a las personas a sus conflictos, como si las viejas piedras se negaran a permitir que nadie permaneciera al margen.
Antes de llegar a Escocia, aquello no había sido asunto suyo.
Ahora ya no lo sabía.
Malcolm se giró entonces hacia sir Alasdair, que aguardaba unos pasos más allá con el rostro endurecido por el orgullo y la cólera, y Audrey tuvo la incómoda sensación de que aquello todavía no había terminado.
—Terminaremos lo del paso norte en el despacho —dijo Malcolm—. Sin Tavish.
Sir Alasdair asintió.
—Sin Tavish.
—Y si vuelve a insultar a un huésped de Glenmuir, no habrá despacho ni conversación.
—Lo he entendido.
—Bien.
La autoridad de Malcolm volvió a callar el salón. Audrey se obligó a respirar despacio.
Había visto a muchos hombres enfadados. Nobles irritados por una mala partida de cartas, pretendientes ofendidos por una negativa, su propio hermano Douglas dispuesto a romper algo por diversión o lealtad. Había visto a su padre callar una sala con una mirada.
Pero Malcolm Sinclair tenía otra clase de control. No era amabilidad. No era educación.
Era dominio.
Y por primera vez desde que había llegado a Glenmuir, Audrey comprendió que aquel hombre no era un monstruo sin ley.
Era algo peor para su tranquilidad: era la ley de aquel lugar.
Se giró para acompañar a Edward fuera del salón, pero antes de cruzar la puerta miró a Malcolm una última vez. Él seguía allí, inmóvil, con el tartán oscuro, el rostro serio y los ojos verdes fijos en ella.
No sonrió. No intentó suavizar sus palabras ni lo ocurrido. Audrey seguía sintiendo el recuerdo de sus dedos alrededor de su muñeca. Era absurdo. Llevaba guantes. Apenas había sido un instante.
Pero la sensación persistía, porque empezaba a sospechar que aquel sitio exigía algo a todos los que cruzaban sus puertas: lealtad, obediencia y pertenencia.
Y Audrey Hamilton no estaba dispuesta a entregar ninguna de las tres.