Capítulo 6
La comida del mediodía en Glenmuir no se parecía a ninguna comida que Audrey hubiera presenciado en su vida.
En Hamilton Lodge, una mesa se preparaba como si cada plato, cada copa y cada cubierto hubiera nacido con un único propósito: no molestar a la vista.
Los criados se movían en silencio, las conversaciones se mantenían en un tono aceptable y nadie habría considerado apropiado levantar la voz para pedir más pan, mucho menos para insultar a un primo del otro extremo de la sala.
En Glenmuir, el gran salón parecía una bestia en celo.
Los bancos largos se llenaban y vaciaban sin ceremonia.
Los perros dormían cerca del fuego y, de vez en cuando, uno de ellos levantaba la cabeza para recibir un pedazo de carne que alguien le lanzaba desde la mesa.
Los criados entraban y salían con fuentes pesadas, jarras de ale, pan negro, pescado ahumado, caldo espeso y carne asada.
Las voces se mezclaban en inglés, gaélico y risas demasiado fuertes.
El olor a humo de turba, lana húmeda, cerveza y comida caliente se pegaba a la ropa como una segunda piel.
Audrey estaba sentada a la derecha de Malcolm Sinclair, no porque lo hubiera elegido, sino porque al parecer en Glenmuir las personas se colocaban donde el laird decidía y luego todos fingían que era natural.
Malcolm ocupaba la cabecera.
Aquel detalle, por absurdo que fuera, parecía cambiarlo.
No estaba de pie en el patio, rodeado de barro, viento y hombres con problemas.
No estaba inclinado sobre documentos ni usando su voz grave para recordarle a Audrey que su familia le debía algo.
Sentado a la cabeza de aquella mesa, con el tartán Sinclair de gala cruzándole el cuerpo, una chaqueta negra bien cortada, el pelo oscuro apartado del rostro y la mandíbula firme bajo la luz del fuego, Malcolm parecía menos un duque y más un jefe antiguo al que todos miraban antes de respirar demasiado alto.
Era irritante que resultara tan atractivo en su propio ambiente, pero era más irritante que él no se diera cuenta.
Audrey llevaba un vestido de seda azul oscuro, tan caro que casi se avergonzó de él al entrar en aquel salón.
Casi. La tela caía impecable sobre su figura, el cuello estaba adornado con un discreto encaje y los botones de nácar reflejaban la luz de las velas.
Era un vestido pensado para una comida elegante, no para un salón donde un perro podía pasar bajo la mesa y un hombre con kilt podía apoyar el codo junto a una jarra de cerveza sin que nadie lo mirase con horror.
La señorita Worth sí lo miraba todo con horror.
Estaba sentada al lado de Edward, muy rígida, con las manos sobre el regazo y el rostro cada vez más pálido.
—No hay suficientes cubiertos —murmuró Audrey, sin mover apenas los labios.
Edward miró la mesa.
—Hay cucharas.
—Para el caldo.
—Y cuchillos.
—Para todo, al parecer.
Edward bajó la vista a su plato con una calma admirable.
—Es práctico.
—No digas eso como si fuera una virtud.
—A veces lo es.
Audrey le lanzó una mirada, pero Edward no sonrió.
No parecía completamente cómodo. Audrey lo notaba en la tensión de sus hombros, en la forma en que mantenía la mandíbula quieta, en el cuidado con que miraba a su alrededor.
Edward no era un muchacho nervioso. No se agitaba.
No alzaba la voz. Pero había algo en el ambiente de Glenmuir que lo mantenía alerta.
En un rincón, los dos lacayos que habían viajado desde Hamilton Lodge permanecían de pie con librea impecable y cara de no saber si debían servir, huir o pedir instrucciones por escrito.
La señora MacNair ya les había dejado claro, con una sola mirada, que en aquel salón nadie iba a reorganizar el servicio para tranquilizar a los ingleses.
La señorita Worth tomó su copa y la olió con desconfianza.
—¿Esto es cerveza?
—Ale, creo —respondió Edward.
—No lo decía para recibir una precisión.
Audrey habría preferido que la anciana no hubiera hablado tan alto, porque Ewan Sinclair la oyó desde el otro lado de la mesa.
—No se preocupe, señorita Worth. No mata a la primera copa —dijo él, con una sonrisa amplia.
—Qué tranquilizador —respondió ella, dejando la copa intacta.
Ewan rio, y el sonido pareció encajar demasiado bien con el ruido del salón.
Era todo lo contrario a Malcolm. Pelirrojo, de ojos verdes, con aquella cicatriz pequeña sobre la nariz y un aire de hombre que podía encontrar diversión incluso en la quema de una iglesia.
Estaba sentado cerca de los MacKinnon, como si se hubiera colocado allí con el único propósito de molestarlos.
Fiona MacKinnon, al otro extremo, no parecía necesitar ayuda para estar contrariada.
Comía poco, observaba mucho y mantenía la espalda recta de una forma distinta a la de Audrey.
Audrey había sido educada para parecer inalcanzable.
Fiona parecía haber nacido para imponer a falta de varón.
Llevaba el tartán de su clan con la naturalidad de quien no concebía otra forma de presentarse ante el mundo.
No era refinada ni deseaba serlo. Y, sin embargo, había algo hermoso en ella que atraía la mirada.
Edward intentaba no mirarla.
Lo hacía mal.
