Capítulo 4
La señora MacNair condujo a Audrey por el interior de Glenmuir como si estuviera guiando a una visita por una casa respetable y no por un castillo en ruinas.
Audrey caminó con la espalda recta, el mentón alzado y las manos enguantadas recogidas delante del cuerpo. No pensaba rozarse contra las paredes, no pensaba mirar con demasiado interés las grietas y, sobre todo, no pensaba permitir que Malcolm Sinclair creyera que aquel lugar la había impresionado.
Aunque lo había hecho.
No por belleza.
No por grandeza.
Por crudeza.
Hamilton Lodge era luz, pasillos proporcionados y habitaciones pensadas para que una dama pudiera cruzarlas sin preocuparse por el polvo, el frío o la posibilidad de que el techo decidiera desprenderse sobre su cabeza.
Brodick, pese a su espíritu escocés, también era una residencia cuidada, familiar, noble, con el mar al fondo y el peso del apellido Hamilton en cada piedra.
Glenmuir era otra cosa.
La piedra era más oscura. Los pasillos, más estrechos.
Las escaleras subían y bajaban con una falta de lógica que Audrey encontró casi ofensiva.
Los tapices estaban gastados en los bordes y mal remendados.
Los retratos de los Sinclair muertos la observaban desde las paredes con ojos severos, bigotes, tartanes en el pecho y una expresión común a todos ellos: jamás habían pedido perdón a nadie.
Ni vivos ni muertos, los Sinclair parecían inclinados a la amabilidad.
La señorita Worth tosió con dramatismo.
—Esta corriente de aire no es natural. Estoy convencida de que viene directamente del cementerio familiar.
La señora MacNair, que avanzaba delante de ellas con un manojo de llaves en la mano, no giró la cabeza.
—El cementerio queda al otro lado de la colina, señorita Worth.
—Están vendiendo las cosas —murmuró Edward, lo bastante bajo para que solo Audrey lo oyera.
—Lo he notado —contestó ella, sin girar la cabeza ni un ápice.
—No me refiero a los adornos. Hay habitaciones cerradas porque no pueden mantenerlas. Esa puerta tiene cera antigua sobre la cerradura. Lleva meses sin abrirse. Quizás años.
Audrey siguió la dirección de su mirada. Una puerta de roble oscuro, reforzada con hierro, quedaba al final de un pasillo lateral. La madera era buena. La cerradura, vieja. Alrededor del marco, la piedra estaba limpia, pero el suelo de delante de la puerta no mostraba huellas recientes.
—El ala oeste no se usa —informó la señora MacNair, que los había oído de todos modos.
—¿Por falta de habitaciones? —preguntó Audrey con educación.
—No la necesitamos, milady.
La respuesta fue seca. Audrey aceptó la mentira con la misma educación con que habría aceptado una taza de té mal servida.
—Por supuesto.
La señora MacNair apretó las llaves. No era una mujer fácil de ofender, pero sí una mujer acostumbrada a defender aquel castillo, quizás con su propia vida si era necesario.
La señorita Worth subió dos escalones más y se llevó una mano al costado.
—¿Falta mucho, señora MacNair?
—La habitación verde está en la segunda planta —respondió el ama de llaves que, al parecer, hacía la misma función que un mayordomo.
Al doblar una esquina, llegaron a una galería más amplia. Allí el castillo cambió.
No dejó de ser frío ni viejo. No dejó de oler a piedra húmeda, humo de turba —el combustible oscuro que los escoceses extraían de los pantanos— y lana mojada. Pero estaba vivo.
Audrey vio a dos niños correr descalzos por el corredor hasta que una mujer con chal del tartán Sinclair los atrapó de las orejas y les susurró algo en gaélico.
Vio a una joven criada llevar una cesta de ropa con un bebé sujeto a la cadera.
Vio a un anciano sentado cerca de una ventana, remendando una red con dedos torcidos por la edad.
Vio a dos muchachas entrar en una habitación cargadas con leña, riéndose en voz baja hasta que notaron la presencia de Audrey y se quedaron rígidas.
—Creía que el castillo estaba casi vacío —comentó Audrey, sin perder la compostura a pesar de las miradas.
La señora MacNair se detuvo ante una puerta.
—Glenmuir nunca está vacío, milady. Los Sinclair viven juntos.
En Inglaterra, una casa noble albergaba la familia principal y el servicio.
En Glenmuir, parecía haber algo más confuso.
Sirvientes que eran casi parientes. Arrendatarios que entraban y salían como si el castillo también les perteneciera un poco.
Mujeres que trabajaban, niños que corrían, hombres que esperaban órdenes en el patio y ancianos que permanecían junto al fuego.
Audrey no quiso sentirse conmovida por ello.
Se prohibió sentirlo.
—Su habitación —anunció la señora MacNair.
La habitación verde no era tan horrible como Audrey había esperado, y eso le resultó irritante.
Era amplia, con una cama de dosel antigua, pesadas cortinas de un verde apagado, una chimenea encendida con más entusiasmo que eficacia y un ventanal desde el que se veían las colinas cubiertas de lluvia.
Uno de los cristales tenía una grieta fina.
