La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

Audrey escuchó mientras Malcolm explicaba la vía legal.

No con adornos. No como amenaza. Como hecho.

Si la unión no se producía y los Hamilton rechazaban cualquier forma de cumplimiento, los Sinclair podían presentar el pacto ante un tribunal escocés y reclamar las rentas vinculadas a Brodick.

No el castillo de inmediato, quizás. No sin disputa.

Pero sí lo suficiente para manchar la propiedad, bloquear ingresos, iniciar un litigio largo y público.

Edward hizo preguntas muy precisas.

Malcolm respondió a todas.

Audrey también preguntó. No muchas veces.

Había sido educada para escuchar antes de hablar y para no mostrar sorpresa delante de desconocidos.

Mientras Malcolm exponía cifras, tierras y deudas, ella sostenía la taza de té que la señora MacNair había hecho servir al comienzo de la reunión a pesar de que la mitad de las tazas no hacían conjunto con la otra mitad.

Ella había crecido en salones donde los asuntos importantes se discutían entre porcelana fina, criados con levita y bandejas de plata. Malcolm Sinclair hablaba de hipotecas, cosechas perdidas y familias enteras como un hombre acostumbrado a pelear personalmente cada problema.

No parecía un duque inglés.

Parecía un jefe de clan atrapado en el siglo equivocado.

—Si acepta dinero —dijo Audrey al fin, alzando ligeramente el mentón como solía hacer—, Glenmuir se salva sin necesidad de un matrimonio.

—Y los Sinclair vivirán de la generosidad de los Hamilton.

—Vivirán.

—No me interesa sobrevivir de rodillas.

Audrey no contestó de inmediato, no pensaba cometer el mismo error de su llegada, no quería entrar en una discusión infantil.

—¿Cuánto tiempo tiene Glenmuir? —intentó ir a un tema práctico.

Hamish miró a Malcolm, pero Malcolm tenía la vista fija en la ventana. Al otro lado del cristal, la lluvia seguía cayendo sin descanso, y el castillo parecía absorberla, como si la vieja piedra tuviera una insaciable sed de ruina.

—Hasta el primer invierno duro —dijo el laird.

—Eso no es una fecha.

—Noviembre, si el banco se muestra paciente. Septiembre, si no lo hace.

Audrey sintió que algo se cerraba en su pecho.

Era agosto.

La distancia entre agosto y septiembre, que por la mañana le habría parecido llena de bailes, invitaciones y vestidos, de pronto pareció ridículamente breve.

—¿Y si no se resuelve nada para entonces?

Malcolm sostuvo su mirada.

No intentó suavizar la respuesta.

—El valle este se pierde. Después los pastos. Después las familias que viven allí tendrán nuevo dueño o ningún hogar. Y Glenmuir dejará de ser una casa pobre para convertirse en una casa acabada junto a todo el clan Sinclair.

La palabra «acabada» quedó sobre la mesa.

Audrey no quiso sentir nada.

Fracasó.

Pensó en los niños del pasillo. En la mujer con el bebé. En el anciano remendando una red. En los hombres que habían mirado su carruaje como se mira una salvación.

Pensó en Brodick.

Pensó en su debut.

Y, por primera vez desde que Malcolm escribió aquella carta, la situación dejó de parecer una ofensa dirigida solo a ella.

Seguía siendo una ofensa.

Pero no solo eso.

Audrey se levantó despacio.

La señorita Worth hizo lo mismo con alivio evidente.

—Necesito pensar —dijo Audrey.

Malcolm no se movió.

—Hágalo deprisa.

Edward le lanzó una mirada. Audrey no se la lanzó. Fue peor. Lo miró con una calma perfecta.

—No confunda mi presencia aquí con disposición a obedecer sus plazos, laird. Pensaré lo necesario.

Malcolm sostuvo su mirada.

—No esperaba menos.

Audrey tomó sus guantes de la mesa. Al pasar junto a la caja de documentos, vio de nuevo el borde de la factura que Malcolm había ocultado. No la tocó. No preguntó.

Edward la siguió. La señorita Worth salió con un murmullo sobre chimeneas, pulmones y la necesidad de regresar a Inglaterra antes de que todos desarrollaran reumatismo. Hamish recogió algunos papeles, pero Malcolm levantó una mano para indicarle que esperara.

La puerta se cerró.

La sala quedó en silencio.

Ewan, que había permanecido cerca del fondo durante buena parte de la reunión sin intervenir, salió de la sombra junto a la pared.

—Bueno —dijo—. La inglesa estirada sabe leer cuentas.

Malcolm no respondió.

Miraba la puerta.

Lady Audrey Hamilton había salido confundida. Lo había visto, aunque ella jamás lo admitiría. Sus pensamientos se habían agrietado. No lo suficiente para hacerlo ganar. Ni mucho menos.

Pero sí lo bastante para que ella comprendiera que Glenmuir no era un capricho.

Y él había comprendido algo peor: Audrey Hamilton no era solo hermosa. No era solo orgullosa. Era inteligente.

Fría cuando debía serlo. Atenta cuando le convenía. Capaz de ver una factura escondida bajo una mano, un hueco en una pared, una renta perdonada en un libro de cuentas.

Una adversaria así no se vencía con una carta llena de amenazas.

Ni con un pacto.

Ni con miradas duras en un patio.

—Va a ser un problema —comprendió Malcolm en voz alta.

—Te lo dije —sonrió Ewan.

Malcolm apagó una de las velas con los dedos.

La habitación olió a humo.

—No —dijo—. Todavía no sabes cuán problemática va a ser.