Capítulo 4 #2
El fuego crepitaba suavemente entre los troncos, llenando la estancia de un calor agradable. Por primera vez desde su llegada a Escocia, cierto alivio la envolvió por completo.
Y descubrió que lo necesitaba más de lo que había imaginado.
Malcolm no volvió a pensar en Audrey Hamilton durante los diez minutos siguientes.
Lo cual consideró una victoria.
Después volvió a pensar en ella con tanta violencia que casi golpeó a Hamish con el libro de cuentas.
—¿Me está escuchando, milord? —preguntó el administrador.
—No —admitió Malcolm.
Hamish parpadeó.
—Al menos es sincero —comentó Ewan desde el borde de la mesa del salón de mapas.
Malcolm dejó el libro sobre la mesa.
—Repítalo.
—Con mucho gusto —respondió Hamish con la paciencia sufrida que reservaba para los lairds imposibles.
Había perfeccionado aquella virtud durante años al servicio de la familia Sinclair.
El anterior duque de Glenmuir, Alistair Sinclair, muerto siete años atrás, había poseído el mismo talento que su hijo para ignorar cualquier cosa que no deseara escuchar.
Según Hamish, la única diferencia era que Alistair sonreía mientras lo hacía; su hijo, no.
—Decía que si no pagamos una parte al banco de Inverness antes de septiembre, intentarán quedarse con las tierras bajas del valle este.
Si eso ocurre, perderemos las mejores ovejas.
Si perdemos las ovejas, perderemos la lana.
Si perdemos la lana, no habrá nada que vender en primavera. Y si no vendemos en primavera...
—Ya he entendido la parte en que morimos todos de hambre.
—Me alegra saber que seguía la conversación.
Malcolm se pasó una mano por el pelo. Lo tenía todavía húmedo. Se había cambiado de camisa, pero no de humor. El tartán de gala estaba extendido sobre una silla cercana, seco y limpio, esperando la reunión de las cinco como si aquello fuera una ceremonia y no una guerra con papeles.
No quería ponerse el tartán de gala.
Lo haría.
No por Audrey Hamilton.
Por Glenmuir.
—¿Qué más?
Hamish empujó otro papel.
—MacLeod pide dos meses más.
—No los tiene.
—Su mujer está enferma.
—Todos están enfermos, Hamish. Enfermos, endeudados, hambrientos o a punto de estarlo.
La frase salió más dura de lo que quería.
Ewan dejó de sonreír.
Hamish no se ofendió. Estaba demasiado cansado para eso.
—Entonces ¿qué respondo?
Malcolm miró la lista de nombres. MacLeod. Fraser. Iain MacRae. Viudas. Pastores. Familias que habían estado en esas tierras antes de que su padre naciera y que probablemente seguirían allí si las tierras de Glenmuir no terminaban devorándolos a todos.
—Dile a MacLeod que tiene hasta noviembre.
Hamish alzó una ceja.
—Acaba de decir que no tiene dos meses.
—Ahora tiene tres.
—¿Y el banco?
—El banco puede esperar.
—El banco no espera.
—Entonces que aprenda. ¿Qué más?
Hamish lo miró con irritación resignada.
—Te contradices incluso cuando haces el bien —dijo su primo Ewan, levantándose de la silla.
—No estoy haciendo el bien. Estoy retrasando un problema —contestó Malcolm, sin mirarlo.
—Lo que tú digas.
—Si tienes una opinión útil, úsala. Si no, cállate.
Ewan se rio por lo bajo, pero obedeció.
Malcolm siguió revisando cuentas, cartas, reclamaciones. Le dolía la cabeza. No por el trabajo. El trabajo era algo conocido, casi agradable en su brutalidad. Números, nombres, fechas. Cosas concretas.
Audrey Hamilton no era concreta.
Era un problema con ojos azules fríos y una boca demasiado serena... y tiesa.
Había intentado reducirla a lo que era: una Hamilton. Una respuesta a su petición. Una deuda encarnada en una dama inglesa.
Pero la imagen se le repetía de todos modos.
El cabello negro bajo el sombrero. La piel clara. El modo en que no había retrocedido ni siquiera cuando él había sido deliberadamente cruel. La forma en que había mirado Glenmuir con desprecio y, aun así, no había perdido la compostura.
Había arrogancia en ella.
Mucha.
Pero no debilidad.
Eso lo molestaba.
Una parte de él habría preferido que llorara, que se asustara, que se refugiara detrás de la carabina o del hermano. Habría sido más fácil odiarla. Más fácil verla como un símbolo de todo lo que los Hamilton habían olvidado.
Pero lady Audrey Hamilton no había llorado; en su lugar, había estirado más su espalda y había levantado un poco más su mentón.
—La reunión es a las cinco —dijo Hamish.
—Lo sé.
—¿Qué va a mostrarle, laird?
—Todo.
—¿Todo? —preguntó Ewan, pasándose una mano por su pelo rojo.
Malcolm abrió una caja de documentos.
—Todo lo que afecta al pacto.
—Eso puede asustarla.
—No es una niña.
—No. Eso ya lo has comprobado.
Malcolm levantó la mirada.
—No he dicho nada —protestó Ewan.
—Todavía.
—Solo iba a decir que, si confiabas en que la hija de un duque inglés sería una criatura tímida y manejable, has tenido muy mala suerte. O muy buena, según se mire.
—No necesito manejarla. Necesito que entienda.
—¿Y si entiende demasiado?
