Capítulo 5
Glenmuir despertaba antes que las personas.
Audrey lo comprendió al abrir los ojos en la habitación verde, cuando todavía no había entrado del todo la luz por las cortinas y ya podía oír el castillo a su alrededor.
No era un despertar suave, como el de Hamilton Lodge, donde los pasos del servicio se deslizaban sobre alfombras gruesas y las primeras voces de la mañana apenas rozaban las puertas.
En Glenmuir todo sonaba.
La madera crujía. El viento golpeaba los cristales.
Alguien arrastraba un cubo por un pasillo inferior.
Un perro ladró dos veces en el patio. Una mujer respondió a otra en gaélico con una rapidez que Audrey solo pudo comprender a medias.
Después se oyeron risas de niños, una puerta cerrándose con fuerza, un golpe de leña contra piedra y el rumor permanente de una casa que no se despertaba para servir a sus señores, sino para sobrevivir al día.
Audrey se incorporó despacio.
Jane entró poco después con una bandeja de agua caliente que llevaba con tanto cuidado como si transportara una reliquia.
—Buenos días, milady.
—Buenos días, Jane.
La doncella dejó la bandeja sobre el tocador y lanzó una mirada nerviosa hacia la chimenea.
—Han encendido el fuego antes del amanecer.
—Qué consideración.
—Sí, milady. Aunque el mozo que trajo la leña llevaba las rodillas al aire.
Audrey cerró los ojos un instante.
—Están usando kilt, Jane.
—Sí, milady. Es cierto.
La puerta comunicada con la habitación de la señorita Worth se abrió antes de que Audrey pudiera responder. La antigua institutriz apareció envuelta en un chal, con el gorro torcido y una expresión de haber pasado la noche entera negociando con la muerte.
—No he dormido —anunció.
—Buenos días, señorita Worth.
—No lo son. He oído a un hombre cantar en gaélico a las cinco de la mañana. A las cinco. Y otro ha golpeado algo metálico durante media hora. No conocen la educación.
Audrey se levantó de la cama y permitió que Jane la ayudara con la bata.
—Quizás el castillo tenga horarios distintos.
—El infierno también.
Jane bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
—Prepara el vestido azul oscuro —ordenó Audrey.
—¿El de viaje? —preguntó Jane.
—Sí.
La señorita Worth la observó con atención.
—¿No piensa ponerse algo más claro? Quizás un tono crema suavizaría la impresión que causó ayer.
—No he venido a suavizar nada.
—Temía que dijera algo parecido.
Audrey se sentó frente al tocador y dejó que Jane empezara a peinar su cabello.
El espejo antiguo le devolvió una imagen serena: piel clara, ojos fríos, boca firme, pelo negro recogido con severidad.
Nada en su rostro hablaba de la extrañeza que le causaba Glenmuir, ni del enfado que todavía sentía por Malcolm Sinclair, ni de la incomodidad de haber descubierto que aquel hombre no era tan simple como le habría gustado.
La noche anterior había leído sus cuentas.
Había visto sus deudas.
Había visto el nombre del médico oculto bajo su mano.
No había dormido bien.
No por preocupación. No por compasión. Se negó a llamarlo así.
Por reflexión.
Que era casi peor.
El desayuno se sirvió en una sala más pequeña que el comedor principal.
Cuando Audrey llegó con la señorita Worth, Edward ya estaba allí, sentado con una taza de té en la mano y un plato delante.
No parecía alterado por el lugar, ni por el olor a turba, ni por las tazas desparejadas, ni por el hecho de que una criada dejara sobre la mesa una fuente de avena con una reverencia mínima y mucha prisa.
No había lacayos y los que había traído Audrey habían sido arrinconados por el ama de llaves.
Edward Hamilton tenía dieciséis años y esa calma temprana que hacía que las personas mayores lo tomaran más en serio de lo que deberían.
A la luz gris de la ventana, su cabello rubio parecía más claro, y sus facciones aún juveniles empezaban a mostrar la firmeza que algún día lo convertiría en un hombre demasiado atractivo para su propia tranquilidad.
No hablaba mucho. No lo necesitaba. Observaba, escuchaba y parecía registrar el mundo con una paciencia casi inquietante.
Pero Audrey prefería seguir viéndolo como su hermano menor favorito, y no como un hombre, no todavía.
—Buenos días —saludó sin levantarse del todo, porque Audrey ya le había dicho en el viaje que no necesitaba hacer una ceremonia de cada entrada suya.
—Buenos días —respondió Audrey.
La señorita Worth miró la mesa.
—¿Eso es avena?
—Sí —respondió Edward.
—¿Y se espera que una dama lo coma?
—Supongo que solo si tiene hambre.
Audrey tomó asiento.
Había pan de avena, mantequilla, pescado ahumado, una mermelada demasiado oscura y té servido en una tetera robusta de plata vieja. No era un desayuno pobre. Tampoco era refinado. Parecía, como todo en Glenmuir, hecho para cumplir una función antes que para agradar.
La señorita Worth se sirvió té con dignidad ofendida.
—En Inglaterra, cuando una casa recibe a una hija de duque, al menos intenta fingir que la civilización existe.
—Quizás este sea su intento —la contradijo Edward.
—Entonces es un intento triste.
