Capítulo 5 #3
Seguía sintiendo la presencia de Malcolm. Cuando giró la cabeza, descubrió que él la observaba. No había ironía en sus ojos ni rastro alguno de arrepentimiento. Solo la miraba, como si estuviera comprobando si Fiona MacKinnon había logrado hacerle daño.
Eso la enfadó.
—No necesito que vigile mis sentimientos, laird.
—No lo hago.
—Sí lo hace.
—Vigilo mi patio.
—Y a quienes están en él.
—Exacto.
Ella apretó los dedos dentro de los guantes.
Malcolm se acercó un poco. No lo bastante para escandalizar a la señorita Worth, que de todos modos se escandalizaba con facilidad, pero sí lo suficiente para que Audrey sintiera otra vez la presencia de su cuerpo, el olor a lluvia, lana y humo y su cuerpo enorme cubrirla con su sombra.
—Suena usted muy arrogante —dijo Audrey, alzando la barbilla para sostenerle la mirada.
No era una tarea sencilla.
Malcolm le sacaba más de una cabeza y, a aquella corta distancia, la presencia del escocés parecía llenar todo el espacio entre ellos.
Sus ojos tenían un tono verde oscuro que Audrey no podía dejar de admirar, un color extraño e inquietante que recordaba a los bosques que rodeaban Glenmuir después de la lluvia.
—Me lo han dicho antes —respondió él.
La insolencia de la respuesta la molestó.
Y, para su desgracia, también le arrancó el impulso de sonreír.
Lo odió un poco por eso.
—No me sorprende.
Una esquina de la boca de Malcolm se movió un poco.
No llegó a ser una sonrisa.
—Y usted parece convencida de que siempre tiene razón.
—Porque normalmente la tengo.
Aquello sí provocó algo parecido a una sonrisa. Fue breve. Fugaz.
Pero transformó por completo su rostro. Audrey habría preferido que no lo hiciera.
Habría preferido que siguiera siendo únicamente un hombre exasperante, obstinado y orgulloso. Resultaba mucho más sencillo despreciarlo cuando no parecía peligrosamente atractivo.
—Qué alivio —murmuró Malcolm—. Durante un momento he temido haber encontrado a alguien tan testarudo como yo —Audrey sintió que el corazón le daba un golpe absurdo contra las costillas. Y lo detestó por ello—. Soy laird.
—También es duque.
—Ser duque me da un título. Ser laird me da una obligación. Si algo le ocurre bajo mi techo, no responderá una ley inglesa. Responderá mi sangre.
La frase fue tan seria que Audrey perdió la respuesta durante un instante.
No había coqueteo en él. No había dulzura.
No había deseo visible, aunque ella tampoco lo habría reconocido pues era una completa ignorante en esos asuntos.
Solo una vieja costumbre de los highlanders que, para ella, no tenía sentido y, sin embargo, para todos los presentes parecía tenerlo.
—He escrito a mi padre —dijo al fin ella, intentando cambiar de tema—. Y a mi hermano Douglas. Saben todo lo que he visto y todo lo que pienso hacer. Necesito descansar unos días, observar y decidir con la cabeza fría. Espero que no le moleste mi presencia.
El nombre de Douglas produjo un cambio casi imperceptible en Malcolm.
—¿Douglas es el hermano que habría venido a romperme la cara?
—Probablemente.
—Encantador.
—No se preocupe. Yo le recomendé que no viniera.
—¿Y la obedeció?
—No lo sé todavía.
Malcolm soltó un sonido bajo, sin humor.
—Si viene a Glenmuir buscando pelea, la encontrará.
—Si usted vuelve a tratarme como a un caballo, quizás no tenga que esperar a Douglas.
Por primera vez desde la mañana, una sombra de interés cruzó el rostro de Malcolm.
Pero no discutió.
Los dos recordaron el día anterior en ese mismo patio.
El barro. Las frases cortantes. La gente mirando. La sensación de haber mostrado demasiado del orgullo propio delante de demasiados testigos.
Malcolm inclinó la cabeza.
—Entonces piense con la cabeza fría, milady.
—Eso hago siempre.
—¿Seguro?
La observación quedó suspendida entre ellos como un reto mal disimulado, pero Audrey decidió no seguir por aquel camino. No allí. No con medio Glenmuir observándolos.
Tuvo suerte, porque la señora MacNair apareció en ese momento por la puerta principal. No era una mujer dada a las prisas, y mucho menos a las demostraciones públicas de nerviosismo, pero avanzaba con suficiente rapidez para llamar la atención.
Malcolm se giró de inmediato hacia ella, y Audrey aprovechó la interrupción para recuperar una compostura que, para su irritación, había empezado a resquebrajarse.
—Milord —dijo—. Lady Mairi pregunta por usted.
—Ahora no, debo atender a los MacKinnon.
La señora MacNair sostuvo su mirada.
No dijo nada más.