Malcolm no respondió.
Esa era precisamente la cuestión.
Lady Audrey Hamilton tenía ojos. No solo belleza. Ojos. Había mirado el patio, las ventanas, los tablones, los hombres, los baúles. Había visto más en cinco minutos de lo que algunas visitas veían en cinco días.
—Que entienda lo necesario —dijo Malcolm, cerrando la caja.
—Hay otra cuestión, mi señor —Hamish dejó un papel sobre la mesa.
Algo en su tono hizo que Malcolm levantara la vista.
—¿Cuál?
—La factura del doctor McLaren.
Malcolm no se movió.
Ewan dejó de sonreír por completo.
—No figurará en la reunión —dictaminó Malcolm.
—Forma parte de los gastos que justifican la urgencia —replicó Hamish.
—No figurará.
—Mi señor...
—He dado una orden.
No alzó la voz.
No le hizo falta.
Hamish bajó la mirada hacia los papeles. Había servido a los Sinclair durante demasiados años para no reconocer cuándo una decisión era definitiva.
—Sí, laird —dijo al fin.
Nadie volvió a mencionar al doctor McLaren.
Malcolm tomó la factura y la guardó dentro de su chaqueta. No iba a convertir la enfermedad de Isla Mairi en argumento. No delante de una Hamilton. No delante de nadie.
Su hermana llevaba años entrando y saliendo de fiebres, tos, temporadas buenas, recaídas, médicos que prometían poco y cobraban mucho. Era el olor a medicina que impregnaba una parte del castillo. Era una razón para estar desesperado, sí. Pero no era una moneda.
No todavía.
No nunca.
—A las cinco —repitió.
Y, por primera vez en muchas horas, deseó que el tiempo avanzara más despacio.
Audrey oyó la tos antes de ver a la muchacha.
La habitación verde comunicaba con un pasillo secundario que llevaba hacia la escalera del ala sur.
Después de cambiarse de vestido, soportar las quejas de la señorita Worth sobre la temperatura del agua y permitir que Jane le arreglara el cabello con manos todavía temblorosas, Audrey pidió salir un momento.
No a pasear.
A ver el lugar.
Edward la acompañó sin hacer preguntas, como era habitual en él. La señorita Worth también, aunque con un chal sobre los hombros y el gesto de quien caminaba hacia su propia ejecución.
Fue al doblar una esquina cuando la oyeron.
Una tos seca, profunda, detenida a la fuerza.
Audrey se quedó quieta.
Una puerta, al final del pasillo, estaba entreabierta. Por la rendija salió un olor reconocible incluso para ella: hierbas, medicina, cera pobre, ropa caliente. El mismo olor que su madre había percibido en la carta.
Una voz femenina habló en gaélico desde dentro.
Luego la señora MacNair respondió en inglés: —No sea testaruda, lady Mairi. Su hermano me arrancará la cabeza si la encuentra de pie.
Lady Mairi.
Audrey miró a Edward.
Él ya estaba mirando la puerta.
Por un instante, la abertura se amplió. Audrey vio una habitación iluminada por fuego. Y a una joven de pelo claro, muy delgada, sentada con la espalda curvada mientras intentaba apartar una taza que la señora MacNair le ofrecía.
No se parecía a Malcolm en los colores. Pero tenía algo de él en la obstinación de la boca.
—No deberíamos mirar —susurró Edward.
Audrey apartó la vista de inmediato.
La señorita Worth, que no había visto nada pero sí oído suficiente, se acercó más.
—¿Una enferma?
—Parece ser —dijo Audrey.
La puerta se cerró.
Audrey siguió andando, aunque con una sensación desagradable bajo el pecho. No era compasión. No quería llamarlo así. Era solo la confirmación de que su madre había tenido razón: el duque de Glenmuir estaba desesperado.
Eso no lo volvía menos culpable.
Solo más difícil de despreciar.
—Su hermana —comprendió Edward.
—Sí.
—Podría explicar parte de la urgencia.
—No justifica reclamar una esposa —replicó ella, mirándolo.
—No he dicho eso.
—Entonces no lo digas con los ojos.
Edward bajó la mirada con una obediencia más aparente que real, era un joven que respetaba mucho a su hermana mayor.
La señorita Worth suspiró.
—Deberíamos regresar a nuestras habitaciones.
Audrey agradeció, por primera vez, una de sus quejas.
La ayudó a no pensar.
A las cinco menos diez, la señora MacNair apareció para conducirlos a la sala del ciervo.
Audrey ya estaba preparada.
Había elegido un vestido gris oscuro, sobrio y perfecto. Nada de adornos excesivos. Nada que pudiera interpretarse como deseo de agradar. El cabello negro recogido con severidad en la nuca. Un broche sencillo en el cuello. Guantes claros.
Su armadura inglesa.
Al llegar a la sala, encontró un espacio amplio, de techos bajos y ventanas estrechas.
Sobre la chimenea colgaba la cabeza de un ciervo enorme, antiguo, con los ojos de cristal fijos en la mesa.
Había retratos Sinclair en las paredes, más oscuros que los de los corredores.
Hombres con tartán. Mujeres de boca dura.
Ni un solo rostro parecía dispuesto a acogerla.
Audrey tomó asiento solo después de que la señorita Worth lo hiciera.
Edward se quedó junto a la chimenea.
Malcolm llegó a las cinco en punto.
No tarde.
No temprano.
Exactamente a las cinco.