Fiona lo notaba.
Y cada vez que sus ojos se cruzaban, ella le devolvía una mirada de desprecio tan nítida que Audrey casi sintió lástima por su hermano.
Casi.
Sir Alasdair MacKinnon, el tío de Fiona, golpeó la mesa con la copa después de una discusión que Audrey no había seguido del todo.
—Una oveja —dijo con voz grave—. Una sola oveja perdida y los Sinclair hablan como si hubiéramos saqueado medio Glenmuir.
—Era una oveja Sinclair —respondió el viejo Iain desde la mesa lateral.
—Entonces seguramente estaba deseando mejorar su vida.
Varias risas estallaron entre los MacKinnon.
Los Sinclair respondieron con murmullos, golpes en la mesa y algún comentario en gaélico que Audrey no entendió, pero que hizo que dos mujeres se taparan la boca para reír.
Malcolm no sonrió.
Bebió un sorbo de agua, no de ale, y dejó la copa con calma.
—Se encontraron tres reses más en vuestro lado del paso del norte, Alasdair —dijo.
Sir Alasdair se encogió de hombros.
—Las reses caminan.
—No abren portones.
Ewan se inclinó hacia delante, encantado.
—Quizás las reses MacKinnon sean más inteligentes que las nuestras.
—Todo lo MacKinnon es más inteligente que lo Sinclair —replicó Fiona.
—Por eso necesitáis robar nuestras ovejas —dijo Ewan.
—Tomar prestado ganado de un clan vecino era una habilidad honorable en tiempos de nuestros abuelos —intervino Tavish MacKinnon.
Audrey dirigió la mirada hacia él. Tavish era joven, más o menos de la edad de Edward, quizás dieciséis años, con el cabello castaño rojizo, una sonrisa insolente y demasiada seguridad para el poco juicio que parecía tener.
Hasta entonces había permanecido cerca de Fiona, riéndose con los suyos y mirando de vez en cuando hacia los Hamilton con una mezcla de curiosidad y desprecio.
—En tiempos de nuestros abuelos también se moría de fiebre por beber agua sucia —dijo Malcolm—. No por eso lo convertimos en tradición.
Un murmullo de aprobación recorrió a los Sinclair, todos parecían respetar a su laird.
Fiona cruzó los brazos.
—Los Sinclair hablan de leyes nuevas cuando les conviene. Cuando no, sacan del polvo pactos viejos y pretenden que todos los demás se inclinen.
La frase llegó a Audrey como si la hubieran disparado con una flecha.
No miró a Malcolm.
Malcolm tampoco la miró a ella.
Pero el salón pareció recordar de golpe quién estaba sentada a su derecha.
La señorita Worth se llevó una mano a su pecho.
—¿Estamos hablando de robar animales en una mesa noble? —preguntó, claramente horrorizada, ignorando el desprecio de Fiona hacia Audrey.
Ewan se giró hacia ella con una expresión inocente.
—Solo ovejas, señorita Worth.
—Eso no lo mejora.
—Depende de la oveja.
Edward bajó la mirada a su plato.
La señorita Worth inspiró con fuerza. El olor a ale, carne, humo y perro mojado no ayudó.
—Necesito aire —murmuró.
—¿Se encuentra mal? —preguntó Audrey, volviéndose hacia ella.
—Me mareo —La anciana intentó levantarse con dignidad, pero se quedó a medio camino y volvió a sentarse con la mano en la frente—. Las sales —pidió con voz débil—. Mis sales.
Uno de los lacayos de Hamilton se adelantó de inmediato, aliviado de encontrar por fin una tarea reconocible. Sacó un pequeño frasco de su bolsillo y se lo entregó con una reverencia demasiado perfecta para aquel entorno.
La señorita Worth aspiró las sales con dramatismo.
—Si sobrevivo a esta casa —dijo—, escribiré un tratado sobre los peligros morales de los kilts.
Ewan se atragantó con la ale.
Malcolm miró a su primo.
—No.
—No he dicho nada —respondió Ewan.
—Estabas a punto.
—Eso no es delito.
—En mi mesa, puede serlo.
La tensión que había dejado Fiona se diluyó un poco entre algunas risas.
Audrey tomó aire despacio. Quería marcharse.
No por miedo, sino por incomodidad. Aquel salón la descolocaba.
Nada ocurría de la forma en que debería ocurrir.
La comida, la conversación, los hombres, los perros, la música que de pronto alguien empezó a probar en un rincón.
Una gaita.
La primera nota fue larga, áspera, casi dolorosa.
La señorita Worth cerró los ojos.
—No —susurró.
Pero el gaitero continuó.
No era Tavish. Era un hombre de mayor edad, delgado, con el rostro curtido y los dedos seguros sobre el instrumento.
La gaita llenó el salón con un sonido penetrante.
No acompañaba la conversación. La dominaba.
Era una música hecha de viento, de orgullo, de tierra mojada y de algo antiguo que Audrey no quiso entender.
Los Sinclair golpearon la mesa.
Los MacKinnon respondieron con gritos en gaélico.
Algunos bancos se apartaron. Dos mujeres retiraron platos con una rapidez que indicaba que aquello no era inesperado. Los perros se levantaron y se apartaron del centro del salón como si también conocieran las reglas.
—¿Van a bailar? —preguntó Edward, sin disimular del todo su interés.
—Eso parece —respondió Audrey.