Capítulo 6 #2
—Después de hablar de robar ovejas.
—Al parecer, una cosa conduce naturalmente a la otra.
Fiona MacKinnon fue la primera en ponerse de pie.
No pidió permiso.
No miró a su tío.
No esperó a que un caballero la invitara.
Se colocó en el espacio abierto, alzó un poco la falda de lana y empezó a moverse con la música.
No bailaba como una dama de salón. No había suavidad calculada ni pasos destinados a mostrar la gracia de los tobillos dentro de lo permitido.
Fiona bailaba con fuerza, con los pies firmes sobre la piedra, el cuerpo erguido, los giros rápidos y el tartán moviéndose como una bandera pequeña.
Era salvaje.
Y guapa de un modo extraño.
Audrey lo admitió con frialdad interior.
Fiona pertenecía a aquel mundo.
Ella, no.
Edward la miraba.
Audrey lo vio.
No era una mirada romántica. Edward no tenía esa torpeza sentimental de los muchachos que se enamoraban de una sonrisa y una trenza. La observaba como había observado los documentos de Malcolm: con sumo interés.
Fiona giró y sus ojos encontraron los de él.
Su rostro se endureció.
Edward no apartó la mirada.
Eso pareció molestarla aún más.
Cuando la música terminó, varios hombres golpearon la mesa con entusiasmo. Fiona regresó a su sitio con las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Pasó cerca de Audrey y se detuvo lo justo para hablar.
—Una inglesa jamás entendería esto —le dijo, con bastante malicia.
Audrey dejó el cuchillo sobre la mesa con mucho cuidado.
—Los Hamilton son escoceses.
Fiona miró el vestido caro, los guantes, el peinado perfecto, el cuello recto, la postura de una dama que parecía incapaz de dejar que la emoción le desordenara siquiera una pestaña.
—Los Hamilton son ingleses con un castillo en Escocia.
Edward se quedó muy quieto.
Audrey lo notó.
—Mi padre nació en la isla de Arran, en Hamilton —dijo ella—. Y no necesito que una MacKinnon me explique mi sangre.
Fiona entrecerró los ojos.
—La sangre no sirve de nada si se mezcla con demasiada seda.
Tavish, que había bebido más ale de la que le convenía, soltó una risa.
—Traidores vestidos de seda —dijo—. Eso son.
El salón cambió.
No fue un grito.
No fue una explosión inmediata.
Fue peor: una quietud repentina, como cuando el viento desaparece antes de una tormenta.
Audrey sintió la palabra en el pecho.
«Traidores».
No fue por ella. No solo. Fue por su padre.
Por el castillo Brodick. Por su madre, que había hecho de un hombre roto un duque sin quitarle su alma.
Por Douglas, Cathaline, Richard y Edward.
Por todos los Hamilton que habían amado Escocia a su manera, aunque no llevaran kilt ni gritaran en gaélico sobre una mesa.
—Retire eso —dijo Edward.
Su voz sonó baja.
Demasiado baja.
Audrey giró hacia él.
—Edward.
Tavish se levantó un poco del banco, con una sonrisa torcida.
—¿Qué ocurre, inglés? ¿Quiere usted reclamar orgullo escocés?
Audrey se puso de pie.
—Edward, no.
Pero Edward ya se había movido.
Hasta ese momento, su hermano había sido el muchacho sensato. El que miraba antes de actuar. El que encontraba la palabra exacta cuando Douglas habría buscado los puños. Audrey estaba tan acostumbrada a verlo dueño de sí mismo que no creyó posible que pudiera perder el control.
Se equivocó.
Edward cruzó la distancia con una rapidez seca y le dio a Tavish un puñetazo en la mandíbula.
El golpe sonó con una claridad espantosa.
Varias mujeres gritaron.
Un banco se volcó.
Tavish retrocedió un paso, más sorprendido que herido al principio. Después la sorpresa se convirtió en furia. Se lanzó contra Edward y le devolvió el golpe con violencia.
Audrey intentó acercarse.
Malcolm no se había movido todavía.
No porque no hubiera visto nada.
Porque estaba calculando.
Edward no era Douglas, pero era hijo de Alexander Hamilton.
Tenía fuerza, más de la que su rostro juvenil dejaba suponer.
Esquivó un segundo golpe, empujó a Tavish contra la mesa y casi consiguió derribarlo.
Tavish respondió agarrándolo por la chaqueta.
Ambos chocaron contra el borde de un banco y la gaita se cortó de golpe.
El salón estalló en voces.
Gaélico.
Inglés.
Gritos de los MacKinnon.
Advertencias de los Sinclair.
La señorita Worth, por misericordia divina, había salido unos minutos antes por su indisposición. De lo contrario, Audrey imaginó una escena peor.
Fiona se había quedado de pie, rígida, con los ojos muy abiertos. Ya no miraba a Edward con desprecio. Lo miraba como si aquel inglés demasiado correcto acabara de hacer algo que no encajaba en la idea que se había formado de él.
Tavish le dio un golpe a Edward en la boca.
La cabeza de Edward se giró hacia un lado.
Audrey vio la sangre.
Y por un instante todo el ruido pareció alejarse.
Una gota cayó sobre su guante blanco cuando ella, sin pensar, alcanzó el brazo de su hermano.
Rojo sobre tela pálida.
Caliente.
Real.
Ya no eran cartas. Ni pactos. Ni frases desagradables dichas bajo la lluvia. Era sangre de su hermano en su mano.
—Basta —dijo Malcolm.
No gritó.
No hizo falta.
