La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Entró con Hamish, el administrador, y con una caja de documentos bajo el brazo.

Se había cambiado. El tartán Sinclair estaba limpio, más oscuro y más rico que el que había llevado en el patio, de verdes profundos, azul de noche y líneas rojas finas.

La chaqueta negra acentuaba sus hombros.

El pelo negro seguía algo húmedo, pero peinado hacia atrás sin lograr domesticarlo del todo.

Audrey lo vio entrar y lamentó tener ojos.

Malcolm la miró solo un instante.

Lo suficiente.

Después dejó la caja sobre la mesa.

—Milady.

Ella inclinó la cabeza.

—Laird.

Al menos, empezaban por respetar los títulos.

La señorita Worth hizo un pequeño sonido de desaprobación, pero no intervino a pesar de las piernas desnudas de Malcolm.

Malcolm abrió la caja y fue colocando los documentos con un orden que Audrey no esperaba de él. No había brusquedad en sus manos a pesar de ser enormes. Hamish permaneció a un lado, delgado, sombrío, como si hubiera nacido para acompañar malas noticias.

—Este es el pacto original conservado por los Sinclair —mostró Malcolm—. Esta, la copia notarial realizada en mil ochocientos treinta y nueve. Aquí, las declaraciones de los testigos que aún vivían cuando mi padre intentó regularizar el asunto. Aquí, la relación de tierras vinculadas a la garantía.

Audrey no tocó nada al principio.

Escuchó.

La voz de Malcolm no tenía la aspereza del patio. Seguía siendo grave, poco cortés, pero no buscaba herir con cada frase, sino negociar.

No volverían a comportarse como dos niños bajo la lluvia.

Se harían daño de forma más educada.

Audrey tomó el pacto original.

Lo leyó con cuidado, aunque ya conocía el contenido. La versión Sinclair era igual a la de los Hamilton. Tal vez más completa. Había un anexo que detallaba las rentas de Brodick y las tierras sujetas a la deuda. Había nombres, fechas, firmas.

No era una amenaza vacía, era algo legal. Y lícito.

—La unión matrimonial figura como primera vía de cumplimiento —dijo ella.

—Sí.

—Pero no habla de obligación.

—Habla de una promesa.

—Habla de una alianza entre familias.

—Exactamente.

—No de una mujer que pueda reclamarse por carta.

Malcolm sostuvo su mirada.

—Y, sin embargo, aquí está.

La frase fue seca.

La señorita Worth se removió inquieta en su asiento, mientras Edward cambiaba el peso de una pierna a otra junto a la chimenea.

Audrey no levantó la voz.

—He venido a negociar.

—Yo he venido a mostrarle por qué no estoy pidiendo caridad ni ayuda, sino reclamando mis derechos.

Hamish colocó otro documento delante de Audrey. Un mapa de Glenmuir dividido en zonas. Tierras altas. Valle este. Pastos. Casas de arrendatarios. Marcas rojas.

—¿Qué significan las marcas? —preguntó Edward, acercándose.

—Deudas pendientes —respondió Malcolm—. Algunas de esas tierras ya están hipotecadas. Si no reunimos el dinero a tiempo, el banco se quedará con ellas.

Audrey siguió las marcas rojas con la vista. Eran demasiadas.

—Esto es más de la mitad de sus rentas.

—Algo menos.

Edward se inclinó.

—No. Es más de la mitad si se cuentan los pastos del valle este.

Malcolm lo observó con atención. Hamish hizo lo mismo.

—Sabe leer mapas —dijo Malcolm.

—Sé contar.

Audrey tomó el libro de cuentas. No era una lectura cómoda. Había cifras tachadas, ingresos insuficientes, pagos aplazados. Reparaciones. Medicina. Suministros. Pérdidas de ganado. Rentas perdonadas.

Ahí se detuvo.

«Rentas perdonadas».

Pasó el dedo por la columna.