Malcolm maldijo en voz baja, tan baja que solo Audrey y quizás Edward pudieron oírlo. Después se marchó hacia el interior del castillo.
Audrey lo vio desaparecer.
No había suavidad en su modo de ir hacia su hermana. No había ternura visible. Pero sí había urgencia. Una urgencia que no admitía discusión.
—No permitiría que nadie se acercara demasiado a ella —murmuró Edward.
Audrey lo miró.
—¿A lady Mairi?
—Sí.
—Por supuesto que no. Es su hermana.
Edward siguió mirando la puerta.
—A veces las personas protegen tanto algo que terminan convirtiéndolo en una prisión.
—No saques conclusiones tan pronto.
—No lo hago. Las guardo para más tarde.
La señorita Worth se abanicaría con gusto si llevara abanico.
—¿Podríamos entrar? Estoy siendo atacada por el clima y por las costumbres locales al mismo tiempo.
Audrey asintió y entraron en el vestíbulo.
Entonces ocurrió.
Uno de los hombres que acompañaban a los MacKinnon, más joven que sir Alasdair y con una sonrisa demasiado cómoda, se acercó al grupo de mujeres Sinclair. Habló en voz baja, pero no lo suficiente. Audrey no entendió todo. Entendió una palabra: inglesa. Después oyó la risa de dos hombres.
—No seas necio, Tavish —dijo Fiona MacKinnon, girándose hacia él con fastidio.
El hombre alzó las manos.
—Solo decía que Glenmuir se ha vuelto importante. No todos los días aparece la prometida inglesa del laird, tan fina y elegante que uno teme ensuciarle las enaguas con solo mirarla.
Audrey se quedó helada.
La señorita Worth emitió un sonido agudo.
Edward dio un paso frente a su hermana.
Varios miembros del clan se giraron hacia ellos con expresión burlona.
El comentario no fue gritado, pero viajó por el vestíbulo con una velocidad desagradable. Algunas mujeres miraron a Audrey con chismorreos en voz baja sobre su aspecto físico. Iain Sinclair apoyó ambas manos en su bastón y esperó, como si quisiera ver qué hacían los "tontos" como él los llamaba.
Malcolm apareció en la puerta antes de que Edward hablara a favor de Audrey. Audrey no supo si lo había oído desde dentro o si alguien lo había llamado. Solo supo que su presencia cambió de inmediato el aire.
No corrió.
No levantó la voz.
Bajó los escalones con una calma terrible y se detuvo frente al hombre MacKinnon.
—Repítalo —dijo.
—No era más que una broma, laird —dijo Tavish, bajando un poco la cabeza.
—Las bromas también se repiten.
Fiona apartó la mirada, avergonzada o irritada. Quizás ambas cosas.
Sir Alasdair salió detrás, frunciendo el ceño.
—¿Qué ocurre, muchacho? ¿Estás molestando a los Sinclair?
Malcolm no miró al jefe MacKinnon. Siguió mirando a Tavish.
—Lady Audrey Hamilton es una huésped de Glenmuir —dijo—. Quien confunda eso con permiso para nombrarla a su gusto, responderá ante mí.
El vestíbulo quedó inmóvil.
Tavish tragó saliva.
—No quise ofender, laird.
—Pero lo has hecho.
—Pido disculpas.
Malcolm no se movió.
—A ella.
El hombre se giró hacia Audrey.
Ella lo miró con toda la frialdad que pudo reunir.
—Mis disculpas, milady.
Audrey inclinó la cabeza.
—Aceptadas.
No porque quisiera aceptarlas.
Sino porque no pensaba ofrecer a esos clanes orgullosos el espectáculo de su humillación.
Malcolm sostuvo el silencio unos segundos más. Luego giró hacia sir Alasdair.
—Controle a sus hombres dentro de mi casa.
Sir Alasdair endureció la boca.
—Lo haré.
—Bien.
La discusión terminó tan deprisa como había empezado.
Sin embargo, Audrey no consiguió olvidarla.
Le molestaba sentirse aliviada.
Le molestaba aún más saber que el responsable de aquel alivio era Malcolm Sinclair.
Porque él había puesto fin al incidente, pero lo había hecho a su manera. Como si fuera natural que interviniera. Como si fuera natural que todos aceptaran su decisión.
Cuando levantó la vista, descubrió que la estaba mirando.
No había disculpa en sus ojos ni tampoco arrogancia.
Solo una calma inquebrantable que resultaba casi tan irritante como su autoridad.
Audrey sostuvo la mirada. No pensaba darle la satisfacción de apartar los ojos primero.
Tras unos instantes, Malcolm se giró y comenzó a subir las escaleras para reunirse con su hermana.
Ella permaneció donde estaba, observándolo alejarse, y comprendió algo que no le gustó en absoluto.
Glenmuir tenía sus propias reglas, reglas que nadie parecía cuestionar. Y Malcolm Sinclair era quien las imponía.