La alfombra estaba gastada cerca de la cama y el escritorio parecía haber conocido tiempos mejores.
Pero las sábanas olían a limpieza, habían colocado flores secas en un jarrón pequeño y alguien había intentado hacer la estancia acogedora.
No lo suficiente.
Pero lo había intentado.
La doncella de Audrey, Jane, entró detrás de ella con los ojos muy abiertos.
—Oh, milady...
La señorita Worth avanzó hacia la chimenea y extendió las manos.
—La chimenea no calienta.
—Dele tiempo —dijo Edward.
La señora MacNair dejó las llaves sobre el escritorio.
—La habitación de lord Edward Hamilton queda al otro lado del pasillo. La suya, señorita Worth, junto a esta. La doncella dormirá en la pequeña estancia de servicio comunicada con el vestidor de milady.
Audrey inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias, señora MacNair.
La mujer la observó durante unos instantes, como si estuviera valorando algo. Como si no acabara de decidir si aquella muestra de gratitud nacía realmente del corazón o era simplemente una de esas impecables cortesías inglesas que Audrey parecía dominar con tanta facilidad.
—Si necesita algo, tire de la campanilla. Si no funciona, golpee la pared.
—¿La campanilla puede no funcionar? —preguntó la señorita Worth, horrorizada.
—Puede funcionar, no funcionar o funcionar cuando nadie la oye.
—Qué casa tan llena de posibilidades.
La señora MacNair no sonrió, pero la comisura de sus labios se curvó un poco hacia arriba.
Cuando la mujer se marchó, Audrey permaneció inmóvil en medio de la habitación durante unos instantes.
Jane se apresuró a abrir los baúles que los lacayos acababan de subir.
Edward cruzó la estancia y se detuvo junto a la ventana para contemplar el paisaje.
La señorita Worth, por su parte, se quedó de pie junto a la puerta.
—No me gusta —dijo la anciana.
—¿El castillo? —preguntó Edward.
—Escocia en general, ahora mismo.
Audrey se quitó los guantes despacio.
—No hemos venido para que nos guste.
—Gracias a Dios, porque fracasaríamos.
Edward no respondió. Seguía mirando el patio desde arriba. Audrey se acercó a él.
Malcolm Sinclair estaba abajo.
No en la escalinata principal donde habían discutido, ni esperándola, ni mirando hacia su ventana como haría un caballero de novela barata.
Estaba trabajando.
Audrey lo vio desde la ventana.
Un pequeño grupo de hombres se había reunido junto a los establos.
Uno señalaba una rueda rota. Otro sostenía un saco de grano abierto por un costado.
Malcolm escuchaba con los brazos cruzados mientras el viento agitaba los pliegues de su tartán verde con líneas rojas.
Incluso a aquella distancia parecía tan sólido e inamovible como las colinas que rodeaban la propiedad.
«Aparta la vista», se dijo.
No lo hizo.
Él hablaba poco. Escuchaba más de lo que hablaba. Cuando tomaba una decisión, lo hacía con tranquilidad, sin necesidad de elevar la voz.
Edward apoyó una mano en el marco de la ventana y observó la misma escena en silencio.
—No le tienen miedo.
—¿A quién?
—A Malcolm Sinclair.
—Quizás deberías esperar un poco más antes de sacar conclusiones.
—No es una conclusión. Es una observación. Los criados temen a un mal amo. Los hombres de ahí abajo no lo temen. Lo contradicen —explicó Edward, haciendo brillar su pelo rubio al lado de la ventana a pesar de la llovizna.
—También podría significar que no saben comportarse.
—Podría.
—Pero no lo crees —dijo ella, girándose hacia él.
—Creo que no es el monstruo que imaginábamos —dijo Edward, negando despacio.
Audrey miró de nuevo hacia abajo.
Malcolm recibió un papel de un hombre delgado y lo leyó allí mismo, bajo la lluvia. Su mandíbula se endureció. Después habló con una mujer que llevaba un niño en brazos. Ella parecía alterada. Él no la tocó. Solo escuchó. Luego señaló hacia los establos y llamó a otro hombre.
No parecía amable.
Pero tampoco parecía terrible.
Audrey se alejó de la ventana.
Aquello no le convenía.
Había llegado a Glenmuir con una idea clara de Malcolm Sinclair: un hombre arrogante, brutal, pobre de modales y rico en orgullo, dispuesto a utilizar una promesa vieja para quedarse con una mujer o con un castillo; lo que se resumía en una clase de monstruo escocés.
No necesitaba matices.
Los matices eran una molestia.
—A las cinco hablaremos —resolvió Audrey, estirando su espalda—. Hasta entonces, creo que todos agradeceremos unas horas de descanso.
La señorita Worth se giró hacia la puerta de inmediato.
—Por supuesto, milady.
Jane hizo una pequeña reverencia. Edward asintió.
Nadie discutió la sugerencia.
En pocos minutos, la habitación quedó vacía. La señorita Worth se retiró a la estancia que le habían asignado, Jane siguió a una doncella y Edward salió al pasillo tras dirigir a su hermana una última mirada de preocupación.
Cuando la puerta se cerró, Audrey permaneció sola.
Miró la chimenea.