Malcolm lo vio.

—Hay años malos.

—Varios.

—En las Highlands suelen venir juntos.

—Ha perdonado pagos —Audrey levantó sus ojos azules hacia él y reparó, por primera vez, que los ojos de Malcolm eran de un color verde bosque, profundos.

—He retrasado pagos.

—En tres casos pone perdonado.

Hamish carraspeó. Malcolm le lanzó una mirada que habría callado a un hombre menos acostumbrado a desgracias.

Audrey no dijo nada. Volvió al libro. Carbón regalado. Harina. Medicinas. Reparación de tejados de arrendatarios.

No encajaba con el hombre cruel del patio.

Eso la enfadó.

No con él.

Consigo misma.

Porque una parte de ella había querido que todo fuera simple.

Que Malcolm Sinclair fuera solo un bruto arrogante intentando aprovechar una deuda antigua. Que Glenmuir fuera solo un castillo feo sostenido por orgullo. Que los Sinclair fueran solo salvajes con tartán, demasiado testarudos para aceptar el mundo moderno.

Pero los números tenían la desagradable costumbre de no adornar los sentimientos.

—¿Por qué no vendió más propiedades? —preguntó Edward.

Malcolm se apoyó en el respaldo de una silla.

—Porque si vendo las tierras, vendo a la gente que vive en ellas.

—Podría vender objetos.

Hamish soltó una risa breve, sin alegría.

—Ya no quedan muchos objetos que interesen a nadie, milord.

Audrey recordó los huecos en las paredes. Las marcas de muebles ausentes. Los pedestales vacíos.

—Ha vendido bienes familiares —comprendió.

Malcolm sostuvo su mirada.

—He vendido plata, alfombras, cuadros y caballos. Si desea una lista exacta, Hamish la tiene.

—No la deseo.

—Qué delicadeza.

La enemistad volvió a asomarse, pero entonces Audrey vio un nombre: doctor McLaren. Edimburgo. Tratamiento. Pulmones. Estancia recomendada en clima seco.

Malcolm colocó la mano encima antes de que ella pudiera leer más.

Fue un gesto rápido, demasiado rápido. Audrey levantó la vista y descubrió que él la observaba con una expresión completamente inescrutable.

—Eso no forma parte del pacto.

—Forma parte de sus gastos.

—No de esta negociación.

—¿Lady Mairi? —preguntó Edward.

Malcolm giró lentamente hacia él. La sala se enfrió de otro modo.

—No pronuncie el nombre de mi hermana para medir mis debilidades, muchacho.

La voz no fue alta. Fue peor. Edward no retrocedió, pero Audrey advirtió que la señorita Worth se había incorporado en su asiento con una brusquedad impropia de ella. Antes de que su hermano pudiera responder, intervino.

—Nadie está midiendo a su hermana —quiso calmarlo Audrey.

—Entonces no la nombren.

—De acuerdo.

El silencio que siguió fue tan peligroso que Audrey pudo sentirlo.

Y, por primera vez desde su llegada a Glenmuir, comprendió algo importante.

Había asuntos que Malcolm Sinclair defendía con una ferocidad mayor que la que reservaba para sus tierras, su castillo o cualquier acuerdo firmado sobre papel.

Su hermana era uno de ellos.

Aquella certeza la sorprendió.

También despertó su curiosidad.

Porque el hombre que tenía delante era el laird de aquellas tierras, un hombre acostumbrado a ser obedecido sin discusión, capaz de imponer su voluntad sin alzar la voz. Sin embargo, había una sola mención que bastaba para endurecerlo.

Resultaba peligroso.

Y, de una forma inesperada, también profundamente humano.

Sin decir una palabra más, Malcolm tomó la factura, la dobló una vez y la guardó en la caja con un gesto firme que dejó claro que el asunto había terminado.

—Volvamos a Brodick.

La palabra devolvió la tensión a su lugar original.

«Brodick».