Audrey no respondió. Probó el té. Era fuerte. Demasiado fuerte. Malcolm Sinclair probablemente también prefería el té como prefería todo lo demás: oscuro, intenso y poco dispuesto a complacer.
Qué pensamiento absurdo.
Dejó la taza.
—¿Has dormido, hermano? —preguntó a Edward.
—Lo suficiente.
Audrey lo miró.
—Edward.
Él suspiró.
—He oído pasos durante parte de la noche. Gente entrando y saliendo. No de forma sospechosa, sino habitual. Este castillo no descansa.
—No, aunque supongo que ya estarán todos en el patio ocupados con sus tareas. Me gustaría verlo después del desayuno.
La señorita Worth dejó la taza con un pequeño golpe.
—¿El patio? ¿Con barro? ¿Con hombres en kilt? ¿Antes de que mi cuerpo haya recuperado su temperatura natural?
—Puede quedarse aquí, señorita Worth.
—No puedo. Soy su carabina, milady. Si usted decide caminar hacia la barbarie, yo tendré que arrastrar mis viejos huesos detrás.
Edward bajó la mirada hacia su plato.
Audrey le lanzó una advertencia.
No se rio.
Pero estuvo cerca.
Media hora más tarde, salieron al patio.
El viento era frío, aunque la lluvia había cedido.
El cielo seguía cubierto y las montañas alrededor de Glenmuir parecían más cercanas de lo normal, como si hubieran avanzado durante la noche para espiar a los ingleses.
Audrey llevaba guantes, un sombrero sujeto con alfileres y el abrigo azul oscuro cerrado hasta el cuello, uno nuevo y carísimo que contrastaba con todo lo demás.
La señorita Worth caminaba a su lado con la dignidad de una mártir, envuelta en un chal negro.
Edward, al otro lado, observaba cada movimiento del clan.
Porque eso era lo que había allí: un clan.
No un grupo de criados. No arrendatarios esperando recibir órdenes. No hombres y mujeres separados por el rango exacto que ocupaban en una casa inglesa.
Había una comunidad en torno a Malcolm Sinclair.
El laird estaba en medio del patio, junto a una mesa rústica que alguien había sacado al exterior.
Sobre la madera había papeles sujetos con una piedra, una pequeña bolsa de monedas, varias tiras de cuero, una herramienta oxidada y una jarra de agua.
Malcolm estaba de pie, vestido con el tartán Sinclair y una chaqueta oscura.
No llevaba sombrero. El viento le movía el pelo negro y hacía ondear el plaid —la banda de tela de lana que los highlanders llevaban sobre el hombro— sujeto con un broche de plata.
A su alrededor había hombres mayores, mujeres con chales de tartán, un par de muchachos, tres niños que fingían no escuchar y un anciano apoyado en un bastón torcido.
Audrey se detuvo a cierta distancia.
Malcolm no la miró de inmediato.
Estaba escuchando a una mujer de rostro cansado que hablaba con las manos entrelazadas delante del delantal. Audrey no entendió todo lo que dijo porque mezclaba inglés y gaélico, pero captó palabras sueltas: ovejas, invierno, hijo, fiebre.
Malcolm no la interrumpió. Tampoco adoptó una expresión amable. Simplemente escuchó hasta el final, hizo una pregunta corta en gaélico y después señaló a un hombre de barba canosa.
El hombre asintió.
La mujer murmuró algo que pareció agradecimiento.
Malcolm sacó dos monedas de la bolsa y las dejó sobre la mesa.
La mujer no las tomó.
Él dijo algo en gaélico, más seco.
La mujer tomó las monedas.
La escena duró menos de un minuto, pero dejó en Audrey una impresión incómoda. No fue ternura. Malcolm no fue tierno. Ni siquiera sonrió. Parecía casi molesto por tener que ayudar, como si el mundo hubiera cometido la imprudencia de necesitarlo.
Pero ayudaba.
—No parece una audiencia —murmuró Edward.
—¿Qué parece? —preguntó Audrey.
—Una vieja obligación, como una tradición.
El anciano del bastón giró entonces la cabeza hacia ellos. Tenía el rostro arrugado como cuero seco, barba blanca, cejas espesas y un tartán Sinclair tan gastado que los verdes y rojos casi se habían mezclado. Sus ojos, sin embargo, eran vivos. Muy vivos.
Dijo algo en gaélico.
Audrey entendió tres palabras: Hamilton, mujer y casa.
El resto se le escapó.
Varios presentes se giraron hacia ella. Algunas mujeres se miraron entre sí. Un niño señaló hasta que su madre le bajó el brazo.
Malcolm levantó por fin la vista.
La vio.
Malcolm caminó hacia ellos despacio. El barro no parecía molestarle. Tampoco las miradas. Al contrario, parecía hecho por ellas. Había hombres que se volvían importantes al entrar en un salón. Malcolm Sinclair se volvía importante al pisar tierra húmeda frente a su gente.
—Milady —saludó, sin reverencia. De hecho, nunca la hacía.
—Laird —La palabra salió con más naturalidad de la que Audrey habría deseado. La señorita Worth hizo un sonido entre la tos y la desaprobación.
El anciano del bastón avanzó unos pasos y se plantó delante de Audrey con una falta de reverencia que habría escandalizado a cualquier salón de Londres.
—Así que esta es la muchacha Hamilton —dijo en inglés, con una voz áspera.