La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Lady Audrey Hamilton —corrigió Malcolm.

Audrey notó la corrección. También notó que no había sido cálida, sino necesaria. Política. Pública.

—Lady, sí —repitió el anciano, como si el título le importara bien poco—. Soy Iain Sinclair. Conocí a su abuelo cuando aún existían escoceses de verdad.

—Entonces ha vivido usted mucho, señor Sinclair —contestó Audrey, sin perder la postura perfecta de su espalda.

—Demasiado —gruñó el viejo—. Lo bastante para ver a tres generaciones cometer las mismas tonterías.

Una risa baja recorrió a los presentes. Audrey no sonrió, pero comprendió algo más de Glenmuir: Malcolm no gobernaba un lugar aterrorizado. Aquella gente podía temer la pobreza, el invierno y a los bancos, pero no parecía temer hablar delante de su laird.

Iain apoyó ambas manos sobre el bastón y la miró con descaro.

—Bah. Cuando era mozo, una mujer que aceptaba la hospitalidad de un laird ya tenía a las viejas del clan eligiéndole vestido de boda antes de la cena.

El patio se quedó más quieto.

La señorita Worth emitió un sonido de horror.

—¡Señor mío!

Audrey sintió que una tensión fría le subía por la espalda. No bajó la mirada.

—Los tiempos han cambiado, Iain —dijo Malcolm.

—Eso dicen los ingleses desde hace cien años —bufó el anciano—. Y aquí seguimos llamando primos a los mismos tontos. Esta muchacha Hamilton será nuestra, ya lo veréis todos.

Algunas mujeres bajaron los ojos. Otras miraron a Audrey con una curiosidad nueva, distinta. Ya no la observaban solo como una inglesa llegada de lejos. La miraban como si el viejo hubiera pronunciado una posibilidad que todas conocían, aunque ninguna debiera decir en voz alta.

Malcolm dio un paso.

No mucho.

Suficiente para que el bastón de Iain dejara de ser el centro de la escena.

—Lady Audrey Hamilton es huésped de Glenmuir —dijo.

Su voz no fue alta, pero llegó a todos.

El anciano torció la boca.

—Huésped, sí.

—Y bajo mi protección.

Audrey giró la cabeza hacia él.

No le gustó oírlo.

No le gustó comprender que aquella frase, pronunciada allí, delante del clan, tenía un significado que jamás habría tenido en Inglaterra.

En Hamilton Lodge, que un caballero afirmara que una dama estaba bajo su protección era una cortesía, casi una fórmula social.

En Glenmuir, en cambio, sonaba a algo mucho más serio.

Una declaración. Una frontera trazada en la piedra.

Malcolm la miró como si hubiera leído su disgusto.

—No es un favor, milady —dijo—. Es ley de mi casa.

—No he pedido protección.

—No necesita pedirla. Ha cruzado la puerta de mi casa.

—He cruzado muchas puertas en mi vida y ninguna me convirtió en responsabilidad de un desconocido.

—Esta no es una puerta inglesa.

La respuesta fue seca. No infantil. No provocadora en el sentido pequeño. Era una verdad para él. Y por eso molestó más.

Malcolm miró de nuevo al clan.

—Mientras lady Audrey Hamilton esté bajo el techo de Glenmuir, nadie la insultará, nadie la tocará, nadie la amenazará y nadie usará su nombre como diversión. Ni de esta casa ni de fuera.

El silencio fue absoluto, y Audrey sintió el impacto de aquellas palabras con una incómoda mezcla de alivio y enfado. No quería deberle nada a Malcolm Sinclair. Ni siquiera protección. Sobre todo protección.

Frente a ella, Iain Sinclair la observaba con los ojos brillantes, como si hubiera comprendido mucho más de lo que ella habría deseado.

—La protección de un laird no es una cosa pequeña, muchacha.

—Tampoco lo es la libertad de una dama, señor Sinclair.

El viejo soltó una risa ronca.

—Tiene dientes la inglesa.

—Los suficientes —replicó Audrey, haciendo que sus ojos azules se volvieran fríos como el hielo.

Esta vez Malcolm no sonrió.

Pero Ewan, que estaba al fondo, sí.

Audrey lo vio. El primo de Malcolm se apoyaba contra un poste de madera, con el pelo pelirrojo desordenado por el viento, los ojos verdes llenos de diversión y aquella cicatriz sobre la nariz dándole un aspecto de bribón encantador.

A diferencia de Malcolm, Ewan parecía encontrar placer incluso en los momentos incómodos.

—Tendrá trabajo con esta, laird —dijo Iain.

—Ya lo he notado, viejo Iain. Es un problema —respondió Malcolm.

Audrey fingió no oírlo.

Un cuerno sonó desde la entrada del valle antes de que pudiera responder. Varios hombres giraron la cabeza. Los perros ladraron. Los niños corrieron hacia la entrada del patio y una de las mujeres los llamó de vuelta sin éxito.

—Los MacKinnon —dijo Ewan, separándose del poste.

—Llegan pronto —contestó Malcolm, frunciendo el ceño.

—¿Quiénes son? —preguntó Edward.

—Un clan menor de una isla al oeste —contestó Ewan—. Pocos hombres, muchas rocas, más orgullo del que les conviene y una heredera incapaz de regalar una sonrisa. Por desgracia para ella, posee demasiadas tierras y hay demasiados hombres dispuestos a cortejarla para quedarse con ellas.

—Una descripción muy precisa —dijo Edward, lleno de curiosidad.

—Y generosa.

Audrey miró hacia la entrada del patio.