La palabra cayó sobre el salón con más fuerza que la gaita que hacía rato que se había parado.
Pero Tavish, cegado por la rabia, volvió a abalanzarse hacia Edward.
Malcolm se levantó.
Audrey apenas lo vio moverse.
Un segundo estaba en la cabecera. Al siguiente, ya estaba entre los dos jóvenes.
Sujetó a Tavish por la parte delantera de la chaqueta con una sola mano y lo apartó como si el muchacho no pesara nada. Con la otra, empujó a Edward hacia atrás por el hombro, sin violencia innecesaria, pero con una firmeza que no permitía resistencia.
La fuerza de Malcolm llenó el salón.
Audrey la sintió de un modo casi físico.
Había hombres fuertes allí. Muchos. Ewan lo era.
Sir Alasdair también. Los Sinclair parecían criados para soportar viento, piedra y hambre.
Pero Malcolm era otra cosa. Su autoridad no estaba en el título ni en la voz.
Estaba en el cuerpo, en el control, en la certeza de que si decidía detener algo, aquello se detenía.
Audrey pensó en su padre.
En Alexander Hamilton en sus mejores años.
Pensó en Douglas, alto, joven, todavía creciendo hacia la fuerza que algún día tendría.
Solo ellos podrían haberle parecido comparables.
Quizás.
Pero en ese momento, en aquel salón, Malcolm Sinclair parecía el único hombre capaz de dominar a todos.
—En mi salón no se sangra por orgullo mal llevado —dijo Malcolm.
Tavish respiraba con fuerza.
Edward también.
Malcolm miró primero a Tavish.
—Fuera.
—Laird Sinclair... —empezó sir Alasdair.
—Fuera —repitió Malcolm, sin mirar al jefe MacKinnon—. Y si vuelve a acercarse a un Hamilton dentro de mis muros, lo sacaré yo mismo de Glenmuir.
Tavish abrió la boca.
Malcolm lo acercó a él, sin soltarlo.
—No pruebes mi paciencia, muchacho.
Tavish cerró la boca de inmediato.
Malcolm lo soltó. Dos hombres MacKinnon se apresuraron a tomarlo del brazo y conducirlo hacia la puerta lateral. Fiona no se movió para ayudar. Solo lo miró pasar con el rostro pálido de rabia y vergüenza.
Edward se limpió la boca con el dorso de la mano.
La sangre volvió a aparecer.
Audrey quiso ir hacia él, pero Malcolm se interpuso antes.
No entre ella y Edward de forma brusca.
Solo lo suficiente para mirarla.
Sus ojos bajaron a su mano.
Al guante manchado.
—¿Es suya? —preguntó.
Audrey tardó un segundo en entender.
—No —Malcolm se acercó. Ella levantó la barbilla—. Estoy bien, gracias.
Él le tomó la mano enguantada.
No pidió permiso.
Sus dedos rodearon su muñeca con una firmeza que no llegó a doler, pero que tampoco dejaba lugar a retirada. Audrey intentó apartarse por puro orgullo.
No pudo.
O no lo hizo con suficiente fuerza.
La mano de Malcolm era grande, cálida y áspera.
Nada que ver con los dedos suaves de los caballeros que le habían besado el dorso del guante durante bailes y visitas.
Era la mano de un hombre que se subía a tejados, sujetaba caballos, cerraba puertas contra tormentas y detenía peleas con la misma facilidad con que otros apartaban una silla.
Audrey odió notarlo.
Odió más que su mano temblara bajo la suya.
Lo suficiente para que él lo sintiera.
Malcolm no se burló.
Eso fue peor.
—Míreme cuando responda, milady —dijo en voz baja.
Ella levantó los ojos.
—No es mía.
Él sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—Bien.
—No necesito que me examine.
—Mientras esté bajo mi techo, sí. No quiero que su padre cabalgue hasta aquí para matarme porque su hija sangró en mi salón.
—Mi padre no necesita cabalgar para dar miedo.
—Lo supongo.
—Entonces suélteme.
Malcolm bajó la vista a su mano. La soltó despacio, como si hubiera recordado que aquella piel, aunque cubierta por un guante, pertenecía a una dama que no era suya.
«Todavía no».
El pensamiento le cruzó con una brusquedad que lo enfadó.
No debía pensar eso.
No allí. No con la sangre del hermano de ella todavía visible. No con medio salón mirando. No con una promesa, un pacto y una casa entera a punto de caer sobre su cabeza.
Audrey retiró la mano en cuanto pudo.
Pero no antes de que él comprendiera algo: Audrey Hamilton no era tan invulnerable como fingía, ni tan fina, ni tan fría.
Debajo de la seda cara, de los modales altos y de los ojos de hielo, lady Audrey Hamilton también temblaba. No mucho. Nunca permitiría que fuera mucho. Pero lo suficiente.
Y Malcolm, para su desgracia, lo había sentido.
Edward apareció al lado de su hermana.
—¿Cómo estás, Audrey? —preguntó.
Audrey se giró hacia él.
Tenía el labio partido. Un hilo de sangre bajaba hacia la barbilla. Su mirada, normalmente tranquila, estaba oscura de rabia y vergüenza.
—Yo estoy bien, pero tú no —dijo ella.
—No me disculparé por defender a nuestra familia.
—No le he pedido que se disculpe por eso —aclaró Malcolm—. Solo espero que la próxima vez elija mejor el momento para golpear a alguien.
Audrey no supo si aquello era una reprimenda o un consejo.
Edward tampoco.
—Me llamó traidor —dijo.
—Lo he oído.
—Y a mi hermana...
—También lo he oído.