Tres jinetes y un pequeño carruaje atravesaban el arco de piedra. Los caballos estaban mojados, las capas de los hombres salpicadas de barro. En el centro cabalgaba un hombre ancho, de barba gris y rostro de pocos amigos. A su lado, sobre un caballo pequeño pero firme, iba una muchacha.

No entró como una dama.

Entró como si el patio le debiera paso.

Tendría dieciséis o diecisiete años. Llevaba un tartán distinto al de los Sinclair, de azul oscuro, verde mar y líneas blancas, sujeto sobre un vestido práctico de lana.

No llevaba sombrero de dama, sino una capucha que se había echado hacia atrás al entrar.

El pelo, castaño con reflejos rojizos, le caía en una trenza gruesa sobre un hombro.

Tenía la piel tostada por el aire salado, ojos de un verde grisáceo y una boca que parecía hecha para contestar con bastante poca paciencia.

Audrey comprendió enseguida que aquella muchacha la despreciaba.

No personalmente.

Todavía no.

La despreciaba por lo que representaba.

Inglaterra. Salones. Dinero. Hamilton.

Edward también la observaba.

Pero Edward no miraba a las muchachas como los otros jóvenes miraban a las muchachas. No con entusiasmo, ni vanidad, ni deseo. Edward miraba como si intentara entender qué parte de la escena era falsa.

La muchacha notó su mirada.

Y la odió de inmediato.

—Fiona MacKinnon —murmuró Ewan junto a Edward—. Última heredera de Eilean Ròs. Una isla pequeña, pero bien situada. Buenas aguas, buen puerto, malos vecinos. Todos quieren sus tierras y la mitad querría casarse con ella para conseguirlas.

—¿Y ella? —preguntó Edward.

—Ella probablemente preferiría arrojar a todos sus pretendientes al mar.

Edward siguió observando a Fiona.

—Parece capaz.

Fiona desmontó sin ayuda. Su tío —o eso supuso Audrey por la edad y la forma de colocarse junto a ella— la miró con desaprobación.

Ella no pareció notarlo. Avanzó hacia Malcolm, ignorando primero a Audrey, luego a Edward y por último a la señorita Worth, aunque a esta última le dedicó una mirada fugaz de desagrado.

—Laird Sinclair —saludó, inclinando apenas la cabeza.

—Fiona —respondió Malcolm—. Sir Alasdair.

El hombre de barba gris gruñó.

—Venimos por el asunto de las reses y por lo del paso del norte.

—Lo veremos dentro.

Fiona miró entonces a Audrey. De arriba abajo. Sin disimulo.

—Así que es verdad —dijo la joven.

Audrey sostuvo su mirada.

—Depende de qué verdad haya oído.

—Que los ingleses habían llegado a Glenmuir con baúles, carabinas y problemas.

La señorita Worth se irguió.

—Jovencita.

Fiona ni siquiera la miró.

—No soy jovencita para usted.

Edward habló con calma.

—Tampoco creo que haya sido presentada.

Fiona se giró hacia él.

—¿Y usted es el encargado inglés de las presentaciones?

—No. Solo estaba contando las faltas de educación.

Los ojos verdes de Fiona se afilaron.

—Entonces tendrá trabajo en Escocia.

—Eso empiezo a ver.

Durante un segundo, se miraron con una antipatía tan clara que Audrey casi agradeció no ser el centro de todas las tensiones por una vez.

Fiona apartó la vista con desprecio.

—Hamilton —dijo, como si fuera una enfermedad.

—MacKinnon —respondió Edward, pronunciando el apellido con una corrección impecable que pareció irritarla aún más.

Audrey miró a su hermano. Edward no sonreía, pero una chispa poco habitual había aparecido en sus ojos.

No era la expresión de un hombre prendado ni la de un joven impresionado por una cara bonita.

Parecía la de alguien que acababa de encontrarse con un problema especialmente difícil y había decidido resolverlo.

Y Fiona, por lo que Audrey había visto de ella, parecía igualmente decidida a convertirse en el único problema que Edward no lograría solucionar jamás.

Malcolm debió de llegar a una conclusión parecida, porque sus ojos se detuvieron primero en Edward y luego en Fiona.

El viento le apartó de la sien un mechón oscuro, dejando al descubierto unas facciones marcadas y una mandíbula firme que parecían esculpidas por las mismas montañas que dominaban aquellas tierras.

No parecía complacido por lo que veía. Ni mucho menos.

—Ewan, lleva a sir Alasdair dentro. Hamish preparará los documentos.

—Con mucho gusto —dijo Ewan—. Siempre es un placer ver a los MacKinnon presentarse aquí reclamando justicia cuando, en realidad, han venido a pedir un favor.

—Sigues hablando demasiado, Sinclair —dijo sir Alasdair, mirándolo con ojos asesinos, tan verdes como los de su sobrina.

—Y usted sigue escuchándome. Todos tenemos defectos.

Malcolm ignoró el intercambio.

Fiona dio un paso hacia el interior, pero se detuvo junto a Audrey.

—Las mujeres inglesas no sobreviven bien a las Highlands —dijo en voz baja.

—Entonces es una suerte que no sea completamente inglesa —replicó Audrey, clavándole su mirada más gélida.

Fiona bajó los ojos hacia su vestido, sus guantes, su porte impecable.

—No se nota.

Y siguió adelante, hacia el interior del castillo.

La señorita Worth parecía a punto de estallar.

—Esta gente necesita una institutriz. Todos. Sin excepción.

Audrey no respondió.